+

FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



24.5.12

259. El presbítero y la sultana


          Vivo con dos mujeres indias. Una de ellas, la más abrupta, es de la tribu de los Guinejoloas, sita en la Amazonía peruana; la otra, la más cetrina, pertenece a una etnia mestiza del norte de Canadá, de padre Kizmoh y madre Akanasii. No quiero a ninguna de las dos, tampoco las detesto, pero no las entiendo, hablan raro y como si estuvieran en un continuo enfado conmigo y entre ellas. Vivimos en un apartamento muy lujoso de Central Park, tenemos dos empleadas de hogar, una de ellas es de Tulsa, Oklahoma, tiene 19 años y llegó a ser semifinalista en el concurso interestatal de Camisetas Mojadas en 2011; la otra es de Topeka, Kansas, tiene 21 años y fue la ganadora del concurso referido anteriormente. Las indias ni las miran. Yo sí, a  veces con verdadero deleite e incluso, debo confesarlo, con manifiesta concupiscencia. Una de las indias, la abrupta, ha intentado matarme en dos ocasiones, la cetrina sólo una. Mis amigos y compañeros de trabajo me inquieren, me instan a que las abandone (refiriéndose a las indias, no a las empleadas de hogar), pero yo soy reacio, siempre he sido reacio a todo, sobre todo al abandono de mujeres indias. Menos mal que no he tenido hijos con ellas (con las indias), hubiera sido un milagro, pues nunca cohabité con ninguna de las dos, más que nada por asco, un asco que recuerdo desde el primer día que las vi, porque son de difícil catalogación ambas como seres humanos, su falta de belleza es absoluta, su fealdad, plena, incluso en su ámbito eran repudiadas por desagradables y ejemplos de anomalía étnica. El olor que desprende la más abrupta es casi sólido, el expelido por la más cetrina es tan agrio como demoledor. La peruana, disculpen mi olvido, se llama Onongadú, que significa "Hija de la Quebrada", la canadiense, perdonen de igual modo mi olvido, se llama Údagnono, que significa "Osa Trastornada". Pero yo las llamo desde el primer momento con otros nombres más acordes con mi fonética: a una la llamo Abigail y a la otra, Amaranta, da igual que confunda sus nombres, jamás acuden a mi llamada, son así de ariscas y renuentes las dos. A veces me complazco en idear sus asesinatos, pero sólo como juego intelectual, soy incapaz de matar una mosca. Creo que tampoco les he dicho el nombre de mis empleadas de hogar: Britta y Sonja. Britta es la de Tulsa y Sonja la de Topeka. Definitivamente me gustan más que Onongadú (Abigail) y que Údagnono (Amaranta).

18.5.12

258. La reina ventrílocua


          He sobrevivido a duras penas al año de mi deceso, así que hablo desde la otra fase, desde el lado oscuro, desde el lugar en que la suerte es un enorme árbol de hoja perenne que crece hacia abajo, hacia el hondo magma ardiente del centro de la tierra (Tierra). Veo desde esta privilegiada posición la espalda metálica de todas las huestes guerreras que defienden incansables esta frontera ilimitada de cuyas anfractuosidades salen famélicas figuras en ambas direcciones, unas aladas hacia la muerte y otras andariegas hacia la vida. No estar vivo, pero muerto, o estar muerto, pero vivo, ha sido mi ignoto destino. Las vísceras (mis vísceras) me rodean y acompañan palpitantes y temblorosas, la piel (mi piel) la siento dentro de mí, pensante y creadora, añorante y orgullosa. Y en este juego de ambivalencias ya resueltas me desploma el tedio infinito de la duplicidad de paisajes en que me veo inmerso, en que me veo envuelto como un embalsamado de otro tiempo y otro mundo. Ya lo sé todo para impedirme el regreso y desconozco lo suficiente para anhelar lo ya conocido. Porque en esta tierra de nadie y de todos en la que extiendo mi aliento sulfúreo ya no hay amor por el más allá, por el abismo desconocido. Los dioses huyeron uno detrás de otro, en perfecto orden. Cuando observaron aterrados que su obra quedaba asimilada, que aquellos seres primordiales ya sabían hacer milagros y hacer sucumbir razas y naciones, formaron escuadrones y marcharon por sesgos dimensionales poco trillados y nunca se supo más de ellos. Por estos antecedentes y dada la soledad que me alimenta y la desidia astronómica que me abate voy a convertirme en Dios Supremo del Universo, voy a ocupar el lugar de los cobardes que huyeron de su propia obra y voy a ser, de nuevo, la Cifra, el Verbo y la Espada, que ellos no supieron ser ni encarnar. No sé muy bien para qué, ni porqué ni hasta cuándo, pero es que me aburro tanto...

12.5.12

257. California


          La Primera Comunión del Comandante O'Banion se celebró en la barriada madrileña de Orcasitas u Horcasitas u Orkasithas o Moratalaz, no recuerdo, y no recuerdo el dato por dos primordiales y primorosas razones, ¿o eran tres?, no sé, no consigo acordarme, no consigo atar mis pensamientos ni mucho menos los pensamientos de los demás, de aquéllos que me rodean, que además y ahora que me percato, ¿por qué me rodean?, sé que no les he hecho nada malo, quizás no acojan con bondad y amplitud de miras mi manera de ser, quizás no entiendan el origen y la naturaleza de mis constantes cobardías, porque no son una, son varias las cobardías que poseo, a saber: soy cobarde con mi pasado, soy cobarde con mi presente y soy cobarde con mi futuro imperfecto o condicional o condicionado, pero sea como fuere, de subjuntivo, en eso sí que estoy casi seguro, válgaseme el oxímoron (¿oxímoron?, ¿válgaseme?), sí, oxímoron, ¿qué ocurre?; oxímoron es una palabra que significa lo contrario y lo paradójico que ustedes piensas de continuo, a diario, y es por ello que no se dan ni cuenta, porque oximoronean pausada y largamente como al albur, como al socaire (otras dos bonitas palabras que adornan mi prosapia, mi lengua ahíta de pedantería huera); pero dense cuenta, piensen que si mi pensamiento fuera rico y ubérrimo dejarían ipso facto de odiarme y venerarían mis palabras por aquello que por desgracia ahora no son, y ya a mi provecta edad ya no lo serán nunca, aunque en sentido lato no soy tan viejo como mi tendencia manifiesta, tengo nueve años, soy Comandante de la Royal Army al servicio de Su Serenísima Majestad la Reina Isabel II, poseo carnet de socio numerario de cuatro de los tres mejores clubes privados de Londres, mis defectos son muy anglosajones todos, ninguno me produce dividendos, pero tampoco problemas fiduciarios o legales, el sexo me trae a mal traer, pero solo la mañana de los martes, leo mucho, demasiado quizás, pero sólo autores de raza negra, porque yo soy negro como toda la rama dublinesa de los O'Banion. Una vez que reciba el Santísimo Sacramento embarcaré con mi tripulación rumbo a la China para protegerla de las invasiones que presumo inminentes de los Atlantes Maoríes. Dios salve a la Reina (God save the Queen).

5.5.12

256. Hablemos de Obama


          La oclocracia en que me desenvuelvo día a día llega a cifras de toxicidad que bien pudiera acabar con todas las ferias del libro de la campiña o al menos desleír la tinta tipográfica de todos los volúmenes de filosofía de mis pueblos limítrofes. Porque yo vivo inmerso en esto, en esta tierra de componendas diabólicas donde se desayuna el azufre de los cantos glorificados a la tundra azerbaiyana con un chorreoncito de licor de guindas. La huida de este burdel agrio y ponzoñoso no es fácil pues siempre hay una rémora de inconclusas premoniciones de bondad en el futuro garrapiñado que alguien elabora con buena fe y cateta predisposición. La arcada mañanera se nutre como un niño goloso y glotón de un puñado de exquisitas y malsanas patrañas envainadas en dulces baladas de salmodia pagana y corrompida, siempre hay donde echar mano para llevarse a los ojos y a la boca estas ricas viandas que con tan generosa maña y diligencia nos proporciona la fábrica de próceres malditos. No sé si hay que matar a alguien, o matarse delante de ellos, pero están pidiendo muerte a gritos, a veces sin saberlo, a veces con la idiocia fermentada en sus ojos de súcubos, como si en vez de muerte ofrecieran vida a precio de saldo: "Comprad la dicha eterna que os ofrecemos por los diezmos asquerosos que nos dais". En esta tierra que habito ya no se sabe odiar, pasamos directamente al asco, y no es bueno para un cristiano afanarse en ser algo en un entorno de asco, no hemos sido bautizados en el asco, no sabemos convivir con él, pero aquí lo impregna casi todo, es la pátina de nuestro tiempo que nos hace resbalar y caer una y otra vez, y lo peor de todo es que a mis coetáneos les seduce este juego infernal y abogan para que perdure y se entronice como lo más sólido de sus tristes vidas. Yo sólo siento el asco, pero me temo que ellos sienten asco y miedo a partes iguales. Sé que algún día abandonaré su inútil compañía, abandonaré esta tierra desmoronada y quizás se desprenda, se aleje de mí este asco que ahora me domina.

2.5.12

255. Demasiada claridad en Saint Michel


          Desde el dolor fluye más sabia y libre la palabra. Desde el lamento parece que las ideas peregrinas se desvanecen en el humo tóxico de lo perdido y olvidado. Es una triste paradoja que a medida que el cuerpo físico se encadena a un sufrimiento lento y paulatino, el cuerpo psíquico desentumece y a la vez tensa su musculatura y se convierte en un ente ágil y diáfano. Este llanto celular que me conmueve hoy no necesita de la totalidad de mi ser para su progreso de manantial continuo; me deja la paz exigua de mi pensamiento para que juegue a ser un pequeño dios creador de vaguedades literarias, de bagatelas gramaticales tan terapéuticas como insustanciales, pero que devienen en un ápice de vanidad modesta, de soberbia humilde que me relaja por dentro y me deja expedito el camino de la templanza necesaria. No reivindico el dolor porque es superfluo en esta vida de constancia dolorosa; la lágrima por sí misma no trasciende más allá de su momento. Sólo expreso que el lamento de estar vivo emociona ciertas terminaciones nerviosas ejecutoras de símbolos nuevos cada día. Sin esa atroz angustia cotidiana la mente divaga obtusa, inerme en un magma de naturaleza amniótica, horizontal, equidistante y roma. Nacemos del dolor y hacia el dolor caminan nuestros pasos. Entre ambos puntos existimos. Entre el alfa y el omega de nuestra vida luchamos con denuedo frente a la adversidad, sabiendo de antemano nuestra derrota y delirando victorias espurias con la mentira de nuestras pobres defensas imaginarias. Ni propongo abogar por la inoperancia en la lucha, ni dejar de lado la vanagloria de los ocasionales y ciertos triunfos, tan sólo quiero dejar al descubierto la posibilidad de una amnistía feroz, de una simbiosis catártica con todo aquello que día a día nos subvierte el cuerpo y el alma. Porque si el dolor fustiga cruelmente nuestros miembros, también acrisola nuestra breve inteligencia y nos fortalece la vena creadora, ese resquicio que Dios dejó en algún lugar de nuestro cerebro, no sé si de manera intencionada, y que constituye el reservorio natural donde anida y se desarrolla aquello que nos diferencia de todo lo demás, y que no es otra cosa que el poder evocar aquella Creación o lo que es lo mismo, el poder mecer la cuna del arte.

21.4.12

254. Los comunistas no son


          Un enjambre de avispas. La media maratón que comienza. El enjambre se polariza en su dirección. Los atletas comienzan a medir sus fuerzas, a dosificar el ímpetu muscular de sus miembros. Las avispas adoptan a la sazón una figura volumétrica semejante a un dardo, a una saeta de agudeza vibrátil. Ora los corredores se apelmazan en una nube compactada, ora se distribuyen en un haz fusiforme o arrosariado. El grupo de himenópteros veletea siguiendo la dirección contraria a la carrera. La curva bajo los olmos, discretamente empinada, une de nuevo a los esforzados muchachos. Es el momento en que la flecha de insectos se lanza con velocidad lumínica hacia el cúmulo de atletas. Ellos son doscientos. Ellas son dos mil. Todos ellos se transforman en enfermos epilépticos al contacto con los aguijones emponzoñados de los voracísimos insectos. La carrera llega a su fin. Las dos mil avispas mueren al dejar parte de su sistema digestivo adherido al aguijón que queda clavado en la dermis de los maratonianos (en realidad medio-maratonianos). De los doscientos deportistas mueren dos, otros dos son salvados in extremis por los servicios de emergencia médica tras sufrir un shock anafiláctico severo, treinta y cuatro sufren secuelas infecciosas que han de ser tratadas con antibióticos y el resto, ciento sesenta y dos, sólo se resienten de diez picaduras en diversas partes del cuerpo. Porque, eso sí, lo curioso de este caso de biología deportiva, de suceso entomológico, es la prodigiosa exactitud de las agresiones: dos mil cadáveres de avispas en la curva bajo los olmos, doscientos corredores afectados cada uno de diez picaduras. Cifras demasiado redondas, demasiado exactas para deberse a una mera casualidad. La teoría de la inexactitud sobrevenida de Klaus Niemayer o la paradoja de Louis Manni (ya saben, la de los cacahuetes y el bandoneón) se estrellan ante los hechos de la curva de los olmos. Yo pienso, siguiendo a Vanduelles y a los acólitos de su escuela, que la promisión de los vectores inanes, al menos en las avispas, no conculca la veracidad del axioma primordial, y que en el deporte aeróbico los sistemas formales no forman los bucles esperados en otros complejos más cerrados como la lidia a tres bandas o el uniformismo klebbsiano.

15.4.12

253. Hiperbolizaciones, ¡ea!

   
          "La voluntad, me decía Toni Mengol, el guaperas del Paralelo, es la madre de todo lo que el ser humano será en su vida, la única cosa real que nos da carácter, que nos otorga naturaleza humana y que nos diferencia de los demás animales". Toni no daba para más, ese era su pensamiento eximio y así lo exponía fuera donde fuera. En la barra de cualquier taberna del barrio de San Miguel te endilgaba su pensamiento entre copa y copa de coñac barato. Carmela, la única mujer que lo quería, lo seguía desde lejos, desde la atalaya de su balcón floreado de geranios, los únicos geranios en la calle de la Muralla, el único balcón con vida, la única baranda que se vencía con las flores de los tiestos de Carmela, una andaluza llena de tópicos, que cantaba, reía, bailaba y llevaba y traía a más de cuatro por la calle de la amargura con aquel movimiento de caderas, con aquel meneo de culo, con aquella parsimonia encendida de su mirada morena . Todo en ella era alegría, una alegría cuyo máximo receptor era el inefable Toni, el de la férrea voluntad, el que en los cabarets de medio pelo hacia un arte del trapicheo. Carmela siempre le esperaba y Toni, tarde o temprano, siempre aparecía".

          Lo anterior, como habrán barruntado ustedes, es el comienzo de un libro, de una novela de carácter realista, una novela abierta al análisis sociológico de una época concreta de nuestro país y de una zona geográfica determinada. Sus personajes, emblemas de clase, paradigmas meramente vehiculares, simbolizarán los elementos sustanciales del devenir político de esa época convulsa de la posguerra española.

          Este magistral arranque, escrito por el que esto firma, está en venta. Los derechos de autor pueden ser otorgados a la persona o corporación interesada a un precio que, dadas las circunstancias actuales, se diría que es casi risible, por no decir que es prácticamente un regalo.

          Es muy probable que a poco que alguien desarrolle este enjundioso comienzo narrativo se haga con algún premio literario de postín y con la fama perdurable que este tipo de galardones conlleva.

          Así que anímense.

          Mi nombre es:

          Sebastián Tello Mendieta-Satrústegui

          e-mail: seteme-sa@yahoo.eu

7.4.12

252. Vírgenes y soldados


          La literatura del alma o, lo que es lo mismo, la literatura a secas, porque todos tenemos el alma seca, la literatura, decía es una ciencia inexacta, porque matemáticamente está llena de incertidumbre, incompletitud e indecibilidad. Esto me lo ha dicho un amigo mío, poeta extremo que utiliza en sus poemas expresiones algebraicas de alto contenido moral. Pero yo es que voy mucho más allá. Lo realmente incompleto e indecible, lo que crea más incertidumbre de todo es la palabra dicha, la expresión verbal vocalizada, la idea hecha sonido. Esto último se lo dije tiempo después al poeta extremo amigo mío y me dejó de hablar para ser consecuente y bondadoso con las formas de vida y pensamiento de sus amigos, en este caso, yo. Le echo de menos desde entonces, aunque a decir verdad nunca entendí ninguna de sus "poesías metaeuclidianas", como él las denominaba. Es por todo ello por lo que me dedico a escribir cartas de presidiarios, libros de texto para escuelas pías, ordenanzas municipales, anales diocesanos, edictos judiciales, condenas a muerte, dietas de mantenimiento, actas de exorcismo..., cualquier cosa que me mantenga callado. Todo el mundo sabe que yo no hablo. Algunos piensan que soy mudo, pero sólo tengo de mudo un par de pantalones y un babero de franela. Mi familia me respeta lo suficiente para poder ejercer mi apostolado sin cortapisas, porque lo mío es un apostolado en toda regla. Dirijo un grupo de adeptos: nos proponemos silenciar el planeta en unos pocos años. Enseñaremos a escribir a los dos continentes ágrafos y repartiremos bolígrafos y papel a todo el mundo que nos lo pida. Decretaremos el día en que todo el mundo callará y en el que a partir de entonces sólo se oirá el deslizarse del lápiz sobre el papel como ente sonoro primordial, que caracterice y simbolice a la humanidad y al mundo a partir de entonces. Ni una palabra más desde ese fausto día. Sé que Dios me entiende, porque Él siempre trabajó en silencio y sin tener a nadie con quien consultar sus magnos proyectos. Es el primero de mis seguidores. Con su ayuda sé que mis ideas tomarán consistencia y que silenciaremos el mundo dentro de poco tiempo. Le voy a regalar a Dios una pluma Mont Blanc®, de las gordas.

24.3.12

251. Arsa, Pilili


          No tengo necesidad alguna de repeler la hostil presencia de este gerente de negociado con cara de mondadientes. Su inoperancia le hará caer de su pedestal tarde o temprano, pero mientras tanto, debo mantener firme el baluarte de mi idiosincrasia bancaria. Sé más, mucho más que él sobre empréstitos fiduciarios y él lo sabe, y yo sé que él sabe que yo lo sé. Me hace y me hará la vida imposible, eso es evidente, pero lo que ni sospecha es que me estoy vengando cruelmente: no sabe que me estoy beneficiando desde hace algunos meses a todas las hembras de su familia y a todas y cada una de sus amantes, que son cuatro. El muy cabronzuelo además, nunca podrá vengarse de mi venganza, si es que alguna vez llega a enterarse de mis frecuentes escarceos de cama con su madre, hijas, hermanas, tías, primas, abuelas, nietas y nueras, porque en mi familia nunca ha habido hembras de ningún tipo y no tengo amantes, sólo tengo cuatro cornucopias en un estado lamentable, tan lamentable que cuando paso por mi salón de cornucopias y las miro, aunque sea de soslayo, me entra como una especie de pena gorda por los ijares, que me hace palidecer y cantar uno o dos lieder de Schubert. Así que por esa parte estoy satisfecho. La venganza es bonita como lo son las hijas de mi vulcanólogo. Son cuatro las niñas, se llevan dos meses cada una y como seguro ustedes han sospechado, son las amantes del gerente de negociado con cara de mondadientes, a la cuales yo me beneficio por venganza los martes de 21 a 23.30h. No lo paso bien, me aburren, sólo lo hago para vengarme, porque las cuatro damiselas son pesadísimas, todo el día hablando de los volcanes de su padre, de las fumarolas del Popocatépetl o de las ígneas y móviles cenizas del maloliente Krakatoa. Me he extraído todas las piezas dentarias de mis arcadas maxilar y mandibular con un fin concreto que expongo a ustedes a continuación: entre los dientes, premolares y molares solían quedárseme al comer con harta frecuencia, enganchaditos, briznas de lechuga, hebras de carne del puchero, filamentos de tocinillo blanco de jamón, algún bigotillo de gamba y un extenso muestrario de alimentos ricos y variados. Para su extracción mecánica me veía obligado a la utilización de mondadientes que, como queda recogido al comienzo y a la mitad de esta corta y deliciosas epopeya, hacían que me recordaran constantemente la cara del odiado jefe del negociado donde trabajo; así que no tuve más remedio que proceder a tan expeditiva solución para soslayar esta desagradable circunstancia vital. Mi odontóloga extrajo a dolor (así se lo requerí) mis 32 piezas. Aún así, sedújela y toméla carnalmente, dado que era prima segunda del cabrón carapalillo. De cualquier forma, hoy estoy ciertamente demudado, inquieto, irritado: una de mis cornucopias ha desaparecido sin dejar rastro. No quiero ni pensar en que haya sufrido rapto, vejación o destrucción parcial o total de su integridad objetual. No quiero pensar que la venganza de mi venganza haya comenzado a florecer. Les mantendré informados a medida que vayan llegando los teletipos.

17.3.12

250. Caramelitos de Mistol®


          Ahora que sé que mis admiradoras siguen pensando que mi tacañería es antonomásica, ahora que mis enamoradas y fanáticas seguidoras saben de lleno y pleno que soy un avaro sin remisión, ahora que mis a veces consentidas amiguitas y mis ufanas protectoras intuyen mi avarienta mezquindad y mi proclividad a la usura, ahora, decía, ya no tengo que esconder mi deleznable condición con misivas de eléctrica conmiseración, con edictos de pulcritud espiritual ni con requisitorias inflamadas de buenos y perentorios deseos. En efecto, sí señor, soy un rácano del copón. Me levanto todas las mañanas y engullo un napoleón de oro, me causa un placer faraónico sentirlo en mi estómago. Dedico el resto del día a pensar en mis posesiones inmuebles que bordean la costa de punta a punta, mis palacios de verano, mis colecciones de joyas, mis dijes y relojes de oro, mis cuadros de valor incalculable, mis cristales de Bohemia... Devoro estas presencias materiales con delectación casi lasciva. El generoso grifo mensual de mis emolumentos acrecienta de manera incalculable mi fortuna. Aun así y todo, gasto muy poco, para que la miseria genética que me sustenta se glorifique en un futuro de dicha millonaria. Ha sido una enorme liberación dar a conocer mi proverbial y sórdida codicia y que el mundo todo conozca mi roñosa rapacidad. Respiro mejor con los envidiosos efluvios que emanan de los demás miembros de esta pusilánime sociedad. No reparo en la fatalidad que a mi paso voy dejando en mis seres allegados, no siento mías su infelicidad, su pobreza cotidiana ni la miseria que les adorna. Todo lo quiero para mí, porque todo lo que hay me pertenece por derecho y porque nada se merecen los demás que no sea mi desprecio. Las hembras de mi serrallo, mis hijos, todos ellos van descalzos por la senda de la vida, todos marchan a pie y con hambre por el camino que les marca mi ávido apego material. Ser como soy ha colmado el orgullo de mi estirpe, una estirpe consagrada a la posesión universal de bienes y males, tener, tener y tener, ése es el santo y seña de mi vida, sólo tener, poseer, bucear en un océano infinito de materia suntuaria, de riquezas sin fin. Una vida consagrada a la negación del óbolo, al rechazo de la bondad, al alejamiento de la ofrenda, distante de la entrega, ajena al regalo y ausente del sacrificio desinteresado. Pues bien, todo esto ya no se esconde entre las cortinas del disimulo, ahora mi avaricia surge exenta y libre, para que todos la vean, y quizás, para que alguno la valore en su justa medida y comprenda la magnitud casi inhumana de mi empresa.

13.3.12

249. Hoy no estoy de humor para ironías


          Hoy he recibido el más conmovedor de los abrazos, un abrazo por demás inmerecido, un gesto de afecto que me sobrevino como un alud de vida que desarboló en un instante el mástil de mi indiferencia y la mucha soberbia que me sobra. Ha sido un abrazo de despedida de un hombre viejo y bueno. Lo acompañó de un lento gemido que penetró en mis oídos como una especie de salmodia triste y benéfica, una especie de lamento que transmitía todas las cosas buenas que nunca nos supimos decir. Me dolió en el alma que no fuera mi padre. El abrazo duró unos segundos, yo sé que él, con sus brazos, también expresaba el deseo de demorar el abandono, de diferir la ausencia, de postergar la soledad. Su vida pende de un tiempo que ya no es mucho, ese tiempo que él intenta doblegar con sus manos nudosas, acariciando proyectos, no dejando que los días se le vayan en lamentos, sino llenando cada minuto de una actividad pausada y constante, luchando y viviendo por perdurar como persona y con el firme orgullo de poder y saber mirarse en el espejo. El premio de su abrazo me hizo sentirme pequeño, pequeño y consciente de que nunca llegaré a desarrollar una excelencia humana semejante a la suya. Aunque no fue una despedida definitiva, tuvo ese regusto a vino añejo, a último sorbo donde los posos se adivinan en el fondo del vaso. Sé que pronto lo veré de nuevo, Dios quiera que muchas veces, pero hoy, cuando ya me iba, giré la cabeza y vi sus lágrimas imperceptibles que me hicieron de nuevo dudar de la bondad de esta tristísima vida.

4.3.12

248. La ciencia del atragantamiento


Medusas y más medusas.
De número excesivo,
de consistencia inasible,
de tersura y tacto ambiguo,
de elasticidad latente,
de hiriente causticidad,
de molicie amortiguada,
de equilibrio inoperante,
de gregaria pesadilla,
de belleza incontestable,
de apariencia fantasmal,
de prosapia transparente,
de translúcido vivir,
de pulcritud lacerante,
de terror acumulado,
de sapiencia marinera,
de relumbre coralino,
de acosos ultramarinos,
de beneplácitos rencores,
de vapores salineros,
de nocturna fluorescencia,
de dinamismo precoz,
de aturdida iconoclastia,
de magma voraginoso,
de lascivas veladuras,
de inconclusa parsimonia,
de grisura angelical,
de espectral ambivalencia,
de balsámicos vaivenes,
de truculentos latidos,
de atónita somnolencia,
de sesgado arrobamiento,
de caricias desoladas.
Medusas.

2.3.12

247. Tengo una prima cofrade


          "Ilusión" es un término que proviene de "iluso", aquel y singular ser humano con una innata propensión a sentirse seducido por cualquier circunstancia que le pueda ser propicia; aquel soñador impenitente que va con sus manos heridas asiendo clavos ardiendo que le equilibran en su ascenso hacia otras esferas más emocionantes y placenteras. Hasta aquí estamos todos de acuerdo porque estamos todos de acuerdo en que todos somos ilusos. Me siento tan iluso como usted, amable e iluso lector. La única diferencia posible entre usted y yo será el grado de "ilusidad" que nos defina, y aquí sí me comprometo a decirle que soy uno de los ilusos más ilusos de todos los ilusos que he conocido. Mi nombre es W.O.K. Trackmann, nací en Freistadt, cerca de la ciudad austriaca de Linz en 1957. Desde los siete u ocho años soy iluso. Mis padres de recogida eran carniceros kosher y expertos jugadores de petanca. No tuve hermanos, aunque sí dos culebras autóctonas (Coronella lurentis) que hicieron las veces de elementos fraternales. Las primeras decepciones que enfrentaron mi carácter de iluso primordial ya se manifestaron en aquellos años, pues mi padre se cortó una mano en la carnicería con una hachuela de filetear terneros, mi madre mató por accidente con la bola petanquera a un conocido jurisconsulto vienés, y una de las culebras autóctonas, la más corta en longitud, me atacó una noche de San Esteban en la córnea izquierda, dejándome tuerto para el resto de mis días. Yo hube de frustrarme mucho en aquella época de mi vida, porque vivía con la ilusión de no tener un padre manco, una madre homicida y una cuenca ocular vacía. Pero continué siendo un iluso siempre y a todas horas. En el instituto conocí al Maestro Trïmms, de Salzburgo y a Cinthya Ghangrum, una niña de ojos verdes y sonrisa seráfica. Dos ilusiones se me rompieron al unísono aquel infausto año, cuando detuvieron a mi querido maestro de música por el descuartizamiento y posterior violación de la pequeña Cinthya, de la que yo estaba profundamente enamorado. Hasta aquel día había vivido ilusionado en que a mi enamorada no la violara ni descuartizara nadie, y con la ilusión de tener un maestro de solfeo sin deseos truculentos. Pero yo, triste adolescente, continué por la senda ilusa de mi vida con paso vivo y esperanzas vanas. Un día, cuando finalicé mi carrera de perito agrimensor me salió un grano azul en el tercio medio del abdomen. Me ilusioné con rapidez pensando que iba a surgir de mí por gemación, u otro proceso biológico inaudito, un nuevo ser de características diferentes y soberbias aptitudes para la ciencia o para la danza, pero no, aquello era un tumor cancerígeno, llamado Nevus gigante azul que acabó con mi vida a los veinticinco años tras unos meses de dolores terebrantes. Es evidente que la ilusión de disfrutar de una vida saludable y vigorosa también se fue al garete. Ahora, ya muerto, pienso en mi vida pasada sin nostalgia, sé que no fue muy feliz, que quizás no fuera una vida llena y rica en experiencias placenteras, pero al menos me sirvió para ser un muerto relativamente joven para los tiempos que corren, y me queda toda una eternidad por delante para dilucidar con mucha tranquilidad los múltiples enigmas que ofrece la vida de ultratumba, la tenebrosa existencia post-mortem. ¡Qué ilusión!

28.2.12

246. El desahucio de Venus


          La España contemporánea es un vómito negro, espeso, alquitranado de grumos aún más espesos y bituminosos, un vómito de hedores avinagrados, hilachado con vetas sanguinolentas, humoso de vapores mefíticos, un vómito emponzoñado, larviento, con restos de digestiones antiguas e inconclusas, de una acidez voraginosa, un vómito de vocación fecaloidea, de peste terminal, un vómito de muerte. Esta mi patria devenida en fango pantanoso y sulfúrico va adquiriendo el aspecto rojizo del averno, llena de personajes endemoniados, de andantes babosos, de mujeres enlodadas, de niños enfermizos, de muchachas selváticas y abruptas, de viejos coléricos, de enfermos terminales por todos lados, que van regando de palabras y mensajes purulentos los ámbitos más insospechados. Este repulsivo país ennegrece más a cada instante, a cada artículo de prensa, a cada opinión de odio infinito, a cada palabra pronunciada en los centros del vicio diario, a cada ensamblaje de ideas perdidas en tertulias desgarrantes, a cada edicto, a cada intención de sintaxis financiera, a cada encuesta de activación mediática, a cada salmo pronunciado desde púlpitos blasfemos. Esta tierra antigua y tan abyecta como estulta se va resquebrajando y dejando ver a su través la nada constante de su sacra historia de incultura y sangre, la hez interior de un cuerpo agusanado y triste, repelente de sí mismo, un ente abjurante de sus hijos y de sus padres, una tierra digna de un cataclismo lento e inexorable.

26.2.12

245. La daga, el espejo y la moneda


          En este sistema formal en el que vivo, lleno de teoremas de difícil comprensión, observo aturdido circunstancias proclives por doquier. Pareciera que el concepto de proclividad alimentara todos los conjuntos, subconjuntos, unidades y subunidades de este ente indiviso en que me muevo. Dicho de otra manera: todo tiende, nada llega a su meta. Debiera estar arraigado en la conciencia el concepto de imposibilidad, tal y como el concepto de las líneas paralelas logra que veamos la inanidad de seguir extendiendo la longitud por ambos lados de las dos rectas. Pero hete aquí que nada se demostró en este último ejercicio geométrico. Se supuso, pero no quedó demostrado. Lautaro Merni, a principios del siglo XIX, presumió la tendencia en el tiempo y en el espacio de la unión metafísica de las paralelas. Era, demostrada matemáticamente, una proclividad más. Acabarían uniéndose en un mundo diferente, en un plano no euclidiano. Tan llamativo descubrimiento no supuso (nadie conoce los postulados de Merni) ni avance ni retroceso, fue tan solo un ejercicio de distracción numérica y enjuague filosófico sobre conceptos de practicidad casi nula en un mundo donde el pragmatismo se hacía con la hegemonía del pensamiento occidental. Es por esto que, habiendo asimilado los principios del amigo Lautaro, habiendo conversado con la naturaleza de las cosas y con los medios que las rodean, después de haber pormenorizado con lo tangible y lo intangible de creencias y adhesiones, he llegado a unas conclusiones en cuanto a la proclividad que jamás voy a contárselas a ustedes ni a compartir con nadie. Hasta ahí podía llegar la broma.

11.2.12

244. El espíritu marcial de Romanones


          La farmacéutica Adele M. vive esperanzada en que San Luis Gonzaga aparezca algún día frente a su tiendecita y con una alcuza, una biela oxidada y un bote de Kanfor® realice, ejecute o simplemente implemente su famoso milagro consistente en convertir a todos los de Utrera en Estepeños, uno de los milagros estrella del año 1589, que alcanzó el prestigioso premio Best Miracle Award en dura pugna y hundiendo al final en el lodo a los otros dos finalistas: Santo Tomé Blanditto, con su no menos sorprendente curación de una escrófula a la foca del Obispo Mendieta; y Santa Guvia de Entrambasmestas con su milagrito famoso de las cabras, sí, hombre, cuando hizo que 111 cabras, propiedad de la Mesta Cantabrona adquirieran voz para aburrir con denuestos, dicterios, insultos y baldones muy soeces a los pastores de la Mesta Galaico-Leonesa, los llamados Boñigánigos o Zampamerdas. Pero Adele M., la farmacéutica esperanzada, haría mejor en soterrar las esperanzas de ser espectadora de fantasías sanluisgonzaguianas y hacerse ellas misma sus propios milagros. Ella, todos lo sabemos, es muy capaz de alterar los mapas, de consustanciar ciertos tempos, de alterar y acrisolar distancias y climas, de esconder virtuosidades y hacer que ciertas realidades se hagan virtuales. También sabe hacer las mejores conservas, pero sólo para ella. Que nadie piense que todas las boticarias son milagreras, ni mucho menos, yo sólo conozco a la Licenciada M. La mayoría de farmacéuticas no me parecen personas de bien, tienen hermanos asesinos o padres catalanes librepensadores y levantiscos. Mientras esto escribo, disfrazado de Guardia de Corps, llaman por teléfono del dispensario, alguien ha sufrido un colapso nervioso a consecuencia de una disputa entre bandas de costaleros rifeños. Voy para allá. Espero que Martina N. interprete con benevolencia mi ausencia.

22.1.12

243. Ratas gigantes en Boston


          La autoridad de los objetos inanimados (me refiero a la autoridad moral) sobre los animados se mantiene sobre pilares lógicos desde los tiempos de Mary Chesnuts. Estos pilares son cuatro: la matemática, la tauromaquia, la siembra de alfalfa forrajera y la exégesis de los Libros del Mar Muerto. Esta estupidez la he escrito a las 10 horas, 15 minutos de un día luminoso de invierno, ya alejado de la Navidad. Si me pregunto por qué, me respondo que no lo sé, pero si me pregunto por qué los cristales aperiódicos de Schrödinger no huelen a mirra añeja, sé y conozco muy bien la respuesta: porque el tal Schrödinger tenía una madre ambidiestra y un padre optometrista. Mi problema mayúsculo, que bordea y penetra mi ser todos los días, es éste: conozco y sé lo que me importa un filamento de higo conocer y saber, pero lo que me interesaría saber y conocer, no. Sé que usted es de un pueblito de León donde hay dos asesinos que sólo usted conoce, pero no sé de qué color es mi páncreas. Atisbo en lontananza, pero con certeza, la formulación correcta de la ecuación de Fibonacci, pero no recuerdo, si es que alguna vez lo supe, el nombre completo del hermano mayor de la hermandad de Los Negritos. Sé quién es cateto y quién no con solo ver la angulación de sus pestañas, pero no quién era el astronauta de verdad de los tres que llegaron a la Luna. Me miro las piernas y me cuento las cicatrices cuyo origen conozco, un número muy inferior a las que desconozco. Miro a mi familia y creo reconocer a dos o tres miembros, los demás parecen seres inanimados y, por tanto, muy superiores a mí (me refiero a superioridad moral). En fin, ya son las 11 horas y debo afilar el machete, sacar punta a mis lápices, bruñir mi panoplia, terminar de apretarme los silicios y tomar mi jícara de gachas de avena, cereal que tiene, por si ustedes no lo saben, una enorme cantidad de propiedades.

15.1.12

242. Los notarios de Bermeo


          Es cierto que se me llena de salamandras el escritorio todas las tardes, pero también es cierto que no permanecen más de lo estrictamente necesario. Se marchan por algún entresijo de la biblioteca, tampoco les presto demasiada atención, la estrictamente necesaria. Más me inquieta la presencia de ese hombre que se apoya en la jamba derecha de la puerta de mi despacho y me mira con pupilas de súplica administrativa, como si yo pudiera hacer algo por sus cuitas burocráticas; sin embargo, y es algo que debo agradecerle, me evita con esa misma mirada la implicación en sus problemas afectivos, al menos no más allá de lo estrictamente necesario. Se va, al igual que las salamandras, a una hora prudencial, dejando un olor a cesantía, a colutorio, a coles hervidas. Estas apariciones que les comento y que puntúan mis horas de trabajo son a veces muy aturdidoras, pero en otras ocasiones me hacen pasar ratos muy divertidos y excitantes. Es así que en algunos días de neblina y frío viene desesperada de amor una loquísima vedette, que me llena de caricias y me abrasa los oídos con frases que sería impropio reproducir aquí. No le permito que avance en sus concupiscentes intenciones, no más de lo estrictamente necesario. Ella sabe quién soy y se abstiene de importunarme, aunque sabe que todas las tardes la echo de menos. Casi siempre son motivo, todas estas alucinaciones, de ideas que me van surgiendo y que al final acaban por verse plasmadas en unos cuentecitos cortos que escribo al socaire de este ocio vetusto oficinesco, que no da para más ni para menos, sólo da lo que tiene que dar, lo estrictamente necesario.

10.1.12

241. Los misterios de Sardanópulos


          Bruselas, antesala del cisma y de la luterana molicie, fue la ciudad que vio nacer el cuneísmo más plebeyo y jactancioso, en aquella época en que los curas de teja se ciscaban en los de media y birrete. El otro cuneísmo, el de Brendan Guguel, nació en los aledaños del Molinón en los años sesenta del pasado siglo, cuando los mercados eran sólo abstracciones de los judíos de Venecia y la elocuencia se prodigaba a manos llenas en las ágoras de los países fluviales. Ahora vemos los henchidos pechos de los ulanos rodeando a la solitaria damisela, que entre suspiros y aromas de lavanda, derrama el frufrú de su vestido entre botas acharoladas y vibrantes y bruñidas espuelas.    Los sables, no, los sables quedan estabulados en cajas de roble nuevo al abrigo de fangos y vapores de oraciones en sordina. En otras latitudes menos septentrionales el sudor de los braceros, el honor de los corsarios y la fe de las novicias se dejan comprar y vender en una franca almoneda de vasallaje y pecado. De esos pecados de los que Lutero hablaba en Aquisgrán en espera de mejores máquinas tipográficas, que le hicieran granjearse mediante sus escritos los humores y la confianza de los hombres de otras tierras más afines y fáciles de ser conquistadas. La abertura de la moral indiana no se vio reflejada en esos libelos antipapistas que cercenaron la otra vía, la vía diocesana, que tanto fruto le dio a De las Casas en la baja California. La barahúnda, que sigue en la noche sin fin de la Cristiandad, ya se acerca a la Media Luna, y David deja el arpa en busca de quien le teja una sábana blanca con una especie de estrella de siete, quizá de ocho puntas.

3.1.12

240. Legumbres diseminadas (Ensayo póstumo)


          El pasado año debí morir. Si no ha sido así es porque la Ley de Incompletitud de Gödel está dañada en alguno de sus presupuestos ecuacionales. Sin embargo, Heisenberg (sus restos) estará dando pequeños saltitos de alegría, pues a su Principio de Incertidumbre le he concedido con mi supervivencia un quantum de visceralidad con el que no contaba. Una vez dicho esto, no sé ahora qué hacer con mi vida, con mi fábrica de bartolillos, con los reostatos que tanto trabajo me costó reunir, con mis pecados, a los que tanto debo, con mis fracasos dorados, con mis solares vejaciones, con mis indultos, con mis carcajadas en el abismo, con mis amigos inexistentes, con mis máscaras y muecas, con el hijo que tuve, con el que tengo y con el que tendré, con mis piedras volcánicas, con mis dehesas ensombrecidas, con mi llanto que no cesa, con mis libros olvidados, con mis asignaturas aprobadas, con mi cuerpo cariacontecido, con mis ojos absortos, con los vientos helados, con mis helados ardores, con mis máquinas del tiempo, con todos los insectos que me rodean, con los cobradores de renta antigua, con mis jóvenes desdichas, con mi cetro y mi corona de oropel. Pero sobre todo qué haré con mi lucha constante con los números, con las letras, con los símbolos...

23.12.11

239. El asesinato de Danton


          El rumor de las olas o el humor de las bolas o el tumor de la Lola, ¿qué más da una cosa que otra? Al final de este siglo de carroñas crepusculares la música y la ética son indiferentes, como indiferente es el enredo de alegorías sin fin al que nos someten los artífices de la prosopopeya del poder. ¿Qué más da si el viejo topo sigue devorando jícaras y jícaras de ajoblanco? ¿Qué más da si todos los hermanos de los lobos se solazan con las codornices ancianas? Todo es lo mismo: las lomas donde se alzaba Bruno, los brincos que dábamos de dos en dos de manera diversa pero todos muy dinámicos, la concepción de la espina, los romanos de los mesones, los trapos en el río donde se bañaban los miembros de las bandas callejeras. ¿Qué más da si anacoluto o metonimia, si anábasis o diáspora, si gueto o pogrom, si sevicia o lascivia, si Cansino o Hayworth, si Dada o Mandela, si Luther o Lutero, si magenta o rosicler? La variedad es disonante, embaucadora e incita a la inmoralidad de parte. Quedamos exánimes en el piélago de dudas como quedaríamos enhiestos y crispados en el eterno revuelo de dichas sin fin concreto. Nacemos para elegir lo que importa poco (nada) que sea elegido. Lo que nos viene dado tan sólo nos importa si nos acrecienta el innoble y estulto afán de escoger entre más de una cosa o condición. No digamos nada de ser electos: ello conforma el súmmum de nuestra trasnochada e insulsa pústula de felicidad. ¿Qué más da si mañana no llega? ¿Qué más da si anoche no fue? ¿O si mañana fue anoche? En cualquier caso, algo o alguien debe importar a algo o a alguien, porque si no ¿qué son aquellas luces que centellean tras aquella rama vibrátil del álamo que se pliega con el viento sobre el tejado de la casa de mi padre?

8.12.11

238. La ley del aborto


          "Tengo todo el día para esculpir mi desdicha con el barro insano del lodazal en el que transcurren mis días". Este tipo de frases suele cariacontecer a mi joven tarántula, ella piensa que todo lo que me afecta de manera negativa es sin duda originado por su deletéreo veneno que va depositando, casi siempre sin querer, sobre mis miembros, en mis bolsillos, sobre la mesa del despacho, en los cajones de mi mesilla de noche... Yo soy un escribiente veleidoso, falaz, embustero, me acojo a las palabras como Tarzán se acogía a las lianas cuando deambulaba por la selva sin rumbo fijo, por el simple hecho de atravesarla, antes, claro está, de que Jane apareciera en su vida; entonces, su sin rumbo dio paso a la efemérides del amor y ya todo lo hacía por algo, su sin rumbo se convirtió en un con rumbo ardoroso y consensuado. Pero yo no soy Tarzán, y mi joven tarántula no se llama Jane. Ni cuando escribo jamelgo pienso en tierra de asnos, ni siento como un caballo, ni cuando escribo algodón mi alma flota vaporosa entre cúmulos de blanco semisólido. Yo contradigo, contradigo casi siempre y es por ello que paso la vida dando tumbos con mi tarántula a cuestas. De tanto tumbo, mi querido arácnido pierde a veces el norte, pero a veces soy yo el que lo pierde, y para entonces ya ella se ha hecho con el sextante, el astrolabio y el timón, y viramos a babor o a estribor buscando (y a menudo encontrando) el rumbo verdadero. Mi tarántula es muy lista y tiene un veneno que mata lo suficiente y embelesa lo necesario. Ya la siento venir escorada por el pasillo, ya asoma una de sus patitas por la puerta.

237. Los gorriones son imbéciles


          La tundra se llenaba los jueves de miles y miles de judíos ortodoxos. Un judío ortodoxo es lo más parecido a un muerto. El sabor de un judío muerto es muy parecido al que tiene la carne de lagarto. Los lagartos ortodoxos de la tundra son ambarinos en el crepúsculo y opalinos las otras horas del día. El amor que siento por mi novia es mensurable, pesa, posee unas medidas, tiene profundidad, velocidad, amperaje, impedancia y resistencia. Ella me tiene por un experto cazador, pero sólo soy un laborioso artesano de cometas. Su padre, que es tozudo y pequeño, no quiere que nos casemos, prefiere ofertarla a los caprichos del Condestable. En la tundra todo el mundo sabe que el amor es el espejo deformante del deseo y de la infamia; cada familia es la depositaria de un pariente amoroso y de un pequeño recipiente donde guarda las trampas para cazar lagartos. Mi novia mira a los judíos ortodoxos, que le provocan risa y recelo a partes iguales. Cuando nos casemos nos iremos de aquí para siempre, tendremos hijos alfareros e hijas azafatas de congresos, compartiremos nuestro amor con los vecinos, con los judíos y con los estibadores de Boston. La tundra y el Condestable sólo serán un vano recuerdo de juventud. 

25.11.11

236. Úteros innecesarios


          Cada vez son más las personas que me escriben pidiéndome un dinero que no poseo. Mi bondad antonomásica ha extendido su fama atravesando fronteras y llegando a otros continentes diferentes al que en la actualidad me hallo. Porque desde tiempos inmemoriales mi familia y yo hemos habitado en continentes, en algún continente. Mi bondad, decía, es conocida y muy bien valorada en muchos sitios. Yo sé de la existencia de muchos sitios. Tengo catalogados en carpetitas de esponja natural más de once mil sitios. Los sitios no son continentes, aunque también, pero yo catalogo sitios más pequeños. Las cartas que me escriben, sin embargo, sólo me piden dinero, no sitios. Si alguien me pidiera un sitio, le daría un lugar (para engañarlo, porque un lugar no es un sitio). Esto es broma. Sí que se lo daría. Tengo sitios repes en una carpetita de esponja natural en la que pone con letras de Dymo®: "Sitios repes para regalar". Yo no tengo más dinero que el que me dan las dos organizaciones paramilitares de mi bloque por tener "el pico cerrado", como ellos dicen. Creen que sé de sus crímenes y extorsiones, pero yo no sé nada; si así fuera ya me hubieran matado muchas veces. Su dinero sólo me da para comer y para comprar algún que otro sitio. Empecé a ser bondadoso un día de enero en una parte frondosa de Cisjordania. Antes de eso era ebanista y antes fui misericordioso en Sabadell. Quiero casarme pronto con alguien para poder ir a la Feria acompañado. Ya tengo caballo y un sitio. Me gustaría que fuera de aquí y que no fuera asesina ni costurera. A ser posible nacida en Santander o en Coimbra, pero que sepa bailar. Mientras tanto invento juegos de mesa complicados y hago bizcochos de mentira. Mi nombre es Florián, mi primer apellido es Barriga y mi segundo apellido es Caravaca.

22.11.11

235. Duelos y quebrantos y más duelos


          El 15 de diciembre de 1367, día de San Junípero Barcino, nacía Simón de Brabante, último rey de Pomerania antes de que este reino fuera anexionado por la Corona de los Habsburgo en 1399.

          De los datos aquí presentados hay tres ciertos y uno falso: puede que sea falsa alguna de las dos fechas, puede ser falso el nombre del santo o el nombre del mismo rey, o el de los invasores que se anexionaron el reino; ¿existe o existió Pomerania?

          En el segundo párrafo de este escrito hay un sólo dato que es falso. Pero es que en realidad sólo hay un dato, ergo ese único dato es falso, es decir, es falso que haya tres verdades y una falacia en el primero de los párrafos, por tanto, puede que en el párrafo primero todos los datos sean falsos, o todos verdaderos, o algunos falsos y otros verdaderos, pero ¿cuáles?

          En este último párrafo (el tercero) juro por la Orden de Malta, de Calatrava, del Santo Sepulcro y de los Rosacruces que no hay falsedad alguna. Por lo tanto, tan sólo éste se salva de la mentira, no así el anterior, el segundo, ni el primero. El juramento asegura la verdad del tercero, pero no dice nada de los anteriores párrafos, se crea la duda en el tercero de la veracidad de los anteriores, cabe la posibilidad de su veracidad, con lo que el segundo y el primer párrafo quedarían incólumes, libres de culpa y ciertos de pleno derecho. Pero siguiendo el camino volveríamos a entrar en el bucle de la duda infinita por causa y a consecuencia del honor que impregna el juramento del tercero de los párrafos.

          La conclusión a que nos conduce este silogismo lógico-histórico es evidente: los juramentos son elementos inconsútiles, intangibles, que hacen referencias a abstracciones anímicas como la dignidad o el honor, pero que para lo único que sirven es para alejarse de la verdad o para caer en veleidades metafísicas que, como ya hemos visto en la clase de hoy, no nos conducen nada más (y nada menos) que a la hora del recreo.

          Así que, chicos, salid en orden y disfrutad.

17.11.11

234. Una nación gitana


          Hace un día gris, un día de metrónomos oxidados, un día de noviembre antiguo. Siento que exudo otoños por todos los poros, que voy dejando a mi paso un reguero de nostalgias que estallan como pompas de jabón. Hace un día de plomo frío, áspero, un día de nubes mal encaradas, desafiantes. Hace un día de lluvia inexistente, un día para nacer de nuevo, para morir otra vez. De los abetos desciende el pavor de la colmena, el viento ondea verdores de jungla donde antes el amarillo quemaba el pico de los jilgueros. Noviembre pone nombre a cada torre, a cada veleta, despide a las cigüeñas con un desprecio certero y cubre con un sayo de hojarasca la vergüenza de un verano remoto e inaudito. Los números del cielo se entreveran con los signos de la tierra, los horizontes se rompen y enloquecen, los rumores de la mar se hunden a veces, a veces se hielan en un iceberg de grises desgarrados. Es el otoño, es el noviembre del presagio oscuro y helador del invierno, el mensajero inarmónico, disonante y horrísono de los días inexorables. 
          Hoy es un día gris, nuboso, desabrido, un día para acabar de una maldita vez con la esperanza.

16.11.11

233. Los pagarés de Judas


          Mi espeleólogo de cabecera afirma tener un globus hystericus alojado en su pecho cavernario, algo parecido a un santuario fluctuante lleno de malos presagios y rescoldos de pesadillas, que sube y baja como un ascensor a lo largo de su tráquea, de su esófago. El espeleólogo de cabecera, mi amigo Chimo M., que así se llama, se sienta a veces sobre el alféizar de mi ventana y llora sin medida, porque siente que su pecho va a estallar pronto, que va a quedar colapsado de tanto sube y baja de ese ascensor rebosante de angustia torácica. Me cuenta que a veces lo experimenta como algo tangible, algo que se pudiera coger con la mano, apretarlo, pero nunca soltarlo del engranaje de cables que lo mantiene apresado en el hueco retroesternal. Un psicólogo tabernario amigo suyo fue el que le dijo cómo se llamaba aquello que le pasaba: globus hystericus. Chimo no se tranquilizó con la información, sino que siguió ensimismado y preocupado. Sigue llorando un poco todos los días en el alféizar de mi ventana; cualquier día se va a caer, o se va a arrojar al vacío. Yo lo conmino a que practique su afición, a que se hunda en cuevas inexploradas, en grietas oscuras y tenebrosas escondidas en terrenos desconocidos. Chimo me mira y duda que allí encuentre lo que no encuentra en la superficie. Pero un deje de duda en su triste mirada me dice que piensa que puede que yo tenga razón.

          Me he acostumbrado a Chimo, a tenerlo cerca, me causa cierta ternura, aunque su pena ansiosa me contagia el alma de murciélagos inhóspitos y me hace partícipe de su insomnio milenario. No recuerdo cuándo nos hicimos amigos, lo recuerdo siendo los dos unos niños. Él tampoco recuerda cómo nos conocimos.

5.11.11

232. Bestiario 05


                    PÁXUR: Ente blanco y femenil, como de albayalde o yeso, algo vaporoso al andar, que deja cuando pasa una nube de sí abandonada, como de talco. Sus contornos neblinosos son los de una mujer fuerte y grande, una matriarca de gestos pausados y maternales. Tiene algo de un Don Tancredo lírico y móvil. De costumbres leves, apenas se comunica con algún ave pequeña y grácil, quizás algún colibrí o algún diamante de las islas. Su presencia no asusta, no inquieta, estorba lo justo y la estela de polvo blanco que nos deja en la ropa es fácil de quitar con un ligero movimiento de hombros. A los niños autistas les fascina y alguno pierde su inveterada renuencia a comunicarse y la llama con una sonrisa enroscada a su nombre: ¡Páxur!, ¡Paxuriña!... Pero sólo lentifica su paso, nunca deja de marchar, porque su naturaleza itinerante se lo impide. Huye de las ciudades y acude al llamado de los pueblos blancos, luminosos y encalados. Pocas veces se ven dos juntos, si acaso alguna mañana de enero bajo un almendro en flor o riendo (su risa es como un crepitar de alas de insecto) y revolcándose en la primera nieve de diciembre.

1.11.11

231. La azarosa vida de Pedro Infinito


          El espasmo geométrico del metrónomo que no se ve se interpone entre la pregunta y la respuesta. El revólver en el tapete mira equidistante a un punto intermedio entre los dos individuos sentados frente a frente. Ambos se miran a través de la rejilla de sus respectivas escafandras. El fuego de la chimenea a la espalda de uno de ellos (por ejemplo, el de la izquierda) va convirtiendo en puras brasas un buró estilo Regencia con muchos cajoncitos. Cuando llaman a la puerta de la estancia con dos golpes secos, uno de los buzos (por ejemplo, el de la derecha) emite un gorjeo largo y hace un leve intento de alcanzar el arma con una de sus manos (por ejemplo, la izquierda). El tiempo transcurre y nada se mueve a excepción de la barrita oscilante del metrónomo que no se ve y de las llamas de la chimenea que devoran poco a poco el espléndido buró. Dos nuevos golpes secos se oyen en la puerta por segunda vez. Ahora son los dos buzos los que gorjean a la vez y a la vez intentan en vano alcanzar el revólver. Del buró se desprende un cajoncito que deja al descubierto un resorte metálico. Otro cajoncito cae y puede verse desparramado su contenido: tres bolindres y un cortaúñas oxidado. Tras un estruendo de maderas reventadas, la puerta cede, el metrónomo se detiene, un buzo (por ejemplo, el de la derecha) es más rápido en hacerse con el arma, disponerla apuntando a la rejilla de su escafandra y dispararse un tiro. El gorjeo del otro buzo se hace más largo, más agudo, pavoroso. El visitante, que ha llamado dos veces dos veces a la puerta y más tarde la hace añicos, se dirige a la chimenea y sin miedo a las llamas pulsa el resorte metálico que había quedado al descubierto en uno de los cajoncitos, no sin antes coger los bolindres y el cortaúñas oxidado e introducirlos en su canonfolio.

          Lo que acontece entonces no se puede, no se debe contar.

22.10.11

230. Ridículos nocturnos


                    El lánguido arlequín bajó parsimonioso del cuadro y mató a Picasso con un pincel de pelo de vicuña del nº2. Picasso se encontraba de espaldas al cuadro desnudo de medio cuerpo para arriba girando entre sus manos un enmohecido grifo de cobre con el fin de adscribirle alguna utilidad espacial conformadora de un hecho plástico sorprendente y artístico. El bulbo raquídeo del artista quedó ensartado limpiamente. Luego, el arlequín lánguido y, ya también asesino, recorrió una tras otra todas las habitaciones de la casa, que se encontraba deshabitada y fría. Salió al jardín. Bajo un dalio enano se sentó y se quitó el sombrero. Pronto quedó dormido y se puso a soñar. Soñó que una bailarina, y otra bailarina, y otra, se arrojaban a un pequeño volcán de lava azul que las devoraba sin dejar rastro de ellas. Picasso, subido en un caballito de madera, tomaba apuntes y bebía pequeños sorbos de absenta en un vasito de porcelana china. Una música de piano desganada y misteriosa, como si una Gymnopedia de Satie fuera interpretada por un borracho virtuoso, dejaba notas confusas y placenteras por el aire. Más allá del pequeño volcán, un sol voluptuoso y móvil, como una grandiosa ameba, se deslizaba por un horizonte donde elefantes transparentes desplazaban su enormidad parsimoniosa hacia un desierto amarillo, brillante y metálico.

          El arlequín lánguido y asesino despertó alertado por el ruido de un suspiro entrecortado. Alguien, sin duda, había entrado en la casa mientras él dormía y soñaba. Un olor a cera ardiente le erizó la piel.

16.10.11

229. Un drama con enanas


          La mujer a la que amé, me ha abandonado. Ha sido todo tan rápido... Veníamos de la carpintería de Chomón. Un manto oscuro fruncía el sotobosque en esa hora crepuscular tan incierta. Ella, a mi lado blandía su ballesta y tarareaba un fragmento oscuro del Impromptu de Músorgski. Apenas me miraba, apenas me dirigía alguna palabra de naturaleza cinegética. Al llegar al otero 19 divisamos el estandarte de los Vangi y ella me besó. Sus besos, de natural húmedos, casi viscosos, eran ahora ríspidos y terrosos. Supe que sus fantasías erraban muy lejos de mí. Me arrodillé ante ella, suplicante, me aferré a la parte oblonga de la ballesta, enjugué con mis lágrimas el orillo de su túnica de tafetán, arañé con mis uñas las suyas, pero nada pude conseguir, su amor era ya de otro. Ahora vago sucio y sudoroso por la tundra ventosa de la soledad infinita, bebo mis propios zumos, y como mis rencores mezclados con los excrementos secos de las fieras que me divisan expectantes. Lloro al unísono con la urraca y me estrello de desdicha con el cóndor del abismo. Nada me conforta en este magma de lamentos sin fin. Hablo con Chomón y con la menor de los Vangi que trabaja en la carpintería del primero. La contrató porque es hacendosa y al tener el síndrome de Brungüer no ha de pagar la seguridad social de la desdichada. Se llama Estela. Juega muy bien al trompo.

14.10.11

228. Una severa hidrocefalia


          Tengo el prurito intelectual (hoy, no otro día) de hacer amigos. Suelo ser amigo de los amigos de mis amigos, no de mis amigos, a los que detesto todo el tiempo. Tan solo los soporto por el buen gusto que tienen para elegir sus amistades, que serán tarde o temprano las mías. A ellos, a mis amigos, los aparto cuanto antes de mí. Me aburren y soliviantan los humores de mi alma dulce, poco dada a la épica de camaradería a la que intentan sustraerme. Con los amigos de mis amigos, en cambio, me hallo cómodo, protegido de la carantoña moral y el abrazo insurrecto. Pero hoy (sólo hoy, no otro día) me siento con la perentoria necesidad de hacer al menos un amigo. Éste ha de ser un ser especial, lógicamente, porque una condición imprescindible, sería su carencia absoluta de amigos; de no ser así buscaría enfebrecido su agenda de direcciones para acaparar la amistad de todos sus amigos y conocidos. Pero entonces, su carencia de gente cercana que lo quisiera denotaría una casi segura bajeza moral de su condición, sería con gran probabilidad un individuo zafio, intelectualmente primario e incluso violento y soez, de costumbres atrabiliarias y conducta venal. Pero, aun así, sería mi amigo, lo querría como no se quiere a un hermano; velaría por su recuperación social, lo alejaría de las drogas, del sexo mercenario, del lumpen de extrarradio, de ciertos abogados; le daría buenos consejos (al menos dos), excelentes alimentos orgánicos y espirituales, le buscaría una buena mujer que tejiera sus calcetines en invierno y le emancipara del alma la desdicha de ser la hez de la tierra. He de darme, pues, mucha prisa pues sólo tengo el día de hoy para mi empeño, y ya está empezando a oscurecer más allá del parral de la tita Lola.

13.10.11

227. El glande más grande de Flandes (Versión Beta)


          De nuevo estoy frente a un cuadro. Es un cuadro de El Bosco, un cuadro en el que en su parte superior e inferior se lee la siguiente frase en letra gótico-flamígera: Meester snyt die keye ras, myne name is Lubbert das (Maestro, extráigame la piedra, mi nombre es Lubber Das). La piedra en cuestión (y que da nombre a tan extraño cuadro) es la piedra de la locura. El maestro lleva un gran embudo en la cabeza y un cántaro colgado del cinto de su túnica. Hurga con su escalpelo el cráneo del pobre Lubber, que sentado y atado a una silla, despierto y con la boca semi-abierta, soporta la cruel intervención. Al lado del maestro, un monje con otro recipiente en su mano izquierda conversa con Lubbert, quizás dándole el ánimo necesario, quizás aumentando su tortura con dislates premonitorios. La escena es observada por una mujer tocada con un libro rojo en la cabeza, a lo mejor una monja, a la que nada le dice lo que ve, a tenor de la inexpresiva y aburrida expresión de su rostro apoyado en su mano derecha, y ésta, a su vez, apoyada en una alta y redonda mesa. Toda la escena transcurre al aire libre, en donde pueden otearse un valle, unas lomas y tres poblaciones en lontananza. Nuestros ojos se afinan entonces en la incisión cefálica que le están practicando a nuestro desdichado Lubbert. Todo, de momento, se vuelve entonces diáfano y esclarecedor: el maestro está extrayendo un pequeño tulipán del cerebro del pobre infeliz, un tulipán igual a otro que descansa sobre la mesa antedicha. La mueca de extrañeza provocada a priori por el cuadro queda congelada en nuestro rictus de suficiencia ante tamaña muestra de infantilismo metafísico. La tela, pues sólo vale la experiencia de un dibujo algo vacuo para la época y de una arquitectura conceptual tan banal como fuera de contexto plástico.

17.9.11

226. A la sombra de un flamboyán


          Es indudable que ya no doy más de sí. A mis cincuenta y pico de años ya no seré más de lo que soy. Si acaso cada vez seré menos de lo que soy. Me miro en el pomo bruñido de la puerta de mi despacho (nunca me miro en los espejos) y me veo cada vez más convexo, con la frente más pronunciada, con un tono de cara más cobrizo, con un aspecto cada vez más evidente de llamarme Eliseo y trabajar por cuenta ajena para alguna empresa licorera de Alicante. No conseguí dar el salto, no obtuve el beneficio que otorga el contacto con los tiempos adecuados y los lugares idóneos, no me ungí con los balsámicos afeites de la amistad adecuada ni con los sobrios ungüentos de la oportunidad, la adulación o el descaro propiciatorio. Y ya es tarde para casi todo lo que se puede asir de manera segura y duradera. Ya no sirve mirar hacia arriba sino es para mensurar diferencias imposibles de salvar. La lista de cosas que no tendré es extensa, prolija, escarnecedoramente acumulativa.

          Todo esto es absolutamente cierto.

          Tengo cincuenta y cuatro años. Poseo una inteligencia que se va adaptando cada día a unas circunstancias complicadas, adversas y retadoras, pero que en una atmósfera de prudente silencio las voy superando sin derramar demasiada sangre. A veces me reconozco en alguna luna de escaparate y me sonrío como si el personaje que me mira fuera alguien con el que me gustaría entablar ciertos lazos de amistad. Incluso últimamente me gusta mi nombre y la firma que lo suscribe. He conseguido en la vida mucho más de lo que consigue la inmensa mayoría de mis congéneres sin necesidad de nadie, ni de sus bendiciones ni de sus hipotéticos apoyos. También, en ciertas noches calurosas, me creo con las fuerzas suficientes de subir escalas diferentes de las habituales, y que conducen a ciertos estados de libre felicidad. Si mido la extensión de mis posesiones obtengo una cifra muy superior a la que obtengo si cuantifico mis carencias.

          Todo esto es también absolutamente cierto.

13.9.11

225. Un nuevo apocalipsis


          Estimada Manoli:

          No te quiero. Lo siento, pero las cosas son como son. No me gusta tu nombre, ni tus dientes, ni tu bolsito verde de felpa, ni tu concepción mariana del hecho cósmico, ni tu pastel de batata, ni la impronta que tu porte deja en los batallones de arqueros, ni la risa agónica de tus hermanas. No me gusta Portugal, Manoli, ni me gusta la barbarie de tus dedos, ni cómo descorchas el chacolí, ni el halo que nimba tu iris de mulata sedienta, ni tu canto de sirena antigua, ni la arrítmica mojiganga de tus nalgas. No me gustas, Manoli. No me gusta el tono de tu queja, ni el quejido de tu tono monocorde, ni tu blusa transparente, ni lo opaco de tu vientre. No me gusta a lo que hueles los lunes de madrugada. No me gusta a lo que sabe el mosto viejo de tus besos, ni me gustan los grosores de tus venas, ni el aire que por ti pasa, ni tus recuerdos futuros; ni siquiera me gusta el piñonate que hacías, ni el sereno tumulto de tus miembros bajo el agua. No me gusta, no; ni tan siquiera tus largas efemérides, tus límites, tus trenzas doradas, los trazos de tu escritura, la miel oscura de tus lágrimas. No te quiero, Manoli; no te quiero y nunca te podré querer. 

          Lo cual no quita para que tramitemos juntos el expediente de dominio y podamos quedarnos con la alquería de tu padre, con vista a la creación de un centro de explotación agropecuaria que intentaríamos subvencionase la Consejería de Agricultura y Pesca, siempre y cuando presentemos un proyecto coherente en cuanto a sostenibilidad medioambiental, adecuación presupuestaria y objetivos mensurables, todo ello, claro está, con vistas al desarrollo socio-económico de la zona y su entorno.

          Siempre tuyo, Manolito.

7.9.11

224. Bondades de Tánatos


          La epistemología, como las églogas matritenses de Darío Fons, es sublime o no según el filósofo que la desarrolle y según el campo de acción en el que se disponga a desarrollarla. Ahora bien, si fuera necesario y excluyente lo afirmado hasta ahora, no lo sería si lo contrario igualmente lo fuera, como si estuvieran ambos elementos no excluyentes del silogismo atrofiados en un innombrable y etéreo campo de significaciones, si no contrapuestas, sí dirimidoras de actos definitorios poco aseverativos. Lo penetrante de un concepto epistemológico, como lo desorbitado de un aforismo esópico de Fons, no es la notable nervadura intelectiva que subyazca en el proceso disquisitivo, sino la perfección que se logre en el ensamblaje expositivo de las diferentes cadenas de preceptos anteriores, cada una de las cuales ha de estar engrasada convenientemente en un sistema de conocimiento lo más alejado posible de las ideas neoplatónicas ya en desuso y más que periclitadas en las nuevas corrientes de pensamiento. La víscera palpitante de la escuela estructuralista, con Foucault a la cabeza, no quiso o no supo ver esta estela de conexiones relativistas en las fuentes modernas del conocimiento, dejando en manos de los nuevos próceres de las universidades alemanas y estadounidenses el hilo conductor hacia un postestructuralismo ciertamente inane, pero que se imponía como necesario, inoperante, sí, pero a la postre definitorio. Y es que la época épica del pensamiento humano, como diría Darío en su égloga XXVII, "recusum fortiunis agraburus septentione mudinis obsit".

2.9.11

223. El mundo de las hortalizas


          Nada más fácil que definir el erotismo: "¿Alguien ha percibido alguna vez en la lágrima de la esposa la imagen reflejada de la amante desnuda"? Bueno, pues algo así es el erotismo, quizás algo menos literario, pero por ahí van los tiros. El erotismo en los pueblos del interior es diferente, por no decir que es inexistente. Sólo los forasteros encuentran el erotismo en zonas rurales. Mi tío Luis lo encuentra incluso en las comarcas industriales del cinturón siderometalúrgico de la cuenca del Nervión. Erotómanos como él han sido (ha habido) muy pocos. Recuerdo de niño cuando me llevaba a la lonja de Llodio para ver descamar lucios a las pescaderas. Allí nos disponíamos al lado de una columna escogida y a una hora determinada; entonces un rayo de sol penetraba por el alto y redondo ventanal y se cernía sobre las planchas de granito pulido donde trabajaban aquellas rollizas y rozagantes operarias. El descamado de los pescados les cubría de pequeñas láminas tornasoladas el comienzo de sus grandes y lustrosos pechos que bamboleaban indolentes con el movimiento que le impelían los afanosos y vigorosos brazos de aquellas mujeronas oceánicas. De mi tío Luis aprendí todo lo que sé en este campo. Él me enseñó la mentira de lo evidente, la verdad de lo velado, el olor de los sonidos, el tacto que se mira, el aroma que se acaricia, el misterio que envuelve todo lo que apasiona, la gloria de lo efímero, el rumor de lo sublime que nunca llega, la felicidad fragmentaria que martiriza, la fiereza de la belleza que aplaca nuestra llama interior. Como dije al principio, nada es más sencillo de definir que el erotismo. ¿No es cierto?