"Me planto en mitad de este damero infinito en el que se está convirtiendo mi vida..." Éste es un bonito comienzo para mi próximo libro. Otro sería éste: "Los picos helados de las lejanas montañas quebraban un horizonte de un azul demoledor..." También muy bonito. Los arranques de los libros son algo verdaderamente importante. Yo nunca leería un libro que comenzara, por ejemplo, así: "Por tanto, la venta de la alquería demandaba una urgente reforma en las leyes arancelarias..." Nunca. Ocurre lo mismo con los finales de las obras literarias. No es lo mismo una novela que acabe "... y la velada luz de los ojos de la diosa, a la vez que oscurecía el mundo de los vivos, abría poco a poco el fulgor enigmático y eterno en el mundo de los muertos.", que otra que ponga punto final con "... y el Conde partió la ballesta arrojándola contra la puerta de la cochiquera." Creo que estarán de acuerdo conmigo en todo lo que estoy diciendo. Sir Walter Scott decía que "las novelas, al menos las que yo he escrito, son el estrafalario resumen de la ambivalencia entre el estilo y la historia narrada, entre el ensamblaje epigramático del discurso y el intercambio costumbrista de pareceres en ámbitos diversos". No diría yo que andaba desencaminado el buen escocés. En la historia de la literatura tenemos variados ejemplos de obras que quebraron las espurias vibraciones del tono intelectual del momento socio-histórico en que nacieron. Desde el Gilgamesh hasta el Ulysses de Joyce la ruptura enardeció a sus autores de manera frívola y al devenir de la cultura de manera abigarrada. Hay un librito, casi un opúsculo, escrito por el autor renacentista cubano Evelio Maní, que ejemplifica todo lo hasta aquí dicho. El título de la obrita es "Me han enajenado el bohío" y fue escrita en el quattrocento, que en el Caribe tuvo unas peculiares connotaciones en cuanto a temas (excesivamente autóctonos) y en cuanto a estilo (excesivamente exótico). El "boom" de la literatura latinoamericana, sin embargo, posee una génesis escandinava evidente y prístina. Borges y yo (bonito y vanidosillo título para una próxima aproximación ensayística: "Borges y yo", "Borges and me"—en inglés), Borges y yo, decía, que amábamos tanto lo boreal, caminábamos cogidos de la mano por los arrabales de Malmström entusiasmados con el declive de los termómetros de galio y con el estrépito de los arenques que reventaban la salmuera de las barricas en los muelles. Ya ciego de vista y casi de esperanza, el maestro me cantaba viejas nanas aprendidas de niño en los frescos verdores de jardines bonaerenses de la boca de su ama de cría noruega, la señora Olsen, que fue la inspiradora de Mamá Rhînna, personaje inolvidable de su famosa narración corta o cuento Las nueces intermitentes. Disculpen si divago, pero en estas agonías del invierno la tos me ha convertido el pecho en un estertor viscoso y doliente. Gracias a la musa de la retórica (¿Polimnia?), que quizás lo sea también, a su pesar, de la demagogia, voy desbrozando estas líneas que intentan llevar la paz y el olvido (es lo mismo) a todos los hogares de España. O a casi todos. O sólo a algunos. Voy a seguir tosiendo.
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FUMPAMNUSSES!
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
23.2.14
22.2.14
310. El caso de la iguana que gustaba de hacer café, pero luego ni se lo tomaba niná
Hoy quiero escribirle una carta a mi padre, pero mejor voy a limpiar de matojos el huerto, que lo tengo últimamente abandonado. Una vez acabe de limpiar el huerto, iré a arreglar con Dani la rebelión de los esclavos nubios que tantos quebraderos de cabeza le está dando a la abuela. Después quiero ir a desayunar dientes con P.P. Zhivs a su consulta (tiene los mejores dientes de Palermo, me ha invitado muchas veces, pero nunca he ido). No sé si me apetecerá después estudiar Leyes o algo, o licenciarme, o doctorarme, o casarme con alguna de las mujeres de alterne del Kino's, o quizás volverme loco y asestar uno o dos golpes de estado. Tal vez opte por visitar el Museo Podológico Itinerante o pelarme al dos en la barbería de Pinzo. Ya serán para entonces más de las diez, y espero que no llueva, y si llueve, pues mejor, así no tendré que bañar a los niños. A las diez y media (10h.30') he quedado con Mademoiselle Laforgue para ir a una sesión de espiritismo mercantil en el Círculo de Malas Artes. Si se deja, le tocaré la lengua, yo dejaré que toque la mía. Luego nos iremos al Ateneo, a escuchar con sumo interés la conferencia que dará Joaquinito sobre "las diversas maneras de tocar el laúd sin manos". Sabemos que será apasionante. Posteriormente depositaré los restos de Mademoiselle Laforgue en el cementerio laico de las afueras y me iré a tomar el aperitivo con el vicealmirante Montoya. Espero que no me líe y me tenga hasta las tantonas contándome sus masacres de payos por las Islas Galápagos. Quisiera después ir a comer pescados muertos con pan a la Brasserie de Pierre. Me gusta comer solo, si acaso acompañado de una o dos mujeres desnudas y un cuarteto de cámara con los ojos vendados y vestidos como corresponde. Me encantan los postres de Pierre. Hace la mejor compota de espinas que he probado nunca. Entonces me entrará sueño y me iré a casa a descansar. Debo pensar seriamente en casarme con algo. No es bueno que el hombre esté solo, y la casa parece vacía, no sólo porque lo está, sino porque no hay nadie cuando llego. Un día me encontré en un vertedero un enorme reostato termonuclear con todas sus tripas de amianto al aire, y me lo llevé a casa seduciéndole y atrayéndole mediante tiernas lisonjas y pequeños engaños engatusadores. Vivimos juntos dos o tres semanas de pura pasión, pero cuando la rutina de la convivencia hizo su aparición, volví a dejarlo en el vertedero donde lo encontré, propinándole, eso sí, varias patadas, porque, eso también, soy persona mala. Bueno, dormida la siesta, ¿qué hacer con el resto del día? ¡Ahá, ya está! Como es martes puede que vaya a la asamblea semanal de expertos en anclajes, o al sacrificio ritual de las madres sefardíes en el convento de las Hermanas Aguedianas. Si me apresto incluso podría hacer ambas cosas de manera consecutiva, todo va a depender de si Gregory me presta su biciclo dinámico verde agua. Y sí, ya para entonces habrán sonado las siete campanadas en el reloj del ayuntamiento. Iré a casa entonces, me ducharé con alguien que me enjabone la espalda y me pondré mis mejores galas para acudir a mi primer baile como debutante que soy. Será una noche mágica, comeré toda la empanada de pulpo que me quepa, bailaré todos los zortzikos que me apetezca con las esposas de los concejales o con los maridos de las concejalas, beberé todo el mejunje laico que pueda trasegar, y vomitaré en todos y cada uno de los setos y parterres de los jardines de Palacio. No sé cómo, pero llegaré, o me traerán a casa húmedo, ebrio y lloroso, y en el fondo muy compungido por haber dejado pasar otro día, otro día, sin haber escrito esa carta a mi padre que llevo queriendo escribir desde hace tres décadas.
12.2.14
309. La ingle hirsuta de la Papisa Juana
A Zehna Voloshyn, lo que realmente le da asco es todo aquello relativo a lo gastrointestinal. Su novio, Osmond, regenta una afamada casquería en Foljströ, pequeña localidad al noroeste de Oslo; a Osmond, lo que realmente le asquea es la manera de hablar noruego de los daneses y su pastosidad intelectual al debatir temas de ultratumba. El asco, sépanlo, es lo que nos da carta de naturaleza humana. Sin asco no hay hombre, ni acaso mujer (aunque de esto último hablaré más tarde en otro sin par artículo). A mi vecino, Pepe Lomax, le asquean las producciones pornográficas de bajísimo presupuesto que produce él mismo con sus cuñadas, las siamesas O'Higgins, incluso le asquean más, si cabe, las producciones pornográficas de altísimo presupuesto que produce él mismo con su hermano, el Zar Nicolás. A las O'Higgins les asquea su hermana siamesa respectiva, lo que las hace divergir sus miradas 180 grados, una al Norte, la otra al Sur, dado que están unidas por las plantas de los pies. Las dos se enamoraron en plena guerra del actor Walter O. Mills que si había algo que le daba asco de verdad eran las siamesas y las vendedoras de frutos secos del mercado de Whitelands, al Sur de Londres, y no digo nada si los frutos secos eran avellanas cordobesas. A los cordobeses les asquean los sevillanos, sobre todo los que huelen a incienso, que son la mayoría. También al diputado Lucas Pastrana Valdivieso le daban arcadas cuando iba a Sevilla, pero pasó a la Historia por las grandes bascas que le producían los discursos de Castelar en el Congreso. Castelar, en cambio, mutábase en puro vómito al contemplar, aunque fuera sólo de lejos, a Pi y Margall o a cualquiera de sus familiares en primer grado. En esta malla de ascos cruzados y diversos, caben ascos de todo tipo. A mi primo Hércules le doy asco yo, bueno, en realidad lo que le asquea es mi ausencia total de granos y mi cutis impoluto, sin embargo, él a mí no me da asco, yo lo odio (o le odio, nunca aprenderé cuándo poner le o lo), eso sí, pero por razones ajenas a la propuesta temática que hoy nos ocupa. Un asco que llamó mi atención es el que le producían a Erasmo de Rotterdam los enanos alemanes, lo que provocó cismas locales insignificantes en lo social, pero muy significativos en el aspecto filosófico de sus escritos. Erasmo, que era hermano hermafrodita del navegante Robert Cooper, da fe en su obra De capitatione del asco a los enanos alemanes de manera harto pormenorizada y asaz exhaustiva. A los enanos alemanes, a la sazón poco escrupulosos, sólo le dan asco las cúpulas de Brunelleschi y los acaramelados tonos de Masaccio cuando pintaba damas tiernas de Florencia. De Florencia, curiosamente, era el mercader libanés Ananás Bula, que vivía asqueado de haber nacido en el Tirol. El asco atañe, como vemos, a ricos y a guarnicionistas, a proyeccionistas y a suníes, a metalúrgicos y a agoreros, a troyanos y a catetos de Burriana. La vida es asquerosa en su totalidad para varias sectas cínicas y gnósticas del Próximo Oriente, y también para los pueblos del Lejano Oriente: los coreanos profesan un odio cerval mezclado de un asco bilioso hacia el arte europeo de entreguerras y hacia los pastelillos de bosta malaya. Y los japoneses, para terminar, echan el bofe cuando ojean las aburridísimas revistas de poesía chilenas u hojean las aburridísimas revistas de poesía argentinas. Este recorrido por el asco mundial, por la náusea planetaria no estaría completo sin hacer mención al Asco Supremo, al asco que emana del propio Ente Divino, a la basca cósmica que provocamos en Él y que Él nos provoca. Este asco mutuo recibe eufemísticos y simbólicos epítetos para mejor llevar nuestra estrecha y tumultuosa relación. El amor, la gracia, la solidaridad humana, la caridad, la fe divina, la unción mística, la paz espiritual, el clamor kármico, la fraternidad de los pueblos, todo ello no deja de ser la bondadosa metáfora que cubre con el tul luminoso de la belleza el soberano asco perpetuo que la vida en general y el pudin de nabos tiernos en particular nos provoca a todos los humanos en general y a mi tía abuela Manola en particular.
308. Solecismos un tanto inocuos
Tengo sobre mi mesa un sobre sobre el que acabo de pegar en su ángulo superior derecho un sello de correos suizo de dos francos en el que se ve un previsible paisaje alpino con su bello y verde valle que se pierde allá a lo lejos en el horizonte montañoso y nevado. Me llama poderosamente la atención, entonces, que desde el lado izquierdo del sello vaya poco a poco apareciendo lo que a todas luces parece un contingente de caballería que se dirige a buen paso, algo más que al trote, hacia el Este. Son unos cien soldados, todos ellos bellamente engalanados, con brillos fugaces de charoles y metales bruñidos. Es norma, o al menos ésa es mi experiencia hasta el momento, que en los sellos de correos, ya sean suizos o de otros lugares del mundo, no se aprecien estos movimientos de tropas. Mi inquietud se acrecienta al comprobar que los soldados saltan el borde dentado de la estampilla y continúan su marcha por la superficie del sobre que contiene la carta que acabo de escribir, tras varios infructuosos intentos, a mi albacea, Jan van Oosg, que vive en Dresde. En el valle queda el surco que han dejado los cascos de los caballos, también en la superficie del sobre se ve la marca algo más imprecisa de la marcha militar. Superado los límites de la carta, ya en la estepa difícilmente mensurable de la mesa de nogal, los diminutos soldaditos a caballo, a cuyo frente y al mando del mismo, un enhiesto teniente, sable en mano, los dirige con irreprochable marcialidad, la columna de soldaditos, decía, se encamina hacia las cuatro bolas arrugadas de papel que hace pocos minutos he arrojado desesperado por no encontrar el estilo o el tono adecuados con los que dirigirme al señor van Oosg. Al final, a la quinta tentativa, la misiva ha salido perfecta, adecuada, directa y equilibrada. Al llegar a los montes de papel, con ardor guerrero y eficacia castrense, los pequeños efectivos militares toman posiciones. Su objetivo se hace evidente: tomar por la fuerza los abruptos riscos de papel, en donde a buen seguro se esconde, proceloso, el enemigo, como no tardo en comprobar desde mi aventajada atalaya en las alturas. De cada surco, de cada pliegue y de cada arruga de papel surgen, vociferantes, decenas de guerreros uniformados a la turca disparando sus arcabuces a diestro y siniestro y esquivando, a su vez, los disparos del regimiento de caballería que, rodilla en tierra, intenta contrarrestar la violenta algarabía que se les viene encima. El combate no dura mucho. Observo que no son decenas, son centenares los turcos que cobijan las oquedades de los siniestros papelotes. Bajan por todos lados y rodean con rapidez a los valerosos soldados, los caballos se dispersan despavoridos por los estampidos de la pólvora, y uno tras otro van cayendo los soldaditos formando un tristísimo cúmulo de cadáveres chiquititos. Los turcos ya celebran la victoria con arcabuzazos al aire y un griterío ensordecedor de gloria. Yo asisto a todo esto con un notable aturdimiento, me hallo atónito. Sé que he tomado partido por la caballería proveniente de la Confederación Helvética, desconozco la verdadera filiación, me extrañaría mucho que la columna de caballería fuera realmente suiza, país eminentemente neutral y cuya única actividad con armas, más decorativa que ofensiva, consiste en ser guardianes, algo atrabiliarios y como de tramoya teatral, de los sucesivos Papas que en el mundo han sido, son y serán. Desconozco de igual manera la procedencia del otro sector enfrentado, me parecen turcos, aunque podrían ser cátaros disfrazados, beduinos o yemeníes, da igual. De cualquier modo me duele la injusta victoria turca. Veo que un grupo de estos últimos arrastra un carro lleno de lo que parecen pequeñas estacas puntiagudas de madera, e intuyo con horror que, si Alá no lo remedia, van a empalar los cadáveres de los soldaditos de caballería y a los pobrecitos que aún no lo son. Pero esto ya no lo puedo ni lo voy a consentir. Así que atrapo un buen puñado de turcos y los arrojo a mi copa de ajenjo, luego repito la operación hasta que sólo quedan unos pocos y la copa de ajenjo rebosa en un magma de turquitos ahogados. Con el plumín de plata voy ensartando por la mesa a los del turbante, que huyen como ratas por la mesa gritando como huríes a la venta y los arrojo al candente chubesqui que intenta caldear y combatir el frío de mi habitación. Al último par que veo que intentan refugiarse en las estribaciones de mi escribanía los aplasto con la yema del pulgar derecho. Ahora me toca enterrar, no sé dónde a los chicos muertos de la caballería, pero y ¿qué hago con los moribundos? Sé que no debía haberme inmiscuido en los asuntos internos de ambos países, pero también sé que todos los filatélicos están locos.
2.2.14
307. La organillera
Sangro de miedo desde hace horas. El diablo ha vuelto y se ha arrollado a cada una de mis vísceras, a cada uno de mis órganos. Lo siento caliente y aferrado dentro de mí. Oigo su ríspida risa en mi garganta y noto cómo los pensamientos, mis pensamientos, van mutando y convirtiéndose en viscosas ratas de pellejo translúcido y sanguinolento. Siento el miedo del tiempo que he de permanecer siendo acechado, invadido y ultrajado desde dentro, tiempo que en cada capítulo es más dilatado y cuyo fin ya ni siquiera preveo. Cansado del cansancio, porque el miedo agota y aturde los reflejos del alma. Comienzo a odiar, a esconderme como la hiena en la noche, a repeler los contactos, a vomitar la bilis negra del contagio. Es la epidemia interior que va invadiendo todo lo que me rodea. Es el poder del mal que aprisiona mi esqueleto, que segrega todo un mundo de delirios fantasmales, de temores inauditos, de horrores primigenios. Es la vivencia del fin del bien, la apertura de oquedades abisales en el océano del alma. Sólo quiero no querer, ¿para qué?, de nada sirve el amor, los afectos, la maldita solidaridad que sólo cubre el hedor del miedo al fracaso y el horror al vacío que va instalándose en los sentidos lenta y cautelosamente, hasta que la sequedad de la mirada te mina cualquier atisbo de esperanza en el horizonte. Pervivo en el asfalto grotesco y vociferante, es como vivir en la blasfemia que no cesa, en la quiebra de lo bueno y de lo malo, en la ambivalencia del dolor interior y el lacerante dolor ajeno. El dolor de la vida y el dolor de la muerte. Y la idea de lo inmanente, del misterio de lo insondable, de la miríada de preguntas sin respuestas, todo ello sobrevolando cada uno de mis actos, como acariciando la idea de que existen resortes precisos, principios enzimáticos o eclosiones subatómicas que conduzcan a la justificación de la desdicha, del odio, de mi dolor y de mi inmensa cobardía. Ya no es que no busque a Dios, es que siento que es Dios el que no me busca, ya no es su inexistencia, es la falta absoluta de mi presencia frente a Él. Mientras tanto, el diablo se va adhiriendo cada vez con más fuerza y tesón a lo más hondo de mi cuerpo, exhalando todo el veneno que segrega su poder. Él sí me busca y me encuentra y siente dichoso mi presencia, mientras yo noto, devastado y aterrado, la suya.
26.1.14
306. Venerables venablos
Acuden a mi memoria como vencejos, como agujas de fresno, como aromas de camomila, los días añejos de mosto y cante, de pirita y brezo, de sudor y fuego en la abierta mina de mi lejana juventud. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Llevo la mina dentro como otros llevan dentro el horno o el acerico. Desde muy niño, desde el útero materno (fuerte vínculo simbólico-metafórico para un futuro barrenero) quise adentrarme en los laberintos multiformes de la Madre-Tierra, para ir socavando el misterio telúrico de su pétrea y magmática profundidad. Quise adentrarme, incriminarme en la penetración a bocajarro de mi cuerpo velludo en la frontera mineral del planeta, como otros introducen la masa en el horno o el alfiler en la pieza de tafetán. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Mi padre siempre quiso que yo fuera cocinero, sobre todo a raíz de cierta ocasión en que contando tan sólo 2,8 años de edad, elaboré un suculento arroz con habichuelas que aún recuerdan los comensales y que me valió el beneplácito del señor cura, don Balbino, el mismo sacerdote que un día le pidió permiso a mi madre para llevarme de excursión a Riotinto, donde quedé prendado para siempre por la atmósfera minera, por los barrenazos que enturbiaban de ondas brutas el caliginoso aire de la sierra y por el ferrocarril inglés que traía y llevaba el mineral por aquellos parajes inhóspitos, bermejos y bellos. Ya entonces deseché los fogones, y la mina minó mi espíritu como imagino que el horno horneó el corazón del panadero y las agujas enhebraron el alma del sastrecillo. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy autista!
19.1.14
305. Mutilaciones
1. Los alambres del alma se oxidan de (desde) dentro a (hacia) fuera. Es regla canónica y, por tanto, inútil. Es como el axioma del corazón o como las reglas de oro de la memoria.
2. Seres luminosos, entes de fuego, radiantes criaturas, todos ellos necesitan otros seres, otros entes u otras criaturas que les otorguen la luminosidad, que aviven su fuego, que activen su capacidad de producir energía radiante.
3. Sinisio de Pamos existió lo suficiente para otorgarse ciertos títulos nada honoríficos ni honorables, como el de rapsoda inconsútil, botánico inconcluso y demiurgo agorafóbico.
4. Es preciso diferenciar el entusiasmo que suscita una paloma torcaz despedazada por la aurora intemporal del lago azul de tus ojos y ese otro entusiasmo, que nace al contemplar con arrobo el arado despeñado por la desidia o el furor del campesino airado.
5. La brevedad de la vida es frase al uso demasiado breve para ser mentira y para ser verdad. La elasticidad del tiempo es lo que hace fluir de verdad la categoría moral de las cosas que nos suceden en ese tiempo de fines deshilachados, que constituye la vida del embustero y la del menor de los falsarios.
6. Los animales metálicos son tan retraídos... Los otros, los destilados de las dunas y los médanos de la memoria o los creados ex profeso por los científicos artistas son más valientes y dispuestos, más preparados para vicisitudes de orden natural.
7. En el piélago de angustias vitales en que vive la mayoría de los mortales, los mandamientos, divinos o judiciales, serían algo más llevaderos si esa humanidad no hiciera oídos sordos a los discursos de los políticos, al trinar de las cornejas y al crujir de las enaguas ensangrentadas, pero esto es de muy difícil consecución, ya sabemos que los humanos son torcidos, renuentes y de indolente devenir.
8. Leamos, diversifiquemos nuestros pobres conocimientos. Vivamos, reduzcamos el agraz de nuestros pámpanos ignotos. Procreemos, envanezcámonos con los logros de nuestros rubitos vástagos.
9. - Las agencias crediticias corsas, los ingenios azucareros de Arequipa, los museos coloniales de Tahití y las casas de lenocinio israelíes son los únicos puntos de anclaje a los que podemos lanzar nuestras maromas de salvación y sobrevivir a este estado de cosas, ¿no es así, don José?
- Sí, Danielillo, asinés.
- Sí, Danielillo, asinés.
10. Hoy he abrochado cuatro de los seis botones de mi camisa bordolesa. Para ello me he ayudado de los dedos de mis dos manos, también he utilizado mis ojos para precisar el lugar del botón y el ojal y precisar también el lugar en que estaban y el lugar al que se dirigían mis dedos. He tenido mucho éxito. Estoy contento.
11. Tus ojos me aplauden cuando me miras. Mis ojos te aplauden cuando te miro.
6.1.14
304. Ayer me fui de casa
La fiesta terminó en parada militar. Los dos grupos de institutrices formaron en escuadras enfrentadas: las francesas a un lado, las inglesas al otro. Entre ambos grupos se colocó el contenedor de la anguila y, colgando del artesonado de vigas del techo, se balanceaban, como badajos exentos, los numerosos y diversos saxofones sustraídos de las sinagogas. Durante la fiesta se había comido y bebido, y se habían expresado los poetas seleccionados; y habían bailado los danzantes de todas las regiones y de todos los poblados; y habían ejecutado sus malabares los artistas más ágiles de los dos circos confederados; y los alcaldes convocados este año vistieron sus mejores y más entorchadas galas y adornaron sus tripudas barrigas con las astas de plata votivas y los pequeños huesos de marmota. Todo, en fin, salió a pedir de boca, como todos los años.
Para más adelante dejo el relato del genocidio; dejo también para luego los resúmenes de mi bien documentado estudio sobre la libertad de los oprimidos y de mi no menos documentada tesis sobre la secularización de las procesiones de Pentecostés. Me duele mucho la barbarie, me duele en el alma, pero es que al ver los mofletes de estos niños, apenas judíos, se me enternece la fibra vital; rezuma en mi pecho la melancolía al contemplar esta tierra negra, húmeda y vetusta; mi corteza cerebral pierde sus circunvoluciones y me deja con el seso liso y sin ganas de nada. Ya sólo leo viejas novelas del oeste y me alimento exclusivamente de hierbajos, también del oeste. Hay días que me confunde la luz y me leo los hierbajos y me como las novelas del oeste. Hay días que me convierto en cowboy y cruzo la pradera llena de hierbajos con otros cowboys que van leyendo novelas de sí mismos. No hay indios, pero sí batallones de institutrices enfrentadas en hangares, insultándose bajo un manto de saxofones judíos. Hay días así, y los hay incluso peores. Hay días que se levanta uno y ve un caballo entre sus piernas, y delante, una variopinta comparsa de alcaldes, poetas, malabaristas y danzarines que ríen, comen y beben sin ser conscientes de que en el centro de su aldea hay un recipiente rectangular de un metal insospechado y de un color poco expresable que contiene una repugnante y belicosa anguila negra. No lo saben, no, o si lo saben no quieren hablar de ello, porque sólo creen en la Fiesta y en aquello que revelan las infinitas novelas del oeste, que crecen en la hierba de los campos que rodean sus casas.
303. La misma miasma de la marisma menudea la medianía de la línea media del medianero horizonte
La expectación es un estado del alma, el estado anímico más medieval de los tres que el alma tiene. La Edad Media, a medida que avanzan los estudios, se descubre como una era, harto vasta y lata, de una soterrada y latente expectación. Según el diccionario lexicográfico de la RAE, la palabra expectación proviene de la alocución persa bashimi-gareh, que significó: Pechos como dunas de arena ardiente; de aquí se transformó en shimig-ar, por doble elisión de las consonantes transpalatinas, y, por último, se transformó en la palabra actual, expectación, por aféresis vocálica y consonantización bimembre. Pero ya sabemos por experiencia que los orígenes de las palabras, como el origen de los dioses, es algo que mueve pocas ruedas de molino. Por ello, la expectación que sintieron en el siglo XI los habitantes de Europa no estaba consagrada a la palabra ni a Dios, sin embargo, sí estaba consagrada a la Palabra de Dios. Dios es esperanza, expectativa, enigma y misterio. Pero esto, sólo en Europa, que es donde ocurrió propiamente el hecho medieval. En Asia, Dios era y es pétalo, aroma, sangre y fuego; en América, Dios era y es frontera, exactitud, moneda y furia. En los continentes restantes, Dios se halla en la fase II de construcción conceptual colectiva.
Los otros dos estados del alma están aún por ser descubiertos (se continúa con la idea absurda de que son tres los estados (?!?!)), aunque los trabajos de campo están ya muy avanzados y, poco a poco, se van vislumbrando algunas potencialidades por demás insospechadas (nada medievales, por cierto y por otro lado). En una audaz avanzadilla intelectual me atrevería a pronosticar que, si no la primera, sí la segunda, el aburrimiento iterativo tiene muchas posibilidades de alzarse con el primer o segundo premio, porque ya sabemos que la expectación, en el fondo, aburre (no así la esperanza, que más que una nominación filosófica es un instrumento más de la poesía). El aburrimiento, más si abunda en el eco repetitivo de nuestra rutina sideral, será más que un atributo a medida que transcurran los siglos y adquirirá sin duda los ornatos y galones de un auténtico estado del alma.
Del tercer y último componente poco podemos avanzar sin caer en la especulación o directamente en el ridículo. La sinrazón, la pasión, el amor profano, la lírica, el odio... Todos ellos podrían justificar la posesión de su parcela en el alma humana, en esa trinitaria sede lúgubre, recóndita y fría del hombre, donde suceden pocas cosas en realidad, o mejor dicho, donde ocurren siempre las mismas cosas. Yo elegiría la sinrazón, principal baluarte del ejercicio cotidiano del hombre y acrisolada costumbre de su pensamiento y de su mismo proceder.
Expectación, aburrimiento y sinrazón formarían, pues, los pilares fundamentales de esa catedral de humo y nube que llamamos alma y que nos unifica (o diversifica) en uno o varios puntos del tiempo y el espacio.
Ahora me voy abajo, a los billares, que he quedao con er Paco y con su primo er Quique.
4.1.14
302. Vutabelas de huerta a la Ginkgo Biloba
Ingredientes:
Un ajo landio.
Una breva.
2 decilitros de Ponche Soto
Caballero®.
2 lampreas terciaditas (3kg cada
una, aprox.)
Un chorreoncito de sirope de
reno.
El caldo de haber cocido algo
azul, un litro aprox.
Una cabeza de vaca sin limpiar
Una pizca de pan rallado salvaje.
Hierbas de ciudades lejanas sin
medida.
Un par de medias de Lana Turner.
Algo de unto de yak.
1 decilitro de jarabe soso.
Un ramo de flores de luna.
Música afrocubana (para la salsa,
claro está).
Unas gotas de filtro nº11 para
enamorar prostitutas gallegas.
1 Kg de patata nueva (o 2, ya
veremos).
Sal, Gorda, y regresa con sal
fina.
Pimienta serrana, que yo te
quiero.
Tiempo de preparación:
Es muy difícil saberlo, depende de tal cantidad de factores externos a
la condición de chef, que
sería una falta de profesionalidad por mi parte inducirlos a error. Pongamos
que para seis comensales el tiempo podría estimarse, sabiendo que nos
equivocamos con total seguridad, entre aproximadamente once horas y once meses.
Dificultad:
Fácil, cualquier niño, incluso los pobrecitos niños nemonitas de nivel
IVc, según la escala de Tadeschi, podría realizar esta receta con la minga.
Precio:
Por supuesto, según mercado, pero no nos alejaríamos mucho de los once
euros por persona y día, aunque podríamos hacer trueque, simonía, latrocinio o
permutas dolosas con los infames tenderos de los abastos municipales.
Información nutricional
No sabría qué decirles, yo pienso que es un plato sanote, como plato
único. Ahora sí, si luego se hartan ustedes de criadillas de moro o de potaje
de falotillos, no digo yo que no sobrepasen luego el nivel de carbohidratos,
lípidos, etcétera, pero eso ya es cosa suya, yo poco o nada he de ver en eso,
hasta ahí podía llegar la broma, ¡mecagonlá!
Modo de preparación
La pimienta serrana y el ajo landio se sofríen mirando
fijamente la sartén y pestañeando poco, lo mínimamente necesario para que no se
nos chamusquen las córneas. Embadurnaremos la breva con la sal fina que trajo
la Gorda y la dejaremos hasta que llegue el momento de emplatar. Las lampreas
(sin limpiar, esto es importante) se embuten con la papa nueva hasta que no
podamos embutir más (por eso dijimos 1 o 2 Kg de papa, porque dependía en
extremo del tamaño de la lamprea) para posteriormente añadirlas al sofrito de
pimienta y ajo landio. Mezclamos el filtro de amor y el Ponche Soto Caballero®
con una madera gorda de barco y se lo echamos a las lampreas. Para la salsa
meteremos en la túrmix el sirope de reno, el caldivache de haber cocido
cualquier cosa azul y la cabeza de vaca (sin limpiar, también algo importante).
Me dirán algunos tiquismiquis que no les cabe la cabeza de vaca en la batidora,
pues a mí sí, y si me cabe a mí le puede caber a cualquiera. Es cuestión de
comprar una túrmix más grande. Mientras suena el ruido del pequeño
electrodoméstico ponemos a toda hostia el cd de música afrocubana y bailamos
con ardoroso frenesí sin salir de la cocina. Ahora sí ya es hora de tomarse un
vermut (se lo puede usted tomar mientras baila). Aumente la potencia al fogón
de las lampreas hasta que le duela la mano (a usted, las lampreas carecen de
extremidades superiores, son muy focomélicas, mucho más que las focas). Ahora
metemos todas las hierbas urbanas que tenemos coleccionadas de nuestros viajes
por lejanas ciudades en las medias de Lana Turner (este último ingrediente se
puede localizar con facilidad en la siguiente página web: www.mediasdelana.com)
y untamos con cuidadito el resultado de nuestro relleno herbáceo con el unto de
yak y lo empanamos mal con el pan ralladito (ya saben que sólo tenemos una
pizca). Es hora de sacar las lampreas.
Emplatado
Por un lado tenemos las dos lampreas, por otro, las dos medias de Mrs.
Turner con las hierbas empanadas, la salsa de cabeza de vaca por otro lado y
por último la breva saladita. Pues bien, con la hachuela destrozamos la lamprea
hasta que queden unos cien daditos de pescado que amontonaremos en una gran
fuente de loza fina. Posteriormente rodearemos la montaña lampreica con
delgadas tajadas del embutido vegetal en que quedaron convertidas las medias de
Lana. Con la salsa de cabeza vacuna bañamos las rodajas empanadas. Por último
colocamos la breva salada en la cima de la montaña del troceado de lamprea y
con mucho cuidado le volcamos encima un chrorreón del jarabe soso que nos
faltaba y que intentaremos que rezume desde la breva a la lamprea sofrita y
troceada. Por último, adornaremos con flores de luna los bordes de la fuente y
ya estaremos en disposición de llevar a la mesa este sencillo plato que sabe
mezclar con finura y elegancia la tradición de nuestra antigua cocina con las
más sugerentes innovaciones de la modernidad. Que les aproveche.
301. El baile de la Reina (Mix feat. Erykah Badu)
Hace más de trescientos años que
no necesito. Parece mucho tiempo, parece incluso demasiado tiempo para un
jinete sin yegua o sin rocín matamoros. Dejé, simplemente, de necesitar. Hace
trescientos mil años el mundo estaba tan necesitado como lo está ahora y lo
estará siempre:
Los pianos necesitan siempre afinadores judíos o gentiles.
La araucaria no es araucaria sin los vientos yucatecos.
La Sibila se ayuda de los enigmas para lavar las sayas del misterio con
que cubre sus blandos pechos.
El coro de la Fuensanta necesita ser escuchado en Palacio para subsistir
un lustro más sin miserias añadidas.
La luna de agosto ha de acalorarse con las briznas que el sol va dejando
como hilachas en las puntas de los cipreses agostados.
Todos estos ejemplos aquí expuestos son para ilustrar la infinita red de
necesarias circunstancias que el mundo tiende sobre las olas del mar de la vida
para solicitar de la deidad correspondiente el influjo de su mirada en aras a
la consecución de un fin que cubra las carencias del cuerpo y del alma humanos.
"Pedid, Hermanos, y se os dará". Esto no lo dijo uno que estaba
arando en un cortijo, ni mucho menos, esto lo dijo uno que en su vida había cogido
una azada y sólo visitaba las haciendas de los millonarios del Cono Sur para
cazar niños vivos con honda. Este Dios malo es al que pedimos (al que pedís
vosotros, yo, como ya sabéis, no necesito), al que pedimos, decía, todos los
artilugios que necesitamos para la construcción de esa virtual demolición de la
razón que llamamos felicidad. El Dios malo no es el demonio, ojalá lo fuera, es
el trasfondo del saco marsupial del Dios bueno, su anacoluto, su frase sin
terminar. Su trabajo responde a nuestras súplicas. Nuestras súplicas responden
a la inoperancia e ineficacia de su proceder arbitrario, y así nos va, y así le
va de bien al Dios bueno y misericordioso, que medita a espaldas del proceloso
enjambre de peticiones, errores administrativos áuricos y celestiales, aunque
pensándolo mejor, Dios (el bueno) no medita, ojalá hubiera meditado como sí lo
hizo Satanás, como así lo lleva haciendo millones de siglos, indagando cuál fue
su error, cuál su falta imperdonable. Otro imbécil universal este demonio nuestro,
que está en los infiernos sin albergar en su ardoroso pensamiento que su
también universal error fue el hecho de necesitar: el anti-Dios necesitando,
¡por Dios! Un dios (o su sombra contrapuesta) no necesita, hasta ahí
podríamos llegar. Concedería admitir que un dios-mito (Hefesto, Hermes,
Afrodita...) necesitara algo y que luchara y sufriera por ello, pero Él, el
Dios de verdad no necesita, es una verdad ontológica poco comprendida. Yo, en
el fondo un agnóstico pleno, sólo creo en mí, soy un Dios a mi manera que dejó
de necesitar hace varias centurias. Mi nombre es Currito, Currito Pérez y
Pérez. Exacto, soy el Ratoncito Pérez, la única deidad real de la que podéis
tener constancia absoluta.
23.6.13
300. Wilco
El calor tibio de una vida superior e inerme a la vez.
Ves, sientes y notas cómo te atrapa un sentimiento que nunca acierta a componer una entrega necesaria.
Lo acaricias, rascas su pecho tierno con deleite, su lomo crespo, su frente ondulada, sus lacias orejas.
Lo miras y te mira, sus pupilas expectantes, las tuyas absortas en la duda continua.
Su silencio marca las horas, las horas marcan sus pasos, que ya no señalan la cercana aurora.
Su alma pequeña.
El enorme peso de su alma, que nos ha hecho más tristes y más amados.
Sigue su lengua inquieta besando mi mejilla, la humedad de su hocico en la palma de mi mano.
Y sus ojillos negros han quedado embalsamados en alguna parte buena de mi cerebro.
Para siempre.
Ha atravesado dos vidas hiriéndolas de ternuras inolvidables y de un acre dolor imperecedero.
Tan juntas su vida y su muerte, tan cosidas la una a la otra...
Nuestras vidas se impregnaron de su corto y cálido aliento, del amor futuro que no tuvo tiempo de ofrecernos.
En un ínfimo punto se centró toda la crueldad del cosmos para llevarse esa pequeña vida de canela remansada.
Dios sabrá el por qué.
Yo, ya no le haré más preguntas.
5.6.13
299. La honda esperanza (borrador)
La gastronomía no es la ciencia adecuada, ni la frenología lo es, y si me apuran, tampoco la topografía lo sería. Con la electrobotánica y la calistenia holística ya nos vamos acercando algo más a lo esencial de lo que hoy nos reúne. Las feligresías de la ciencia son, como ya saben, muy proclives a la diáspora y a la, ¿cómo lo diría?, a la disipación momentánea de lo absoluto en pos de estelas de cometas que las desintegren todavía más, si es que ello fuera posible. Tenemos, pues, un supuesto, ¿qué supuesto? No lo sé. Hace demasiado frío para pensar y demasiado calor para escribir. Los días vuelan, Marcelo, el tiempo fluye en caída libre o cae precipitadamente en un libre fluir; el tiempo más que pasar parece que huye a la desesperada o desespera en su constante huir. Será por ello por lo que las personas que conozco y las que intuyo y las que ni siquiera sospecho de su existencia renuevan su osadía, su ira irreverente hacía mí y hacia ellos mismos. Que sí, Marcelo, que todos no sentimos odiados, porque odiamos todos los días, y para el odio imperecedero, la práctica diaria es fundamental. Seremos un montoncito de polvo cuando muramos, pero polvo enajenado. Amaremos, acabaremos amando nuestros odios como amamos los tesoros inmaculados que guardamos en el alma. Porque para odiar hay que tener alma, igual que para amar hay que tener conciencia. El enemigo nunca nos podrá faltar porque lo detentamos en primera persona. Somos el capitán de la banda de malhechores que nos acechan en las estribaciones de cada pensamiento, de cada vuelta de tuerca en que hemos convertido estos días soleados de primavera eterna o de terebrante invierno. Te noto asombrado con mis palabras, Marcelo. No pienses demasiado en ellas, como tampoco lo deberías hacer con el mucílago de letra impresa que la canalla progresista y la fatua reacción vuelcan en tu portafolios. Hazme caso y abandona a los electromensajeros del averno herziano o catódico, a las infusas brujas cibernéticas e incluso a tu profeta de cabecera, abandónalos a todos menos a mí, Marcelo. Ya sé que no soy tu padre y que mi hijo acabó con mi vida hace tres años en un rapto de hombría, que tu hermana no te estima lo suficiente, que tu madre ya no te da golosinas y que tus primas han vuelto a ejercer la venérea labor en los barracones del puerto. Ya muerto, diabético y sordo, me refugio en este reducto adimensional del fácil consejo y te instruyo modestamente en las artes de la conciencia social, del humor ágrafo, de las audiciones asíncopas, de la lectura inversa, de la alimentación anodina, del contoneo metafísico y de la abulia constructiva. No me defraudes, Marcelo.
4.6.13
298. Semana de cine místico
Soy la demostración palpable de que se puede vivir en un pozo. Un pozo seco, profundo, bien construido, con el grado de humedad justo y con el mínimo volumen para el intercambio necesario de oxígeno y carbónico. Algo más de metro y medio de diámetro, el suelo de arena compactada, cemento en bruto recubriendo las paredes y allá arriba un brocal abierto a la luz del día y a la oscuridad de la noche. Llevo un tiempo que ya no puedo medir en el interior de este pozo. Nadie me empujó, ni sufrí un accidente, simplemente estoy aquí, algo inquieto, esperando que las cosas empeoren, que comience a arañarme el hambre o la sed, que la angustia vaya poco a poco apoderándose de mi conciencia, que la soledad se haga tan presente que me aplaste contra las húmedas paredes, que aparezca el grito y la desesperación. Pero todavía eso no ha llegado, todavía me protege un miedo discreto, un terror manejable, una apatía confortadora y una abulia algo enigmática. Miro muchas veces hacia arriba cuando algo de luz dibuja una circunferencia, como un lívido sol o como una extraña luna azul sobre mi cabeza. A veces distingo una estrella y a veces una nube. Tengo todo el tiempo para pensar, pero no pienso. Todo el tiempo para analizar las posibilidades de salir de aquí, pero no investigo ninguna. A veces tengo el convencimiento de que no tengo ganas de salir, creo que no me interesan ni la estrella ni la nube, ni saber por qué estoy aquí, ni cómo llegué. Sí sé que más tarde o más temprano comenzaré a sentirme mal, a notar el calambre del desasosiego, el ardor de la esperanza, la insidia de rebelarme ante esta situación tan extraña, pero tan real. Sería muy fácil pensar que alrededor del pozo en el que estoy existen millones de pozos iguales, en cada uno de los cuales sobrevive un hombre, una mujer, un niño..., cada uno en su mundo artesiano, cada uno en su burbuja de cemento. Me libraría este pensamiento de la responsabilidad de salir, de diseñar mi vida en función de la libertad que me daría asomar mis ojos por encima del brocal, y comprender la sorpresa o la decepción (la aventura) que me espera fuera. De momento me mantengo en la espera, y sí que empiezo a animarme, recolectando aquellos elementos energéticos necesarios, de los pocos de que dispongo aquí abajo, para en algún momento, que espero no muy lejano, poder afrontar la subida, que imagino bastante trabajosa.
22.5.13
297. Amarguria
He de ir a ver a un psiquiatra el próximo lunes.
Será un hombre, o una mujer, que disimulará su hastío, que al sentarme delante
de la mesa de su consulta forzará una sonrisa y me ofrecerá una mano que
retirará con presteza. Pero su trabajo consiste en atenderme y en aplicar una
serie de protocolos que le faciliten un diagnóstico y un tratamiento. Me
estimulará a que le cuente lo que me ocurre, algo que él y yo sabemos que es
imposible. El mero hecho de estar frente a él supone que mi vida ya no puede
ser contada, ha perdido la trama de su propia historia. No obstante incidirá en
un juego de adivinanzas con el fin de obtener un bosquejo de las roturas
principales, de las fugas o de las fallas de mi personalidad, de mi
temperamento, de mi carácter; cartografiará una leve sombra de mi conciencia,
intuirá algo en mi lenguaje corporal, en mis inflexiones orales; captará un
rasgo histriónico por allí, un poso neurótico por allá, incluso supondrá un
juego de transferencias o una tendencia hiperbólica en mi discurso. Mucho antes
de empezar a hablar ya me habrá etiquetado porque la experiencia le ha enseñado
a catalogar una enfermedad del alma con sólo ver la manera como se sienta el
paciente. Es un profesional. Pero yo también lo soy. Mi especialidad soy yo.
Conozco muchas cosas que él no va a saber nunca. Conozco todo aquello que no le
voy a decir, porque no me lo digo ni a mí mismo. Soy experto en terrores de los
que él no es capaz de imaginar. Sólo oirá lo que yo quiero que oiga, porque mis
verdaderos sonidos lo aniquilarían. Nadie puede hablar de sí mismo, y a nadie
que sufra se le puede imponer esa tarea, porque el sufrimiento no se puede
relatar, y además nace eterno, conforma una permanencia a la que no se puede
poner resistencia. La química de los neurotransmisores podrá ser alterada, sus
receptores abolidos y sus consecuencias controladas. La droga ejercerá su
demiúrgica misión y mi psiquiatra colaborará con estas armas, que son las
suyas, a combatir el perjuicio que implementa mi desdicha. El querrá saber más
y más, para definir más y más, para controlar más y más, y yo querré no saber
nada, vivir sin definición y al margen de cualquier control. Él decorará mi
celda con un bonito y elegante póster caleidoscópico, o me cambiará de celda,
quizás a otra más luminosa y acogedora. Pero mi sufrimiento, que él cree
conocer tan bien, es así porque es el mismo sufrimiento que él atisba por la
noche dentro de su cabeza apoyada en la almohada, en ese umbral inquietante
entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte.
18.5.13
296. Ánimas Benditas Ltd.
Que Santa Afra, una de las pocas santas chipriotas que yo conozca, fuera en primera instancia, antes de su conversión, adoradora de Venus, no es causa suficiente ni necesaria para que me encuentre en el calamitoso estado, espiritualmente hablando, en el que me hallo. Deduzco que la santidad en Chipre nada tiene que ver con su cartografía, con ese contorno característico de sus costas que le da el aspecto amenazador de un insecto con una trompa muy larga y puntiaguda. Ninguna influencia, pues, estoy seguro de ello, tienen Chipre y su cultura sobre mi carácter, temperamento y personalidad. Nada de ese país en concreto altera mi manera de pensar. Sin Chipre sería el mismo, de la misma manera que sin mí, Chipre seguiría su historia natural. No soy afecto ni adepto de la cursi teoría del efecto mariposa. Todo tiene, obviamente, un origen, una causa. La piel de Santa Agra se achicharra por causa del fuego, fuego que enciende un verdugo cuyo nombre no ha quedado en anal alguno, verdugo que a su vez se hizo verdugo al ser denegada su admisión al cuerpo de escribas de Nicosia, etc., pero llegar hasta la mariposa del norte de China, que con su leve aleteo precipita el cúmulo de acontecimientos que acaban abrasando los tegumentos de la santa o determinan el ya referido calamitoso estado espiritual en el que me encuentro, me sumerge en una especie de agnosticismo determinista determinante. Y el caso es que ser chipriota debe ser algo parecido a ser guaraní, parecido a ser algo así como un ser especial, algo imbécil, pero especial. Y este escrito que empezó ahondando en el martirologio cristiano, ha devenido, sin yo ni siquiera pensarlo ni desearlo, en un ataque frontal a dos pueblos que nada me han hecho. O sí, porque si nos creemos la teoría de la mariposilla china, algo tienen entonces que ver el indio guaraní del Paraguay y el gamberro chipriota de Salamina en mi, por tercera vez adjetivado, calamitoso estado espiritual en el que me encuentro. Igualmente, reconozco, que yo también puedo ser causa remota de la felicidad o desdicha de estos pueblos tan ajenos a mi devenir en el mundo. Hoy, día en el que se celebra el festival de Eurovisión 2013, en el que es clara favorita la canción que presenta la delegación chipriota, y con el recuerdo imborrable en las retinas del fenecido festival de la OTI (ese sí era un verdadero festival de la canción), en cuyo último certamen quedó la última en las votaciones la canción del Paraguay, hoy, decía me hallo en un estado espiritual realmente calamitoso, ...calamitoso, ...du du aaah, ...calamitoso, ...calamitoso, ...du du aaah, ...yeeeh yeeeh.
12.5.13
295. Goodoo Hallo
Dionisio Menthicatto, ése es mi nombre cuando me lo preguntan, pero cuando no lo hacen, mi nombre es Eduardo, así, a secas, el Eduardo. Tengo una tienda de ultramarinos en una barriada cerca del campo del Betis y soy de esas personas que a más de ser feas dan un poco de asco, si señor, y bien que lo siento, ya lo creo, porque además es que no soy muy buena gente que digamos, robo lo que puedo a las clientas y me ensaño con el ayudante que tengo (que tenía), Ceferino, que es medio bobo y marica entero. Así que no tengo por dónde cogerme. Además por más que me lavo huelo a guiso de nabos todo el tiempo. No entiendo cómo me casé con el bombón con el que me casé: Miss Holyday 1975, palabra. El Holyday era una discoteca a la que íbamos todos los catetos en aquellos días. Bueno pues, no sé qué le pasó a la muchacha, que fue llegar yo, con mis pantalones acampanados palo de rosa y mi minipul morado, que me dejaba al aire el ombliguillo con pelusa, y a ella entrarle un miserere en la entrepierna que todavía le dura. Ya está mayor, pero navega todavía, la tía. A Ceferino lo maté, sin querer, pero lo maté. Le dejé caer encima doce barricas de arenques en el almacén y falleció el pobre maricón en el acto. Últimamente he contratado por horas a un moro, que no trabaja mal el tipo, pero mira a la Luisa (Miss Holyday 75) de una manera que no me gusta un pelo, y es probable que cualquier día sufra un accidente, si no con arenques, producto que ya no se consume apenas, con tambores de 5 Kg de Ariel®, ya veremos. Me quedan todavía algunos años para la jubilación y mi intención es volver al pueblo. Nací en un pueblo de Burgos, Brazaleños de Oña, una mierda de pueblo, que contaba cuando me marché con sesenta y cinco habitantes, treinta y cuatro de los cuales eran bizcos y el resto no, pero estos treinta y uno con vista normal eran mal vistos por los bizcos y siempre andaban a la gresca entre ellos. Se preguntarán ustedes a qué grupo pertenecía yo, pero no se lo voy a decir, porque ya he dicho que no soy lo que se dice una buena persona y seguro que no me creerían dijera lo que les dijera, así que dejemos el tema. Por lo visto ya no quedan en el pueblo más que tres viejos y una cabra añosa. Cuando llegue me haré alcalde a las primeras de cambio y a la Luisa la hago concejala de fiestas y festejos, eso es. Si la cabra es la cabra que me imagino, se acordará de mí.
11.5.13
294. Miss Nipples en Binaroz
Me acaban de dar una mala noticia. Se han reunido los diversos facultativos que me atienden, o que atienden mi caso, porque para ellos, por desgracia, o gracias a Dios, no lo sé, sólo soy un caso. Bueno, pues se han reunido y me han asegurado que voy a morir en algunas semanas, siete u ocho como mucho, un par de meses mal contados. Me lo ha dicho uno de ellos, el que más se parece a mi padre, el más viejo y el que tiene más cara de ser lo que es, como si cada una de sus características faciales y gestuales emanara de un estereotipo platónico ideal o de una caricatura muy esencializada de lo que para todos es o debiera ser un médico. Circunspecto e histriónico, con el afecto estudiado y un deje casi luterano en su timbre de voz, me ha dicho que mis días, lamentablemente, están contados, que mi proceso neoplásico se extendía con una rapidez inesperada y que dada la inevitable afectación de los órganos vitales, poco o nada podían hacer para remediar mi situación. Que contara, por su puesto, con todo el apoyo paliativo que requiriese mi estado con objeto de hacer lo más llevadero y confortable el consabido tránsito a lo inexorable.
.inexorable lo a tránsito consabido el confortable y llevadero más lo hacer de objeto con estado mi requiriese que paliativo apoyo el todo con ,puesto su por ,contara Que .situación mi remediar para hacer podían nada o poco ,vitales órganos los de afectación inevitable la dada que y inesperada rapidez una con extendía se neoplásico proceso mi que ,contados están ,lamentablemente ,días mis que dicho ha me ,voz de timbre su en luterano casi deje un y estudiado afecto el con ,histriónico e Circunspecto .médico un ser debiera o es todos para que lo de esencializada muy caricatura una de o ideal platónico estereotipo un de emanara gestuales y faciales características sus de una cada si como ,es que lo ser de cara más tiene que el y viejo más el ,padre mi a parece se más que el ,ellos de uno dicho ha lo Me .contados mal meses de par un ,mucho como ocho u siete ,semanas algunas en morir a voy que asegurado han me y reunido han se pues ,Bueno .caso un soy sólo, sé lo no ,Dios a gracias o ,desgracia por ,ellos para porque ,caso mi atienden que o ,atienden me que facultativos diversos los reunido han Se .noticia mala una dar de acaban Me
9.5.13
293. Ensayando inmanencias
Ayer, toda la noche me la he pasado transportando unos documentos muy importantes manuscritos con tinta dorada. Una vez que llegaba a los aledaños de una oficina toda ella de madera (el edificio completamente de madera) la tinta de oro se desvanecía, se disolvía en el aire y quedaban los documentos en blanco. Una angustia perpleja me invadía y corría de nuevo a mi lugar de partida, pero antes de llegar despertaba de mi sueño con una inquietud grande. De nuevo conseguía dormir y de nuevo me veía transportando, ahora con gran cuidado, los mismos documentos hasta la oficina de madera, y otra vez veía anonadado cómo todas las doradas letras volaban en el aire. Así que otra vez volvía y otra vez me despertaba desesperado y sudoroso. Así he estado toda la noche. Me he levantado, he ido al baño, he bebido agua, he paseado por el pasillo, pero nada ha servido; una vez acostado me vencía el sueño y otra vez el mismo delirio surgía una y otra vez. Me he levantado muy temprano, me he duchado, he tomado café y me he ido al trabajo.
Este es el sueño que denominaremos S1.
El pasado miércoles, es decir, hace ahora tres días, el sueño fue el siguiente: mi tía Adoración, una mujer menuda, soltera, muy religiosa, de unos setenta años llegaba a una casa que no es mi casa, pero que en el sueño sí lo era. Me traía unos pasteles de chocolate enormes muy mal envueltos y encintados, como si alguien hubiera desenvuelto y vuelto a envolver el paquete. Al tomar en mis manos el regalo de mi tía, noté que en su interior algo se movía y mi angustia se hizo palpable al comprobar que de su interior empezaban a salir una ratas negras de ojos y hocicos rojos que comenzaron a escalar mis brazos y a introducirse veloces por el cuello de mi camisa. Me desperté de inmediato haciendo aspavientos y desgarrándome el pijama entre gritos de locura.
Este es el sueño que denominaremos S2.
El pasado lunes, es decir, hace ahora cinco días, soñé lo que sigue: volaba en un antiquísimo aeroplano de la primera guerra mundial, un Fokker, o un Junker, no recuerdo, el caso era que me sentía aterrado pues no sabía cómo manejar los mandos, pero es que además, cuando los agarraba con mis manos sudorosas, los mandos se reblandecían y quedaban como una masa gelatinosa y pegajosa. Miraba a través del cristal y veía que me precipitaba a una velocidad inquietante hacia una iglesia dispuesta en la cima de una loma, iglesia que se hallaba ardiendo por los cuatro costados. Pronto desperté con la exaltación pavorosa del impacto seguro. Luego me sentí humillado al notar una fría humedad en las piernas. Efectivamente, me había orinado.
Este es el sueño que denominaremos S3.
El sueño de la noche de hace siete días fue así: una mujer de rasgos orientales, de piel luminosa, ataviada con un sucinto velo de seda y de una belleza más allá de lo voluptuoso, más allá de lo imaginado, se acercaba a pasos lentos hacia la otomana donde reposaba desnudo y en un estado de duermevela de sublime relajación. La dama comenzó a desplegar con sus manos finas y poderosas, con su boca fresca y ágil y con todo su cuerpo todo el arsenal de sus artes amatorias. Fue un sueño largo, profundo, culminado, enaltecedor, un nirvana de placer como nunca he conocido. Al despertar de manera natural, triste por la pérdida del cielo, no me sentí humillado al notar una humedad (muy diferente a la humedad de S3), sino feliz y dichoso por el plácido y sensual desarrollo de la onírica experiencia.
Este es el sueño que denominaremos S4.
Si tuviera obligatoriamente que elegir entre S1, S2, S3 y S4, como sueño que tendría que experimentar todas las noches del resto de mi vida, sin duda elegiría el S4, pero, vamos, sin duda alguna.
24.4.13
292. La fuga de cerebelos
Hoy voy a hablarles de fútbol. El origen de este bizarro juego o deporte fue así, fue de la siguiente manera, aconteció de este modo:
El pueblo indoario llevó consigo en su temporalmente lejana diáspora el Rig Veda hasta el sur de la India. Los clamores de guerra fueron Tigris arriba, Éufrates abajo, añadiendo hierba seca a la reconcentrada ira de Babilonia y entonces fue cuando habló Zaratustra, que dijo: "Hagamos un contrato con el dios Mitra". El estofado estaba entonces del todo condimentado, sólo le faltaba un aderezo: el curry rancio del imperio monolítico de las tribus del Este. Buda nace y se queda absorto, inmutable ante la visión de sí mismo, y a lo lejos, los otros paupérrimos imperios del Oeste se creen lo de Zaratustra/Zoroastro y lo del profeta Oseas. Tantos espasmos históricos dan como lógico resultado la nietzcheana invención de la moralidad y como consecuencia inmediata se crea el afán eterno de derramar océanos de sangre de todos los pueblos que sobreviven en la Era Axial para el bien de esos mismos pueblos. Hasta aquí todo encaja, todo parece claro. Pero nadie contaba con los griegos. Nadie contaba con que unos cabreros subalimentados enhebraran el hilo de Cronos en el ojo de la aguja de la primigenia razón. El mito sin Verbo se hace hombre. La idea nace de un laicismo corpóreo y se adhiere con morbosidad a las meninges del divinizado habitante de la polis. Los genitales del homo erectus se elevan hasta el hipotálamo y el hombre ya no fecunda razas ni especies, sólo segrega individuos omnipensantes y alejados cada vez más de los terribles dioses del desierto. Los romanos sólo saben dar a todo aquello un valor de mercado primigenio, envolviendo el orbe con la panoplia de oropel y con el fasto endogámico de la decadencia de unos dioses alquilados y unos héroes de tinte ictérico. La Edad Oscura se acerca emponzoñando los pozos con la peste, mientras la eternidad de la sabiduría se halla enclaustrada entre sayos y cilicios. Sara, Sherezade y Magdalena cohabitan como perras calientes y salidas en el lecho de vísceras desparramadas que en los campos de Oriente y Occidente dejan las Santas Cruzadas. La vuelta de tuerca inversa que supone el Renacimiento y su inhumano humanismo llena el cielo y el infierno de dantes, erasmos y miguelángeles que duran y perduran ajenos a los cismas alemanes y a los cataclismos colombinos continentales. Los indios mueren en su otra Era Axial, tan lejana y nueva, mientras en las cocinas revolucionarias se dan las últimas soflamas sobre el suculento soufflé cartesiano. La razón de los griegos vuelve a surgir a través de los visillos de una ciencia incipiente. Alguien, además, descubre la teoría del hombre y el lobo, la polis se politiza, aparece el primer obrero electrocutado con un libro en el bolsillo trasero, la mujer existe, los poderes se independizan, los reyes van guardando sus pelucas, pero cada vez hay más y más himnos. La economía desbanca para siempre a los sistemas filosofales, ya proscritos y Marx rebulle de su gloria efímera oyendo en lontananza a Hölderlin con un fondo wagneriano muy preciso. El primigenio océano de sangre resurge con fuerza, y los pueblos, se diría que agradecidos, provocan una segunda ola casi tan fuerte o más que la primera. El arte, como, siempre, callando y cayendo en un absurdo de nada divertidísimo y acogedor, muy reconfortante para algunos. Dios acepta la derrota, su derrota, con la resignación de los muy grandes. Y entre escombros metropolitanos, y entre el hambre mal distribuida, y entre leyendas de dioses antiguos nos vemos hoy en esta displicente sociedad del bienestar mal entendido y del horror consumado.
Y entonces el Negro Willy hace un quiebro de cintura, finta al central del Ousanenses y encara la portería; el guardameta se adelanta, pero Willy, con un portentoso juego de tobillo de su zurda, eleva el esférico por encima del portero y hace que el marcador se ponga 1-0 a favor de los locales. Es el minuto 90 y el árbitro pita el final del partido.
21.4.13
291. La desgracia de ser un intelectual, o no
En mi bloque de apartamentos somos doce vecinos o unidades familiares. Dicho edificio está formado por seis planta, dos apartamentos por planta. A decir verdad todos somos muy raros. Mucho.
En el 6º derecha vive Sebastian Pinchel, húngaro, tercer oboe de la Filarmónica, soltero, vive con un koala de nombre Brandon.
En el 6º izquierda nos encontramos con la familia Hackford, de Liverpool, matrimonio y tres niños (los trillizos Hackford), famosos en su momento por haber nacido con la facultad del habla totalmente evolucionada. Además son inmensos, muy gordos.
En el 5º derecha viven Mr. y Mrs. Jones, productores y protagonistas principales de una serie pornográfica de DVD's caseros basada en la saga carolingia con incursiones puntuales en la metafísica kantiana.
Los ocupantes del 5º izquierda son dos jóvenes góticos homosexuales, Timothy y Andrew, que en alguna ocasión se han arrojado juntos desde el balcón, salvando la vida milagrosamente, aunque Andrew, desde el último impacto contra el acerado, deja entrever en su personalidad y en su forma de vestir unos rasgos ya no tan góticos sino ciertamente barrocos.
En el 4º derecha viven hacinados once afganos turbulentos, con aspectos de genocidas, que se pasan el día golpeándose, insultándose y guisando unos hediondos potajes que dan el aroma general característico a todo el bloque y al que ya nos hemos acostumbrado todos.
Llegando al 4º izquierda nos encontramos con una puerta acorazada de acero templado flanqueada por dos afroamericanos de dos metros cada uno y armados con sendas kalashnikovs. Suponemos que tras la cámara vive o se esconde un insigne traficante de armas que nadie ha visto y que suponemos que se trata de Idros Salanakis, pero sólo lo suponemos.
El gaitero andaluz, Sandro Antúnez ocupa con su hermano mayor, el gaitero andaluz, Menandro Antúnez el apartamento 3º derecha. Ambos forman el conocido trío de gaiteros andaluces Hermanos Antúnez, de escasa predicación, pero de notabilísimo entusiasmo y encomiable denuedo en la consecución de la excelencia en el bello arte de soplar gaitas. No se llevan bien con el Sr. Pinchel, el oboísta del 6º derecha.
En el 3º izquierda a veces se deja ver el conocido periodista y no menos conocido gigolo, Servando Lotti. Su loción para después del afeitado contrapone, dada su fortaleza aromática, el hedor de los potajes afganos. No obstante, dada la afición de Lotti al affair amoroso con provectas damas y a las fiestas con la flor social de la senescencia, habrá que reconvenirle, porque es muy reprobable el acúmulo de prótesis y pañales de incontinencia que sobrenadan, tras sus jolgorios, en la ya, por otra parte, mugrienta escalera de la vecindad.
El 2º derecha es la sede del Sindicato de Liberados Sindicales (SLS), cuyo comité ejecutivo no se reúne nunca porque todos sus miembros están liberados, al igual que todos sus afiliados y simpatizantes, por lo que jamás se oye un solo ruido, pero en contrapartida hay que decir que no pagan nunca los recibos de la comunidad.
En el 2º izquierda vive mi ex-mujer con su marido actual, el atleta paralímpico Josh Montanelli. Su carencia de miembros (todos) no le impidió ser medalla de plata en la modalidad de lanzamiento de martillo (él hacía de martillo). Mi ex-mujer, no creo haberlo dicho, es ensambladora de nenúfares origámicos.
La familia del 1º derecha es la familia Ortiz- Mendebieta, papá, mamá y las dos niñas, de 22 y 20 años estas últimas, algo ligerillas de cascos, estás úlimas, unas vasquitas calentorras por no decir unas putonas irredentas, estas últimas. Quitando a Montanelli (por desmembrado), a los del sindicato (por inexistentes), a Lotti (por gerontófilo) y a Timothy y Andrew (por maricones), se han tirado estas últimas a todos los vecinos asequibles de la comunidad, es decir, a Mr. Pichel (el del oboe) y a Brandon (su koala); a los trillizos Hackford (los gordos parlanchines) y al padre de los niños; a los once afganos potajeros; a Salanakis (el traficante) y a sus cuatro metros de guardaespaldas; a los dos o tres gaiteros andaluces (los Antúnez); al matrimonio pornógrafo (los Jones, a él y a ella, sesión filmada y editada en un número especial de la famosa serie de DVD's); y a mí, por supuesto, dejándome como recuerdo las muy asquerosas unas purgaciones de muy difícil tratamiento.
Y aquí estoy yo, vegetando en el 1º izquierda, mi nombre es Marcial y soy astronauta de rivera y violinista en comedores de Cáritas. Aunque parezca inglés, soy galés y no muy buena persona, de hecho soy muy mala persona. Voy a alquilar los dos bajos comerciales del edificio, y voy a instalar en uno de ellos una sinagoga para judíos sordos y en el otro una mezquita para musulmanes ciegos. Lo que me voy a reír.
(Dedicado a Geoges Perec)
19.4.13
290. La chacha de tito Alberto
Hubo un escritor suizo que murió de manera súbita mientras paseaba por la nieve, que durante toda la noche había estado cayendo sobre el jardín que rodeaba el manicomio en donde permaneció internado sus últimos años. Se llamaba Robert Walser. La nieve, obviamente, no sólo cayó en el jardín del manicomio, sino que nevó en otros muchos lugares colindantes o no. Lo encontraron a las pocas horas, cuando lo echaron en falta a la hora del chocolate con mojicones, fruslería ésta que le volvía cuerdo de tanto como le gustaba. La nieve, pienso yo, debía de haber cesado en su caída cuando ocurrió la caída del señor Walser, porque de no haber coincidido el cese en la caída de una y la mortal caída del otro, la primera hubiera cubierto el cuerpo yacente del segundo y no hubieran dado con él hasta que la nieve se fundiera, fenómeno este que, estando en Suiza, puede tardar en ocurrir semanas o meses. A Franz Kafka le gustaba mucho leer a Robert Walser. Igualmente, como a todos los judíos, le gustaba sobre manera un buen tazón de cacao con bizcochitos. No se conocieron personalmente, tan solo se conocieron de manera impersonal, utilizando métodos de transmisión telepática o mesmérica. Y no se gustaron. Se admiraban, sus escritos los estimulaban recíprocamente, pero sus locuras eran antagónicas y ninguna de sus costumbres cotidianas se avenía a un corolario paralelo. Todo esto demuestra varias cosas: 1ª) Los dolores de cabeza que a menudo me acometen son o no son, pero siempre serían. 2ª) La bufanda barata que me regaló Cifuentes fue o no fue, pero siempre estuvo. 3ª) El palacio de los Marqueses de La Algaba asume o no asume, pero siempre prevaleció. 4ª) Frank Zappa elaboró o no, pero casi siempre moría. 5ª) El regaliz marinado hubiera existido o no, pero nunca lo contrario. Walser y Kafka no obtuvieron en vida reconocimiento alguno por su obra. La tisis acabó con el checo cuando aún era joven. La tisis no acabó con el suizo cuando aún era viejo. Yo, que sostengo la tisis interior de mi desdicha, iré en verano a Suiza. A Praga ya fui, invitado por un grupo de disidentes literarios, los llamados "Ágrafos Itinerantes". Si algún día, en medio de la lectura de algún micrograma de Walser, o de alguna carta de Kafka, sienten un tenue dolor de cabeza, anúdense una bufanda barata al cuello, dirijan sus pasos al palacio de los Marqueses de La Algaba, pongan en su iPod la canción de Frank Zappa "Titties and beer" y traguen una a una once barritas de orozuz Zara®, y ya verán ustedes como...
12.4.13
289. La dulce caridad de los negros
¿Saben ustedes lo que padezco viviendo sin piel, sin tegumentos que protejan mis órganos, sin pelo que cubra mi cabeza? ¿Saben la irritación a la que me expongo de manera continua sin el recubrimiento habitual que las bestias creadas poseen de manera primigenia? ¿Conocen la hipersensibilidad que experimentan mis terminaciones nerviosas al mínimo contacto con el menor de los estímulos externos, el clamor eléctrico que recorre la desnudez de los músculos de todo mi organismo? ¿Sospechan al menos el martirio que la más anodina acción dinámica impone cruel a mi ser corporal? ¿Albergan alguna noción de lo que supone para mí la humedad, el calor, el frío, los alfileres del viento, el humo que quema mis ojos? Como supongo que todas las respuestas a mis preguntas han sido contestadas con un NO pleno y rotundo, les diré que nada de lo dicho supondría nada, absolutamente nada para mí si además todo ello no fuera acompañado de lo que realmente es la más abominable de las situaciones imaginadas por un ser humano, y no es otra que mi cerebro, cuna del pensamiento autónomo, de las potencias inherentes al alma, no posee tampoco ni la más sutil gasa que lo proteja, que lo aísle, aunque sea mínimamente del clamor de sentimientos e ideas que atormentan por doquier su materia gris. Él tampoco tiene elementos de defensa, ni un solo mecanismo de protección, ningún sistema de contención que le impida sucumbir ante el menor de los afectos, ante una simple mirada de desprecio, la menor de las inclemencias del amor, de la esperanza, del tedio, de la ilusión o de la mera fantasía. Inerme y azogado flota casi en la pura nada del dolor y el miedo, suspendido en un magma corrosivo y lacerante.
¡Qué cosas más tristes se me ocurren! Lo malo es que las escribo, y algún incauto se las cree y pensará de mí que soy un alma atormentada, un producto del romanticismo tardío al borde del suicidio, cuando en realidad lo que soy es un baboso pedante con sobrepeso y sin talento para nada, mucho menos víctima de nada en esta vida, que me ha deparado, créanme, la mayoría de delicias que se les cierra a cal y canto a la mayoría de los humanos. Así que no vayan ustedes a lamentarme, estaría bueno, laméntense de quien quieran, pero en el retrete, alejados de mí, porque nunca me darán ninguna lástima. Las víctimas no cotizan, mucho menos sus émulos; las penas de los demás no nos valen para nada, cada día hay más penas y más "demás" y sufrir por los demás es la entelequia que nos intentaron inculcar a base de hostias (consagradas, se entiende). ¡Ay, Jesús, Jesús! ¡Qué desperdicio de Carne! ¡Qué desperdicio de Sangre! ¡Que desperdicio de madera, y de clavos!
8.4.13
288. La zorma del hapato
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