Y nombraron a tres hombres buenos para llevar a término el encargo del Alto Tribunal. El primero de ellos se llamaba Caracuel y reía como ríen los animales nocturnos cuando otean cualquier cosa menos el horizonte; el segundo se llamaba Icaza y lloraba como las mujeres de Buda cuando se quemaban los antebrazos con las ollas de té; el tercero se llamaba Antúnez y bebía aguardiente como los cazadores de erratas de las editoriales vaticanas. Los tres dispusieron de un día para sus deliberaciones. Sólo les ocupó un cuarto de hora llegar a un acuerdo. Rellenaron los documentos, los lacraron y estamparon el sello de la procuraduría. Caracuel dedicó el resto del día a reír, Icaza a llorar y Antúnez a beber aguardiente. Al final de la larga jornada les pagaron y cada uno marchó a su casa. El cadalso se levantó en pocas horas. La ejecución se llevaría a cabo al amanecer. Caracuel, Icaza y Antúnez asistirían a ella en calidad de agentes judiciales vicarios. Caracuel se vistió de teniente de húsares para la ocasión; Icaza vistióse con el uniforme de gala de los Carabineros; y Antúnez fue con su atuendo de Capellán Castrense. Tras la ejecución sumarial marcharon, como era costumbre, a casa de Lola Jaramillo a desentumecer sus conciencias y a que las pupilas de Lola sosegaran sus confusos sentimientos de culpa con besos y caricias mercenarios, pero que producían efectos similares a los verdaderamente amorosos.
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FUMPAMNUSSES!
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
29.6.11
204. El noble intruso
Y nombraron a tres hombres buenos para llevar a término el encargo del Alto Tribunal. El primero de ellos se llamaba Caracuel y reía como ríen los animales nocturnos cuando otean cualquier cosa menos el horizonte; el segundo se llamaba Icaza y lloraba como las mujeres de Buda cuando se quemaban los antebrazos con las ollas de té; el tercero se llamaba Antúnez y bebía aguardiente como los cazadores de erratas de las editoriales vaticanas. Los tres dispusieron de un día para sus deliberaciones. Sólo les ocupó un cuarto de hora llegar a un acuerdo. Rellenaron los documentos, los lacraron y estamparon el sello de la procuraduría. Caracuel dedicó el resto del día a reír, Icaza a llorar y Antúnez a beber aguardiente. Al final de la larga jornada les pagaron y cada uno marchó a su casa. El cadalso se levantó en pocas horas. La ejecución se llevaría a cabo al amanecer. Caracuel, Icaza y Antúnez asistirían a ella en calidad de agentes judiciales vicarios. Caracuel se vistió de teniente de húsares para la ocasión; Icaza vistióse con el uniforme de gala de los Carabineros; y Antúnez fue con su atuendo de Capellán Castrense. Tras la ejecución sumarial marcharon, como era costumbre, a casa de Lola Jaramillo a desentumecer sus conciencias y a que las pupilas de Lola sosegaran sus confusos sentimientos de culpa con besos y caricias mercenarios, pero que producían efectos similares a los verdaderamente amorosos.
23.6.11
203. La mitra de hule
17.6.11
202. Yo soy menonita
Me fijo en el frunce de tu entrecejo y en la bóveda dorada de tu frente, asimilo poco a poco los surcos por donde sudas y lloras, me recuerdo en tus orejas pequeñas rodeadas de frondosa placidez, tu nariz quebrada e insolente, tus ojos decidores y ahora brillosos, que sufrieron y que muy pronto reirán, tu boca enmarcada que nunca cesa, me sumo en tu cuello, en el que quepo y sueño, tus pechos que duermen primaveras y recuerdan rotundas victorias; me observa severa la discreción de tu sexo, oscuro y sabio, sabedor de pocas e importantes cosas; tu espalda sinuosa, agreste, de simetría deslazada, esa espalda que aturde valentías y caricias; y tus nalgas sellan mis manos a su piel de tacto enajenado; si tus brazos de ternura poderosa me someten como a un niño, tus piernas dulces y peligrosas me doblegan como a un hombre, este hombre que besa tus pies de porcelana antigua, este hombre cegado por la luz de tus manos musicales, de tus manos hacedoras de milagros.
16.6.11
201. Emi, Goti y Cañamón
Santo Domingo Savio, santito italiano nacido muerto a los 14 años, fue, es y será ejemplo de precocidad napolitana e intelectiva. Nacido muerto en Porto Allegrini, cerca de Rimini, cursó estudios de kindergarten en Polentza di Mare y acometió los grados parvularios en la Scola Annormale del Pater Piocopolo, en Mennara. Desde la fecha de su nacimiento, el occiso Dominguito olía mal, pero hacía milagros, muchos de los cuales fueron incomprendidos en su época. Llenaba de pobres las puertas de los conventos de la Lombardía; creó de la nada miles y miles de menesterosos que iba depositando en los claustros y abadías mencionados. Curaba la afonía de las canzonetistas más promiscuas y salaces, disolvía sinagogas a mucha distancia, promovía disidencias en palacio, amaestraba zarigüeyas y tapires, trocaba el haz en envés y hacía que los leprosos bailaran motetes y gigas. El día de su segunda muerte, acaecida un lunes de otoño en San Pietro della Bregna Preta, todo Nápoles se puso en fiesta y el Etna exhaló una nube casi mágica de un color entre cobalto y cromo, que adquirió en el firmamento la forma de una góndola llena de cuervos y damajuanas. Dios lo acogió en su seno a las 14.25 y ya estaba en el cielo a las 16.31. Fue beatificado y santificado por el Papa Sancho Nono en el año mil y pico.
4.6.11
200. Mi tío Samuel
23.5.11
199. La fiebre de la muchacha en la era
16.5.11
198. Carla Bruni es maragata
2.5.11
197. Minutos musicales
16.4.11
196. Renuencias bancarias
Tengo un amigo al que su mujer quiere abandonar. Ella no lo sabe. Él sí. Lo nota en cada gesto, en cada pliegue de su negligé, en cada caricia, en cada beso que ella le da. Lo nota en el aroma del perfume que ella se pone para él, en su dulce mirada, en las palabras de amor que ella le dedica. Sabe que ella quiere abandonarlo, a él y a su hijo. Él sabe que ella siempre ha querido marchar lejos, muy lejos. Lo ha sabido siempre y así me lo ha contado entre lágrimas. Está triste, aunque después de tanto tiempo, él dice que se ha acostumbrado al aciago futuro que le espera; vive angustiado pues el amargo suceso se hará realidad en cualquier momento. Ya no tardará mucho. Ella vive feliz con él y con su hijo. Mi amigo sufre lo indecible. Es controlador aéreo y se llama Augusto Cifuentes Mediavilla. Su hijo se llama Sebastián Cifuentes Trebejo y ella se llama Teresa Trebejo Puig. Mi nombre es Carmelo Tolosa Barragán y tengo un cocedero de mariscos en algún lugar entre Zaragoza y Calatayud.
6.4.11
195. Íntimas carencias
3.4.11
194. Mujeres ilustres
Yo tengo un gran sentido del humor. Soy muy gracioso. Todos lo dicen y todos me envidian por ello. Yo, a veces, incluso me río de mis ocurrencias y de mi chispa inteligente y genial. Ayer, sin ir más lejos, me encontré con Bruno Bru, el catedrático de Misoginia Avanzada de la Pontificia. Llevaba un terno gris mapache y unos zapatos de piel de rata. Bueno, pues al verlo, no se me ocurrió otra cosa que decirle: "¡Hombre, Bruno! ¿Qué te hizo el turronero de Burdeos que tan luengos tirabeques te dejó al relente?" Los que me oyeron, incluido el propio Bruno, se desternillaron de la risa. Son cosas que me surgen así, de improviso, en un repente de inteligencia fugaz pero constante que hace las delicias de los que me rodean. Sí señor, soy muy gracioso. Les voy a contar a ustedes un chiste:
"Las alondras, esos quiebros de futuras hecatombes, diseminan sus vuelos insensatos sobre un prisma de luz incandescente. Es un domingo de aurora olvidada en la plenitud de la mañana. La brisa se acumula en el pináculo de esa iglesia pequeña y cenital como el seno de una malva, y tú, ardiendo en el deseo de este día, me miras desde una distancia que adormece y enardece a la vez mi pasión esperanzada".
¿A que es para partirse?
20.3.11
193. Americans
16.3.11
192. www.hombresdemundo.rip
14.3.11
191. El síndrome de Andropoulos
Cada latido, un copo de nieve, un invierno pequeño y silencioso; cada pena, un intervalo mudo y blanco, un atisbo de fulgor lejano que se escapa para siempre. Y la noche, la noche que no cesa en su amor por lo inasible, por lo que de verdad duele. Me duermen los aromas de las velas perfumadas, las ceras hirientes de esquirlas lechosas que se derraman tristes y lentas, los rumores de olas de esta capilla húmeda de dioses oscuros y vengativos. Yazgo al unísono con los demonios dulces que me rodean, que me fustigan con sus rojas lenguas arrojadizas, que me laceran inconstantes con sus agudas risas y broncos alaridos. Mi corazón de santo antiguo y olvidado se enmohece en un sin fin de escayola acurrucada, en un piélago de carcoma verdinosa y acre. Veo desde mi altura coleópteras beatas, agridulces acólitos amoratados de golosinas dudosas, presbíteros tersos como el marfil, feligreses amancebados con su sombra puntiaguda persiguiéndoles, veo al párroco arrodillado como si Dios le doliera. Y veo mi aura apolillada y temblorosa, moribunda, a punto de desfallecer de olvido, debilitada por unos átomos de beatitud que la empujan a estos rincones barrocos y asolados, olorosos a esencias de otros tiempos, y donde Bach ya no consuela tanto como alarma.
27.2.11
190. Una nueva iconoclastia
11.2.11
189. La soberbia como arte plebeya
En un primer momento todos fuimos previsibles. Más tarde, todos fuimos inherentes. Por último todos hemos sido refractarios. En los tercios, donde anduve persiguiendo el heroísmo y la gloria, me abstuve de encumbrar nada que no fuera digno de mi prosapia y anhelo; pero el estruendo de la derrota y la caída en desgracia del "el más Insigne Español en Flandes", me conturbó más de lo que imaginara y me condujo al estado servil en que actualmente me hallo. Y no lo digo por decir, que por decir diría alguna otra cosa: diría, qué volcanes subyacen en las covachuelas de los altos tribunales; diría lo que siente el alma de los mequetrefes ante la presencia del alto clero; y por último diría que me encuentro en el estado de bonanza espiritual inherente a mi previsible afán de refractariedad.
6.2.11
188. Perfiles y otros sesgos
29.1.11
187. Vuelta ciclista a Jaén
28.11.10
186. Réquiem por todos nosotros
25.11.10
185. La pesca del ampiflón
- Debería alejársela, Conde. Me preocupa su peso.
- A mí me preocupa su simpleza de carácter y sus pelos, querida Baronesa.
- Su grosería marcha a la par que sus kilos, Conde.
- Y la pobreza de sus ralos cabellos es directamente proporcional al aumento de los pelos de su ya frondoso bigote.
- Es usted insoportable, no comprendo cómo lo puede aguantar la condesa.
- Probablemente por mi fortuna y porque de mí depende toda su familia.
- Ni por todo el oro del mundo viviría yo a su lado.
- Yo, ya ve usted, sí que viviría por dinero con usted; por mucho dinero, claro está; sería la única manera.
- De joven era usted mucho más contenido y elegante.
- Usted, querida Baronesa, en cambio, de joven era tan vieja como lo es ahora. Siempre fue usted una anciana.
- ¿Qué le hace a usted, Conde, ser tan cruel con todos los que le rodean?
- Quizás el hecho de que los veo a todos como moscas zumbando alrededor de un pastel que ni les pertenece ni jamás alcanzarán a probar. Forman un insoportable enjambre de mediocridad y monotonía exasperante.
- ¿Se considera usted mejor que todos ellos?
- Sin duda, Baronesa, sin duda. Y usted, ha de reconocer, prefiere mi compañía a la suya, aunque me cisque una por una en todas sus convenciones, en las suyas y en las de ellos, y desprecie la repugnante sociedad que han montado en esta agreste y bella región; bella hasta que aparecieron todos ustedes con su séquito de inanes saltimbanquis.
(¿Continuará?)
21.11.10
184. La quiebra de Louis Vuitton
20.11.10
183. Levitaciones en la antigua calle del Pino
17.11.10
182. Un día en la vida de Hugo Haas
29.10.10
181. El estadio de Balaídos
28.10.10
180. Un mundo multicolor y escaso
26.10.10
179. Gentilicios
20.9.10
178. El hombre del sombreo oblongo
13.9.10
177. No más hip-hop
8.9.10
176. Bestiario 03
6.9.10
175. La falda blanca de Nelson Mönic
Los hilos de petróleo brotan por los poros. Es el oro negro del sufrimiento. La hez de la amargura inconcreta resbalando en guarismos de emoción tergiversada. La cara como continente maldito, apenas vibrante y pobre. Todo surge en esa faz. La catatonia inmensa de la voz se multiplica en cada hilo oscuro y aberrante que sale a pequeños borbotones sincopados. Es el sudor del infierno, el grumoso albañal que rebosa espontáneo, bituminoso y final. Se divisan las avenidas de tilos envenenadas que hacen recordar los dardos con los que la muerte no quiso vencer, los vapores exterminadores que no inspiraron los vencidos pulmones, esas vísceras difíciles de entender. Todo queda suspendido, todo queda desgarrado en la alambrada espinosa de la duda. Los futuros se dividen y sólo quedan partículas de tiempo en un mundo de espacios deshilachados. La melancolía lo invade todo desde atrás, desde abajo. Es una espuma negra y algodonosa que va tapizando el horizonte cercano, que nos va ensamblando a todos en las celdas del panal gelatinoso y aciago. Ya no se oye nada, sólo el estertor constante de los que van a desaparecer, ese estertor que nace con vocación de ser el último expirado por los pulmones, esas vísceras tan difíciles de entender.
1.9.10
174. El botón de nácar
29.8.10
173. Una estampa floral desvaída
28.8.10
172. El cancionero romaní (Extracto)
27.8.10
171. Tierna muerte, acude a mí
24.8.10
170. El mejor amigo de don Juan Carlos
Segunda parte del silogismo: la hulla galesa posee un poder calorífico muy superior a la hulla de la cuenca del Nervión. Aquí, en esta premisa, no tengo nada que añadir; las cosas son como son; para demagogias ya nos basta y nos sobra con Mosén Agustí.
La conclusión: la conclusión (se ve desde lejos) no será lógica sino paragógica, y la dejo en sus manos. Les daré una pista: hubo en Versalles un jardinero de nombre Maurice, que fumaba una mezcla de tabaco antillano y polvo de dinamita. Su cabeza rodó, como tantas otras, en la plaza de la Concordia. Si Jacques Derrida hubiera deambulado por las calles de París en los tiempos de la Comuna, no se hubiera derramado tanta sangre, o tal vez sí, pero de otra manera.
23.8.10
169. Todos somos estadounidenses
22.8.10
168. Voluptuosa Jennie
Diocles, auriga famosísimo en su tiempo, era nacido en Hispania. Ganó 1.462 carreras durante su larga trayectoria profesional, y se retiró en el año 146 d. C., cumplidos los 42 años. Su fortuna alcanzó la cifra de 35 millones de sestercios. Roma lo adoraba. Su dorado retiro en Marsilia, no obstante, duró algo menos de un año, pues el emperador Diocleciano le obligó a aceptar el cargo de procónsul en la región de Tracia. Diocles, sin ninguna experiencia en asuntos diplomáticos, consiguió sin proponérselo enemistar a las tribus de la costa con los clanes de la montaña, originando a la postre una guerra civil en el territorio tracio que diezmó la población y desestabilizó esa importante zona del Imperio. Llamado a Roma con premura, el emperador lo humilló frente al Senado, arrancándole personalmente los cingulae de la fibula y obligándole a volver no al circo en calidad de auriga, sino al anfiteatro en calidad de gladiador. En su primer combate perdió el ojo derecho y el brazo izquierdo. En su segundo y último combate perdió el ojo izquierdo y el brazo derecho. Manco y ciego, pero con su fortuna intacta, intentó volver a Marsilia, pero la tríada capitolina formada por Júpiter, Juno y Minerva, dispuso que una tempestad devorara la embarcación en que Diocles intentaba escapar de su negro destino. El desastre ocurrió al norte de la isla de Córcega, a cuatro millas marinas del cabo Orsini, cerca del pequeño puerto de Montecaffino, pueblecito donde diez siglos después nacería el insigne poeta corso Ariosto Ariani.
18.8.10
167. El ciervo y la gusana
Un beso muy gordo, te quiero:
Mari Puri.
28.7.10
166. Helado de leña
Ettore Majorana, físico italiano desaparecido en 1938, tenía una hermana sordomuda de nacimiento que le ayudaba en los quehaceres del laboratorio. Se rumoreó que fue ella la verdadera artífice de la famosa "Teoría del protón austero" y de la no menos famosa "Ecuación de Mejorana", proceso matemático que ponía patas arriba los hallazgos de Huymann en el campo de los grupos moleculares convexos. Dado a las bebidas blancas de alta graduación alcohólica, Ettore no estaba casi nunca para nada y es probable que los rumores de su apocrifia sean ciertos, o al menos, altamente probables. La diletante sordomuda, de nombre Silvana, también bebía, pero sólo bebidas gaseosas, con cuantas más burbujas mejor. Se profesaban un amor fraternal y un respeto mutuo, pero no todos los días, ocurriendo que los fines de semana aparecía en su relación un odio fraterno poco respetuoso, en ocasiones feroz y con violentas consecuencias físicas para ambos. Quedaron huérfanos muy pronto y fueron criados por unas monjas mendicantes de Sorrento, las Hermanas Capuchinas Humilladas. Posteriormente fueron puestos en venta por las hermanas una vez adiestrados y aseados, acabando ambos en el castillo de Francesco Pianolla, donde fueron educados en las artes de la física él, y en las del amor galante ella. Otro día, quizás, continuaremos la historia de Ettore y Silvana, pero es que tengo que ir inmediatamente, con gran premura, diría yo, a hacer de vientre.
26.7.10
165. Maltrecha simiente, además de venenosa
23.7.10
164. Un ramito de biznaga
19.7.10
163. Mucho mejor con moño
16.7.10
162. Bestiario 02
15.7.10
161. Impresiones de un vencejo
14.7.10
160. Toros en el Magreb
Todo lo que acabo de referir es cierto, aunque no soy cristiano viejo ni tomo jamás yogur, si acaso tomo alguna vez una mousaka bendecida en el almuerzo, pero sólo de vez en cuando.
9.7.10
159. La samba como excusa
Palabra de Dios..."
6.7.10
158. ¡Por fin, ya tengo el iZot!
2.7.10
157. Los horrores de la copla
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