
A los primeros poetas griegos, que acompañaban sus recitaciones al son de la cítara, se los conocía con el nombre de "aedos". Uno de aquellos aedos, nacido en Patrai y llamado Ixiómenes, componía unos hexámetros delicados y vaporosos que dedicaba a la diosa Polinnea, hija de Letia y Sínibo. La diosa, cuenta el mito, se enamoró de Ixiómenes y cohabitó con él en el templo que la diosa tenía consagrado en la isla de Gyo. El apasionado poeta, demudado de amor y arrebato erótico, compuso sus mejores dáctilos y espondeos, que dedicó a su divina amada. Pero la madre de Polinnea, Letia, igualmente se enamoró de Ixiómenes, y cohabitó con él en el templo que Letia tenía consagrado en la isla de Ulna. El poeta, desquiciado de furor amatorio, siguió componiendo versos universales que suspendían el espíritu y erizaban la piel de los que le escuchaban. Ocurrió entonces que el mismísimo Sínibo, padre de Polinnea y esposo de Letia, al escuchar tan hermosas composiciones poéticas, quedó prendado del joven y sensible aedo, al que tomó bajo su tutela y con el que cohabitó muchas veces en el templo que Sínibo tenía consagrado en la isla de Taxos. El poeta, en esta última isla fue perdiendo poco a poco la inspiración, se volvió indolente, la abulia le ahogaba, y una angustia que no mitigaban las brisas del Egeo se fue adueñando de él, hasta que una mañana de sol hiriente se arrojó desde lo alto de la peña Áulica, que se halla a una altura suficiente para que cualquier persona que se arroje desde ella, se mate seguro.