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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



23.5.11

199. La fiebre de la muchacha en la era


          Si descontamos los átomos de caricias que no llegaron a la plenitud de los besos verdaderos que podrían haber sido, negaríamos la verdad que nos asola en las noches enhebradas de desdicha y sinsabor, que son casi todas. Es por lo que el filósofo y el matemático se niegan de espaldas y se ofrecen las armas de su duelo a ciegas, demorando lo inevitable del encuentro con antifaces y mentiras de oropel. El gramático sale indemne del furor de la palabra, clama al Verbo y se niega una y mil veces ante la Cifra. El artista disimula en el claror amanecido o en la grisura cenicienta de la cueva. La ciencia del alquimista erosiona los moldes ancestrales con fórmulas inasibles. El poderoso comerciante deambula, pasea, compra esclavos y cosas. El amor gentil, con su prosapia erotizada y los aromas agónicos del deseo, se diluye en las estribaciones de desiertos apenas velados, apenas sospechados. Y el guerrero, que no quiere serlo, vela la morada de todos en una larga noche, la noche en que los átomos se despedazan al estrellarse en todas y cada una de las caricias soñadas.

16.5.11

198. Carla Bruni es maragata


          Los grises de esta tarde de primavera son tan verdes como esperanzadores eran los azules casi marinos de tus ojos de de un malva luminiscente. Mezquino eternamente será quien así no lo admita y mezquino quien lo admita eternamente. Tus ojos, bella Mora, me tienen atado a este vergel de desdichas, como si tu aspecto de cristiana ortodoxa no emancipara cien mil seminaristas de todas las Galicias que en el mundo haya. Tienes ojos, Zoraida mía, que suenan como címbalos de guirlache cortesano. Te amo tanto, Morita acanallada, que domaría ricos caballeros para que cruzaran la Santa Cruzada de tus muslos veraniegos, y luego los mataría antes de que culminaran la matanza de tu carne aquilatada, y tan mía esa carne como tuya, como de todos los que nada tienen y todo tienen. Menos tus ojos, musa de oro plateado, tesoro de los dioses, todo me parece extraordinario, de tan acostumbrado que estoy a los instantes luminosos que me ofrecen. Te amo sucia, te amo polvorienta y riscosa, te amo estampada de todos los pecados que te gustan, te amo empedrada del deseo enajenado de tu raza y mi destino.

2.5.11

197. Minutos musicales


          El aborigen togolés que llevo dentro me indica que lo exponga, es decir, que lo ponga en el exterior, que lo saque fuera de mí, que mi esqueleto lo suelte, que mis músculos lo liberen tendinosamente hablando, que en fin, sea liberado todito todo de mi ser corpóreo, que dicho sea sin ofender, lo deje en paz y libre de una puta vez. Es un aborigen que me fue introducido el día de mi primera comunión, ceremonia oficiada en 1961 por el cardenal Larraona en la iglesia de San Antonio María Claret de Sevilla, muy cerca del estadio Benito Villamarín, donde el Real Betis Balompié gana todos los partidos que juega desde el año 8 después de Cristo. El aborigen me lo introdujo el Padre Pimentel con una panoplia bicúspide del tres tras la ceremonia canónica y me fue  posteriormente clampado por el hermano Truman con una sonaja de almortas bendecida por Pío IX. El aborigen lleva por nombre Arturo Ngóoh y es, claro está, negro como el alma de Alma Truman, hermana del hermano Truman, que era prostituta a tiempo parcial en las abadías de Sierra Morena, en donde era conocida como Alma Truman, la hermana del hermano Truman, el de las sonajas clampantes.

16.4.11

196. Renuencias bancarias


          Tengo un amigo al que su mujer quiere abandonar. Ella no lo sabe. Él sí. Lo nota en cada gesto, en cada pliegue de su negligé, en cada caricia, en cada beso que ella le da. Lo nota en el aroma del perfume que ella se pone para él, en su dulce mirada, en las palabras de amor que ella le dedica. Sabe que ella quiere abandonarlo, a él y a su hijo. Él sabe que ella siempre ha querido marchar lejos, muy lejos. Lo ha sabido siempre y así me lo ha contado entre lágrimas. Está triste, aunque después de tanto tiempo, él dice que se ha acostumbrado al aciago futuro que le espera; vive angustiado pues el amargo suceso se hará realidad en cualquier momento. Ya no tardará mucho. Ella vive feliz con él y con su hijo. Mi amigo sufre lo indecible. Es controlador aéreo y se llama Augusto Cifuentes Mediavilla. Su hijo se llama Sebastián Cifuentes Trebejo y ella se llama Teresa Trebejo Puig. Mi nombre es Carmelo Tolosa Barragán y tengo un cocedero de mariscos en algún lugar entre Zaragoza y Calatayud.

6.4.11

195. Íntimas carencias


          Voy ganando en sabiduría lo que pierdo al mus. Como un cristal mal azogado que pierde en especularidad lo que gana en trasto viejo de desván. Somos vasos comunicantes en un mundo de compartimentos incomunicados. Amamos menos cuanto más nos amamos a nosotros y nos aman menos cuanto más amamos a los restos confusos de los demás, aquellos que han perecido en una batalla de amor o en un combate de incomunicados desdenes. Los naipes del corazón sólo saben hacer solitarios. El ajedrez lo jugamos con Dios, que siempre pierde, y a la ruleta jugamos todos contra todos y siempre gana el contrario. En el odio, aunque parezca lo contrario, siempre vencemos, o al menos, siempre salimos con parte de un pequeño botín ensangrentado. Algo es algo; sin embargo, en el amor, aunque sea diocesano, incluso en un amor ecuménico, salimos como sotas enajenadas, perseguidos por reyes a caballo sin atisbar siquiera al arlequín que nos pudiera salvar con una mojiganga redentora. Ahora es de noche en este miserable casino. Los ujieres y los maceros de corte están dormidos sobre los cadáveres de los últimos crupieres. Una bambalina roja tapa las piernas de la cigarrera asesinada, sólo se ven los tacones acharolados y el comienzo de la costura de una media tersa y salpicada de sangre.

3.4.11

194. Mujeres ilustres


          Yo tengo un gran sentido del humor. Soy muy gracioso. Todos lo dicen y todos me envidian por ello. Yo, a veces, incluso me río de mis ocurrencias y de mi chispa inteligente y genial. Ayer, sin ir más lejos, me encontré con Bruno Bru, el catedrático de Misoginia Avanzada de la Pontificia. Llevaba un terno gris mapache y unos zapatos de piel de rata. Bueno, pues al verlo, no se me ocurrió otra cosa que decirle: "¡Hombre, Bruno! ¿Qué te hizo el turronero de Burdeos que tan luengos tirabeques te dejó al relente?" Los que me oyeron, incluido el propio Bruno, se desternillaron de la risa. Son cosas que me surgen así, de improviso, en un repente de inteligencia fugaz pero constante que hace las delicias de los que me rodean. Sí señor, soy muy gracioso. Les voy a contar a ustedes un chiste:

          "Las alondras, esos quiebros de futuras hecatombes, diseminan sus vuelos insensatos sobre un prisma de luz incandescente. Es un domingo de aurora olvidada en la plenitud de la mañana. La brisa se acumula en el pináculo de esa iglesia pequeña y cenital como el seno de una malva, y tú, ardiendo en el deseo de este día, me miras desde una distancia que adormece y enardece a la vez mi pasión esperanzada".

          ¿A que es para partirse?

20.3.11

193. Americans


          Tuve un novio brasileño que se llamaba. En las noche bahianas salía al claror de la ventana de nuestro humilde bohío y llamábase con una desesperanza tan triste y tan apesadumbrada que ganas daban de acudir a sus lastimeros llamados y decirle: "aquí estoy, mi negro, soy tú". Nunca nadie acudía cuando mi novio se llamaba. Yo, a veces, le acompañaba en sus imploraciones al aire bochornoso, en sus llamatorios nocturnos a sí mismo que ni él mismo respondía. En esos momento me miraba con cara extrañada, me susurraba una palabra de amor nueva, acuñada por él y seguía clamando al aire henchido de golosos mosquitos, llamándose hasta que la turba alvinegra del manglar amaneciente lo rendía y lo hacía derrengarse en la hamaca en donde un sueño atronado le otorgaba olvido pero no descanso. Un día, mientras lavaba mi pollera entre los cañizos, oí su grito, al que siguió una risa abierta y sorprendida, oí su voz doblada en el viento perfumado de la tarde, oí que una voz timbrada y jaranera respondía a una misma voz jaranera y timbrada. Cuando llegué a nuestra casita vi a dos hombres que charlaban enlazados en un afecto verdadero de entrañable camaradería. Se parecían tanto el uno al otro que era difícil diferenciarlos. Esa noche no hice preguntas, ni ninguna otra noche. Los tres somos muy felices.

16.3.11

192. www.hombresdemundo.rip


          Un latino es un medio de ser aborigen, de ser un conjunto de piezas geométricas morenas y azucaradas, de ser un sicomoro y a la vez teniente coronel de algo. Es así, créanme, o no me crean, hagan lo que les guste, que será sin duda, algo relacionado con el sexo o la política, actos, que no acciones, ambos de una grosería infinita. Los sudamericanos latinizados en desposorios matriarcales de hispanidad europea, esos bolivianos panameñados, los guatemaltecos achilenados, o, para acabar, esos paraguayos surinámicos, ¿qué podrían aclarar, añadir, concluir en la denostada propuesta de solidaridad cónica del continente hendido? Nada, no podrían decir absolutamente nada, porque sus oficiales directores de masas, sus asesinos encumbrados por el  homicidio de estancieros y la ingestión de guayaba pasada no asesoran lo suficiente a los ciudadanos, que sólo saben mascar la coca añeja con la que embadurnan sus viejos fusiles, los que en un principio fueron adalides de las más puras democracias del mundo, pero que marcharon en huida, corridos, botados hacia el asiático esplendor de las ciudades de luz sideral. En eso quedó todo, en siglo y medio de esperanzas no tan verdes y de banderas a media asta con carácter de permanencia, de estatismo eterno frente a un horror dosificado. Lo mulato como quiebra del horizonte, y todos mirando si cae o no cae el Perito Moreno.

14.3.11

191. El síndrome de Andropoulos


          Cada latido, un copo de nieve, un invierno pequeño y silencioso; cada pena, un intervalo mudo y blanco, un atisbo de fulgor lejano que se escapa para siempre. Y la noche, la noche que no cesa en su amor por lo inasible, por lo que de verdad duele. Me duermen los aromas de las velas perfumadas, las ceras hirientes de esquirlas lechosas que se derraman tristes y lentas, los rumores de olas de esta capilla húmeda de dioses oscuros y vengativos. Yazgo al unísono con los demonios dulces que me rodean, que me fustigan con sus rojas lenguas arrojadizas, que me laceran inconstantes con sus agudas risas y broncos alaridos. Mi corazón de santo antiguo y olvidado se enmohece en un sin fin de escayola acurrucada, en un piélago de carcoma verdinosa y acre. Veo desde mi altura coleópteras beatas, agridulces acólitos amoratados de golosinas dudosas, presbíteros tersos como el marfil, feligreses amancebados con su sombra puntiaguda persiguiéndoles, veo al párroco arrodillado como si Dios le doliera. Y veo mi aura apolillada y temblorosa, moribunda, a punto de desfallecer de olvido, debilitada por unos átomos de beatitud que la empujan a estos rincones barrocos y asolados, olorosos a esencias de otros tiempos, y donde Bach ya no consuela tanto como alarma.

27.2.11

190. Una nueva iconoclastia


          Hoy me han asegurado que voy a ser padre de nuevo. Me lo ha dicho una nigromante (cabellera de fuego, tez opalina, mirada en prisma). Mañana lo contaré a los cuatro vientos (alisios, simún, siroco y tramontana); lo relataré por los últimos confines de los siete mares (Carpio, Mármara, Alborán, Adriático, Caribe, Báltico y Muerto); lo publicaré en los periódicos de mayor tirada (Herald Tribune, New York Times, El Heraldo de Bogotá); y lo colgaré en las más populares redes sociales (Trogger, Bumpin', Wellingfuck). Mi padre hizo lo propio cuando le dijeron que yo venía en camino, y mi abuelo lo mismo cuando se enteró de lo de mi padre. Yo espero que mi nuevo hijo, al que pondré de nombre Tiberio, sea un buen católico protestante, un ciudadano ágrafo y tendente al inmovilismo y un dopado deportista nato. Lloro bastante ahora, tanto de emoción como de vergüenza, por mis ansiedades de soltería y por mis anhelos de convertirme en golfo y en dueño de mis propias francachelas. De la nigromante tan sólo sé que no se llama Aurora, ni es nacida en Tordesillas. Sé que gusta de ulular por entre los aros de cemento utilizados para la construcción de chinfonías, y de asustar a los periquitos almizcleros de la tundra zamorana.

11.2.11

189. La soberbia como arte plebeya


          En un primer momento todos fuimos previsibles. Más tarde, todos fuimos inherentes. Por último todos hemos sido refractarios. En los tercios, donde anduve persiguiendo el heroísmo y la gloria, me abstuve de encumbrar nada que no fuera digno de mi prosapia y anhelo; pero el estruendo de la derrota y la caída en desgracia del "el más Insigne Español en Flandes", me conturbó más de lo que imaginara y me condujo al estado servil en que actualmente me hallo. Y no lo digo por decir, que por decir diría alguna otra cosa: diría, qué volcanes subyacen en las covachuelas de los altos tribunales; diría lo que siente el alma de los mequetrefes ante la presencia del alto clero; y por último diría que me encuentro en el estado de bonanza espiritual inherente a mi previsible afán de refractariedad.

6.2.11

188. Perfiles y otros sesgos


          Cuando se emerge de las profundidades, se nace de nuevo y de nuevo nos encaramos con esta hostil atmósfera fría, parsimoniosa, rancia y un punto agreste. Desearemos pronto, al menos yo lo desearé, una nueva inmersión en aquello de lo que emergimos hace unas horas. Emergidos no soñamos, licuamos los anhelos en algo parecido a lo que experimentan las amebas. Hermanados/as con ellas, con las amebas, no devenimos en más pluricelulares, sino que ajustamos nuestro cuántum celular a un guarismo más acompasado con la realidad última, con la realidad primigenia, que no es otra que la semejanza. Nos indicaron antaño que nacimos semejantes a no sé quién (¿Dios, un bello mono rabilargo, un aminoácido discoide...?) y nos moriremos un día u otro de manera semejante a como lo hacen todos los seres vivos y los otros. Una vez asumidos los conceptos amebianos, ontológicos y aburridos de la existencia, me marcho a los toros, no sin antes abrevar unos jarrillos de agua cristalina en la fuente de los sicomoros, y leerle unos versos a mi amada Catalina, la esposa de don José María Esquivel y Calatrava, insigne maestrante. Ella es dulce y melosa como una ameba legionaria, tierna y contumaz como una mona rabilarga, muy aburrida y cantarina como lo son aquellos aminoácidos del extrarradio. Pero la quiero. Ella a mí también, pero menos.

29.1.11

187. Vuelta ciclista a Jaén


          Es que me miro hacia abajo y sólo veo un vientre abultado, semi-depilado y con cicatrices recientes. Luego me miro al oblongo espejo de mi cuarto de aseo y veo un rostro inhóspito con los trazos exactos que tendría alguien llamado Alfredo. Salgo al campo a recoger fruta, a recoger bidones de fertilizante, a otear horizontes cúpricos y mortecinos. No me aburro, incluso pienso en personajes de Disney. Yo soy uno de ellos, soy el enanito número ocho, "el sátiro", y entro en la mina de diamantes con ojillos de lascivia mineral, de salacidad acuosa. Muevo el mortero a la hora del almuerzo, lo remuevo hasta que las gachas toman una consistencia pastoril, le añado torreznos y lengüitas de burro, vinagre negro y sal tostada. Vuelvo al hogar de los perros desvaídos y de las abuelas redondas. Vuelco el belfo sobre dentífricos almizclados. Reverbero mi memoria, me pongo soberbio y adusto entre las risas de los demás. La quiero, no la quiero. Sí la quiero, claro está. Pero no es ella la que hunde el reflujo de los mares inexistentes, soy yo el que la lleva a la fuerza a ese otro lado de los espejos recientes. Me muestra tantas cosas que ya casi no me dan miedo los sueños especulares. Miro hacia arriba en mi cuarto de cornucopias y sólo veo a Alfredo bruñendo el florete con el que me va a ensartar.

28.11.10

186. Réquiem por todos nosotros


          Siempre duele mirar atrás porque la mirada sólo nos enseña lo que va delante; otra absurda convención de la naturaleza: lo pasado no cuenta, sólo el presente y su futura proyección interesa a los hados. Pero el hombre persiste en su empeño de socavar el túnel del tiempo y conmemorar los hitos abstractos de los acontecimientos pasados. Sufrir el néctar de recuerdos inflamados por nuestra vanidad o desasosiego nos produce un tremendo placer que nos deja a su vez, el agridulce poder de la nostalgia. Como contrapartida, es esta nostalgia incesante la creadora del genio y la metáfora. Sin esta fuerza motriz que viene del pasado no veríamos el sinsentido natural, aunque hermoso, de la efímera libélula del lago, o el terror del estruendo salvaje y selvático del paquidermo en estampida. Somos lo que somos gracias a la ambivalencia que sentimos del pasado y al miedo que proyectamos hacia los acontecimientos futuros. Todo lo hasta aquí señalado sirve para explicar (para explicarme, para explicaros) el por qué camino como camino: siempre voy hacia atrás, mirando mi pasado cara a cara, dando la espalda al devenir de la vida. Nada veo que me asuste porque ya todo me es familiar y conocido. Nada proyecto porque nada puedo dirigir a mi futuro, y la nostalgia contraria revierte sobre sí misma y se inmola en una especie de simpática melancolía. Les aconsejo que prueben este método mío. Soy moderadamente feliz; en todo caso, más feliz que todos ustedes. Buenas noches.

25.11.10

185. La pesca del ampiflón


- ¿Me acerca la bandeja de petisúes, Baronesa?
- Debería alejársela, Conde. Me preocupa su peso.
- A mí me preocupa su simpleza de carácter y sus pelos, querida Baronesa.
- Su grosería marcha a la par que sus kilos, Conde.
- Y la pobreza de sus ralos cabellos es directamente proporcional al aumento de los pelos de su ya frondoso bigote.
- Es usted insoportable, no comprendo cómo lo puede aguantar la condesa.
- Probablemente por mi fortuna y porque de mí depende toda su familia.
- Ni por todo el oro del mundo viviría yo a su lado.
- Yo, ya ve usted, sí que viviría por dinero con usted; por mucho dinero, claro está; sería la única manera.
- De joven era usted mucho más contenido y elegante.
- Usted, querida Baronesa, en cambio, de joven era tan vieja como lo es ahora. Siempre fue usted una anciana.
- ¿Qué le hace a usted, Conde, ser tan cruel con todos los que le rodean?
- Quizás el hecho de que los veo a todos como moscas zumbando alrededor de un pastel que ni les pertenece ni jamás alcanzarán a probar. Forman un insoportable enjambre de mediocridad y monotonía exasperante.
- ¿Se considera usted mejor que todos ellos?
- Sin duda, Baronesa, sin duda. Y usted, ha de reconocer, prefiere mi compañía a la suya, aunque me cisque una por una en todas sus convenciones, en las suyas y en las de ellos, y desprecie la repugnante sociedad que han montado en esta agreste y bella región; bella hasta que aparecieron todos ustedes con su séquito de inanes saltimbanquis.

          (¿Continuará?)

21.11.10

184. La quiebra de Louis Vuitton


          El alma tiene cabida para muchos pecados originales. El más original, sin duda, es el cometido por nuestros primeros padres, Adana y Evo. El paraíso en el que holgaban, sito entre los dos grandes y bíblicos ríos, el Tifrautes y el Eugris, era un lugar ciertamente acondicionado para cometer originales y no tan originales pecados. El cometido por esta primigenia y singular pareja fue el de la desobediencia, en la figura simbólica de degustar los frutos prohibidos del árbol de la ciencia, también conocido como árbol del bien y del mal. Dios les prohibió que comieran de ese árbol, pero ellos decidieron ser libres, y la libertad les costó una eternidad de disgustos y calamidades. Adana cogió la pera, la serpiente embaucadora la convirtió en manzana, Evo se la dio a Dios para que se la comiera, Dios le dio la mitad a la serpiente, que la volvió a convertir en pera, y con esta forma se la dio a comer a Adana, que la rechazó en un gesto que la honraría de por vida. El bien, el mal y la ciencia se confundieron para siempre en una especie de enjambre espiritual aquilatado durante siglos en forma de palomo luminoso que volaba y volaba sobre las cabezas de los hebreos, judíos, israelitas y gentiles de Samaria. Esta historia, tan bien concatenada y mejor contada, es el germen fundador de nuestro emblemático y entrañable pecado original. Tenemos, claro está, otros muchos, pero ninguno con este nacimiento tan digno y concluyente.

20.11.10

183. Levitaciones en la antigua calle del Pino


          La elocuencia de Gaetano era conocida y admirada en toda la región de Lombardía. De natural discreto y apocado, ante el atril del ateneo o desde el púlpito de la iglesia de San Andrés de Mantua, su verbo se engrandecía y su aura de demiurgo de la palabra se derramaba sobre sus oyentes como un leve y sedoso manto de sabias y benéficas palabras. Un día que leía su breviario devocional por el claustro soleado del palacio del mercader Giovanni Boniforte, se le apareció San Andrés atado en aspa a una cruz de roble. Gaetano, aterrado, quiso huir, pero sus pies se hicieron de plomo y la huida fue imposible. San Andrés, desde la cruz de su martirio, intentó calmarle con dulces palabras y gestos faciales de luminosa ternura. Nada consiguió el santo apóstol de Cafarnaún; el elocuente mantuano reventaba en alaridos ante la ruda visión del anciano crucificado. Tras los ímprobos esfuerzos por darle sosiego, San Andrés no tuvo más remedio que desistir y se esfumó con la misma celeridad con la que hizo su aparición. Con la capacidad de deambular recuperada, Gaetano salió en estampida y no paró de correr hasta que llegó a la torre dell'Orologio, donde con resuello acezante y el vello del cuerpo erizado, apostató a voz en grito de más de once religiones, antes de volverse loco y tartamudo y de ser encarcelado de por vida de manera sumaria tras sus descabellados e interminables discursos a favor de la quema de todos los robledales de Lombardía.

17.11.10

182. Un día en la vida de Hugo Haas


          Traidores hay tantos como tontos, más o menos. Cada pueblo tiene su tonto y su traidor. Si hay dos tontos no por ello va a haber dos traidores en esa localidad. Pero si hay dos traidores, uno de ellos no será traidor, sino otro tonto disfrazado de traidor. Lo difícil será advertir cuál de ellos es el tonto y cuál el traidor, pues el tonto real, el tonto legítimo, puede ser confundido con el traidor tonto, al que también puede confundirse con el traidor real y legítimo, ya que el tonto que no lo es, está disfrazado de traidor. En las ciudades populosas, como Caracas o Sydney, los tontos y traidores se distribuyen por distritos y se amalgaman en cofradías, como los pescadores de A Coruña. En Caracas, por seguir con el ejemplo, hay censados a día de hoy 9555 tontos, igual número de traidores, y 6789 gallegos, de los cuales cuatro son tontos y traidores y nacidos en A Coruña. Esta anomalía genética, geográfica y ética es propia de la raza celta, muy dada a los matrimonios consanguíneos y a la ingesta inmoderada de lamprea y berros. La traición y la idiocia son características inherentes al contacto con mariscos y gaitas a la vez, no por separado. El contacto con marisco per se no provoca ni tendencia a la traición ni babas cantarinas; igual podemos decir del contacto con la gaita. Pero el roce o la cercanía de, por ejemplo, gaita y centolla, mina la moral del individuo, haciéndole taimado, a la vez que la estulticia se abre paso a través de sus meninges convirtiéndole en un idiota de pito y gamba.

29.10.10

181. El estadio de Balaídos


          Querido diario: hoy me he sorbido los mocos de pura rabia al ver cómo se llevaban a mis amigos cristianos a que los devoraran los leones. Yo no soy cristiano, soy hereje y heterodoxo, por eso me he salvado. Mi alma es negra como el betún de Judea y peco de manera uniforme, constante y numerosa. Peco en varias religiones monoteístas y en algunas politeístas. Contravengo todas las reglas morales de cualquier creencia religiosa que conozco. Cuando muera, será muy difícil saber a qué infierno de los muchos posibles seré enviado. Porque todas las religiones y todos los dioses son verdaderos. Y por tanto, todos los cielos y los infiernos igualmente lo son. Los cristianos devorados por los leones irán al cielo dentro de un rato, pero yo no iré nunca al cielo porque nací malo, de madre mala y padre malo. A mis abuelos, que eran escoceses, no los conocí, pero igualmente los aborrezco, porque yo aborrezco y odio a todo el mundo, incluso a los estultos cristianos devorados por los leones. Ser malo es como una pesadilla con final en Teherán, o como hartarse de higos y granadas frente al edificio de la bolsa de Detroit. Algo así. Ustedes no lo comprenderán, pero es que esto es un diario y ustedes no tienen derecho alguno a leer el diario de ninguna persona, por muy hereje y heterodoxa que ésta sea. Espero que todos lo que esto lean sean devorados por alguien o por algo alguna vez.

28.10.10

180. Un mundo multicolor y escaso


          Es un pueblo con gran desorden en su enorme agujero. En su interior nadean (esta palabra no existe, pero debería) gentes de color cobrizo y animales en fase embalsamada, translúcidos algunos, y semejantes a lucios de piedra, otros. Paso a su través con mi tienda trashumante de refrescos de zarzamora y peritas de San Juan. Conozco a las muchachas del pueblo que con gracia poco definida, enarbolan alfanjes oxidados cuando me ven pasar. Sus novios, mineros rojos en su mayoría, me disparan bengalas de colores diversos y llamativos. En la escuela de Artes y Oficios vendo mi material y marcho con pena contenida hacia parajes más hostiles, más agrestes en sus costumbres, más beligerantes con las gaseosas que despacho. Me llamo Gummo Marx, soy el quinto de los afamados hermanos newyorkinos; tengo ciento veintiséis años; canto tres canciones, las únicas que me sé, algo obscenas porque son del tiempo en que actuaba con mis cuatro hermanos en los más tirados bujíos de Coney Island (la palabra bujío tampoco existe, e igualmente debería). También toco algo el saxofón alto y el ukelele. Me separé de ellos durante la Segunda Gran Guerra, siguiendo a una mujer afgana de nombre impronunciable, a la que llamo cariñosamente Jgjhtzcjgb. Soy, además un adúltero incorregible pues la engaño con las chicas de los alfanjes oxidados, con los mineros rojos y con algún que otro animal embalsamado. Las gaseosas las hago yo mismo con cosas que me voy encontrando por esos andurriales de Dios.

26.10.10

179. Gentilicios


          Nenúfar es una palabra que utilizo mucho más que cualquier otro pobre talabartero. Sarraceno es la que más utilizaba antes de la Primera Guerra Mundial, pero ya estamos en la Cuarta y ha quedado pasada de moda, e incluso obscena. Naturalmente, cuando se siente uno muy deshojado por la desidia de los demás, brotan de uno palabras algo más salobres, menos acogedoras y templadas. Los demás duelen mucho cuando no son ellos los que se duelen. E incluso cuando se duelen de ellos mismos, duelen a los que nos duelen los demás, por el simple hecho de no ser nosotros. Es doloroso a veces no ser los otros. Yo dispongo de lágrimas precisas, específicas, para esa pena de no ser ellos. Entristezco muchas veces durante la mañana, en la calle, por no ser las personas con las que me cruzo. No deseo parecerme a ellas, quiero ser ellas. Sé que sus palabras preferidas no son las mías, son otras, es posible que más llanas y hermosas. Ayer pasé junto a una vendedora de pétalos de dalias cuya palabra amada era trotamundos, y más tarde tropecé con un ciclista negro que sonreía pensando en el vocablo gnihmóo que en camerunés significa amores compartidos. Deambulo por las calles queriendo ser los otros y los otros deambulan por las palabras queriendo ser mis espejos. Ahora cada vez me ocurre menos, porque tengo un espejo lleno de palabras que me enseña pasadizos secretos por ciudades lacustres. El espejo que poseo es una mujer. Sabia. Eterna. Dorada, pero no me conoce.

20.9.10

178. El hombre del sombreo oblongo


          Hooper pinta un cuadro esquinado y luminoso, y profundo y oscuro a la vez. Con líneas verticales y horizontales crea un damero asimétrico de luces vivas e hirientes. Hay cuatro personajes de esencia pisciforme inmersos en la urna de cristal que forma la cristalera de una cafetería, un acuario que los incomunica, sin puertas ni ventanas, de un exterior inhóspito, desierto, sin vida. El día está paralizado en un instante de la madrugada, de la noche, del atardecer, imposible de discernir. Es el tiempo de la profundidad marina, el tiempo del hombre-pez, de la mujer-pez. Tres hombres y una mujer ejercen de humanos en el interior de la ampolla cristalina y luminosa. Dos hombres y la mujer toman café sentados a la barra y miran al interior. No hablan. No se miran entre ellos. El camarero observa con asombro hacia fuera, la calle embrujada de soledad. Son ellos los supervivientes de la noche sin luna o los supervivientes del último día sin sol. Son víctimas de la luz o custodios de esa luz última de clamor urbano. Creo que saben que por el ángulo inferior izquierdo, por esa acera iluminada alguien ha de venir a salvarlos, o a matarlos. Alguien que no vive en la ciudad. Quizás algún gran pez extraviado.

13.9.10

177. No más hip-hop


          La abacería de Manolita, La Parva, está precintada por orden judicial. Manolita era de Almonaster la Real sin ella saberlo, porque de suyo, Manolita no sabía nada, ni tan siquiera sabía que era una mona de Gibraltar casada en segundas nupcias con el tercer corneta de la banda municipal de Ramala, un palestino malo de verdad que le hacía comer mondas de naranja mientras la tundía con la parte de la corneta que más hiere. Cuando tuvieron al Vicentico se trasladaron, él a Mieres y ella a La Línea, ciudad por la que sentía una lógica querencia. Vicentico enfermó de peste bubónica a los tres años y se hizo sacerdote mefítico de la orden de los mercuriales al año siguiente, entablando pugna debaticia con parte de la Conferencia Episcopal por su corta estatura, poca edad y cara de mono. El mal moro, padre deñ Vicentico, ("Moromalo" le llamaban en Asturias) resbaló en un chigre y quedó cuadrapléjico y melancólico hasta el turbante. Unos tunos de empresariales acabaron a bandurriazos con él. El tuno pandereta, de ascendencia almohade, denunció a sus compañeros de rondalla y acabaron todos en presidio. Fue cuando Manolita montó la abacería con dos monos de los alrededores de Algeciras, provincia de Cádiz. De Vicentico se supo que murió en Manila de las secuelas propias de la peste bubónica. ¿Por qué cerró el señor juez la abacería de Manolita, la Parva? Eso nadie lo sabe.

8.9.10

176. Bestiario 03


          BORMOG: Es homúnculo de la orden de los bombios. Es el más redondo de ellos, el más innecesario también. Es ser urbano, de metrópoli industrial, de ámbito factoril. Vive en polígonos industriales, grandes naves chatarreras, desmontes de deshechos fabriles. Su aspecto entroniza y se mimetiza a la perfección con su entorno natural. De lejos semeja un neumático de camioneta de reparto de los años cincuenta. Su movimiento giratorio, sin embargo, no lo realiza con la zona de aspecto recauchutado, sino con la zona central de aspecto metálico-herrumbroso. Vive del hurto de alambre y de bobinas de cobre. Suelen ir en parejas o tríos y emiten, al desplazarse, sonidos hirientes y recalcitrantes, muy desagradables para los obreros y operarios que se encuentran cerca de ellos. El bormog ejecuta ciertas danzas de apareamiento nocturno muy ricas en matices, casi se diría que tales sutilezas devienen paradójicas en un ser de tan baja prestancia estética. Su vida es longeva pero muy pobre en consecuencias beneficiosas para la Naturaleza. Sólo depreda material siderúrgico, nada más hace con su vida. No mantiene relación con ninguna otra bestia y su carácter, hosco y huraño, no lo tipifica como un ser redondo, pero sí como ente despreciable.

6.9.10

175. La falda blanca de Nelson Mönic


          Los hilos de petróleo brotan por los poros. Es el oro negro del sufrimiento. La hez de la amargura inconcreta resbalando en guarismos de emoción tergiversada. La cara como continente maldito, apenas vibrante y pobre. Todo surge en esa faz. La catatonia inmensa de la voz se multiplica en cada hilo oscuro y aberrante que sale a pequeños borbotones sincopados. Es el sudor del infierno, el grumoso albañal que rebosa espontáneo, bituminoso y final. Se divisan las avenidas de tilos envenenadas que hacen recordar los dardos con los que la muerte no quiso vencer, los vapores exterminadores que no inspiraron los vencidos pulmones, esas vísceras difíciles de entender. Todo queda suspendido, todo queda desgarrado en la alambrada espinosa de la duda. Los futuros se dividen y sólo quedan partículas de tiempo en un mundo de espacios deshilachados. La melancolía lo invade todo desde atrás, desde abajo. Es una espuma negra y algodonosa que va tapizando el horizonte cercano, que nos va ensamblando a todos en las celdas del panal gelatinoso y aciago. Ya no se oye nada, sólo el estertor constante de los que van a desaparecer, ese estertor que nace con vocación de ser el último expirado por los pulmones, esas vísceras tan difíciles de entender.

1.9.10

174. El botón de nácar


          El ají de gallina, famosa receta peruana, es barato de hacer siempre y cuando el número de comensales sea inferior a dos y superior a cero. Es decir, es barata la receta si se hace para un comensal, si se hace para dos es el doble de caro y si se hace para yo no sé cuántos es yo no sé cuántas veces más caro. Primero diré los ingredientes: un celemín de aceite de onagra, 100 gramos de sémola tostada, un manojo de cañamí, dos decilitros de pisco añejo, un diente de ajo santeño, una pizca de mejunje bravo, 50 gramos de hierba berrea, y dos melones para decorar. La princesa Nessia, mi princesa, era una gran cocinera. Nunca cocinó nada; fue y será siempre una teórica de los fogones, una musa culinaria de la nouvelle cuisine, una gastrónoma abstracta y abstraída, enemiga de las vitrocerámicas y de los hornos microondas, una experta en cocina peruana, a la que odiaba con veneración y veneraba con un odio andino y garduño. Nessia, mi princesita inca, sólo comía los despojos de los sacrificios humanos, tan frecuentes en los alrededores de su bloque. Nessia es bajita como sus ancestros del norte y extremadamente obesa como sus descendientes del sur. Ella fue la creadora de la receta del ají de gallina en una época en la que en los Andes nada se sabía de la existencia de un Dios todopoderoso que hacía desaparecer a los calafates de ribera y los hacía aparecer de nuevo vestidos de croupiers en los barcos que surcaban el Mississippi o el Duero.

29.8.10

173. Una estampa floral desvaída


          Al fin deambulo por la caverna iluminada. El cuero de mis ataduras, endurecido por el tiempo y por el sudor de mis miembros, ha experimentado un cambio inusitado hacia la elasticidad, y ahora puedo desplazarme por la cueva, tocar sus paredes, absorber en mi piel sus humedades. Han sido treinta años de inmóvil desesperanza, acurrucado en el rincón más desolado y oscuro. Sé que sigo encarcelado, sucumbido, atrapado, pero siento que respiro un aire nuevo, renovado; ya no inspiro el agrio humo del rencor ni el denso aroma de esa lobreguez adusta de la desdicha. La distancia que alcanzo en mi nueva situación no me permite echar a volar a través de los gruesos barrotes del ventanuco, pero sí llegar hasta ellos, agarrarlos y elevarme para ver un bosque, un horizonte, un grupo de acacias que bordean un camino empedrado y soleado. Y todo esto ha ocurrido como ocurren los actos más negligentes de la naturaleza, con la espontaneidad del rayo, con el sordo espasmo del trueno, con el premioso temblor del seísmo. Nada y todo ha cambiado. Todo y nada.

28.8.10

172. El cancionero romaní (Extracto)


          Los truenos perturbaban intensamente a Nicephoro Phocas, un emperador de Bizancio poco conocido, quizás por su carácter atrabiliario y personalidad mechada y trufada de mediocridad. Mi madre solía decir, ya desde los tiempos en que nadaba en el líquido amniótico de su útero, que yo tenía una manera de ser bizantina. Fíjense ustedes en la clarividencia de la mama. Ya, en los primeros colegios de los que fui expulsado, los tutores exponían claramente entre las causas de la sanción mi bizantina propensión al exabrupto y a la violencia de género neutro. Mis continuas entradas y salidas de correccionales siempre fueron generadas por pequeños hurtos bizantinos (las entradas) y por bizantinas discusiones en las penas impuestas (las salidas). Bizancio y su corte siempre fueron mi norte en la vida. Los hechos vitales de Justiniano, Teodora, Valente, Basilio, incluso del amigo Nicephoro Phocas fueron las luminarias que iluminaron con su luminosa luz la oscuridad de los más oscuros años de mi oscura juventud. Carecer de contactos en Estambul, no tener antepasados en Constantinopla, no haberse extasiado en la contemplación del crepúsculo en el Bósforo, no haber establecido un principio de acercamiento con algún giróvago de Capadocia, en fin, no tener ni una ráfaga de Bizancio en la mirada es algo dramático para cualquier cristiano o para cualquier musulmán. En los envases de Phoskitos®, en la parte donde se consignan los valores energéticos de los diversos componentes del pastelito, se hallan las claves de la cuestión que estamos analizando. Si ha de haber un resurgimiento del Imperio Bizantino, es por ahí por donde hay que empezar. No lo duden.

27.8.10

171. Tierna muerte, acude a mí


          El torso acorazado de turbio mármol. La pétrea faz de emperador de vacuas pupilas mirando los confines de su imperio. Y la mosca verde en la punta de la nariz. Una mosca verde de museo, sabia en el estático arte estatuario, docta en gestas de terracota, en estampas de gestas heroicas. Ella pone, intermitente, los puntos orgánicos y efímeros sobre las íes de las piedras labradas, inorgánicas e imaginativas de los hombres. También pulsa y recorre los trazos y veladuras de pinceles remotos en telas multicolores de profunda bidimensionalidad. La mosca verde de museo es de mansa condición, y silenciosa, y respetuosa con los climas, con las luces y con las sombras, con las zonas atonales y secretas de las salas. Duerme siempre en los recovecos del yelmo de la armadura que nunca falta. Anida en las esquinas de los cálidos tapices. Y su corta vida la aprovecha en infinitos vuelos, en gozosas estaciones donde, poco a poco, va adquiriendo los conocimientos propios de su especie. La mosca verde de museo es muy difícil de ver. Yo tan sólo la he visto una vez. Fue en el museo del Hermitage de San Petersburgo una mañana muy fría de noviembre, en la sala dedicada a los prerrafaelitas. Observaba una pequeña tela de Tertius Minguenet titulada "Ondina embalsamada", cuando percibí que la parte central de la diadema de la bella ninfa fluvial vibraba y salía volando: esmeralda disipada, verdoso fulgor volatilizado en un instante mágico, irrepetible, inolvidable, eterno.

24.8.10

170. El mejor amigo de don Juan Carlos


          Primera parte del silogismo: el universo es algo asqueroso. Es lo más asqueroso que existe, ya que si es verdad lo que acabo de decir, si es verdad este aserto (es decir, la primera parte del silogismo, si es que consigo formular la segunda parte del mismo, ya que si no lo consigo no sería un silogismo, sería otra cosa, como, por ejemplo, una tautología imprecisa o un sofisma carencial), si es verdad, decía (que se me va el santo al cielo), que el universo es asqueroso, ello implicaría que sería "lo más asqueroso", porque, aunque cualitativamente hubiera algo más asqueroso, que seguro que lo hay (por ejemplo un agujero negro deshilachado o la nata fermentada en las comisuras de un buey de Kobe), el universo, al ser tan inimaginablemente grande, tan acumulativo en sus dimensiones, ganaría cuantitativamente la partida.
          Segunda parte del silogismo: la hulla galesa posee un poder calorífico muy superior a la hulla de la cuenca del Nervión. Aquí, en esta premisa, no tengo nada que añadir; las cosas son como son; para demagogias ya nos basta y nos sobra con Mosén Agustí.

          La conclusión: la conclusión (se ve desde lejos) no será lógica sino paragógica, y la dejo en sus manos. Les daré una pista: hubo en Versalles un jardinero de nombre Maurice, que fumaba una mezcla de tabaco antillano y polvo de dinamita. Su cabeza rodó, como tantas otras, en la plaza de la Concordia. Si Jacques Derrida hubiera deambulado por las calles de París en los tiempos de la Comuna, no se hubiera derramado tanta sangre, o tal vez sí, pero de otra manera.

23.8.10

169. Todos somos estadounidenses


          A mí es que las especies en vías de extinción (EVE de aquí en adelante) se me importan una higa, mayormente. Si las EVE se hallan en tal situación será porque la madre o la tía naturaleza así lo cree oportuno, ¿no? Además, si existen las EVE es porque seguro que existen las EVP (especies en vías de progreso). Qué afán, el del ser humano, de interrumpir el curso natural de las cosas. El topo arlequín peruano (Topus peruanensis) desapareció en 1902 sin que el ecosistema andino sufriera una merma perceptible. Lo mismo ocurrió con otras especies, que ya sólo habitan en el recuerdo de algún nostálgico zoólogo: la medusa lapa, el vencejo ojizarco, el ciempiés turdetano, el pez sifón, la culebra dulce o la ballena mosca. Todas estas fueron EVE hasta que pasaron a ser EE (especies extinguidas). ¿Y qué? Lorrie Moore, en una de sus novelas, propone la idea de la creación de establecimientos de restauración especializados en recetas de EVE. Si la clientela sale satisfecha tras degustar una rica mousse de oso panda o una contundente caldereta de manatí, la demanda generaría una conducta social proteccionista hacia esas EVE con la consiguiente asignación presupuestaria por parte del estado para la creación de departamentos encargados de la protección y conservación de estas ricas y nutritivas especies. Con todo ello se concluye, por tanto, que las EVE hay que comérselas por su propio bien, aunque a mí todo esto me la trae al pairo, como ustedes comprenderán.

22.8.10

168. Voluptuosa Jennie


          Diocles, auriga famosísimo en su tiempo, era nacido en Hispania. Ganó 1.462 carreras durante su larga trayectoria profesional, y se retiró en el año 146 d. C., cumplidos los 42 años. Su fortuna alcanzó la cifra de 35 millones de sestercios. Roma lo adoraba. Su dorado retiro en Marsilia, no obstante, duró algo menos de un año, pues el emperador Diocleciano le obligó a aceptar el cargo de procónsul en la región de Tracia. Diocles, sin ninguna experiencia en asuntos diplomáticos, consiguió sin proponérselo enemistar a las tribus de la costa con los clanes de la montaña, originando a la postre una guerra civil en el territorio tracio que diezmó la población y desestabilizó esa importante zona del Imperio. Llamado a Roma con premura, el emperador lo humilló frente al Senado, arrancándole personalmente los cingulae de la fibula y obligándole a volver no al circo en calidad de auriga, sino al anfiteatro en calidad de gladiador. En su primer combate perdió el ojo derecho y el brazo izquierdo. En su segundo y último combate perdió el ojo izquierdo y el brazo derecho. Manco y ciego, pero con su fortuna intacta, intentó volver a Marsilia, pero la tríada capitolina formada por Júpiter, Juno y Minerva, dispuso que una tempestad devorara la embarcación en que Diocles intentaba escapar de su negro destino. El desastre ocurrió al norte de la isla de Córcega, a cuatro millas marinas del cabo Orsini, cerca del pequeño puerto de Montecaffino, pueblecito donde diez siglos después nacería el insigne poeta corso Ariosto Ariani.

18.8.10

167. El ciervo y la gusana


          Precisemos con concreción prusiana el lugar exacto de la colina en el que ubicaremos el estandarte. No vale cualquier punto. Ha de ser un punto que equidiste de otros puntos. La estrategia y la logística de armamentos establecen las reglas canónicas que nunca se deben vulnerar. En la batalla de Aquatteri, el dogo Ulpiano Casavetti consintió en el desabastecimiento de grano en la ciudad de Venecia durante seis meses a cambio de poder disponer del flujo necesario de estraperlo de pólvora polaca en los puntos claves de almacenamiento en el Adriático. Esto salvó, a pesar de la hambruna, el errático predominio político y militar de las pocas ciudades-estado todavía sobrevivientes a finales del siglo XVII. Gismondo Trotti, en un ejercicio de prepotencia equivocada, no se atuvo a regla alguna en el asedio de Capua y enarboló la enseña de la opción equivocada. El Papa lo castigó con justeza y con justicia y acabó sus días en las mazmorras del castillo Maroni, apartado como si fuera un apestado de los círculos de poder. Por tanto, pensemos con serenidad el lugar exacto donde colocaremos nuestro estandarte; en ello nos va no sólo la vida, también nos va el honor y la gloria.

          Un beso muy gordo, te quiero:

          Mari Puri.

28.7.10

166. Helado de leña


          Ettore Majorana, físico italiano desaparecido en 1938, tenía una hermana sordomuda de nacimiento que le ayudaba en los quehaceres del laboratorio. Se rumoreó que fue ella la verdadera artífice de la famosa "Teoría del protón austero" y de la no menos famosa "Ecuación de Mejorana", proceso matemático que ponía patas arriba los hallazgos de Huymann en el campo de los grupos moleculares convexos. Dado a las bebidas blancas de alta graduación alcohólica, Ettore no estaba casi nunca para nada y es probable que los rumores de su apocrifia sean ciertos, o al menos, altamente probables. La diletante sordomuda, de nombre Silvana, también bebía, pero sólo bebidas gaseosas, con cuantas más burbujas mejor. Se profesaban un amor fraternal y un respeto mutuo, pero no todos los días, ocurriendo que los fines de semana aparecía en su relación un odio fraterno poco respetuoso, en ocasiones feroz y con violentas consecuencias físicas para ambos. Quedaron huérfanos muy pronto y fueron criados por unas monjas mendicantes de Sorrento, las Hermanas Capuchinas Humilladas. Posteriormente fueron puestos en venta por las hermanas una vez adiestrados y aseados, acabando ambos en el castillo de Francesco Pianolla, donde fueron educados en las artes de la física él, y en las del amor galante ella. Otro día, quizás, continuaremos la historia de Ettore y Silvana, pero es que tengo que ir inmediatamente, con gran premura, diría yo, a hacer de vientre.

26.7.10

165. Maltrecha simiente, además de venenosa


          Estoy sumido, muy sumido en el pantano de no querer seguir siendo. No así, como soy ahora, sino "siendo" en la totalidad. Otro modo me es no imaginado a fuerza de no haberlo sido. No es irme, sino no estar o no haber venido por no ser ni esperado ni tan siquiera intuido. Para adolecer hay que sentirse carente y eso es lo que desearía de pleno: la carencia absoluta para no ser ni en un atisbo, ni por asomo, para nada y para nadie, la abolición no necesaria, pues abolir lo inabolible es lo que me pertenece y a lo que tiendo. Ser un no-pensamiento en la mente de un ser inaprensible e inexistente. Situación al margen de un proyecto de realidad, del lado oscuro o luminoso de un tremendo vacío, cubierto de oquedad inimaginada. No ser en todo el espacio-tiempo de una ausencia. El deseo que empaña mi energía yacente es contrario al deseo del verbo. He de estar fuera del camino de Dios, marginado de su boceto, intrascendente a su halo y a su sino. La huida precoz, el fin sin fin porque no hay principio. Regalo los efectos, los dono al éter confuso de las vicisitudes vitales de algo o de alguien. No los quiero. Mucho menos quiero ser causa. La cedo también a los coleccionistas de locuras enquistadas en la materia que tanto aprecian. Quiero ser sólo el adiós, aunque sé que la nada también se halla arañada, incomprensiblemente, de odios y esperanzas.

23.7.10

164. Un ramito de biznaga


          Los catalanes de Lekeitio, vizcaínos adoptivos, y los vascos de Terrassa, barceloneses de adopción, son mil seiscientos treinta y uno, todos con cara de refugiados políticos, todos con clavículas prominentes, todos con ancestros emigrados a Cuba, todos sabedores de un secreto mitad geográfico mitad sacrílego que deja a sus hermanos en muy mal lugar. Las breñas del Lekeitazgo y las frondas mediterráneas del Terrassol delimitan zonas climáticas de ozono enriquecido debido a las fermentaciones cúpricas de la flora autóctona y a la putrefacción troncular de los animalillos del bosque bajo. Este ámbito ecológico, según etólogos afamados como Niko Timbergen, es único en el mundo, lo que no significa que sea interesante. Sólo su unicidad, su solvencia como solitario ecosistema, le da su carta identitaria, nada más, porque por lo demás, posee el mismo interés que pudiera tener el tic nervioso del sacristán de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Alfalfa Florida de la localidad murciana de Totana. Mis agria simpatía por estos ciudadanos y su entorno me hace recordar aquella cancioncilla de Pablito Brines que decía así: "Brumas de cieno, mi alma / cohabitan sobre la aurora / mientras los carabineros / abren su pecho condecorado. / ¡Qué vivan las madreperlas, / qué mueran las grapadoras!".

19.7.10

163. Mucho mejor con moño


          Tantos años sin ver negros por las calles..., tantos años viendo chinos en cinemascope..., y ahora, chinos y negros por todos lados. En mi esquina limosnera les pido a negros y a chinos monedas para ir a San Juan de Puerto Rico en un barquito de vela, y ellos no me dan nada porque son pobres y avaros. El amarillo y el negro son colores que se obstaculizan en las calles. Comprueben y verán que jamás caminan un chino y un negro en el mismo tramo de una avenida. Cosa curiosa, sin duda. Se anulan entre sí. Los chinos, si fueran negros, emigrarían al sur, los muy bobos, y si el negro, ya luenga la coleta y rasgados sus ojillos algodoneros, emigra, lo haría al este, el muy estúpido. Yo sigo pidiéndoles los óbolos que necesito en mi esquinita limosnera y ellos siguen sin mirarme siquiera, porque chinos y negros son poco conmiserativos y todo lo que tienen de poco lenguaraces lo tienen de sibilinos y displicentes para con los más miserables que ellos. Por eso no saben ni siquiera regresar a su tierra natal una vez emigrados. No tienen miras, y para ambos (negro y chino / chino y negro) el futuro es casi inexistente. Cuando llegue a San Juan de Puerto Rico me haré cónsul y aboliré la pena de suerte. Me casaré con la hija miope de un rico hacendado y escribiré la Historia General de las Migraciones en América Latina. Tendré hijos miopes y ricos, y amantes chinas y negras por todas partes de la isla.

16.7.10

162. Bestiario 02


          TRIPHONÉ: Trasgo de la subespecie silvana, bailarín irredento, mordaz en su lenguaje, procaz con las jóvenes vírgenes del valle y borracho permanente e inmanente, Triphoné presenta una morfología golosa y atrayente: su cuerpo es una especie de guirlache translúcido que deja ver sus albos huesos como almendras y avellanas inmersos en ámbar almibarado. Su cráneo emite un halo que fosforece con la luz de luna y su crespo pelo crepita como el maíz tostado. Sus dientes protruyentes y equinos no dejan de rumiar y rechinar en un estridente roce metálico, casi industrial. No tiene brazos, pero sí dos fuertes extremidades inferiores, con unos formidables pies de seis largos dedos prensiles. No tiene enemigos y es amigo de lo inanimado, sobre todo de las rocas de basalto, a las que venera y adora. Vive cómodo y trashumante en terreno selvático o muy boscoso, y tan sólo abandona el verdor de la fronda para lamer las piedras rugosas, que son su pasión confesa. Los Huilös, malvados seres ululantes del bosque, se desternillan de risa cuando ven a Triphoné con sus rocas lame que te lame, pero es que los Huilös ríen por cualquier cosa, ya se sabe. Triphoné siente a veces la soledad, o algo parecido, pero no sabe qué es eso, porque a casi nada le ha puesto nombre, y ya sabemos que lo que no tiene nombre no existe.

15.7.10

161. Impresiones de un vencejo


          Ayer me encontré con un imbécil. Amigo, buena persona, pero imbécil. Mientras tomábamos una taza de café, vertió una serie de opiniones sobre diversos temas: políticos, sociales, ciudadanos, incluso deportivos y taurinos. Mis alarmas fueron gradualmente disparándose al comprobar que su discurso, su enfoque al analizar ciertas cuestiones más o menos enjundiosas, su toma de posición frente a ciertos temas coincidía plenamente con mi discurso, con mi análisis, con mi enfoque y mi posición frente a esos mismos problemas. Era como si el imbécil repitiera todos y cada uno de mis pensamientos, de mis opiniones, de mis querencias, filias y fobias intelectuales. Una vez que se hubo marchado me quedé perplejo y asustado. Como en un espejo me había sentido reflejado, me había visto a mí mismo exponer mi pensamiento de una manera inequívoca y llana. Era el discurso que me definía, que me representaba ante los demás, pero la persona que lo había expuesto no era yo, sino un soberano imbécil. ¿Qué nefasta consecuencia debía sacar de este encuentro? Por más ecuaciones que diseñé para definir el suceso el resultado final siempre era que a = b, siendo a yo y b el imbécil. Así que desde ayer soy miembro numerario del selecto club de los imbéciles, para servir a Dios y a todos ustedes.

14.7.10

160. Toros en el Magreb


          Los órdenes arquitectónicos griegos, los arquitectos griegos ordenados, la arquitectura ordenada griega y las órdenes de arquitectos griegos son todo la misma cosa. La columna protodórica, el friso mesojónico y las metopas tardocorintias son la misma cosa. Los fustes de los elementos sustentantes, con su variable número de acanaladuras y su diferente profundidad, la mesura singular de los triglifos y la riqueza plástica de sus tímpanos son todo ello la misma cosa. En conjunto y en sus partes la Hélade, el concepto histórico del Peloponeso, las ciudades-estados de genealogía micénica y un ágora encendida de proteicos discursos son todo la misma cosa. Provenimos de "la cosa" y nos dirigimos a "otra cosa" muy alejada en el tiempo y en el espacio de la "cosa primigenia". La Biblia se diferencia de lo griego en que es "muchas cosas", no "la cosa". La Biblia es: prepucios desgarrados, batallas de hombres contra hombres-insecto, genealogía de algunos ríos, hombres locos, llanto eterno, cruces curiosas, cruces curiosos y mucha muerte. La Biblia nos separa del tiempo griego y de la tierra griega, con todo lo que ello supuso y supone.

          Todo lo que acabo de referir es cierto, aunque no soy cristiano viejo ni tomo jamás yogur, si acaso tomo alguna vez una mousaka bendecida en el almuerzo, pero sólo de vez en cuando.

9.7.10

159. La samba como excusa


          "Pervirtamos el sentimiento y demos alas al enojo. Se nos insta de continuo al abordaje de naves desconocidas y a la conquista de islas ignotas. El griterío nos embravece y nos estimula en el fragor del asalto. Las hormonas guerreras nos dejan sin aliento gran parte de nuestra capacidad de pensamiento racional. Ha de ser así, si hacemos caso de lo que nos dicen nuestros estrategas y adalides. No pensar es el arma más deletérea del guerrero, y los generales lo saben, y le incitan a dejar su mente en blanco, nieve dura y espesa sobre la que erigen el palacio del poder y la gloria efímera de la batalla. Pervirtamos, pues, el sentimiento, y dispersemos nuestro enojo sobre el yermo de la llanura que humea aún tras la quema de rastrojos, tras el exterminio de nuestras preguntas sin respuestas. El enojo será nuestra punta de lanza invertida, regresaremos de nuestras batidas, de nuestras cargas contra el débil enemigo, de nuestras montaraces razzias, y de nuevo en el punto de partida dominaremos el futuro cuestionándonos el pasado y gozando de un presente más limpio, bruñido y acrisolado...

          Palabra de Dios..."

6.7.10

158. ¡Por fin, ya tengo el iZot!


          Voy desinteresadamente a darles un dato que desconocen. Si miran en su biblioteca, observarán que la mayoría de los libros que, ordenada o desordenadamente, descansan en los anaqueles tiene 342 páginas. En mis observaciones por bibliotecas de medio mundo he llegado a esta conclusión numérica: de cada 100 libros, 74 tienen 342 páginas. Mi afición por los libros viene de mi afición por las bibliotecarias. Estas mujeres son muy especiales para mí. Suelen ser gordas sin excesos y muy blandas de carnes,  flaciditas, como si su tejido subcutáneo fuera de la consistencia del flan chino Mandarín®. En la cama son pasivas y risueñas, y a todas les salen hoyuelos en los sitios más insospechados cuando ríen. Suelen tener hermanos deficientes mentales y son muy aficionadas a los gatos. Bibliotecarias fueron mis dos primeras novias, también lo fueron mi primera y mi segunda mujer, y mi amante actual. Incluso mi única experiencia homosexual fue con el actual encargado de préstamos en la biblioteca de Coimbra, el gordito Melho.

2.7.10

157. Los horrores de la copla


          Jacinto Amaya Amorós nació en Moraleda de Zafayona, provincia de Granada. Nadie lo sabe, pero fue el primer traductor al caló del Finnegans Wake de James Joyce. No le reportó un ochavo ni le abrió las puertas de ninguna cátedra, pero sí le dio el espíritu necesario para poner un bar literario en Albolote y una casa de niñas en Atarfe. A los dos años de abierto, entró el primer cliente en el bar de Albolote, que no era otro que el chino Huan, premio Nobel de jardinería y asesor de la Santa Sede para asuntos de corsetería antigua. En realidad entró confundido, pensando que había llegado a la casa de lenocinio de Atarfe. Jacinto cerró el negocio literario, traspasó el lupanar de Atarfe y se fue con el chino Huan a Palamós, donde fundaron una iglesia zen de raíces cuáqueras: Los Hermanos de la Quinta Mazorca. La unión de los fundadores, Jacinto y Huan, con dos apoderados del Banco Bilbao-Vizcaya de Palamós, dio origen al consorcio ASTROLABIO de tan amplia implantación en toda la zona Mediterránea. Al poco tiempo, Huan murió y se hizo cargo del 25% del negocio su hermana Tránsito, casada con el pretor Spitero. De aquí a la invención del Calisay® tan sólo fue dar un pequeño paso.

29.6.10

156. La realidad catalana


          Sepamos lo que sepamos de la rosa nunca conoceremos lo que piensa y sufre en primavera. Particularmente me importa una higa lo que piensa y sufre una rosa en primavera; una rosa o un melón, claro está. Es más, estoy convencido de que las rosas (o los melones) no experimentan exactamente lo que nosotros denominamos "pensamientos". Aunque adoro la poesía, abomino de los poetas. He asesinado muy poco, apenas nada durante los años que llevo de vida (cincuenta y tres), pero mis víctimas han sido siempre poetas. Hay cosas que deberían de existir sin causa ni origen, ser eternas, quedar al margen de las ciencias inquisitivas que investigan su génesis, y la poesía sería una de estas cosas. Me gusta la idea de una rosa pensante (o de un melón pensante), me la suda el pensamiento en sí. Y aborrezco al miserable que lo plasma en un papiro. El arte en general debería carecer de progenitores. Picasso era un cubo de basura ideológica; Dante, el único cursi de la Baja Edad Media; Lorca, un modelo para anuncios de brillantina; Byron, un cojo bribón; Cervantes, un técnico en bestsellers amanerado; Botero, un tontolculo con glaucomas; Mozart, un niño moña mortecino...

          Hiérome la palma de la mano con el tallo de la rosa.

          Su puta madre.

28.6.10

155. Hasta aquí hemos llegado, María Pilar


          A todo el mundo hoy le ha dado por hablar del liberalismo económico (ya saben: Malthus, Adam Smith, Stuart Mills...). Quizá se deba a que los almendros han florecido o a que los leguleyos castellanos abandonan sus despachos y covachuelas para unir sus destinos a los de La Mesta. Todos hablan hoy de si intervencionismo sí o intervencionismo no, si hay que poner velas al proteccionismo o sumirlo en el albañal del olvido. Yo creo que todo esto se debe al cambio cismático o al calentamiento tribal en el que nos sumen la clase política y sus denostadas biografías. En economía domino varias materias. Soy autor de numerosas recensiones en las mejores revistas profesionales. Tengo columna propia diaria en The Economist y en el Episcopalian Commercial Journal, y he escrito numerosos libros de cuentos infantiles para los hijos de profesores de economía comparada de las principales universidades norteamericanas y canadienses. Soy comisionado de la U.N.E.S.C.O. para las actividades de proselitismo financiero en el Cono Sur, y me ha sido concedida la Medalla del Congreso Norteamericano con distintivo azul por mis servicios desinteresados en la consecución de la supresión de anomalías en los nuevos recortes presupuestarios para las escuelas de niños deficientes afroamericanos de Chicago. Mi nombre es David Ricardo y nací en el condado de Forgainsex, cerca de Bristol.

23.6.10

154. Óperas inacabadas


          Los nombres intercambiables de las flores, de la mayoría de los animales y de los astros. París bien valía haberse llamado Persépolis. Los nombres de los santos. El nombre de los vientos, sus dioses y los templos que los acogen. Nunca el rosario en las manos de mi madre, siempre los granos de luz en el cendal de la bruja joven y seductora. Los nombres, siempre ellos. La madeja (pétalo de Samoa) se devana entre vergas de bambú ("bambú" sí es "bambú", como "sangre" también lo es). Dios nombra como abomina. Somos y tenemos que ser algo, porque alguien escondido en la vorágine de lodo así lo dispuso. Pero el árbol es el horizonte y la niebla acude con presteza a otros nombres no por conocidos menos verdaderos (cadalso, pez, luna...). Gramáticos no faltan en este vergel de letras, si acaso sobran a millares. Nos faltan dioses con gramáticas verdaderas que sólo crean en el sustantivo, que no quieran ser verbo y que desprecien los adjetivos en general y "turbulento" en particular. Iletrados que somos y seremos, pero que acaso no fuimos. El nombre de nuestros pueblos, el nombre de nuestras metas (palabra del diablo, mejor "desfile"). En el infierno, todo bien denominado, dispuesto con corrección, sólo se observa lo nombrable. Súcubos e íncubos, perfectos en su esencia y discretísimos sabedores de todo.

21.6.10

153. Ensayos testiculares


          En la esquina oriental de la plaza se veía el almacén de sextantes de Mr. Pitt. Lleno de sextantes el escaparate y los estantes de la tienda-almacén. Lleno de sextantes el sótano y los altillos de la tienda-almacén. Los sextantes de Mr. Pitt se podría decir, sin faltar a la elegante y aconsejable virtud de la verdad, eran los mejores de la ciudad, e incluso los mejores de todo el condado de Cork. Él mismo los fabricaba utilizando materias primas de primer orden: cedros del Líbano, cobre de Priego, vidrio esloveno, cachemira de mongolia y cuernas de cebú de aquí, del autóctono. Empezó utilizando cebú criollo pero las mediciones de los sextantes demediaban algún gradito de latitud. Su mujer, la primera, de soltera Uganda Kincade (su padre fue el descubridor del río Nbuzúu, afluente del Zambeze, de ahí el nombre de la niña), su primera mujer, decía, fue la que le advirtió de la desviación de los aparatitos y la que le sugirió que utilizara el cebú irlandés, el de toda la vida. Había días de otoño que Mr. Pitt vendía medio millón de sextantes, y eso que no abría por las tardes ni tampoco los fines de semana, tiempo que empleaba en hacer manualmente los aparatos (los sextantes, claro; a estas alturas del relato ya deberían saberlo) y en dar goce carnal a Uganda al principio, y posteriormente a Priscilla, su segunda esposa, de soltera Priscilla Vaughan, hija de Sir Peter Vaughan, archidiácono de Blumbest y lector junior en el Trinity College de Dublín.