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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



16.4.14

315. A orillas del Potomac


          Me informaron, cuando era joven, que la flecha disparada (¿se dispara una flecha?) disparada, decía, por Temístocles, que acabó con la vida de Darío, no iba dirigida a él, sino a su hijo Jerjes. O al revés, la flecha que iba dirigida a Jerjes, iba dirigida en realidad a su padre Darío. De cualquier forma, Temístocles ensartó con su flecha el corazón de uno de los persas más importantes de la Historia. Temístocles era ateniense, un rudo campesino y proveedor de perdices de los próceres de Atenas. Su padre, Istomenes, fue marino y murió en la batalla de Nadea, que tuvo lugar en la bahía de dicho nombre y que supuso el triunfo de la coalición de partos y medos contra la flota ateniense, con la consecuente pérdida de su hegemonía naval. De todo ello me informaron cuando era joven, pero ahora soy viejo y confundo los términos, las fechas, los lugares y las personas. Hay días que me creo Temístocles y hablo en griego con mi ama de llaves. A veces, me levanto asediado por la presencia de numerosas perdices embaladas en cestos de mimbre que urgen ser llevados (los cestos) al consistorio para que sean debidamente distribuidas (las perdices) de manera alícuota entre los concejales. Almuerzo creyendo ser Jerjes, acudo al Excmo. Ateneo convencido de ser el rey Darío, ceno oyendo el rumor de las jarcias de mi nave sabiendo que soy el viejo marino Istomenes. Me paso el día buscando mi arco y el tahalí con mis flechas, para defenderme de aquellos partos y medos que quieren acabar con mi vida en cada esquina (En cada esquina, amor, en cada esquina...). En los momentos de calma y sosiego, cuando mi mente se distiende y alberga la realidad en la que vivo, sucumbo a la angustia de la multipolaridad de mi existencia, de saberme multiplicado en seres dispares, ajenos y tan lejanos en el tiempo y en el espacio. Mi esposa, Terpsícore, es una de las nueve musas, en concreto es la musa de la danza, aunque toda la vecindad la llama por otro nombre. Me conmueve su ternura y me enternecen sus pas de deux. Su tutú, ajado ya, me hace cosquillas en la nariz, y la música de Rameau, que tanto ama, flirtea una y otra vez con el aire antiguo de nuestro salón acompañando a sus elegantes volatines, ya cada vez menos veloces y cadenciosos. La Grecia de mis años de juventud, la Grecia de mis fantasías y a veces de mis realidades aflora (o florece) a cada instante y es por ello que ando en toga por mi palacio lleno de moscas, moscas sabias, moscas, a su vez, con togas que ellas mismas elaboran; las más mañosas para tales menesteres son las moscas pitagóricas, tan precisas ellas a la hora de confeccionar y cortar los patrones; las socráticas visten togas que las hacen parecer desmañadas y de aspecto poco aseado; las platónicas, moscas amaneradas pero de seso brillante, muestran exquisitas togas sumamente lucidas; los moscones cínicos, en cambio, van por ahí enseñando sus innobles atributos sin toga alguna que los cubra. Ya hablé de mi suegra, Mnemosine, madre de Terpsícore y personificación de la memoria, ¿o no lo hice? Me casé con mi suegra sin darme cuenta una oscura noche de invierno, aunque ella no lo recuerda, ni yo tampoco. Todo se me ovilla en el cerebro, tengo la edad en la que Tucídides leyó por vez primera los epigramas de Zenón y la tres cuartas partes de la que tenía Eratóstenes cuando visitó por segunda vez el templo de Artemisa, pero en realidad no sé la edad que tengo, conozco los nombres de casi todos los eremitas de la Capadocia, pero no reconozco sus caras terrudas y barbosas. Si supieran ustedes a qué me dedico, me harían muy feliz comunicándomelo porque desconozco cómo gano mi sustento, llego a casa tan cansado que no recuerdo con exactitud en qué he dilapidado o aprovechado mi tiempo. Sé que hago algo relacionado con la talabartería o la guarnicionería, huelo a cuero y tengo las manos sucias, ásperas, agrietadas, y las uñas negras, pero, a su vez, llevo bajo el abrigo unos leotardos amarillos con motivos espartanos y una camisa floreada en tonos pastel. ¿Y las flautas de pan? ¿Qué hacen las docenas de flautas de pan arrumbadas de mala manera por alacenas y pasillos? ¿Cuántas tengo? ¿Quién me las regala? ¿Las fabrico yo? ¿Para qué las quiero? ¿Las vendo? ¿Las robo? En mi domicilio hay personas a las que observo con suma atención y fijeza por si algo me suscitan o sugieren, pero no, no hacen más que obligarme a comer uvas, manteca, moras y peces raros. Yo como mirando un gran póster enmarcado del equipo de fútbol del Panathinaikos. Conozco el nombre de todos los jugadores, aunque sus caras me recuerdan en conjunto al coro de Antígona. ¡Qué soledad y qué locura no saber de verdad y a ciencias cierta si soy el patriarca Atenágoras o Melína Merkoúri!

29.3.14

314. Nuevas normas para dejar de querer


          En Valencia todos saben que la princesa Carmesina era tan blanca que se veía pasar el vino por su garganta. Todo lo que sigue no sólo no lo saben los valencianos, no lo sabía ni yo al comienzo de este obsceno panegírico. A través de los ojos de Carmesina se veían los ojos de Amor, hijo de la Noche y de la Oscuridad, según los griegos. Al final de su cabello se alcanzaba a ver el continente maldito, aquel en que los pueblos combaten sin cesar por la posesión del Hongo Dorado. A través de sus uñas rosadas se veían los ejércitos de Nabucodonosor arrasando el Templo de los judíos. Carmesina es un ser translúcido y cristalino, casi etéreo en su deambular, insonora como una cueva profunda, como una sima sin fin. Entre sus delineados omóplatos de marfil se podían contemplar mil naturalezas muertas, desvaídas acuarelas de tornasoles naturales y líquidos, óleos de profundo tenebrismo, terracotas y mármoles diseminados en salas luminosas o lúgubres. Bajo la piel de sus muslos etéreos bandadas de pájaros tropicales pugnaban por salir y liberarse de las atroces olas del mar embravecido. En su vientre de plumón era el sonido de timbales y trompetas de jolgorio carnavalesco. Todo en Carmesina se exteriorizaba como en un escaparate multicolor de un bazar mágico y fascinante. Su artificio interior fusionaba cadencias y alaridos, junglas y jardines, algaradas y amoríos, toda la literatura de sus vísceras doradas y toda la música de sus impulsos secretos.

          El texto anterior consta de 246 palabras o, si lo prefieren, de 1.216 caracteres. Las palabras están colocadas en un solo párrafo y en un orden que le ha parecido al autor ser el más adecuado para su propósito. Propósito que no ha de coincidir con el del lector, esto sólo ocurre en muy contadas ocasiones. Por otro lado, la coincidencia de propósitos entre lector y autor, a este autor en concreto, que soy yo, se la suda. No obstante, en un rapto de bondad del que luego con total seguridad me arrepentiré, les ofrezco las anteriores 246 palabras o, si lo prefieren, los 1.216 caracteres en un orden diferente, para su cotejo, análisis y disfrute.

          En Valencia todos saben que la princesa Carmesina era tan blanca que se veía pasar el vino por este obsceno panegírico. A través de los ojos de Carmesina se veían los ojos de Amor, hijo de la maldito, aquel en que los pueblos combaten sin cesar por la posesión del Hongo Dorado. A través de Carmesina es un ser translúcido y cristalino, casi etéreo en su deambular, insonora como una cueva naturalezas muertas, desvaídas acuarelas de tornasoles naturales y líquidos, óleos de profundo muslos etéreos bandadas de pájaros tropicales pugnaban por salir y liberarse de las atroces olas del carnavalesco. Todo en Carmesina se exteriorizaba como en un escaparate multicolor de un bazar y amoríos, toda la literatura de sus vísceras doradas y toda la música de sus impulsos secretos. su garganta. Todo lo que sigue no sólo no lo saben los valencianos, no lo sabía ni yo al comienzo de Noche y de la Oscuridad, según los griegos. Al final de su cabello se alcanzaba a ver el continente sus uñas rosadas se veían los ejércitos de Nabucodonosor arrasando el Templo de los judíos. profunda, como una sima sin fin. Entre sus delineados omóplatos de marfil se podían contemplar mil tenebrismo, terracotas y mármoles diseminados en salas luminosas o lúgubres. Bajo la piel de sus mar embravecido. En su vientre de plumón era el sonido de timbales y trompetas de jolgorio mágico y fascinante. Su artificio interior fusionaba cadencias y alaridos, junglas y jardines, algaradas
         

23.3.14

313. El escote de Luzbelina


          PRIMER PENSAMIENTO AUTOMÁTICO (1º PA): Estoy taponando con plastilina verde la cerradura de una vieja taberna de un barrio de mi ciudad a la que hace mucho tiempo que no voy. Mi padre y mi hermana Juana están conmigo y me sugieren sin palabras que tenga mucho cuidado, no vaya a hacer explosión la plastilina.

           2º PA: Este pensamiento automático se parece a un sueño que he tenido recientemente, pero no es un sueño, es un PA, no obstante, para evitar suspicacias, lo dejaré inédito.

          3º PA: África ha cambiado de nombre tras las conversaciones llevadas a efecto entre diferentes países durante la asamblea anual de la Organización de Estados Africanos (OEA), a partir de ahora se llamará Asia.

          4º PA: Todos tenemos vejiga, unas están más llenas, otras lo estarán menos. Imagino sólo vejigas exentas, andantes, paseantes por las calles de la ciudad, un abigarramiento de vejigas en las plazas, en los parques, en los centros comerciales, multitud de globos vesicales semi-translúcidos, con sus vénulas y arteriolas expuestas que se extienden anárquicas por la superficie de sus paredes amarillentas, conteniendo cada una diferentes volúmenes de orina, algunas semi-vacías como pasas o como ojos de muerta, otras henchidas y tensas como uñas de muerto nuevo.

          5º PA: Once bolígrafos de un azul verano, todos iguales, todos vibrando, todos sobre una mesa blanca que no vibra, alrededor de la mesa hay animales pequeños e inofensivos que tampoco vibran, sólo vibran los bolígrafos azul cielo (¿o eran azul verano?).

          6º PA: Pienso automáticamente en la vejez de mis seres queridos y en los objetos que los rodean. Pienso en ellos como insertos todos, los objetos y las personas, en un gran cofre que agita con violencia un viejo grande con aspecto medieval de demiurgo de grabado de Durero.

          7º PA: Ahora es la naturaleza la que acude a mi pensamiento. Alondras, miles de ellas, otras aves inconcretas, grandes y menudas, en un número elevadísimo, casi llegan a cubrir la totalidad del cielo. Mares espesos, océanos casi compactos, billones de peces ocupando el volumen infinito de las aguas. La tierra tapizada, invisible bajo el manto móvil de animales infinitos que se desplazan con la torpeza inherente de las moléculas.

          8º PA: Es mi hijo arrastrando las cintas multicolores de su pequeña angustia, arrojando después grandes piedras, mayores que él mismo, por el acantilado de rocas en forma de caracol que, en su bucle arquitectónico, se las devuelve convertidas en pequeños planetas redondos e inadvertidos.

          9º PA: Es una plaza de abastos. Se venden esclavos, se vende maquinaria pesada bajo grandes lonas de camuflaje. Se vende ropa de esquimal y urinarios alemanes de entreguerras. Se venden papeletas de colores con números difíciles. Se venden biblias dedicadas y carísimos coranes de cubiertas plateadas. Se venden a sí mismas varias mujeres norteamericanas (20.000 dólares cada una), todas llevan sonajas de Baltimore y dijes de Aspanishtán.

          ÚLTIMO PA (UPA): Tiento el blanco muro de mi muerte cercana, es un muro alto, encalado, tenso y quieto, muy quieto, quieto como la cercana muerte del niño que alguien dejó dentro de mí, y que ocupa más espacio que el que le corresponde, y que apenas me deja respirar, y que apenas me deja decir todo lo que debería decir y que, me temo, ya no diré.

9.3.14

312. El Imperio Dálmata o el misterio del alambique


          Vem es imbécil. Vym, no. Esto debe quedar claro para el seguimiento ordenado del relato que aquí comienza. Vem y Vym se conocen de haber vertido ambos a la vez once lágrimas en el río Kwai durante la Guerra. La amistad que entonces comenzó a unirles aún perdura, aunque con un ligero matiz de hartazgo no exento de un odio puntual en circunstancias muy precisas, que luego precisaré si así lo considero preciso. Vem es la resultante de la unión carnal de un díscolo petimetre parisino y una recia portuguesa del Alentejo. Vym es, sin embargo, la bisectriz o la apotema de un incierto polígono de personajes ubicuos, promiscuos y proclives a la práctica del sexo en grupo que se dieron a conocer en Lieja y en sus alrededores con el nombre de los "Adoradores de Abraxas". Vem es un imbécil y un agnóstico sin saberlo, necesita que los demás lo admiren y adulen por su forma de masticar, lo que es difícil de conseguir, siendo tan sólo Vym quien le aplaude cuando come. Vym es un ferviente creyente católico y coleccionista intenso. La intensidad de su afán coleccionista le hace acreedor a la admiración del Círculo de Admiradores Intensos. Su colección principal y orgullo de su etnia es la gran colección de fotos de coleccionistas de todos los tiempos y de todos los lugares. Colecciona, en fin, coleccionistas, algo inaudito, poco visto. Esto a Vem lo sobrepasa, le hace sentirse más vulnerable e infinitamente menos seductor que Vym, y por eso, puntualmente le odia. Vym percibe el odio puntual de Vem y se lo devuelve centuplicado en forma de balada melosa con letra guarra en la que menciona las sucias prácticas amatorias de la recia portuguesa que engendró a Vem. Vym y Vem salen juntos los martes por la tarde, día y tarde que reserva Vym para pasear con algún imbécil y, coincidentemente, también destina Vem para salir a pasear con un no-imbécil. Suelen acudir solícitos a los bares del bulevar y sin solicitud alguna a la sesión de los martes de la Cámara de Comercio. A Vem, como es imbécil le gustan los huesos de las aceitunas de los bares del bulevar. A Vym no sólo no le gustan sino que incluso le dan asco. No van nunca al cine porque a los dos les da miedo la oscuridad. El circo los entusiasma, pero a la ciudad sólo llega una vez al año, y siempre es el mismo, el circo de los "Hermanos Asquerosos". Presentan una serie menesterosa y concatenada de números cada cual más informe, con las fieras más demolidas y pestilentes que imaginar se pueda, con añosos trapecistas y payasos hundidos en un deambular abyecto y deprimente. Pero ellos dos salen contentos de la función, casi eufóricos. Luego comen algo azul en el hangar de Joe y se despiden hasta el próximo martes. En la ciudad nadie los quiere porque dejan poca propina en las notarías, porque distraen versos blancos bajo las acacias de la laguna, porque a veces no se los distingue y no se sabe cuál de los dos es el imbécil. Deberían irse a vivir lejos, a otra ciudad, al menos los martes por la tarde. Vym, de tanto dedicarle los martes, se ha afanado en servir al imbécil denodadamente y, como todos sabemos, el denuedo con imbécil se paga con la adherencia amorosa. Por tanto, Vem es amado por Vym y por tanto Vem se deja tocar y lamer por el hombre de los martes, que de vez en cuando le lleva al circo y le regala cartuchitos de huesos de aceitunas que recoge alrededor de las escupideras de los bares del bulevar y que tanto le gustan y le entretienen. Los imbéciles no sienten de verdad el amor, sólo sienten el odio añejo, la venganza pegajosa y el asco bruno y áspero de la falta de un entendimiento claro. Se hartan sin saberlo de ser imbéciles y segregan una maldad verdinosa que no suele llegar a nada truculento o irreversible, aunque a veces, muy pocas, sí llegan a cometer actos truculentos irreversibles y aun tumultuosos, pero éste no fue el caso de Vem, uno de los imbéciles más puros que se conocen en los anales de la Psicología. En la ciudad todos saben que Vym, tarde o temprano, matará a Vem. La muerte violenta de un imbécil computa de manera diferente en la casa de apuestas del Padre Phillip, no así la muerte imbécil de un violento, que computa igual, pero con un matiz de cierto casticismo o folclore local. La ciencia combinatoria, más aún cuando se implementa en antros dirigidos por eclesiásticos, se paraliza y forma grumos estadísticos de ardua digestión. El Padre Phillip era el fundador de los "Adoradores de Abraxas" y quería con locura diocesana a Vym, que ignoraba la genética como sólo lo saben hacer los no-imbéciles y los radiotelegrafistas galeses. Un martes de carnaval Vem y Vym salieron como todos los martes a pasear. Vym se disfrazó de Vem y Vem se disfrazó de Vym disfrazado de Vem (el muy imbécil). Ése fue su gran error cuando, al entrar ambos en el laberinto de los espejos, una ráfaga luminosa y metálica con alma de daga fulminante atravesó el destellante espacio vidriado y fundido de azogues enfrentados y la sangre en combustión confluyó a borbotones sobre aristas de cristales laminados. Los gritos de conmoción persiguieron la estela del asesino en su huida, el cuerpo yacente del imbécil todavía vibraba en un diminuendo de estertores reticentes al pronto fin de la vida. Nunca más se supo en la ciudad del asesino Vym. El Padre Phillip. cerró inopinadamente la casa de apuestas. Un manto de cenizas no-volcánicas cubrió durante seis meses los alrededores de Lieja  y la totalidad de los cielos del Alentejo portugués. Las aceitunas sin hueso invadieron la totalidad de los bares de los bulevares del mundo. El circo de los "Hermanos Asquerosos" comenzó a obtener una serie de éxitos clamorosos por el mundo entero. Y todo esto ocurrió de una manera inopinada.

23.2.14

311. Tiempo de arpías


          "Me planto en mitad de este damero infinito en el que se está convirtiendo mi vida..." Éste es un bonito comienzo para mi próximo libro. Otro sería éste: "Los picos helados de las lejanas montañas quebraban un horizonte de un azul demoledor..." También muy bonito. Los arranques de los libros son algo verdaderamente importante. Yo nunca leería un libro que comenzara, por ejemplo, así: "Por tanto, la venta de la alquería demandaba una urgente reforma en las leyes arancelarias..." Nunca. Ocurre lo mismo con los finales de las obras literarias. No es lo mismo una novela que acabe "... y la velada luz de los ojos de la diosa, a la vez que oscurecía el mundo de los vivos, abría poco a poco el fulgor enigmático y eterno en el mundo de los muertos.", que otra que ponga punto final con "... y el Conde partió la ballesta arrojándola contra la puerta de la cochiquera." Creo que estarán de acuerdo conmigo en todo lo que estoy diciendo. Sir Walter Scott decía que "las novelas, al menos las que yo he escrito, son el estrafalario resumen de la ambivalencia entre el estilo y la historia narrada, entre el ensamblaje epigramático del discurso y el intercambio costumbrista de pareceres en ámbitos diversos". No diría yo que andaba desencaminado el buen escocés. En la historia de la literatura tenemos variados ejemplos de obras que quebraron las espurias vibraciones del tono intelectual del momento socio-histórico en que nacieron. Desde el Gilgamesh hasta el Ulysses de Joyce la ruptura enardeció a sus autores de manera frívola y al devenir de la cultura de manera abigarrada. Hay un librito, casi un opúsculo, escrito por el autor renacentista cubano Evelio Maní, que ejemplifica todo lo hasta aquí dicho. El título de la obrita es "Me han enajenado el bohío" y fue escrita en el quattrocento, que en el Caribe tuvo unas peculiares connotaciones en cuanto a temas (excesivamente autóctonos) y en cuanto a estilo (excesivamente exótico). El "boom" de la literatura latinoamericana, sin embargo, posee una génesis escandinava evidente y prístina. Borges y yo (bonito y vanidosillo título para una próxima aproximación ensayística: "Borges y yo", "Borges and me"—en inglés), Borges y yo, decía, que amábamos tanto lo boreal, caminábamos cogidos de la mano por los arrabales de Malmström entusiasmados con el declive de los termómetros de galio y con el estrépito de los arenques que reventaban la salmuera de las barricas en los muelles. Ya ciego de vista y casi de esperanza, el maestro me cantaba viejas nanas aprendidas de niño en los frescos verdores de jardines bonaerenses de la boca de su ama de cría noruega, la señora Olsen, que fue la inspiradora de Mamá Rhînna, personaje inolvidable de su famosa narración corta o cuento Las nueces intermitentes. Disculpen si divago, pero en estas agonías del invierno la tos me ha convertido el pecho en un estertor viscoso y doliente. Gracias a la musa de la retórica (¿Polimnia?), que quizás lo sea también, a su pesar,  de la demagogia, voy desbrozando estas líneas que intentan llevar la paz y el olvido (es lo mismo) a todos los hogares de España. O a casi todos. O sólo a algunos. Voy a seguir tosiendo.

22.2.14

310. El caso de la iguana que gustaba de hacer café, pero luego ni se lo tomaba niná


          Hoy quiero escribirle una carta a mi padre, pero mejor voy a limpiar de matojos el huerto, que lo tengo últimamente abandonado. Una vez acabe de limpiar el huerto, iré a arreglar con Dani la rebelión de los esclavos nubios que tantos quebraderos de cabeza le está dando a la abuela. Después quiero ir a desayunar dientes con P.P. Zhivs a su consulta (tiene los mejores dientes de Palermo, me ha invitado muchas veces, pero nunca he ido). No sé si me apetecerá después estudiar Leyes o algo, o licenciarme, o doctorarme, o casarme con alguna de las mujeres de alterne del Kino's, o quizás volverme loco y asestar uno o dos golpes de estado. Tal vez opte por visitar el Museo Podológico Itinerante o pelarme al dos en la barbería de Pinzo. Ya serán para entonces más de las diez, y espero que no llueva, y si llueve, pues mejor, así no tendré que bañar a los niños. A las diez y media (10h.30') he quedado con Mademoiselle Laforgue para ir a una sesión de espiritismo mercantil en el Círculo de Malas Artes. Si se deja, le tocaré la lengua, yo dejaré que toque la mía. Luego nos iremos al Ateneo, a escuchar con sumo interés la conferencia que dará Joaquinito sobre "las diversas maneras de tocar el laúd sin manos". Sabemos que será apasionante. Posteriormente depositaré los restos de Mademoiselle Laforgue en el cementerio laico de las afueras y me iré a tomar el aperitivo con el vicealmirante Montoya. Espero que no me líe y me tenga hasta las tantonas contándome sus masacres de payos por las Islas Galápagos. Quisiera después ir a comer pescados muertos con pan a la Brasserie de Pierre. Me gusta comer solo, si acaso acompañado de una o dos mujeres desnudas y un cuarteto de cámara con los ojos vendados y vestidos como corresponde. Me encantan los postres de Pierre. Hace la mejor compota de espinas que he probado nunca. Entonces me entrará sueño y me iré a casa a descansar. Debo pensar seriamente en casarme con algo. No es bueno que el hombre esté solo, y la casa parece vacía, no sólo porque lo está, sino porque no hay nadie cuando llego. Un día me encontré en un vertedero un enorme reostato termonuclear con todas sus tripas de amianto al aire, y me lo llevé a casa seduciéndole y atrayéndole mediante tiernas lisonjas y pequeños engaños engatusadores. Vivimos juntos dos o tres semanas de pura pasión, pero cuando la rutina de la convivencia hizo su aparición, volví a dejarlo en el vertedero donde lo encontré, propinándole, eso sí, varias patadas, porque, eso también, soy persona mala. Bueno, dormida la siesta, ¿qué hacer con el resto del día? ¡Ahá, ya está! Como es martes puede que vaya a la asamblea semanal de expertos en anclajes, o al sacrificio ritual de las madres sefardíes en el convento de las Hermanas Aguedianas. Si me apresto incluso podría hacer ambas cosas de manera consecutiva, todo va a depender de si Gregory me presta su biciclo dinámico verde agua. Y sí, ya para entonces habrán sonado las siete campanadas en el reloj del ayuntamiento. Iré a casa entonces, me ducharé con alguien que me enjabone la espalda y me pondré mis mejores galas para acudir a mi primer baile como debutante que soy. Será una noche mágica, comeré toda la empanada de pulpo que me quepa, bailaré todos los zortzikos que me apetezca con las esposas de los concejales o con los maridos de las concejalas, beberé todo el mejunje laico que pueda trasegar, y vomitaré en todos y cada uno de los setos y parterres de los jardines de Palacio. No sé cómo, pero llegaré, o me traerán a casa húmedo, ebrio y lloroso, y en el fondo muy compungido por haber dejado pasar otro día, otro día, sin haber escrito esa carta a mi padre que llevo queriendo escribir desde hace tres décadas.

12.2.14

309. La ingle hirsuta de la Papisa Juana


          A Zehna Voloshyn, lo que realmente le da asco es todo aquello relativo a lo gastrointestinal. Su novio, Osmond, regenta una afamada casquería en Foljströ, pequeña localidad al noroeste de Oslo; a Osmond, lo que realmente le asquea es la manera de hablar noruego de los daneses y su pastosidad intelectual al debatir temas de ultratumba. El asco, sépanlo, es lo que nos da carta de naturaleza humana. Sin asco no hay hombre, ni acaso mujer (aunque de esto último hablaré más tarde en otro sin par artículo). A mi vecino, Pepe Lomax, le asquean las producciones pornográficas de bajísimo presupuesto que produce él mismo con sus cuñadas, las siamesas O'Higgins, incluso le asquean más, si cabe, las producciones pornográficas de altísimo presupuesto que produce él mismo con su hermano, el Zar Nicolás. A las O'Higgins les asquea su hermana siamesa respectiva, lo que las hace divergir sus miradas 180 grados, una al Norte, la otra al Sur, dado que están unidas por las plantas de los pies. Las dos se enamoraron en plena guerra del actor Walter O. Mills que si había algo que le daba asco de verdad eran las siamesas y las vendedoras de frutos secos del mercado de Whitelands, al Sur de Londres, y no digo nada si los frutos secos eran avellanas cordobesas. A los cordobeses les asquean los sevillanos, sobre todo los que huelen a incienso, que son la mayoría. También al diputado Lucas Pastrana Valdivieso le daban arcadas cuando iba a Sevilla, pero pasó a la Historia por las grandes bascas que le producían los discursos de Castelar en el Congreso. Castelar, en cambio, mutábase en puro vómito al contemplar, aunque fuera sólo de lejos, a Pi y Margall o a cualquiera de sus familiares en primer grado. En esta malla de ascos cruzados y diversos, caben ascos de todo tipo. A mi primo Hércules le doy asco yo, bueno, en realidad lo que le asquea es mi ausencia total de granos y mi cutis impoluto, sin embargo, él a mí no me da asco, yo lo odio (o le odio, nunca aprenderé cuándo poner le o lo), eso sí, pero por razones ajenas a la propuesta temática que hoy nos ocupa. Un asco que llamó mi atención es el que le producían a Erasmo de Rotterdam los enanos alemanes, lo que provocó cismas locales insignificantes en lo social, pero muy significativos en el aspecto filosófico de sus escritos. Erasmo, que era hermano hermafrodita del navegante Robert Cooper, da fe en su obra De capitatione del asco a los enanos alemanes de manera harto pormenorizada y asaz exhaustiva. A los enanos alemanes, a la sazón poco escrupulosos, sólo le dan asco las cúpulas de Brunelleschi y los acaramelados tonos de Masaccio cuando pintaba damas tiernas de Florencia. De Florencia, curiosamente, era el mercader libanés Ananás Bula, que vivía asqueado de haber nacido en el Tirol. El asco atañe, como vemos, a ricos y a guarnicionistas, a proyeccionistas y a suníes, a metalúrgicos y a agoreros, a troyanos y a catetos de Burriana. La vida es asquerosa en su totalidad para varias sectas cínicas y gnósticas del Próximo Oriente, y también para los pueblos del Lejano Oriente: los coreanos profesan un odio cerval mezclado de un asco bilioso hacia el arte europeo de entreguerras y hacia los pastelillos de bosta malaya. Y los japoneses, para terminar, echan el bofe cuando ojean las aburridísimas revistas de poesía chilenas u hojean las aburridísimas revistas de poesía argentinas. Este recorrido por el asco mundial, por la náusea planetaria no estaría completo sin hacer mención al Asco Supremo, al asco que emana del propio Ente Divino, a la basca cósmica que provocamos en Él y que Él nos provoca. Este asco mutuo recibe eufemísticos y simbólicos epítetos para mejor llevar nuestra estrecha y tumultuosa relación. El amor, la gracia, la solidaridad humana, la caridad, la fe divina, la unción mística, la paz espiritual, el clamor kármico, la fraternidad de los pueblos, todo ello no deja de ser la bondadosa metáfora que cubre con el tul luminoso de la belleza el soberano asco perpetuo que la vida en general y el pudin de nabos tiernos en particular nos provoca a todos los humanos en general y a mi tía abuela Manola en particular.

308. Solecismos un tanto inocuos


          Tengo sobre mi mesa un sobre sobre el que acabo de pegar en su ángulo superior derecho un sello de correos suizo de dos francos en el que se ve un previsible paisaje alpino con su bello y verde valle que se pierde allá a lo lejos en el horizonte montañoso y nevado. Me llama poderosamente la atención, entonces, que desde el lado izquierdo del sello vaya poco a poco apareciendo lo que a todas luces parece un contingente de caballería que se dirige a buen paso, algo más que al trote, hacia el Este. Son unos cien soldados, todos ellos bellamente engalanados, con brillos fugaces de charoles y metales bruñidos. Es norma, o al menos ésa es mi experiencia hasta el momento, que en los sellos de correos, ya sean suizos o de otros lugares del mundo, no se aprecien estos movimientos de tropas. Mi inquietud se acrecienta al comprobar que los soldados saltan el borde dentado de la estampilla y continúan su marcha por la superficie del sobre que contiene la carta que acabo de escribir, tras varios infructuosos intentos, a mi albacea, Jan van Oosg, que vive en Dresde. En el valle queda el surco que han dejado los cascos de los caballos, también en la superficie del sobre se ve la marca algo más imprecisa de la marcha militar. Superado los límites de la carta, ya en la estepa difícilmente mensurable de la mesa de nogal, los diminutos soldaditos a caballo, a cuyo frente y al mando del mismo, un enhiesto teniente, sable en mano, los dirige con irreprochable marcialidad, la columna de soldaditos, decía, se encamina hacia las cuatro bolas arrugadas de papel que hace pocos minutos he arrojado desesperado por no encontrar el estilo o el tono adecuados con los que dirigirme al señor van Oosg. Al final, a la quinta tentativa, la misiva ha salido perfecta, adecuada, directa y equilibrada. Al llegar a los montes de papel, con ardor guerrero y eficacia castrense, los pequeños efectivos militares toman posiciones. Su objetivo se hace evidente: tomar por la fuerza los abruptos riscos de papel, en donde a buen seguro se esconde, proceloso, el enemigo, como no tardo en comprobar desde mi aventajada atalaya en las alturas. De cada surco, de cada pliegue y de cada arruga de papel surgen, vociferantes, decenas de guerreros uniformados a la turca disparando sus arcabuces a diestro y siniestro y esquivando, a su vez, los disparos del regimiento de caballería que, rodilla en tierra, intenta contrarrestar la violenta algarabía que se les viene encima. El combate no dura mucho. Observo que no son decenas, son centenares los turcos que cobijan las oquedades de los siniestros papelotes. Bajan por todos lados y rodean con rapidez a los valerosos soldados, los caballos se dispersan despavoridos por los estampidos de la pólvora, y uno tras otro van cayendo los soldaditos formando un tristísimo cúmulo de cadáveres chiquititos. Los turcos ya celebran la victoria con arcabuzazos al aire y un griterío ensordecedor de gloria. Yo asisto a todo esto con un notable aturdimiento, me hallo atónito. Sé que he tomado partido por la caballería proveniente de la Confederación Helvética, desconozco la verdadera filiación, me extrañaría mucho que la columna de caballería fuera realmente suiza, país eminentemente neutral y cuya única actividad con armas, más decorativa que ofensiva, consiste en ser guardianes, algo atrabiliarios y como de tramoya teatral, de los sucesivos Papas que en el mundo han sido, son y serán. Desconozco de igual manera la procedencia del otro sector enfrentado, me parecen turcos, aunque podrían ser cátaros disfrazados, beduinos o yemeníes, da igual. De cualquier modo me duele la injusta victoria turca. Veo que un grupo de estos últimos arrastra un carro lleno de lo que parecen pequeñas estacas puntiagudas de madera, e intuyo con horror que, si Alá no lo remedia, van a empalar los cadáveres de los soldaditos de caballería y a los pobrecitos que aún no lo son. Pero esto ya no lo puedo ni lo voy a consentir. Así que atrapo un buen puñado de turcos y los arrojo a mi copa de ajenjo, luego repito la operación hasta que sólo quedan unos pocos y la copa de ajenjo rebosa en un magma de turquitos ahogados. Con el plumín de plata voy ensartando por la mesa a los del turbante, que huyen como ratas  por la mesa gritando como huríes a la venta y los arrojo al candente chubesqui que intenta caldear y combatir el frío de mi habitación. Al último par que veo que intentan refugiarse en las estribaciones de mi escribanía los aplasto con la yema del pulgar derecho. Ahora me toca enterrar, no sé dónde a los chicos muertos de la caballería, pero y ¿qué hago con los moribundos? Sé que no debía haberme inmiscuido en los asuntos internos de ambos países, pero también sé que todos los filatélicos están locos.

2.2.14

307. La organillera


          Sangro de miedo desde hace horas. El diablo ha vuelto y se ha arrollado a cada una de mis vísceras, a cada uno de mis órganos. Lo siento caliente y aferrado dentro de mí. Oigo su ríspida risa en mi garganta y noto cómo los pensamientos, mis pensamientos, van mutando y convirtiéndose en viscosas ratas de pellejo translúcido y sanguinolento. Siento el miedo del tiempo que he de permanecer siendo acechado, invadido y ultrajado desde dentro, tiempo que en cada capítulo es más dilatado y cuyo fin ya ni siquiera preveo. Cansado del cansancio, porque el miedo agota y aturde los reflejos del alma. Comienzo a odiar, a esconderme como la hiena en la noche, a repeler los contactos, a vomitar la bilis negra del contagio. Es la epidemia interior que va invadiendo todo lo que me rodea. Es el poder del mal que aprisiona mi esqueleto, que segrega todo un mundo de delirios fantasmales, de temores inauditos, de horrores primigenios. Es la vivencia del fin del bien, la apertura de oquedades abisales en el océano del alma. Sólo quiero no querer, ¿para qué?, de nada sirve el amor, los afectos, la maldita solidaridad que sólo cubre el hedor del miedo al fracaso y el horror al vacío que va instalándose en los sentidos lenta y cautelosamente, hasta que la sequedad de la mirada te mina cualquier atisbo de esperanza en el horizonte. Pervivo en el asfalto grotesco y vociferante, es como vivir en la blasfemia que no cesa, en la quiebra de lo bueno y de lo malo, en la ambivalencia del dolor interior y el lacerante dolor ajeno. El dolor de la vida y el dolor de la muerte. Y la idea de lo inmanente, del misterio de lo insondable, de la miríada de preguntas sin respuestas, todo ello sobrevolando cada uno de mis actos, como acariciando la idea de que existen resortes precisos, principios enzimáticos o eclosiones subatómicas que conduzcan a la justificación de la desdicha, del odio, de mi dolor y de mi inmensa cobardía. Ya no es que no busque a Dios, es que siento que es Dios el que no me busca, ya no es su inexistencia, es la falta absoluta de mi presencia frente a Él. Mientras tanto, el diablo se va adhiriendo cada vez con más fuerza y tesón a lo más hondo de mi cuerpo, exhalando todo el veneno que segrega su poder. Él sí me busca y me encuentra y siente dichoso mi presencia, mientras yo noto, devastado y aterrado, la suya.

26.1.14

306. Venerables venablos


          Acuden a mi memoria como vencejos, como agujas de fresno, como aromas de camomila, los días añejos de mosto y cante, de pirita y brezo, de sudor y fuego en la abierta mina de mi lejana juventud. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Llevo la mina dentro como otros llevan dentro el horno o el acerico. Desde muy niño, desde el útero materno (fuerte vínculo simbólico-metafórico para un futuro barrenero) quise adentrarme en los laberintos multiformes de la Madre-Tierra, para ir socavando el misterio telúrico de su pétrea y magmática profundidad. Quise adentrarme, incriminarme en la penetración a bocajarro de mi cuerpo velludo en la frontera mineral del planeta, como otros introducen la masa en el horno o el alfiler en la pieza de tafetán. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Mi padre siempre quiso que yo fuera cocinero, sobre todo a raíz de cierta ocasión en que contando tan sólo 2,8 años de edad, elaboré un suculento arroz con habichuelas que aún recuerdan los comensales y que me valió el beneplácito del señor cura, don Balbino, el mismo sacerdote que un día le pidió permiso a mi madre para llevarme de excursión a Riotinto, donde quedé prendado para siempre por la atmósfera minera, por los barrenazos que enturbiaban de ondas brutas el caliginoso aire de la sierra y por el ferrocarril inglés que traía y llevaba el mineral por aquellos parajes inhóspitos, bermejos y bellos. Ya entonces deseché los fogones, y la mina minó mi espíritu como imagino que el horno horneó el corazón del panadero y las agujas enhebraron el alma del sastrecillo. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy autista!

19.1.14

305. Mutilaciones


1.  Los alambres del alma se oxidan de (desde) dentro a (hacia) fuera. Es regla canónica y, por tanto, inútil. Es como el axioma del corazón o como las reglas de oro de la memoria.

2.  Seres luminosos, entes de fuego, radiantes criaturas, todos ellos necesitan otros seres, otros entes u otras criaturas que les otorguen la luminosidad, que aviven su fuego, que activen su capacidad de producir energía radiante.

3.  Sinisio de Pamos existió lo suficiente para otorgarse ciertos títulos nada honoríficos ni honorables, como el de rapsoda inconsútil, botánico inconcluso y demiurgo agorafóbico.

4.  Es preciso diferenciar el entusiasmo que suscita una paloma torcaz despedazada por la aurora intemporal del lago azul de tus ojos y ese otro entusiasmo, que nace al contemplar con arrobo el arado despeñado por la desidia o el furor del campesino airado.

5.  La brevedad de la vida es frase al uso demasiado breve para ser mentira y para ser verdad. La elasticidad del tiempo es lo que hace fluir de verdad la categoría moral de las cosas que nos suceden en ese tiempo de fines deshilachados, que constituye la vida del embustero y la del menor de los falsarios.

6.  Los animales metálicos son tan retraídos... Los otros, los destilados de las dunas y los médanos de la memoria o los creados ex profeso por los científicos artistas son más valientes y dispuestos, más preparados para vicisitudes de orden natural.

7.  En el piélago de angustias vitales en que vive la mayoría de los mortales, los mandamientos, divinos o judiciales, serían algo más llevaderos si esa humanidad no hiciera oídos sordos a los discursos de los políticos, al trinar de las cornejas y al crujir de las enaguas ensangrentadas, pero esto es de muy difícil consecución, ya sabemos que los humanos son torcidos, renuentes y de indolente devenir.

8.  Leamos, diversifiquemos nuestros pobres conocimientos. Vivamos, reduzcamos el agraz de nuestros pámpanos ignotos. Procreemos, envanezcámonos con los logros de nuestros rubitos vástagos.

9.  - Las agencias crediticias corsas, los ingenios azucareros de Arequipa, los museos coloniales de Tahití y las casas de lenocinio israelíes son los únicos puntos de anclaje a los que podemos lanzar nuestras maromas de salvación y sobrevivir a este estado de cosas, ¿no es así, don José?
- Sí, Danielillo, asinés.

10.  Hoy he abrochado cuatro de los seis botones de mi camisa bordolesa. Para ello me he ayudado de los dedos de mis dos manos, también he utilizado mis ojos para precisar el lugar del botón y el ojal y precisar también el lugar en que estaban y el lugar al que se dirigían mis dedos. He tenido mucho éxito. Estoy contento.

11.  Tus ojos me aplauden cuando me miras. Mis ojos te aplauden cuando te miro. 

6.1.14

304. Ayer me fui de casa


          La fiesta terminó en parada militar. Los dos grupos de institutrices formaron en escuadras enfrentadas: las francesas a un lado, las inglesas al otro. Entre ambos grupos se colocó el contenedor de la anguila y, colgando del artesonado de vigas del techo, se balanceaban, como badajos exentos, los numerosos y diversos saxofones sustraídos de las sinagogas. Durante la fiesta se había comido y bebido, y se habían expresado los poetas seleccionados; y habían bailado los danzantes de todas las regiones y de todos los poblados; y habían ejecutado sus malabares los artistas más ágiles de los dos circos confederados; y los alcaldes convocados este año vistieron sus mejores y más entorchadas galas y adornaron sus tripudas barrigas con las astas de plata votivas y los pequeños huesos de marmota. Todo, en fin, salió a pedir de boca, como todos los años.

          Para más adelante dejo el relato del genocidio; dejo también para luego los resúmenes de mi bien documentado estudio sobre la libertad de los oprimidos y de mi no menos documentada tesis sobre la secularización de las procesiones de Pentecostés. Me duele mucho la barbarie, me duele en el alma, pero es que al ver los mofletes de estos niños, apenas judíos, se me enternece la fibra vital; rezuma en mi pecho la melancolía al contemplar esta tierra negra, húmeda y vetusta; mi corteza cerebral pierde sus circunvoluciones y me deja con el seso liso y sin ganas de nada. Ya sólo leo viejas novelas del oeste y me alimento exclusivamente de hierbajos, también del oeste. Hay días que me confunde la luz y me leo los hierbajos y me como las novelas del oeste. Hay días que me convierto en cowboy y cruzo la pradera llena de hierbajos con otros cowboys que van leyendo novelas de sí mismos. No hay indios, pero sí batallones de institutrices enfrentadas en hangares, insultándose bajo un manto de saxofones judíos. Hay días así, y los hay incluso peores. Hay días que se levanta uno y ve un caballo entre sus piernas, y delante, una variopinta comparsa de alcaldes, poetas, malabaristas y danzarines que ríen, comen y beben sin ser conscientes de que en el centro de su aldea hay un recipiente rectangular de un metal insospechado y de un color poco expresable que contiene una repugnante y belicosa anguila negra. No lo saben, no, o si lo saben no quieren hablar de ello, porque sólo creen en la Fiesta y en aquello que revelan las infinitas novelas del oeste, que crecen en la hierba de los campos que rodean sus casas.

303. La misma miasma de la marisma menudea la medianía de la línea media del medianero horizonte


          La expectación es un estado del alma, el estado anímico más medieval de los tres que el alma tiene. La Edad Media, a medida que avanzan los estudios, se descubre como una era, harto vasta y lata, de una soterrada y latente expectación. Según el diccionario lexicográfico de la RAE, la palabra expectación proviene de la alocución persa bashimi-gareh, que significó: Pechos como dunas de arena ardiente; de aquí se transformó en shimig-ar, por doble elisión de las consonantes transpalatinas, y, por último, se transformó en la palabra actual, expectación, por aféresis vocálica y consonantización bimembre. Pero ya sabemos por experiencia que los orígenes de las palabras, como el origen de los dioses, es algo que mueve pocas ruedas de molino. Por ello, la expectación que sintieron en el siglo XI los habitantes de Europa no estaba consagrada a la palabra ni a Dios, sin embargo, sí estaba consagrada a la Palabra de Dios. Dios es esperanza, expectativa, enigma y misterio. Pero esto, sólo en Europa, que es donde ocurrió propiamente el hecho medieval. En Asia, Dios era y es pétalo, aroma, sangre y fuego; en América, Dios era y es frontera, exactitud, moneda y furia. En los continentes restantes, Dios se halla en la fase II de construcción conceptual colectiva.
         
          Los otros dos estados del alma están aún por ser descubiertos (se continúa con la idea absurda de que son tres los estados (?!?!)), aunque los trabajos de campo están ya muy avanzados y, poco a poco, se van vislumbrando algunas potencialidades por demás insospechadas (nada medievales, por cierto y por otro lado). En una audaz avanzadilla intelectual me atrevería a pronosticar que, si no la primera, sí la segunda, el aburrimiento iterativo tiene muchas posibilidades de alzarse con el primer o segundo premio, porque ya sabemos que la expectación, en el fondo, aburre (no así la esperanza, que más que una nominación filosófica es un instrumento más de la poesía). El aburrimiento, más si abunda en el eco repetitivo de nuestra rutina sideral, será más que un atributo a medida que transcurran los siglos y adquirirá sin duda los ornatos y galones de un auténtico estado del alma.

          Del tercer y último componente poco podemos avanzar sin caer en la especulación o directamente en el ridículo. La sinrazón, la pasión, el amor profano, la lírica, el odio... Todos ellos podrían justificar la posesión de su parcela en el alma humana, en esa trinitaria sede lúgubre, recóndita y fría del hombre, donde suceden pocas cosas en realidad, o mejor dicho, donde ocurren siempre las mismas cosas. Yo elegiría la sinrazón, principal baluarte del ejercicio cotidiano del hombre y acrisolada costumbre de su pensamiento y de su mismo proceder. 

          Expectación, aburrimiento y sinrazón formarían, pues, los pilares fundamentales de esa catedral de humo y nube que llamamos alma y que nos unifica (o diversifica) en uno o varios puntos del tiempo y el espacio.

          Ahora me voy abajo, a los billares, que he quedao con er Paco y con su primo er Quique.

4.1.14

302. Vutabelas de huerta a la Ginkgo Biloba




Ingredientes:

Un ajo landio.
Una breva.
2 decilitros de Ponche Soto Caballero®.
2 lampreas terciaditas (3kg cada una, aprox.)
Un chorreoncito de sirope de reno.
El caldo de haber cocido algo azul, un litro aprox.
Una cabeza de vaca sin limpiar
Una pizca de pan rallado salvaje.
Hierbas de ciudades lejanas sin medida.
Un par de medias de Lana Turner.
Algo de unto de yak.
1 decilitro de jarabe soso.
Un ramo de flores de luna.
Música afrocubana (para la salsa, claro está).
Unas gotas de filtro nº11 para enamorar prostitutas gallegas.
1 Kg de patata nueva (o 2, ya veremos).
Sal, Gorda, y regresa con sal fina.
Pimienta serrana, que yo te quiero.

Tiempo de preparación:

          Es muy difícil saberlo, depende de tal cantidad de factores externos a la condición de chef, que sería una falta de profesionalidad por mi parte inducirlos a error. Pongamos que para seis comensales el tiempo podría estimarse, sabiendo que nos equivocamos con total seguridad, entre aproximadamente once horas y once meses.

Dificultad:

          Fácil, cualquier niño, incluso los pobrecitos niños nemonitas de nivel IVc, según la escala de Tadeschi, podría realizar esta receta con la minga.

Precio:

          Por supuesto, según mercado, pero no nos alejaríamos mucho de los once euros por persona y día, aunque podríamos hacer trueque, simonía, latrocinio o permutas dolosas con los infames tenderos de los abastos municipales.

Información nutricional

          No sabría qué decirles, yo pienso que es un plato sanote, como plato único. Ahora sí, si luego se hartan ustedes de criadillas de moro o de potaje de falotillos, no digo yo que no sobrepasen luego el nivel de carbohidratos, lípidos, etcétera, pero eso ya es cosa suya, yo poco o nada he de ver en eso, hasta ahí podía llegar la broma, ¡mecagonlá!

Modo de preparación

          La pimienta serrana y el ajo landio se sofríen mirando fijamente la sartén y pestañeando poco, lo mínimamente necesario para que no se nos chamusquen las córneas. Embadurnaremos la breva con la sal fina que trajo la Gorda y la dejaremos hasta que llegue el momento de emplatar. Las lampreas (sin limpiar, esto es importante) se embuten con la papa nueva hasta que no podamos embutir más (por eso dijimos 1 o 2 Kg de papa, porque dependía en extremo del tamaño de la lamprea) para posteriormente añadirlas al sofrito de pimienta y ajo landio. Mezclamos el filtro de amor y el Ponche Soto Caballero® con una madera gorda de barco y se lo echamos a las lampreas. Para la salsa meteremos en la túrmix el sirope de reno, el caldivache de haber cocido cualquier cosa azul y la cabeza de vaca (sin limpiar, también algo importante). Me dirán algunos tiquismiquis que no les cabe la cabeza de vaca en la batidora, pues a mí sí, y si me cabe a mí le puede caber a cualquiera. Es cuestión de comprar una túrmix más grande. Mientras suena el ruido del pequeño electrodoméstico ponemos a toda hostia el cd de música afrocubana y bailamos con ardoroso frenesí sin salir de la cocina. Ahora sí ya es hora de tomarse un vermut (se lo puede usted tomar mientras baila). Aumente la potencia al fogón de las lampreas hasta que le duela la mano (a usted, las lampreas carecen de extremidades superiores, son muy focomélicas, mucho más que las focas). Ahora metemos todas las hierbas urbanas que tenemos coleccionadas de nuestros viajes por lejanas ciudades en las medias de Lana Turner (este último ingrediente se puede localizar con facilidad en la siguiente página web: www.mediasdelana.com) y untamos con cuidadito el resultado de nuestro relleno herbáceo con el unto de yak y lo empanamos mal con el pan ralladito (ya saben que sólo tenemos una pizca). Es hora de sacar las lampreas.

Emplatado

          Por un lado tenemos las dos lampreas, por otro, las dos medias de Mrs. Turner con las hierbas empanadas, la salsa de cabeza de vaca por otro lado y por último la breva saladita. Pues bien, con la hachuela destrozamos la lamprea hasta que queden unos cien daditos de pescado que amontonaremos en una gran fuente de loza fina. Posteriormente rodearemos la montaña lampreica con delgadas tajadas del embutido vegetal en que quedaron convertidas las medias de Lana. Con la salsa de cabeza vacuna bañamos las rodajas empanadas. Por último colocamos la breva salada en la cima de la montaña del troceado de lamprea y con mucho cuidado le volcamos encima un chrorreón del jarabe soso que nos faltaba y que intentaremos que rezume desde la breva a la lamprea sofrita y troceada. Por último, adornaremos con flores de luna los bordes de la fuente y ya estaremos en disposición de llevar a la mesa este sencillo plato que sabe mezclar con finura y elegancia la tradición de nuestra antigua cocina con las más sugerentes innovaciones de la modernidad. Que les aproveche.

301. El baile de la Reina (Mix feat. Erykah Badu)


          Hace más de trescientos años que no necesito. Parece mucho tiempo, parece incluso demasiado tiempo para un jinete sin yegua o sin rocín matamoros. Dejé, simplemente, de necesitar. Hace trescientos mil años el mundo estaba tan necesitado como lo está ahora y lo estará siempre: 
          Los pianos necesitan siempre afinadores judíos o gentiles. 
          La araucaria no es araucaria sin los vientos yucatecos. 
          La Sibila se ayuda de los enigmas para lavar las sayas del misterio con que cubre sus blandos pechos.
          El coro de la Fuensanta necesita ser escuchado en Palacio para subsistir un lustro más sin miserias añadidas. 
          La luna de agosto ha de acalorarse con las briznas que el sol va dejando como hilachas en las puntas de los cipreses agostados.
          Todos estos ejemplos aquí expuestos son para ilustrar la infinita red de necesarias circunstancias que el mundo tiende sobre las olas del mar de la vida para solicitar de la deidad correspondiente el influjo de su mirada en aras a la consecución de un fin que cubra las carencias del cuerpo y del alma humanos. "Pedid, Hermanos, y se os dará". Esto no lo dijo uno que estaba arando en un cortijo, ni mucho menos, esto lo dijo uno que en su vida había cogido una azada y sólo visitaba las haciendas de los millonarios del Cono Sur para cazar niños vivos con honda. Este Dios malo es al que pedimos (al que pedís vosotros, yo, como ya sabéis, no necesito), al que pedimos, decía, todos los artilugios que necesitamos para la construcción de esa virtual demolición de la razón que llamamos felicidad. El Dios malo no es el demonio, ojalá lo fuera, es el trasfondo del saco marsupial del Dios bueno, su anacoluto, su frase sin terminar. Su trabajo responde a nuestras súplicas. Nuestras súplicas responden a la inoperancia e ineficacia de su proceder arbitrario, y así nos va, y así le va de bien al Dios bueno y misericordioso, que medita a espaldas del proceloso enjambre de peticiones, errores administrativos áuricos y celestiales, aunque pensándolo mejor, Dios (el bueno) no medita, ojalá hubiera meditado como sí lo hizo Satanás, como así lo lleva haciendo millones de siglos, indagando cuál fue su error, cuál su falta imperdonable. Otro imbécil universal este demonio nuestro, que está en los infiernos sin albergar en su ardoroso pensamiento que su también universal error fue el hecho de necesitar: el anti-Dios necesitando, ¡por Dios!  Un dios (o su sombra contrapuesta) no necesita, hasta ahí podríamos llegar. Concedería admitir que un dios-mito (Hefesto, Hermes, Afrodita...) necesitara algo y que luchara y sufriera por ello, pero Él, el Dios de verdad no necesita, es una verdad ontológica poco comprendida. Yo, en el fondo un agnóstico pleno, sólo creo en mí, soy un Dios a mi manera que dejó de necesitar hace varias centurias. Mi nombre es Currito, Currito Pérez y Pérez. Exacto, soy el Ratoncito Pérez, la única deidad real de la que podéis tener constancia absoluta.

23.6.13

300. Wilco


Una mirada de inocencia infinita.
El calor tibio de una vida superior e inerme a la vez.
Ves, sientes y notas cómo te atrapa un sentimiento que nunca acierta a componer una entrega necesaria.
Lo acaricias, rascas su pecho tierno con deleite, su lomo crespo, su frente ondulada, sus lacias  orejas.
Lo miras y te mira, sus pupilas expectantes, las tuyas absortas en la duda continua.
Su silencio marca las horas, las horas marcan sus pasos, que ya no señalan la cercana aurora.
Su alma pequeña.
El enorme peso de su alma, que nos ha hecho más tristes y más amados.
Sigue su lengua inquieta besando mi mejilla, la humedad de su hocico en la palma de mi mano.
Y sus ojillos negros han quedado embalsamados en alguna parte buena de mi cerebro.
Para siempre.
Ha atravesado dos vidas hiriéndolas de ternuras inolvidables y de un acre dolor imperecedero.
Tan juntas su vida y su muerte, tan cosidas la una a la otra...
Nuestras vidas se impregnaron de su corto y cálido aliento, del amor futuro que no tuvo tiempo de ofrecernos.
En un ínfimo punto se centró toda la crueldad del cosmos para llevarse esa pequeña vida de canela remansada.
Dios sabrá el por qué.
Yo, ya no le haré más preguntas.

5.6.13

299. La honda esperanza (borrador)


          La gastronomía no es la ciencia adecuada, ni la frenología lo es, y si me apuran, tampoco la topografía lo sería. Con la electrobotánica y la calistenia holística ya nos vamos acercando algo más a lo esencial de lo que hoy nos reúne. Las feligresías de la ciencia son, como ya saben, muy proclives a la diáspora y a la, ¿cómo lo diría?, a la disipación momentánea de lo absoluto en pos de estelas de cometas que las desintegren todavía más, si es que ello fuera posible. Tenemos, pues, un supuesto, ¿qué supuesto? No lo sé. Hace demasiado frío para pensar y demasiado calor para escribir. Los días vuelan, Marcelo, el tiempo fluye en caída libre o cae precipitadamente en un libre fluir; el tiempo más que pasar parece que huye a la desesperada o desespera en su constante huir. Será por ello por lo que las personas que conozco y las que intuyo y las que ni siquiera sospecho de su existencia renuevan su osadía, su ira irreverente hacía mí y hacia ellos mismos. Que sí, Marcelo, que todos no sentimos odiados, porque odiamos todos los días, y para el odio imperecedero, la práctica diaria es fundamental. Seremos un montoncito de polvo cuando muramos, pero polvo enajenado. Amaremos, acabaremos amando nuestros odios como amamos los tesoros inmaculados que guardamos en el alma. Porque para odiar hay que tener alma, igual que para amar hay que tener conciencia. El enemigo nunca nos podrá faltar porque lo detentamos en primera persona. Somos el capitán de la banda de malhechores que nos acechan en las estribaciones de cada pensamiento, de cada vuelta de tuerca en que hemos convertido estos días soleados de primavera eterna o de terebrante invierno. Te noto asombrado con mis palabras, Marcelo. No pienses demasiado en ellas, como tampoco lo deberías hacer con el mucílago de letra impresa que la canalla progresista y la fatua reacción vuelcan en tu portafolios. Hazme caso y abandona a los electromensajeros del averno herziano o catódico, a las infusas brujas cibernéticas e incluso a tu profeta de cabecera, abandónalos a todos menos a mí, Marcelo. Ya sé que no soy tu padre y que mi hijo acabó con mi vida hace tres años en un rapto de hombría, que tu hermana no te estima lo suficiente, que tu madre ya no te da golosinas y que tus primas han vuelto a ejercer la venérea labor en los barracones del puerto. Ya muerto, diabético y sordo, me refugio en este reducto adimensional del fácil consejo y te instruyo modestamente en las artes de la conciencia social, del humor ágrafo, de las audiciones asíncopas, de la lectura inversa, de la alimentación anodina, del contoneo metafísico y de la abulia constructiva. No me defraudes, Marcelo.

4.6.13

298. Semana de cine místico


          Soy la demostración palpable de que se puede vivir en un pozo. Un pozo seco, profundo, bien construido, con el grado de humedad justo y con el mínimo volumen para el intercambio necesario de oxígeno y carbónico. Algo más de metro y medio de diámetro, el suelo de arena compactada, cemento en bruto recubriendo las paredes y allá arriba un brocal abierto a la luz del día y a la oscuridad de la noche. Llevo un tiempo que ya no puedo medir en el interior de este pozo. Nadie me empujó, ni sufrí un accidente, simplemente estoy aquí, algo inquieto, esperando que las cosas empeoren, que comience a arañarme el hambre o la sed, que la angustia vaya poco a poco apoderándose de mi conciencia, que la soledad se haga tan presente que me aplaste contra las húmedas paredes, que aparezca el grito y la desesperación. Pero todavía eso no ha llegado, todavía me protege un miedo discreto, un terror manejable, una apatía confortadora y una abulia algo enigmática. Miro muchas veces hacia arriba cuando algo de luz dibuja una circunferencia, como un lívido sol o como una extraña luna azul sobre mi cabeza. A veces distingo una estrella y a veces una nube. Tengo todo el tiempo para pensar, pero no pienso. Todo el tiempo para analizar las posibilidades de salir de aquí, pero no investigo ninguna. A veces tengo el convencimiento de que no tengo ganas de salir, creo que no me interesan ni la estrella ni la nube, ni saber por qué estoy aquí, ni cómo llegué. Sí sé que más tarde o más temprano comenzaré a sentirme mal, a notar el calambre del desasosiego, el ardor de la esperanza, la insidia de rebelarme ante esta situación tan extraña, pero tan real. Sería muy fácil pensar que alrededor del pozo en el que estoy existen millones de pozos iguales, en cada uno de los cuales sobrevive un hombre, una mujer, un niño..., cada uno en su mundo artesiano, cada uno en su burbuja de cemento. Me libraría este pensamiento de la responsabilidad de salir, de diseñar mi vida en función de la libertad que me daría asomar mis ojos por encima del brocal, y comprender la sorpresa o la decepción (la aventura) que me espera fuera. De momento me mantengo en la espera, y sí que empiezo a animarme, recolectando aquellos elementos energéticos necesarios, de los pocos de que dispongo aquí abajo, para en algún momento, que espero no muy lejano, poder afrontar la subida, que imagino bastante trabajosa.

22.5.13

297. Amarguria


          He de ir a ver a un psiquiatra el próximo lunes. Será un hombre, o una mujer, que disimulará su hastío, que al sentarme delante de la mesa de su consulta forzará una sonrisa y me ofrecerá una mano que retirará con presteza. Pero su trabajo consiste en atenderme y en aplicar una serie de protocolos que le faciliten un diagnóstico y un tratamiento. Me estimulará a que le cuente lo que me ocurre, algo que él y yo sabemos que es imposible. El mero hecho de estar frente a él supone que mi vida ya no puede ser contada, ha perdido la trama de su propia historia. No obstante incidirá en un juego de adivinanzas con el fin de obtener un bosquejo de las roturas principales, de las fugas o de las fallas de mi personalidad, de mi temperamento, de mi carácter; cartografiará una leve sombra de mi conciencia, intuirá algo en mi lenguaje corporal, en mis inflexiones orales; captará un rasgo histriónico por allí, un poso neurótico por allá, incluso supondrá un juego de transferencias o una tendencia hiperbólica en mi discurso. Mucho antes de empezar a hablar ya me habrá etiquetado porque la experiencia le ha enseñado a catalogar una enfermedad del alma con sólo ver la manera como se sienta el paciente. Es un profesional. Pero yo también lo soy. Mi especialidad soy yo. Conozco muchas cosas que él no va a saber nunca. Conozco todo aquello que no le voy a decir, porque no me lo digo ni a mí mismo. Soy experto en terrores de los que él no es capaz de imaginar. Sólo oirá lo que yo quiero que oiga, porque mis verdaderos sonidos lo aniquilarían. Nadie puede hablar de sí mismo, y a nadie que sufra se le puede imponer esa tarea, porque el sufrimiento no se puede relatar, y además nace eterno, conforma una permanencia a la que no se puede poner resistencia. La química de los neurotransmisores podrá ser alterada, sus receptores abolidos y sus consecuencias controladas. La droga ejercerá su demiúrgica misión y mi psiquiatra colaborará con estas armas, que son las suyas, a combatir el perjuicio que implementa mi desdicha. El querrá saber más y más, para definir más y más, para controlar más y más, y yo querré no saber nada, vivir sin definición y al margen de cualquier control. Él decorará mi celda con un bonito y elegante póster caleidoscópico, o me cambiará de celda, quizás a otra más luminosa y acogedora. Pero mi sufrimiento, que él cree conocer tan bien, es así porque es el mismo sufrimiento que él atisba por la noche dentro de su cabeza apoyada en la almohada, en ese umbral inquietante entre el sueño y la vigilia, entre la vida y la muerte. 

18.5.13

296. Ánimas Benditas Ltd.


          Que Santa Afra, una de las pocas santas chipriotas que yo conozca, fuera en primera instancia, antes de su conversión, adoradora de Venus, no es causa suficiente ni necesaria para que me encuentre en el calamitoso estado, espiritualmente hablando, en el que me hallo. Deduzco que la santidad en Chipre nada tiene que ver con su cartografía, con ese contorno característico de sus costas que le da el aspecto amenazador de un insecto con una trompa muy larga y puntiaguda. Ninguna influencia, pues, estoy seguro de ello, tienen Chipre y su cultura sobre mi carácter, temperamento y personalidad. Nada de ese país en concreto altera mi manera de pensar. Sin Chipre sería el mismo, de la misma manera que sin mí, Chipre seguiría su historia natural. No soy afecto ni adepto de la cursi teoría del efecto mariposa. Todo tiene, obviamente, un origen, una causa. La piel de Santa Agra se achicharra por causa del fuego, fuego que enciende un verdugo cuyo nombre no ha quedado en anal alguno, verdugo que a su vez se hizo verdugo al ser denegada su admisión al cuerpo de escribas de Nicosia, etc., pero llegar hasta la mariposa del norte de China, que con su leve aleteo precipita el cúmulo de acontecimientos que acaban abrasando los tegumentos de la santa o determinan el ya referido calamitoso estado espiritual en el que me encuentro, me sumerge en una especie de agnosticismo determinista determinante. Y el caso es que ser chipriota debe ser algo parecido a ser guaraní, parecido a ser algo así como un ser especial, algo imbécil, pero especial. Y este escrito que empezó ahondando en el martirologio cristiano, ha devenido, sin yo ni siquiera pensarlo ni desearlo, en un ataque frontal a dos pueblos que nada me han hecho. O sí, porque si nos creemos la teoría de la mariposilla china, algo tienen entonces que ver el indio guaraní del Paraguay y el gamberro chipriota de Salamina en mi, por tercera vez adjetivado, calamitoso estado espiritual en el que me encuentro. Igualmente, reconozco, que yo también puedo ser causa remota de la felicidad o desdicha de estos pueblos tan ajenos a mi devenir en el mundo. Hoy, día en el que se celebra el festival de Eurovisión 2013, en el que es clara favorita la canción que presenta la delegación chipriota, y con el recuerdo imborrable en las retinas del fenecido festival de la OTI (ese sí era un verdadero festival de la canción), en cuyo último certamen quedó la última en las votaciones la canción del Paraguay, hoy, decía me hallo en un estado espiritual realmente calamitoso, ...calamitoso, ...du du aaah, ...calamitoso, ...calamitoso, ...du du aaah,  ...yeeeh yeeeh.

12.5.13

295. Goodoo Hallo


          Dionisio Menthicatto, ése es mi nombre cuando me lo preguntan, pero cuando no lo hacen, mi nombre es Eduardo, así, a secas, el Eduardo. Tengo una tienda de ultramarinos en una barriada cerca del campo del Betis y soy de esas personas que a más de ser feas dan un poco de asco, si señor, y bien que lo siento, ya lo creo, porque además es que no soy muy buena gente que digamos, robo lo que puedo a las clientas y me ensaño con el ayudante que tengo (que tenía), Ceferino, que es medio bobo y marica entero. Así que no tengo por dónde cogerme. Además por más que me lavo huelo a guiso de nabos todo el tiempo. No entiendo cómo me casé con el bombón con el que me casé: Miss Holyday 1975, palabra. El Holyday era una discoteca a la que íbamos todos los catetos en aquellos días. Bueno pues, no sé qué le pasó a la muchacha, que fue llegar yo, con mis pantalones acampanados palo de rosa y mi minipul morado, que me dejaba al aire el ombliguillo con pelusa, y a ella entrarle un miserere en la entrepierna que todavía le dura. Ya está mayor, pero navega todavía, la tía. A Ceferino lo maté, sin querer, pero lo maté. Le dejé caer encima doce barricas de arenques en el almacén y falleció el pobre maricón en el acto. Últimamente he contratado por horas a un moro, que no trabaja mal el tipo, pero mira a la Luisa (Miss Holyday 75) de una manera que no me gusta un pelo, y es probable que cualquier día sufra un accidente, si no con arenques, producto que ya no se consume apenas, con tambores de 5 Kg de Ariel®, ya veremos. Me quedan todavía algunos años para la jubilación y mi intención es volver al pueblo. Nací en un pueblo de Burgos, Brazaleños de Oña, una mierda de pueblo, que contaba cuando me marché con sesenta y cinco habitantes, treinta y cuatro de los cuales eran bizcos y el resto no, pero estos treinta y uno con vista normal eran mal vistos por los bizcos y siempre andaban a la gresca entre ellos. Se preguntarán ustedes a qué grupo pertenecía yo, pero no se lo voy a decir, porque ya he dicho que no soy lo que se dice una buena persona y seguro que no me creerían dijera lo que les dijera, así que dejemos el tema. Por lo visto ya no quedan en el pueblo más que tres viejos y una cabra añosa. Cuando llegue me haré alcalde a las primeras de cambio y a la Luisa la hago concejala de fiestas y festejos, eso es. Si la cabra es la cabra que me imagino, se acordará de mí.

11.5.13

294. Miss Nipples en Binaroz


          Me acaban de dar una mala noticia. Se han reunido los diversos facultativos que me atienden, o que atienden mi caso, porque para ellos, por desgracia, o gracias a Dios, no lo sé, sólo soy un caso. Bueno, pues se han reunido y me han asegurado que voy a morir en algunas semanas, siete u ocho como mucho, un par de meses mal contados. Me lo ha dicho uno de ellos, el que más se parece a mi padre, el más viejo y el que tiene más cara de ser lo que es, como si cada una de sus características faciales y gestuales emanara de un estereotipo platónico ideal o de una caricatura muy esencializada de lo que para todos es o debiera ser un médico. Circunspecto e histriónico, con el afecto estudiado y un deje casi luterano en su timbre de voz, me ha dicho que mis días, lamentablemente, están contados, que mi proceso neoplásico se extendía con una rapidez inesperada y que dada la inevitable afectación de los órganos vitales, poco o nada podían hacer para remediar mi situación. Que contara, por su puesto, con todo el apoyo paliativo que requiriese mi estado con objeto de hacer lo más llevadero y confortable el consabido tránsito a lo inexorable. 

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9.5.13

293. Ensayando inmanencias


          Ayer, toda la noche me la he pasado transportando unos documentos muy importantes manuscritos con tinta dorada. Una vez que llegaba a los aledaños de una oficina toda ella de madera (el edificio completamente de madera) la tinta de oro se desvanecía, se disolvía en el aire y quedaban los documentos en blanco. Una angustia perpleja me invadía y corría de nuevo a mi lugar de partida, pero antes de llegar despertaba de mi sueño con una inquietud grande. De nuevo conseguía dormir y de nuevo me veía transportando, ahora con gran cuidado, los mismos documentos hasta la oficina de madera, y otra vez veía anonadado cómo todas las doradas letras volaban en el aire. Así que otra vez volvía y otra vez me despertaba desesperado y sudoroso. Así he estado toda la noche. Me he levantado, he ido al baño, he bebido agua, he paseado por el pasillo, pero nada ha servido; una vez acostado me vencía el sueño y otra vez el mismo delirio surgía una y otra vez. Me he levantado muy temprano, me he duchado, he tomado café y me he ido al trabajo. 

           Este es el sueño que denominaremos S1. 

           El pasado miércoles, es decir, hace ahora tres días, el sueño fue el siguiente: mi tía Adoración, una mujer menuda, soltera, muy religiosa, de unos setenta años llegaba a una casa que no es mi casa, pero que en el sueño sí lo era. Me traía unos pasteles de chocolate enormes muy mal envueltos y encintados, como si alguien hubiera desenvuelto y vuelto a envolver el paquete. Al tomar en mis manos el regalo de mi tía, noté que en su interior algo se movía y mi angustia se hizo palpable al comprobar que de su interior empezaban a salir una ratas negras de ojos y hocicos rojos que comenzaron a escalar mis brazos y a introducirse veloces por el cuello de mi camisa. Me desperté de inmediato haciendo aspavientos y desgarrándome el pijama entre gritos de locura. 

           Este es el sueño que denominaremos S2. 

           El pasado lunes, es decir, hace ahora cinco días, soñé lo que sigue: volaba en un antiquísimo aeroplano de la primera guerra mundial, un Fokker, o un Junker, no recuerdo, el caso era que me sentía aterrado pues no sabía cómo manejar los mandos, pero es que además, cuando los agarraba con mis manos sudorosas, los mandos se reblandecían y quedaban como una masa gelatinosa y pegajosa. Miraba a través del cristal y veía que me precipitaba a una velocidad inquietante hacia una iglesia dispuesta en la cima de una loma, iglesia que se hallaba ardiendo por los cuatro costados. Pronto desperté con la exaltación pavorosa del impacto seguro. Luego me sentí humillado al notar una fría humedad en las piernas. Efectivamente, me había orinado. 

           Este es el sueño que denominaremos S3. 

           El sueño de la noche de hace siete días fue así: una mujer de rasgos orientales, de piel luminosa, ataviada con un sucinto velo de seda y de una belleza más allá de lo voluptuoso, más allá de lo imaginado, se acercaba a pasos lentos hacia la otomana donde reposaba desnudo y en un estado de duermevela de sublime relajación. La dama comenzó a desplegar con sus manos finas y poderosas, con su boca fresca y ágil y con todo su cuerpo todo el arsenal de sus artes amatorias. Fue un sueño largo, profundo, culminado, enaltecedor, un nirvana de placer como nunca he conocido. Al despertar de manera natural, triste por la pérdida del cielo, no me sentí humillado al notar una humedad (muy diferente a la humedad de S3), sino feliz y dichoso por el plácido y sensual desarrollo de la onírica experiencia.

          Este es el sueño que denominaremos S4. 

           Si tuviera obligatoriamente que elegir entre S1, S2, S3 y S4, como sueño que tendría que experimentar todas las noches del resto de mi vida, sin duda elegiría el S4, pero, vamos, sin duda alguna.