+

FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



30.8.14

327. Súbeme la cremallera, Cariño.


Me voy de viaje.
Voy a ir a sitios.
Y he de hacer una maleta.
Gorda.
Azul.
Llevará en su interior cincuenta (50) cosas.
Estas cosas serán las que enumero y describo a continuación:

01. Un breviario de 1932, editado por la imprenta Gogol en Turingia, impreso en caracteres abaceos.
02. Once (11) braguines de tornasolados colores.
03. Un bigote postizo tipo Pancho Villa en horas bajas.
04. Unas botas de piel de serpiente terminadas en puntera de plata.
05. Una foto de mi madre cuando llega a Avilés en 1961.
06. La totalidad de mis afeites, lociones, ungüentos y parches cosméticos.
07. Otra foto de mi madre, enmarcada en bronce laminado, de cuando parte de Avilés en 1962.
08. Un calcetín, por si acaso.
09. Una bosta de vaca Hereford.
10. Un tropel de moscas verdes vivas.
11. Caramelos para lo que ya pueden ustedes imaginar.
12. Una bata roja de cola con lunares gordos negros.
13. Piezas sueltas (no más de cuatro) de un catamarán.
14. Medio kilo de pijotas.
15. Un manto bordado de la Macarena.
16. Unos zuecos bizantinos.
17. Un rollo de hilo de cobre (de 30 metros aprox.).
18. Material bélico ligero de la guerra de Crimea.
19. Algo, cualquier cosa de material textil, pero de color rojo.
20. Un libro de 342 páginas (Trescientas cuarenta y dos).
21. Mis cortaúñas de propaganda.
22. Dinero en efectivo. Mucho.
23. Pelos de pubis de todas las corifeas de mi barrio.
24. Un cartuchito de castañas asadas.
25. Otro cartuchito para las cáscaras.
26. Una crónica taurina de sintaxis pobre.
27. Mi boina de los domingos.
28. Medicinas para las bilis.
29. Mosquitos para mi repelente de mosquitos.
30. El rosario de tu madre.
31. La dentadura postiza de alguien.
32. El astrolabio (por Dios, esto que no se me olvide).
33. La cirulia extrema de un penario.
34. La correa de un perro inexistente.
35. Agua de rosas y/o rosas de agua.
36. Un poema de amor sintetizado.
37. Mi iKed®.
38. Un par de buenos guantes de hierro.
39. Un sujetador "Sweet Nipples"®, talla Q.
40. Un paquete de doce (12) prebersatibos.
41. Un surtido de bizcochos "El Guijo"®.
42. Camisetas de tirantas de color blanco o celestito, caladas (6 unidades).
43. Una cantimplora de campaña con whisky y agua regia al 50%.
44. Una foto asquerosa de un político, o de un morito, o de un político con un morito.
45. Un instrumento de viento cuyo nombre no contenga la letra "a".
46. Unos cd's de música hortelana.
47. Un espectrómetro de gases.
48. Un tratado sobre los compuestos de feldespato.
49. El uniforme de asalto.
50. Otra maleta igual a ésta, por si pierdo la primera, y con las mismas cincuenta (50) cosas.



326. Upside down


          Los patos de Brooklyn tienen el plumaje aceitoso. Matías Arriaga, el eximio orfebre, así lo expresó con su acento vizcaíno en la salita de billar del orfanato. El pato, ave en el fondo aventurera, es la única ave/el único ave que tiene pensamientos sucios (siempre en opinión del Sr. Arriaga). Muestra el pato un vuelo ovoide, singular, como si un pequeño electrodoméstico se pusiera a volar de improviso. Los pintores pintan patos por no pintar tostadoras o enfriahuevos eléctricos, que son dispositivos poco interesantes, estéticamente hablando. El pato, además, huele las gruyas al vuelo, aun con los ojos cerrados o velados por dos aguamarinas exactas. La gruya es, en cambio, un ave dirigida a lo siniestro; vuela por otros barrios de Nueva York a una altura desmedida, muy por encima del pararrayos del más alto edificio de la ciudad. Desde la puntita de diamante del más alto pararrayos de Nueva York se ve la frondosa mansión de Mrs. Lovelace, en New Jersey. Desde el amplio ventanal de su dormitorio, Mrs. Lovelace ve los patos que se van y las gruyas que regresan. Esta dama tiene los iris tornasolados, a veces nacarinos, semejantes al plumaje de los patos que se van, y su pelo, ceniciento y brillante, tiene las mismas luces y sombras que el plumaje de la gruyas que regresan. Matías Arriaga deja el buril sobre la fragua equivocadamente (de manera equívoca). Se dará cuenta del error cuando llegue de nuevo al taller y vea el buril incandescente, irradiando el fulgor burilíneo propio de los buriles fraguados. Vulcano indignado en Roma, Hefesto compungido en Tebas y Matías enamorado de Mrs. Lovelace en Nueva York. Matías, orfebre y ornitólogo especializado en grullas y patos. Matías, vasco, no newyorkino. Matías con su pathos a cuesta, con la tristeza mortecina de los vascos que no pueden ser norteamericanos, con su ciego amor, con su profundo y faríngeo amor por Mrs. Lovelace. Pobre Arriaga, bendita Mrs. Lovelace. Las brumas de New Jersey se adentran en la mansión sin pararrayos. En una de las habitaciones de la frondosa casa hay una vitrina acristalada donde una colección de patos de porcelana, de jade, de terracota, de madera de haya, de cristal, de plata, de lapislázuli y de obsidiana charlan y debaten en euskera sobre el regreso pronto de las grullas.

325. Heurística


          Mi propio nombre, Zebedeo, inspira propiamente, o se apropia de manera inspirada, un espacio árido en una zona pedregosa dentro de un ámbito desértico que circunda una extensa superficie pulveriforme e inhóspita. Los nombres de los hombres y los nombres de algunas mujeres denotan circunstancias geográficas precisas que no todos los ciudadanos conocen. Igual que cada una de las doce piedras preciosas señala una personalidad diferente, un distinto carácter y un diverso temperamento, así los nombres de los hombres y los nombres de algunas mujeres definen geografías posibles, a veces exactas y a veces con muchas probabilidades de ser verdad. Ahora esperarán que proponga una lista con diferentes nombres y sus correspondientes adscripciones como hice al principio de este artículo con mi propio nombre. Pues no. Ahora voy a analizar el fenotipo de mi peluquero, Alberto. Tiene 31 años, mide lo que miden todos los peluqueros. Su nombre es Juanlu. De tendencia estructuralista en cuanto a posición filosófica, cursó el pos(t)grado en Colonia y se especializó en rizoterapia gestáltica en la Escuela Lacaniana de París (Lacanianne École). Tiene un torso en quilla inversa, caderas en declive, cintura triste y muslos de guirlache. Tiene los pies muy grandes, como todos los indios semínola y posee una sonrisa impropia, ojos de un azul yodado y una nariz de cómica geometría, como la de un boxeador poeta. Sus manos son velludas, de uñas brillantes y su voz es de flauta o de oboe desvencijado. Podía ser mi portero, mi albacea, mi verdugo, pero es mi peluquero y lo amo con la profundidad necesaria. Sus primos le afean su profesión y le arrojan bosta de cebra cuando pasan. A veces lo insultan y le escriben libelos tendenciosos que adjuntan a la hoja parroquial de los domingos. La tercera parte del artículo de hoy es en verdad muy parecida en lo externo a la primera parte y en lo interno a la segunda. Se podría decir que externalizo e interiorizo de forma especular el concepto objeto del artículo. Es como el "bucle del calcetín" de Gödel, pero adaptado a la praxis periodística. Va a quedar muy bonito, ya verán..., pero mejor "en otro momento", como diría un curioso personaje de Burriana.

28.8.14

324. Exégesis del planeta Tierra


          Les tenía que exponer a ustedes las oportunas consideraciones que, tras análisis someros y no tan someros, determinan conclusivamente las causas por las que no soy ni seré escritor. Era mi obligación moral para con ustedes, aunque me consta que la claridad de pensamiento que presumo en mis lectores ya habría llegado con facilidad y con suma presteza a las mismas conclusiones a las que he llegado yo. Utilizo equivocadamente el plural "conclusiones", porque cierto es que sólo existe una conclusión, que no demoraré más tiempo en manifestarles. Es la siguiente: nunca he tenido, nunca tengo y nunca tendré nada qué decir. Así de sencillo y así de terrible. No es posible ser escritor si no se tiene nada qué exponer para el deleite, el interés, la formación, la curiosidad o el simple solaz del lector. No estoy exponiendo una triste confesión autoconmiserativa de falta de talento, no, talento tengo en abundancia, no para regalar, pero el suficiente para poner un colmado en la periferia. Lo que me falta es el guion de la vida, propia y ajena, la historia, la anécdota, la urdimbre de las cosas que pasan, el origen, la complicación, el desenlace de algo, de alguien, el comienzo del conflicto, el desarrollo de las circunstancias, las evoluciones del proceso, la resolución del dilema ético, histórico, político, social. Un simple cuento para niños autistas o sordos disfuncionales se me hace empresa imposible; no digo nada de un simple relato corto a presentar en cualquier certamen para noveles de cualquier asociación cultural de pueblo; de una novela, breve o no, ni hablamos. Puedo crear buenos e incluso excelentes comienzos, las primeras veinte o treinta páginas de una obra, si no genial, sí una buena obra, pero después me quedo sin fuelle creativo para continuar una historia que, o bien se ramifica inútilmente, o se ve abocada a continuos callejones sin salida, o lo que es peor, comienza a importarme un carajo. La estructuración de la trama, la aparición canónica de los personajes, el tempo de los acontecimientos, los estigmas de estilo, los aparejos lingüísticos, la contemporización de los tiempos dramáticos con las pinceladas de humor, la precisión de los diálogos, la puntuación... y su puta madre. Todo esto no estaría de más si tuviera algo que contar, algo interesante, ameno, divertido, apasionante, embriagador, bello o excitante, pero si lo único que tengo en el magín es una seria patología conceptual e ideológica, trufada de inconsistencias, excentricidades, ideaciones mal hilvanadas, trivialidades y ristras de humoradas incomprensibles, difícilmente Anagrama, Tusquets, Acantilado o Siruela llamarán a mi puerta o, si lo hacen, será por equivocación, preguntando si ese es el domicilio de Enrique Vila-Matas, pregunta a la que podría responder afirmativamente, que efectivamente soy don Enrique, pero a la larga, a los dos o tres años, se darían cuenta de la superchería, porque físicamente a quien me parezco de verdad es a F. Kafka si hubiera llegado a los 57, y acabaría, por tanto, en la cárcel. En la cárcel, sí, pero ganaría un amigo en la figura de mi escritor de cabecera, que partiríase de risa con mi cuitada aventura de suplantación; es más, creo que podría hacerme protagonista de su próxima novela, que podría tener por título: "Yo sí soy Vila-Matas".

          (Fin de la 1ª parte.)

26.8.14

323. Rebosando de admiración por ti, Marcela



        Mirábamos con deleite la gota que caía de su helado de marrón glacé. Resbalaba por sus pechos azules de melón dulce y volátil. Se encrespaban nuestros rizos de antracita, se enturbiaba el foramen de las cúpulas roboides de algún planeta cercano a nuestra galaxia. Era la juventud arisca y abrupta que desembalaba la cornucopia de los abuelos. La pubertad en estado sólido, los rezos que huían y el clamor de los pueblos genitales que usurpaban el poder de la alquimia de todos los nacimientos. Era tiempo de reboleo, de anarquía superada, de hambre golosa y de odios eternos a todos los pueblos de menos de tres mil habitantes. No queríamos ser diputados ni aforados a pellejos incontinentes. Queríamos bufar todo el tiempo y a todas horas mamar de la ubre floreada y alargada de la nada llena. Yo quería sorber y sorber los secantes papeles antiguos de oficinas quemadas de antigüedad, pero algo me impedía, nos impedía el feroz asalto que ansiábamos. Los caballos trinaban y las alondras piafaban, los burros cantaban muy mal lo que muy bien cantaban las mulas del Alentejo. Todos a una: “Aión de obmá, aió”, una y otra vez, la aclamación de los negros subterráneos, las minas a cielo abierto, los autocares destruidos por la molicie de cobradores de traje floreado, por la agresión de abejas cantoras de fados sobrios. Croacia como fin de la boda sin fin del Mediterráneo sin un Borges que llevarse al patíbulo. Ya no leo libros, solo ojeo y hojeo y vuelvo a ojear y a hojear documentos, memorándums y obleas pintadas por monjas cartesianas de Mairena. Las palabras nos sobraban tanto como antaño nos sobraban los conceptos y hogaño los ideales preñados e impresos con amor. No sé explicar nada con la suficiente complejidad para que me entiendan las novias que he dejado muertas en la cuneta de la vida. Porque discrepo con humildad y no con la soberbia de las sastras, porque llueve de manera hiriente en la mañana gélida de esta tierra que me acoge como sólo saben hacerlo aquí. Lloro y me oyen los vecinos del bloque, y ellos, a su vez, se compungen y también lloran por mi pena que traspasa los tabiques. Adoro esa solidaridad que bloquea las miserias de mi bloque, de las gentes de mi bloque, porque yo vivo en un bloque, un espeso bloque lleno de gentes de mármol, un bloque de tabiques delgados como alas de mariposa, lleno de gente pulcra, solidaria, menonitas en su mayoría, con ancestros la mayoría, porque todos provienen de familias anteriores a la suya. Me enternecen, me decapitan con monedas de cobre antiguas y sin valor numismático alguno, pero, aun así, los adoro mucho, casi tanto como a mi madre, que últimamente habita paisajes nebulosos de una tristeza finita y agreste como corresponde a una madre de tendencias jibarizantes y temperamento francés. Sigo con calor, pero sin saber qué ponerme para la fiesta que se avecina. Siempre hay un traje preciso para una determinada fiesta, pero nunca acertamos el feliz casamiento/hermanamiento entre festividad y ropaje adecuado. La muerte nos aleja de necesidades como ésa/ésta. Es por ello/eso/esto que acostumbro ir desnudo por las fiestas, para no pecar de pretencioso, de esnob, de gilipollas enhiesto de enjundia estetiforme y epatante en lo social. Desnudo accedo a la mística de la humildad extrema, a la levitación de lo sencillo en su extremo excelso. Eso me reporta distinción y cierta decadencia romántica, que en el fondo de los fondos es la inquietud que atrae a todo imbécil de pueblo, pero también a todo intelectual a la violeta, que es lo que un servidor de ustedes siempre ha sido y será.
          Alejandro, en cambio, no es ni será mi nombre, pero arguyo muy bien en los contenciosos que se establecen en la comunidad de mi bloque, el de delgados tabiques como hojas de mariposa.

322. Un vientre voluminoso


          Ella me daba, una a una, una cantidad ingentes de piastras, muchas piastras. Su padre, el agrimensor unidimensional, a la sazón jefe de la estación en que nos situaba la historia que os cuento, nos miraba desde la cabina de relés con una mezcla de sorna turca y bajeza de bajá sirio. Ella iba de calle, con fariah de tono pardo y  bhuja de tonos ocres entremezclados. Sus ojos manifestaban toda la rabia de la mujer morita, el que más lo mostraba era el derecho, el izquierdo se debatía entre la conjuntivitis vírica y el tracoma. Cada moneda que depositaba en mi portamonedas con sus manos garabateadas de signos coránicos era una bofetada moral que me propinaba la musulmana, y yo lo aceptaba todo, porque sabía en el fondo de mi alma pagana que era esa la transacción a la que los elegidos Dioses de mi país me instaban con furor. El padre estuvo a punto de provocar un terrible accidente ferroviario, tan atento estaba a mi contubernio religioso-financiero con su hija en plena estación, a hora punta y desnudo como iba. El vapor de la locomotora nubló la imagen de nuestro intercambio e hizo que el techo de la estación se esfumara entre acordes trinados de golondrinas medio carbonizadas, que anidaban algo obtusas las gandelas de la vitrona de la estación. El gentío nos miraba con sorpresa y los gendarmes alfanjados nos rodeaban sin saber a qué atenerse. Un caballo que tiraba de un carro de berenjenas nos salvó de un contencioso con la gendarmería al encabritarse en ese momento y volcar el contenido del tiro a la vía pública. La veloz carrera del animal con el carro desquiciado dejó un reguero de heridos en las aceras del mercado Ad-ya-cen-teh. Las berenjenas, muchas de ellas rotas y ensangrentadas, desaparecieron con la rapidez propia de la rapiña humana. Mi portamonedas se iba agrandando, ensanchándose de forma lasciva como miembro viril de minero galés. El bolsín de ella, en cambio iba adelgazando como anciano pecho de india yanomami. Piastra a piastra la boda ya no sería una fantasía suntuaria de un pobre dahbají, ahora el ferroviario, con su terno dorado y azul pavo tendría que decapitar un buen número de capones para satisfacer no sólo a mi familia sino a los miembros del consulado inglés, y si fuera sólo capones..., tendría además que pescar todos los lucios que pudiera y dejarse él y todas sus hermanas las uñas amasando la harina de un semestre para confeccionar los dulces que debería haber en toda boda que se precie. Los jóvenes, cuando además de jóvenes estamos prometidos, debemos embebernos de miradas lisonjeras y no mezclarnos en tratos espurios o en asuntos de índole contractual. Las finanzas y los balances de riesgo, la riqueza y los tratos de favor, las comisiones y los réditos, los préstamos y las condiciones fiduciarias deben ser apartados del sendero de los amantes, más aún cuando no tienen bien definida su religión, la pertenencia a un país definido, su verdadera condición sexual, el valor de las cosas y el equipo cuyos colores deben venerar ellos y su hijos. Me doy miedo al verme capaz de la proeza que estoy realizando a cielo abierto, delante de todo el mundo, desnudo, dentro de un enjambre metropolitano de sordidez, violencia y dinamismo gentilicio. Me abruma el olor a tren, a fritanga hepática, a sudor de diez generaciones, me abruma este sonido chirriante que enerva, este ruido imperecedero que no se sabe de dónde no viene. Una alondra defeca sobre la única berenjena olvidada, un amputado múltiple, que se desplaza en una tabla de ruedas, la recoge y lame el excremento con fruición, y se guarda la berenjena. Me mira y mira a mi novia, que sigue y sigue, una a una, dándome las piastras que me debe. Le guiña un ojo, el muy cabrón, ella quiere imitarlo, pero guiña el ojo malo y le duele más que la patada que le propino en el tobillo izquierdo invisible.

19.7.14

321. El color de los ojos cerrados


          El obispo Polichinella de la diócesis del Languedoc se ordenó sacerdote un día de marzo de 1811. Llovía y Dios negociaba con los hombres una fecha provisional para el Día del Juicio Final.

          Mi tata Hipólita se moría de la risa cada vez que yo cantaba "El hijo del ganadero" en una versión lacustre que me enseñaron los elfos de Puente Genil.

          La masa del positrón es de papa, no de masa. La masa de los jeringos de Planck es de masa, no de papa. 

          La letra O es como la letra T, pero distinta. Esto, que parece obvio, lo es. No le den más vueltas.

          Spinoza, un buen día, mientras desollaba topos para su cena, indujo (que no dedujo) que Descartes y Scoto eran unos sofistas de la (h)ostia. Esa noche apenas cenó y se acostó pronto.

          Lamartine siempre quiso ser dos, y a punto estuvo una vez de conseguirlo. Fue cerca de su casa de campo, en Pouvilly. Hacía frío, la nieve estaba pronta. Casi fue dos durante un ratito. Luego volvió a ser casi uno hasta su muerte.

          En Sevilla hay una calle que se llama Pez Espada. Allí hay un bar que se llama casa Apolonio. En el urinario de caballeros hay pintado con excremento un epigrama que dice así: "Volverá el hombre, y esta vez para nunca".

          Mi cantante preferido es Henry Stephen. Es negro, panameño y lleva atado al hombro el arnés del mono que le acompaña en sus actuaciones. Ya no, porque el mono murió de unas fiebres.

          Ayer leí en un libro esta frase: "La mujer que te mata es siempre tu madre en la próxima vida".

          La palabra "heurística" es aquélla con el significado más abstruso del idioma. Por otro lado, la más fácil de comprender es "culo".

          El número de teléfono móvil de María Josefa Sánchez Ceballo es 673 589 882.

          Los amores en el norte de México son muy parecidos a los amores del sur de Texas. A éstos últimos los acompaña como música de fondo los acordes del acordeón del Flaco Jiménez, a los primeros, los sones de los narcocorridos de Los Tucanes de Tijuana.

          He sido operado seis veces, pero no de lo mismo. Me hubiera gustado intervenirme quirúrgicamente de lo mismo once veces, pero no pudo ser, y ya no me queda tiempo.

          "El clima cambia a la gente". Esto es mentira. Tampoco las mentiras cambian el clima de ningún sitio, ni el clima hace que las mentiras cambien según las latitudes. Ni la gente puede hacer nada con el clima y sus mentiras.

          Hablemos de deportes: la medalla de bronce en la modalidad atlética de tiro de jabalina en los Juegos Olímpicos celebrados en la ciudad belga de Amberes en 1920 fue ganada por el atleta finlandés Paavo Jaale-Johansson.

          Hoy, como LMDMV no está, comeré cosas fritas en el bar de abajo.
       

320. La tisis de Kafka


          Pontificar desde el dolor, sobre las ascuas del holocausto o en la cima llameante de la hoguera es una actitud propia del medievo. Hoy, al menos, los que vivimos en Los Ángeles, hemos realizado cambios sustanciales y trocamos la fe por heridas verdaderas y sinsabores muy modernos. El sufrimiento ya no vende tanto si no es disfrazado de aventura prime time, y yo, que detesto la copla y el positivismo en general, me veo abocado a unas larguísimas tertulias sobre temas, como el nacionalismo, que ni me interesan ni me motivan lo suficiente para seguir sufriendo. Adulto y sabio, como soy, con las intactas ansias de ser portugués, me veo abogado. En el espejo me observo con detenimiento y veo a un apuesto leguleyo del norte de Los Ángeles con aspecto de agente de bolsa de New Jersey, y sufro mucho por causa de mis ansias de parecer ciudadano de Funchal o de Oporto. Canto fados como nadie, y como nadie planto nardos y trompetas delicados en jardines inexistentes de la baja California. Me llevo los libros de las bibliotecas de pueblo, los leo y los quemo, a veces los quemo primero y leo entonces sus cenizas premonitorias de literarias catástrofes. Bebo vino, o no. Mato comanches y ato hurones por la cola, de siete en siete, y arrojo los manojos río abajo con denodado trabajo, porque mis piernas andarinas ya no son las que fueron. Viviendo en California uno siempre acaba en el desierto, se torna uno amarillo, se le seca a uno el paladar y a otros se le seca el revólver. Aquí todos tenemos revólver y serpientes enroscadas en alguna parte del alma. El americano que quiere ser portugués sufre tanto que apenas se siente herido por la aridez del desierto, al que considera un mero accidente geográfico o un decorado insustancial de una película llamada al fracaso. El abogado del espejo al que me veo abocado, el de la cara de broker de New Jersey, sonríe de vez en cuando, se acaricia la entrepierna y frunce el ceño en un gesto entre pícaro y ominoso. Es la imagen menos portuguesa que puede presentar un hombre. Tengo un amigo de la infancia, maestro zen..., pero ésta es otra historia que, aunque se imbrica con la biografía de Fernando Pessoa, cuya lectura estoy ultimando, no procede referirla en estos breves apuntes, que tan solo pretenden ser un somero bosquejo para un futuro sainete vanguardista que tengo intención de llevar a escena, una vez encuentre a varios septetos de actores que no tengan escrúpulos y tengan profesionalidad suficiente para saber interpretar con un mínimo de convicción el papel de hurones, que atados por sus respectivas colas, son arrojados al río por el protagonista, un rubio portugués hacedor y cantador de fados, abogado y abocado a un sufrimiento intenso y eterno.

15.6.14

319. Estertor primero


          Hace días que estoy manchado de muerte. En algún momento tenía que presentarse, y lo ha hecho con todo su cortejo de miserias. Ha dejado sus pequeños montoncitos de excrementos diseminados por salones, desvanes y corazones. Ha llenado de inmundicia feroz los días de este verano impensable que comienza en un ámbito de miasma hospitalaria, de negro zumo de tanatorio, de moscas aviesas como cuervos y lágrimas con tornasoles de yodo.
          La muerte ha llegado y ha llegado para quedarse, para permanecer como invitado de piedra, para rayar con sus uñas afiladas y largas el encerado oscuro de nuestras vidas no tan felices, no tan hilvanadas de bellos sucesos como ella cree. Porque la muerte nos conoce poco y nos conoce mal. La muerte piensa siempre en un idioma equivocado y nos cree sabedores de su mala sintaxis, entendedores de sus incomprensibles y pestilentes palabras.
          No sé cómo quitarme el hedor que deja en mi piel a su paso. Describe eses en su ominoso andar en una especie de marcha ebria y a la vez reconcentrada, enarbolando en los lóbregos pasillos fosforescentes su encorvada espalda y sus brazos extendidos que te rozan, quieras o no, la mejilla, y te hacen sentir la náusea primigenia, la monstruosidad de haber nacido.
          Se dirige desequilibrada y risueña, vaga y tortuosa hacia la cama de tu ser querido, lo acaricia ante ti, le deja caer una baba viscosa y amarilla en su frente, tú gritas hasta el horror, pero tu voz no sale de tu garganta, quieres detener como sea la escena, pero la muerte vuelve lentamente la cabeza, te mira y se lleva uno de sus dedos a los labios oscuros, solamente intuidos, y te conmina al silencio.
          Se demora en su proceso, se toma su tiempo, se regodea en el arte de la morosidad, hoy prefiere proceder con extrema lentitud, con profesionalidad exasperante, quiere llevarse a mi padre con el último resuello, quiere extenuarlo, quiere que lo mate el tremendo esfuerzo que le supondría mover tan solo un párpado.
       

6.5.14

318. Pesadillas


          El tiempo, esa dimensión ensimismada entre la nada y el todo; el tiempo, que surge como el relámpago en la mente de un niño, para nunca marchar, para quedar en él, indeleble, como la primera imagen nítida, como la primera palabra con sentido, como el primer afecto materno, como el dolor primero. El tiempo, que se cuela por entre los visillos de la memoria y que se mete en todas partes persiguiendo nuestros pasos, nuestros ecos, nuestros recuerdos más precoces y nuestros venideros anhelos. Es la pura esclavitud a sus dictados la que anuncia la derrota, ya de antemano vencidos como versos desgajados de un poema; así vamos a su socaire, dilapidando júbilos y dichas y malgastando su esencia. En enjambres de preguntas sin respuestas nos acogemos y simulamos lo que no sabemos, y lloramos las dudas, y lamentamos las risas ajenas y la propia alegría de las certezas. El tiempo como abrigo en una canícula espectral, el tiempo que nos sobra y del que no podemos deshacernos porque forma parte de nosotros; el tiempo, nuestra coraza, nuestra piel y nuestros ojos. El tiempo embaucador, que viene y va del corazón al cerebro, de los músculos a la boca, que no cesa en su camino veloz y que nos aturde y nos deja anonadados como un niño inquieto con alma de hombre cruel. De su vientre milenario nace toda la confusión que nos rodea, todo el mal y la desidia de la vida, y todo el desorden y el caos del que somos tristemente merecedores. Porque tanto necesitamos su aquiescencia como odiamos su arbitrariedad suprema. Porque nunca nos da nada, pudiendo darlo todo. Manejamos sus hilos como el más borracho de los titiriteros, haciendo que su baile perpetuo enajene todos nuestros deseos y confunda el más simple afecto o la más tierna de las pasiones.

          Hace 40 años mi tiempo se paró.
          Mientras los demás seguían con su reloj de pulsera puesto.
          Mi reloj se paró.
          El tiempo, cruel testigo de mi juventud, me abandonó.
          Siguió azotando y divirtiendo a todos los demás que, poco a poco, iban alejándose por la playa.
          Y en la playa me quedé, asustado y solo.
          Me acostumbré al calor y a la sed.
          Incluso, a veces, reía en mi quietud de piedra.
          Soy un ser adimensional, sin tiempo con el que jugar.
          Y aquí sigo en esta playa sin fin.
          A veces pienso que estoy muerto.
          O, al menos, un poco muerto.

18.4.14

317. Inexactitudes populares


          Celestino Mutis descubrió en la isla de La Palma una planta de color azul. Corría el año 1796. Era primavera, una primavera atlántica de vientos tubulares y lluvias arenosas, calor a trechos y prolijas humedades. Celestino la encontró en una cueva cortada a pico en un roquedal abrupto y lleno de espinos. Era un lánguido grupo de tallos terminados en nueve hojitas dispuestas cuatro a un lado y cinco al otro, sin brotes de floración, reunidas al borde del abismo, mecidas por el viento del oeste que no cesa. ¡Y eran azules! Todo lo azul que pueden llegar a ser las cosas azules. Porque el cielo y el mar no son azules en realidad, la ciencia así lo confirma, es nuestra percepción de su enorme masa, pero la atmósfera inaprensible o el agua de los océanos que se nos escapa entre los dedos no tiene ese color. Celestino, jesuita en su juventud, escolástico y tomista, siguiendo las máximas de su mentor Grosseteste, observó, midió, analizó e indujo todo lo que los tallos azules de dejaran observar, medir, analizar e inducir. Dibujó sus contornos, describió la tierra circundante, anotó sus mínimos tropismos, todo ello con peligro grande de perder su vida, amarrado como estaba con una soga de cáñamo al tronco de una joven araucaria que cimbreábase al borde de la cornisa del roquedal palmero, donde fluctuaban al aire los azules tallitos. El ardor de Mutis, como muy propio de botánicos y naturalistas, hizo acopio del valor que le ofrecía tan inusitado descubrimiento y forzó el ángulo de visión hasta sobrepasar el límite de tensión del cordel del que pendía su cuerpo. La araucaria recuperó su verticalidad y Mutis cayó a plomo por el barranco una vez que la cuerda se deshizo en un "plop" pequeño pero de consecuencias casi letales para Celestino. Trescientos metros de caída libre, con breves paradas en cuatro de los seis salientes pétreos que presenta la pared de roca, hasta el estrépito final de su esqueleto contra una nada acogedora plancha de basalto. El descubrimiento de la fotosíntesis azul se cobró, por tanto, su primera víctima en la figura de nuestro insigne botánico. Celestino quedó vivo, pero sumamente lastimado. Perdió la alegría, la sonrisa, los dientes, las piernas, ambas manos, la lupa, la mandíbula, su diario y el suspensorio de goma que le regaló su hermano, el abate Zoilo Mutis. La fotosíntesis azul quedó en entredicho ciento veinte años. Mutis no pudo, por mucho que se esforzó, convencer a ninguno de sus colegas. Su imposibilidad para la escritura y para el habla inteligible tras el impacto supuso un incentivo para la total incomprensión de su proeza científica. Los últimos días del pobre estudioso de la Naturaleza fueron tristes, muy tristes, babeando hasta el último aliento y articulando extraños sonidos acabados en u. Y una madrugada de un invierno inclemente Mutis hizo lo propio por el foro y se murió. Transcurrió más de una centuria hasta que el botánico galés Sir Andrew W. Pennybrock halló en los bosques de Manilva (localidad de la provincia de Málaga, España), mientras buscaba espárragos trigueros (Asparagus acutifolius) para hacerse una tortilla, unos celestones tallos que le llamaron mucho la atención. Lo que después acaeció, ya lo conocemos todos: el descubrimiento de la fotosíntesis azul, la determinación de su proceso molecular, el descubrimiento de los tres nuevos elementos de la tabla periódica (Bluesenio, Penibroquio y Manilvio), la anulación (dada su obsolescencia) de las teorías de Mamling y Ocaseck, la aplicación de los nuevos descubrimientos en la elaboración del combustible más barato y eficiente de la historia del hombre, los imperios petrolíferos que sucumben, el enfriamiento global del planeta, la desaparición de los problemas derivados del efecto invernadero y del agujero de ozono, el fin de las enfermedades infecciosas, cardiovasculares, tumorales e inmunológicas (debido al efecto terapéutico de las "plantas azules"), el fin de la pobreza en el mundo, el bienestar material de los pueblos (que trajo la plenitud espiritual de los mismos), la abolición natural de las guerras, el segundo advenimiento de Jesucristo y la resurrección de los muertos. Por tanto, el descubrimiento de las plantas azules ha sido algo muy bueno, ya lo creo yo que sí.

17.4.14

316. El porqué de las orquídeas


          El vals es un baile de biombo. Las parejas se embellecen y se hacen sabedoras de los puentes de melaza que ocasionan sus miradas. La música de vals aleja los sables y las balas, añade folclore a las sedas, crepita entre cera derretida, atiesa los bigotes de mariscales de campo y entumece la entrepierna de los pequeños maricas de cuartel. El vals es como un estallido del páncreas—quizá la glándula más vienesa que tengamos—, un estallido leve, pero constante. Las damas, que propenden a la danza de manera genética son, a la sazón, menos pancreáticas que los caballeros, pero aquellas (también a la sazón), asimilan mucho mejor a Proust. Este escritor, con aspecto de predicador portugués, bailaba tan mal el vals que su presencia fue negada y casi proscrita en las veladas musicales de la muy coja princesa de Guermantes. La Viena que yo conocí, la Viena de Sisí y Francisco José, la Viena de los emblemas y el pudor casi carolingio, se esfumó en un golpe de bombo. El vals, uno de los sones menos quebradizos, se colapsó a golpe de mazo. El vals, por tanto, pasó del biombo al bombo en una fracción de tiempo muy pequeña, a penas el tiempo suficiente para terminar con una ración de tarta Sacher. Los intelectuales del café Griensteidl no eran valseros, y si valseaban, lo hacían como si fueran incontinentes de facto. Todo en Viena, antes y después de Strauss, era una vivencia plena de la guerra. Austria es la guerra, como Rusia es la muerte y Francia la victoria. Klimt, ese orfebre terminal, entendió su tiempo y propuso un arco iris de metal cuyo brillo alcanzaría el pasado y el futuro, dejando el presente a ese pueblo cultivado del Imperio que continuaría bailando las olas y agasajando la estructura de una sociedad excesivamente azucarada. En mi regimiento sólo los caballos bailan como es debido, con buen compás y armonía. El coronel von Strupper es un desastre, el capitán Timmitz baila el vals como si le fuera la muerte en ello, y yo, por mucho que me esfuerzo en lo contrario, acabo siempre con las manos en los pechos de mi pareja de baile y musitándole al oído vergonzosas obscenidades. Las muchachas de Viena, aunque hermosas y esbeltas, piensan como si fueran gordas, todas ellas son mórbidas en esencia, gordas en cuerpos de sílfides rubias y casi etéreas. La cursilería de una gorda, ya es sabido, alcanza cotas sublimes, y las gordas austrohúngaras añaden a su cursilería primigenia la ñoñería centroeuropea. Y para colmo no son gordas en puridad, sino gordas enteléquicas, obesas adimensionales, finas y elegantes estructuras femeninas que expresan pensamientos grasos y adiposas opiniones sobre todos los aspectos de la vida. Quiero decir que una vienesa te pueden aplastar con un pensamiento gordo enjalbegado de besos de mariposa, te puede afrentar con sus kilos de más allá en una vorágine de oscuras diatribas sobre su estatus de crasa damisela pensante. Pero no es la gorda a la que puedes romper su carnet de baile en mil pedacitos multicolores y devolvérsela a su madre, porque no es gorda, sino que vive como una gorda in péctore a la que nunca se la va a condecorar por serlo, porque el pensamiento gordo ni se otorga ni se premia. No obstante, como buen austriaco, me casé con una francesa del Languedoc, ésta sí, gorda y sonrosada se la mire por donde se la mire, que me dio cinco hijos, todos buenos agricultores, menos uno que me salió anarquista y anda por ahí poniendo bombas en cajeros automáticos de oficinas bancarias por toda la Baja Normandía.

16.4.14

315. A orillas del Potomac


          Me informaron, cuando era joven, que la flecha disparada (¿se dispara una flecha?) disparada, decía, por Temístocles, que acabó con la vida de Darío, no iba dirigida a él, sino a su hijo Jerjes. O al revés, la flecha que iba dirigida a Jerjes, iba dirigida en realidad a su padre Darío. De cualquier forma, Temístocles ensartó con su flecha el corazón de uno de los persas más importantes de la Historia. Temístocles era ateniense, un rudo campesino y proveedor de perdices de los próceres de Atenas. Su padre, Istomenes, fue marino y murió en la batalla de Nadea, que tuvo lugar en la bahía de dicho nombre y que supuso el triunfo de la coalición de partos y medos contra la flota ateniense, con la consecuente pérdida de su hegemonía naval. De todo ello me informaron cuando era joven, pero ahora soy viejo y confundo los términos, las fechas, los lugares y las personas. Hay días que me creo Temístocles y hablo en griego con mi ama de llaves. A veces, me levanto asediado por la presencia de numerosas perdices embaladas en cestos de mimbre que urgen ser llevados (los cestos) al consistorio para que sean debidamente distribuidas (las perdices) de manera alícuota entre los concejales. Almuerzo creyendo ser Jerjes, acudo al Excmo. Ateneo convencido de ser el rey Darío, ceno oyendo el rumor de las jarcias de mi nave sabiendo que soy el viejo marino Istomenes. Me paso el día buscando mi arco y el tahalí con mis flechas, para defenderme de aquellos partos y medos que quieren acabar con mi vida en cada esquina (En cada esquina, amor, en cada esquina...). En los momentos de calma y sosiego, cuando mi mente se distiende y alberga la realidad en la que vivo, sucumbo a la angustia de la multipolaridad de mi existencia, de saberme multiplicado en seres dispares, ajenos y tan lejanos en el tiempo y en el espacio. Mi esposa, Terpsícore, es una de las nueve musas, en concreto es la musa de la danza, aunque toda la vecindad la llama por otro nombre. Me conmueve su ternura y me enternecen sus pas de deux. Su tutú, ajado ya, me hace cosquillas en la nariz, y la música de Rameau, que tanto ama, flirtea una y otra vez con el aire antiguo de nuestro salón acompañando a sus elegantes volatines, ya cada vez menos veloces y cadenciosos. La Grecia de mis años de juventud, la Grecia de mis fantasías y a veces de mis realidades aflora (o florece) a cada instante y es por ello que ando en toga por mi palacio lleno de moscas, moscas sabias, moscas, a su vez, con togas que ellas mismas elaboran; las más mañosas para tales menesteres son las moscas pitagóricas, tan precisas ellas a la hora de confeccionar y cortar los patrones; las socráticas visten togas que las hacen parecer desmañadas y de aspecto poco aseado; las platónicas, moscas amaneradas pero de seso brillante, muestran exquisitas togas sumamente lucidas; los moscones cínicos, en cambio, van por ahí enseñando sus innobles atributos sin toga alguna que los cubra. Ya hablé de mi suegra, Mnemosine, madre de Terpsícore y personificación de la memoria, ¿o no lo hice? Me casé con mi suegra sin darme cuenta una oscura noche de invierno, aunque ella no lo recuerda, ni yo tampoco. Todo se me ovilla en el cerebro, tengo la edad en la que Tucídides leyó por vez primera los epigramas de Zenón y la tres cuartas partes de la que tenía Eratóstenes cuando visitó por segunda vez el templo de Artemisa, pero en realidad no sé la edad que tengo, conozco los nombres de casi todos los eremitas de la Capadocia, pero no reconozco sus caras terrudas y barbosas. Si supieran ustedes a qué me dedico, me harían muy feliz comunicándomelo porque desconozco cómo gano mi sustento, llego a casa tan cansado que no recuerdo con exactitud en qué he dilapidado o aprovechado mi tiempo. Sé que hago algo relacionado con la talabartería o la guarnicionería, huelo a cuero y tengo las manos sucias, ásperas, agrietadas, y las uñas negras, pero, a su vez, llevo bajo el abrigo unos leotardos amarillos con motivos espartanos y una camisa floreada en tonos pastel. ¿Y las flautas de pan? ¿Qué hacen las docenas de flautas de pan arrumbadas de mala manera por alacenas y pasillos? ¿Cuántas tengo? ¿Quién me las regala? ¿Las fabrico yo? ¿Para qué las quiero? ¿Las vendo? ¿Las robo? En mi domicilio hay personas a las que observo con suma atención y fijeza por si algo me suscitan o sugieren, pero no, no hacen más que obligarme a comer uvas, manteca, moras y peces raros. Yo como mirando un gran póster enmarcado del equipo de fútbol del Panathinaikos. Conozco el nombre de todos los jugadores, aunque sus caras me recuerdan en conjunto al coro de Antígona. ¡Qué soledad y qué locura no saber de verdad y a ciencias cierta si soy el patriarca Atenágoras o Melína Merkoúri!

29.3.14

314. Nuevas normas para dejar de querer


          En Valencia todos saben que la princesa Carmesina era tan blanca que se veía pasar el vino por su garganta. Todo lo que sigue no sólo no lo saben los valencianos, no lo sabía ni yo al comienzo de este obsceno panegírico. A través de los ojos de Carmesina se veían los ojos de Amor, hijo de la Noche y de la Oscuridad, según los griegos. Al final de su cabello se alcanzaba a ver el continente maldito, aquel en que los pueblos combaten sin cesar por la posesión del Hongo Dorado. A través de sus uñas rosadas se veían los ejércitos de Nabucodonosor arrasando el Templo de los judíos. Carmesina es un ser translúcido y cristalino, casi etéreo en su deambular, insonora como una cueva profunda, como una sima sin fin. Entre sus delineados omóplatos de marfil se podían contemplar mil naturalezas muertas, desvaídas acuarelas de tornasoles naturales y líquidos, óleos de profundo tenebrismo, terracotas y mármoles diseminados en salas luminosas o lúgubres. Bajo la piel de sus muslos etéreos bandadas de pájaros tropicales pugnaban por salir y liberarse de las atroces olas del mar embravecido. En su vientre de plumón era el sonido de timbales y trompetas de jolgorio carnavalesco. Todo en Carmesina se exteriorizaba como en un escaparate multicolor de un bazar mágico y fascinante. Su artificio interior fusionaba cadencias y alaridos, junglas y jardines, algaradas y amoríos, toda la literatura de sus vísceras doradas y toda la música de sus impulsos secretos.

          El texto anterior consta de 246 palabras o, si lo prefieren, de 1.216 caracteres. Las palabras están colocadas en un solo párrafo y en un orden que le ha parecido al autor ser el más adecuado para su propósito. Propósito que no ha de coincidir con el del lector, esto sólo ocurre en muy contadas ocasiones. Por otro lado, la coincidencia de propósitos entre lector y autor, a este autor en concreto, que soy yo, se la suda. No obstante, en un rapto de bondad del que luego con total seguridad me arrepentiré, les ofrezco las anteriores 246 palabras o, si lo prefieren, los 1.216 caracteres en un orden diferente, para su cotejo, análisis y disfrute.

          En Valencia todos saben que la princesa Carmesina era tan blanca que se veía pasar el vino por este obsceno panegírico. A través de los ojos de Carmesina se veían los ojos de Amor, hijo de la maldito, aquel en que los pueblos combaten sin cesar por la posesión del Hongo Dorado. A través de Carmesina es un ser translúcido y cristalino, casi etéreo en su deambular, insonora como una cueva naturalezas muertas, desvaídas acuarelas de tornasoles naturales y líquidos, óleos de profundo muslos etéreos bandadas de pájaros tropicales pugnaban por salir y liberarse de las atroces olas del carnavalesco. Todo en Carmesina se exteriorizaba como en un escaparate multicolor de un bazar y amoríos, toda la literatura de sus vísceras doradas y toda la música de sus impulsos secretos. su garganta. Todo lo que sigue no sólo no lo saben los valencianos, no lo sabía ni yo al comienzo de Noche y de la Oscuridad, según los griegos. Al final de su cabello se alcanzaba a ver el continente sus uñas rosadas se veían los ejércitos de Nabucodonosor arrasando el Templo de los judíos. profunda, como una sima sin fin. Entre sus delineados omóplatos de marfil se podían contemplar mil tenebrismo, terracotas y mármoles diseminados en salas luminosas o lúgubres. Bajo la piel de sus mar embravecido. En su vientre de plumón era el sonido de timbales y trompetas de jolgorio mágico y fascinante. Su artificio interior fusionaba cadencias y alaridos, junglas y jardines, algaradas
         

23.3.14

313. El escote de Luzbelina


          PRIMER PENSAMIENTO AUTOMÁTICO (1º PA): Estoy taponando con plastilina verde la cerradura de una vieja taberna de un barrio de mi ciudad a la que hace mucho tiempo que no voy. Mi padre y mi hermana Juana están conmigo y me sugieren sin palabras que tenga mucho cuidado, no vaya a hacer explosión la plastilina.

           2º PA: Este pensamiento automático se parece a un sueño que he tenido recientemente, pero no es un sueño, es un PA, no obstante, para evitar suspicacias, lo dejaré inédito.

          3º PA: África ha cambiado de nombre tras las conversaciones llevadas a efecto entre diferentes países durante la asamblea anual de la Organización de Estados Africanos (OEA), a partir de ahora se llamará Asia.

          4º PA: Todos tenemos vejiga, unas están más llenas, otras lo estarán menos. Imagino sólo vejigas exentas, andantes, paseantes por las calles de la ciudad, un abigarramiento de vejigas en las plazas, en los parques, en los centros comerciales, multitud de globos vesicales semi-translúcidos, con sus vénulas y arteriolas expuestas que se extienden anárquicas por la superficie de sus paredes amarillentas, conteniendo cada una diferentes volúmenes de orina, algunas semi-vacías como pasas o como ojos de muerta, otras henchidas y tensas como uñas de muerto nuevo.

          5º PA: Once bolígrafos de un azul verano, todos iguales, todos vibrando, todos sobre una mesa blanca que no vibra, alrededor de la mesa hay animales pequeños e inofensivos que tampoco vibran, sólo vibran los bolígrafos azul cielo (¿o eran azul verano?).

          6º PA: Pienso automáticamente en la vejez de mis seres queridos y en los objetos que los rodean. Pienso en ellos como insertos todos, los objetos y las personas, en un gran cofre que agita con violencia un viejo grande con aspecto medieval de demiurgo de grabado de Durero.

          7º PA: Ahora es la naturaleza la que acude a mi pensamiento. Alondras, miles de ellas, otras aves inconcretas, grandes y menudas, en un número elevadísimo, casi llegan a cubrir la totalidad del cielo. Mares espesos, océanos casi compactos, billones de peces ocupando el volumen infinito de las aguas. La tierra tapizada, invisible bajo el manto móvil de animales infinitos que se desplazan con la torpeza inherente de las moléculas.

          8º PA: Es mi hijo arrastrando las cintas multicolores de su pequeña angustia, arrojando después grandes piedras, mayores que él mismo, por el acantilado de rocas en forma de caracol que, en su bucle arquitectónico, se las devuelve convertidas en pequeños planetas redondos e inadvertidos.

          9º PA: Es una plaza de abastos. Se venden esclavos, se vende maquinaria pesada bajo grandes lonas de camuflaje. Se vende ropa de esquimal y urinarios alemanes de entreguerras. Se venden papeletas de colores con números difíciles. Se venden biblias dedicadas y carísimos coranes de cubiertas plateadas. Se venden a sí mismas varias mujeres norteamericanas (20.000 dólares cada una), todas llevan sonajas de Baltimore y dijes de Aspanishtán.

          ÚLTIMO PA (UPA): Tiento el blanco muro de mi muerte cercana, es un muro alto, encalado, tenso y quieto, muy quieto, quieto como la cercana muerte del niño que alguien dejó dentro de mí, y que ocupa más espacio que el que le corresponde, y que apenas me deja respirar, y que apenas me deja decir todo lo que debería decir y que, me temo, ya no diré.

9.3.14

312. El Imperio Dálmata o el misterio del alambique


          Vem es imbécil. Vym, no. Esto debe quedar claro para el seguimiento ordenado del relato que aquí comienza. Vem y Vym se conocen de haber vertido ambos a la vez once lágrimas en el río Kwai durante la Guerra. La amistad que entonces comenzó a unirles aún perdura, aunque con un ligero matiz de hartazgo no exento de un odio puntual en circunstancias muy precisas, que luego precisaré si así lo considero preciso. Vem es la resultante de la unión carnal de un díscolo petimetre parisino y una recia portuguesa del Alentejo. Vym es, sin embargo, la bisectriz o la apotema de un incierto polígono de personajes ubicuos, promiscuos y proclives a la práctica del sexo en grupo que se dieron a conocer en Lieja y en sus alrededores con el nombre de los "Adoradores de Abraxas". Vem es un imbécil y un agnóstico sin saberlo, necesita que los demás lo admiren y adulen por su forma de masticar, lo que es difícil de conseguir, siendo tan sólo Vym quien le aplaude cuando come. Vym es un ferviente creyente católico y coleccionista intenso. La intensidad de su afán coleccionista le hace acreedor a la admiración del Círculo de Admiradores Intensos. Su colección principal y orgullo de su etnia es la gran colección de fotos de coleccionistas de todos los tiempos y de todos los lugares. Colecciona, en fin, coleccionistas, algo inaudito, poco visto. Esto a Vem lo sobrepasa, le hace sentirse más vulnerable e infinitamente menos seductor que Vym, y por eso, puntualmente le odia. Vym percibe el odio puntual de Vem y se lo devuelve centuplicado en forma de balada melosa con letra guarra en la que menciona las sucias prácticas amatorias de la recia portuguesa que engendró a Vem. Vym y Vem salen juntos los martes por la tarde, día y tarde que reserva Vym para pasear con algún imbécil y, coincidentemente, también destina Vem para salir a pasear con un no-imbécil. Suelen acudir solícitos a los bares del bulevar y sin solicitud alguna a la sesión de los martes de la Cámara de Comercio. A Vem, como es imbécil le gustan los huesos de las aceitunas de los bares del bulevar. A Vym no sólo no le gustan sino que incluso le dan asco. No van nunca al cine porque a los dos les da miedo la oscuridad. El circo los entusiasma, pero a la ciudad sólo llega una vez al año, y siempre es el mismo, el circo de los "Hermanos Asquerosos". Presentan una serie menesterosa y concatenada de números cada cual más informe, con las fieras más demolidas y pestilentes que imaginar se pueda, con añosos trapecistas y payasos hundidos en un deambular abyecto y deprimente. Pero ellos dos salen contentos de la función, casi eufóricos. Luego comen algo azul en el hangar de Joe y se despiden hasta el próximo martes. En la ciudad nadie los quiere porque dejan poca propina en las notarías, porque distraen versos blancos bajo las acacias de la laguna, porque a veces no se los distingue y no se sabe cuál de los dos es el imbécil. Deberían irse a vivir lejos, a otra ciudad, al menos los martes por la tarde. Vym, de tanto dedicarle los martes, se ha afanado en servir al imbécil denodadamente y, como todos sabemos, el denuedo con imbécil se paga con la adherencia amorosa. Por tanto, Vem es amado por Vym y por tanto Vem se deja tocar y lamer por el hombre de los martes, que de vez en cuando le lleva al circo y le regala cartuchitos de huesos de aceitunas que recoge alrededor de las escupideras de los bares del bulevar y que tanto le gustan y le entretienen. Los imbéciles no sienten de verdad el amor, sólo sienten el odio añejo, la venganza pegajosa y el asco bruno y áspero de la falta de un entendimiento claro. Se hartan sin saberlo de ser imbéciles y segregan una maldad verdinosa que no suele llegar a nada truculento o irreversible, aunque a veces, muy pocas, sí llegan a cometer actos truculentos irreversibles y aun tumultuosos, pero éste no fue el caso de Vem, uno de los imbéciles más puros que se conocen en los anales de la Psicología. En la ciudad todos saben que Vym, tarde o temprano, matará a Vem. La muerte violenta de un imbécil computa de manera diferente en la casa de apuestas del Padre Phillip, no así la muerte imbécil de un violento, que computa igual, pero con un matiz de cierto casticismo o folclore local. La ciencia combinatoria, más aún cuando se implementa en antros dirigidos por eclesiásticos, se paraliza y forma grumos estadísticos de ardua digestión. El Padre Phillip era el fundador de los "Adoradores de Abraxas" y quería con locura diocesana a Vym, que ignoraba la genética como sólo lo saben hacer los no-imbéciles y los radiotelegrafistas galeses. Un martes de carnaval Vem y Vym salieron como todos los martes a pasear. Vym se disfrazó de Vem y Vem se disfrazó de Vym disfrazado de Vem (el muy imbécil). Ése fue su gran error cuando, al entrar ambos en el laberinto de los espejos, una ráfaga luminosa y metálica con alma de daga fulminante atravesó el destellante espacio vidriado y fundido de azogues enfrentados y la sangre en combustión confluyó a borbotones sobre aristas de cristales laminados. Los gritos de conmoción persiguieron la estela del asesino en su huida, el cuerpo yacente del imbécil todavía vibraba en un diminuendo de estertores reticentes al pronto fin de la vida. Nunca más se supo en la ciudad del asesino Vym. El Padre Phillip. cerró inopinadamente la casa de apuestas. Un manto de cenizas no-volcánicas cubrió durante seis meses los alrededores de Lieja  y la totalidad de los cielos del Alentejo portugués. Las aceitunas sin hueso invadieron la totalidad de los bares de los bulevares del mundo. El circo de los "Hermanos Asquerosos" comenzó a obtener una serie de éxitos clamorosos por el mundo entero. Y todo esto ocurrió de una manera inopinada.

23.2.14

311. Tiempo de arpías


          "Me planto en mitad de este damero infinito en el que se está convirtiendo mi vida..." Éste es un bonito comienzo para mi próximo libro. Otro sería éste: "Los picos helados de las lejanas montañas quebraban un horizonte de un azul demoledor..." También muy bonito. Los arranques de los libros son algo verdaderamente importante. Yo nunca leería un libro que comenzara, por ejemplo, así: "Por tanto, la venta de la alquería demandaba una urgente reforma en las leyes arancelarias..." Nunca. Ocurre lo mismo con los finales de las obras literarias. No es lo mismo una novela que acabe "... y la velada luz de los ojos de la diosa, a la vez que oscurecía el mundo de los vivos, abría poco a poco el fulgor enigmático y eterno en el mundo de los muertos.", que otra que ponga punto final con "... y el Conde partió la ballesta arrojándola contra la puerta de la cochiquera." Creo que estarán de acuerdo conmigo en todo lo que estoy diciendo. Sir Walter Scott decía que "las novelas, al menos las que yo he escrito, son el estrafalario resumen de la ambivalencia entre el estilo y la historia narrada, entre el ensamblaje epigramático del discurso y el intercambio costumbrista de pareceres en ámbitos diversos". No diría yo que andaba desencaminado el buen escocés. En la historia de la literatura tenemos variados ejemplos de obras que quebraron las espurias vibraciones del tono intelectual del momento socio-histórico en que nacieron. Desde el Gilgamesh hasta el Ulysses de Joyce la ruptura enardeció a sus autores de manera frívola y al devenir de la cultura de manera abigarrada. Hay un librito, casi un opúsculo, escrito por el autor renacentista cubano Evelio Maní, que ejemplifica todo lo hasta aquí dicho. El título de la obrita es "Me han enajenado el bohío" y fue escrita en el quattrocento, que en el Caribe tuvo unas peculiares connotaciones en cuanto a temas (excesivamente autóctonos) y en cuanto a estilo (excesivamente exótico). El "boom" de la literatura latinoamericana, sin embargo, posee una génesis escandinava evidente y prístina. Borges y yo (bonito y vanidosillo título para una próxima aproximación ensayística: "Borges y yo", "Borges and me"—en inglés), Borges y yo, decía, que amábamos tanto lo boreal, caminábamos cogidos de la mano por los arrabales de Malmström entusiasmados con el declive de los termómetros de galio y con el estrépito de los arenques que reventaban la salmuera de las barricas en los muelles. Ya ciego de vista y casi de esperanza, el maestro me cantaba viejas nanas aprendidas de niño en los frescos verdores de jardines bonaerenses de la boca de su ama de cría noruega, la señora Olsen, que fue la inspiradora de Mamá Rhînna, personaje inolvidable de su famosa narración corta o cuento Las nueces intermitentes. Disculpen si divago, pero en estas agonías del invierno la tos me ha convertido el pecho en un estertor viscoso y doliente. Gracias a la musa de la retórica (¿Polimnia?), que quizás lo sea también, a su pesar,  de la demagogia, voy desbrozando estas líneas que intentan llevar la paz y el olvido (es lo mismo) a todos los hogares de España. O a casi todos. O sólo a algunos. Voy a seguir tosiendo.

22.2.14

310. El caso de la iguana que gustaba de hacer café, pero luego ni se lo tomaba niná


          Hoy quiero escribirle una carta a mi padre, pero mejor voy a limpiar de matojos el huerto, que lo tengo últimamente abandonado. Una vez acabe de limpiar el huerto, iré a arreglar con Dani la rebelión de los esclavos nubios que tantos quebraderos de cabeza le está dando a la abuela. Después quiero ir a desayunar dientes con P.P. Zhivs a su consulta (tiene los mejores dientes de Palermo, me ha invitado muchas veces, pero nunca he ido). No sé si me apetecerá después estudiar Leyes o algo, o licenciarme, o doctorarme, o casarme con alguna de las mujeres de alterne del Kino's, o quizás volverme loco y asestar uno o dos golpes de estado. Tal vez opte por visitar el Museo Podológico Itinerante o pelarme al dos en la barbería de Pinzo. Ya serán para entonces más de las diez, y espero que no llueva, y si llueve, pues mejor, así no tendré que bañar a los niños. A las diez y media (10h.30') he quedado con Mademoiselle Laforgue para ir a una sesión de espiritismo mercantil en el Círculo de Malas Artes. Si se deja, le tocaré la lengua, yo dejaré que toque la mía. Luego nos iremos al Ateneo, a escuchar con sumo interés la conferencia que dará Joaquinito sobre "las diversas maneras de tocar el laúd sin manos". Sabemos que será apasionante. Posteriormente depositaré los restos de Mademoiselle Laforgue en el cementerio laico de las afueras y me iré a tomar el aperitivo con el vicealmirante Montoya. Espero que no me líe y me tenga hasta las tantonas contándome sus masacres de payos por las Islas Galápagos. Quisiera después ir a comer pescados muertos con pan a la Brasserie de Pierre. Me gusta comer solo, si acaso acompañado de una o dos mujeres desnudas y un cuarteto de cámara con los ojos vendados y vestidos como corresponde. Me encantan los postres de Pierre. Hace la mejor compota de espinas que he probado nunca. Entonces me entrará sueño y me iré a casa a descansar. Debo pensar seriamente en casarme con algo. No es bueno que el hombre esté solo, y la casa parece vacía, no sólo porque lo está, sino porque no hay nadie cuando llego. Un día me encontré en un vertedero un enorme reostato termonuclear con todas sus tripas de amianto al aire, y me lo llevé a casa seduciéndole y atrayéndole mediante tiernas lisonjas y pequeños engaños engatusadores. Vivimos juntos dos o tres semanas de pura pasión, pero cuando la rutina de la convivencia hizo su aparición, volví a dejarlo en el vertedero donde lo encontré, propinándole, eso sí, varias patadas, porque, eso también, soy persona mala. Bueno, dormida la siesta, ¿qué hacer con el resto del día? ¡Ahá, ya está! Como es martes puede que vaya a la asamblea semanal de expertos en anclajes, o al sacrificio ritual de las madres sefardíes en el convento de las Hermanas Aguedianas. Si me apresto incluso podría hacer ambas cosas de manera consecutiva, todo va a depender de si Gregory me presta su biciclo dinámico verde agua. Y sí, ya para entonces habrán sonado las siete campanadas en el reloj del ayuntamiento. Iré a casa entonces, me ducharé con alguien que me enjabone la espalda y me pondré mis mejores galas para acudir a mi primer baile como debutante que soy. Será una noche mágica, comeré toda la empanada de pulpo que me quepa, bailaré todos los zortzikos que me apetezca con las esposas de los concejales o con los maridos de las concejalas, beberé todo el mejunje laico que pueda trasegar, y vomitaré en todos y cada uno de los setos y parterres de los jardines de Palacio. No sé cómo, pero llegaré, o me traerán a casa húmedo, ebrio y lloroso, y en el fondo muy compungido por haber dejado pasar otro día, otro día, sin haber escrito esa carta a mi padre que llevo queriendo escribir desde hace tres décadas.

12.2.14

309. La ingle hirsuta de la Papisa Juana


          A Zehna Voloshyn, lo que realmente le da asco es todo aquello relativo a lo gastrointestinal. Su novio, Osmond, regenta una afamada casquería en Foljströ, pequeña localidad al noroeste de Oslo; a Osmond, lo que realmente le asquea es la manera de hablar noruego de los daneses y su pastosidad intelectual al debatir temas de ultratumba. El asco, sépanlo, es lo que nos da carta de naturaleza humana. Sin asco no hay hombre, ni acaso mujer (aunque de esto último hablaré más tarde en otro sin par artículo). A mi vecino, Pepe Lomax, le asquean las producciones pornográficas de bajísimo presupuesto que produce él mismo con sus cuñadas, las siamesas O'Higgins, incluso le asquean más, si cabe, las producciones pornográficas de altísimo presupuesto que produce él mismo con su hermano, el Zar Nicolás. A las O'Higgins les asquea su hermana siamesa respectiva, lo que las hace divergir sus miradas 180 grados, una al Norte, la otra al Sur, dado que están unidas por las plantas de los pies. Las dos se enamoraron en plena guerra del actor Walter O. Mills que si había algo que le daba asco de verdad eran las siamesas y las vendedoras de frutos secos del mercado de Whitelands, al Sur de Londres, y no digo nada si los frutos secos eran avellanas cordobesas. A los cordobeses les asquean los sevillanos, sobre todo los que huelen a incienso, que son la mayoría. También al diputado Lucas Pastrana Valdivieso le daban arcadas cuando iba a Sevilla, pero pasó a la Historia por las grandes bascas que le producían los discursos de Castelar en el Congreso. Castelar, en cambio, mutábase en puro vómito al contemplar, aunque fuera sólo de lejos, a Pi y Margall o a cualquiera de sus familiares en primer grado. En esta malla de ascos cruzados y diversos, caben ascos de todo tipo. A mi primo Hércules le doy asco yo, bueno, en realidad lo que le asquea es mi ausencia total de granos y mi cutis impoluto, sin embargo, él a mí no me da asco, yo lo odio (o le odio, nunca aprenderé cuándo poner le o lo), eso sí, pero por razones ajenas a la propuesta temática que hoy nos ocupa. Un asco que llamó mi atención es el que le producían a Erasmo de Rotterdam los enanos alemanes, lo que provocó cismas locales insignificantes en lo social, pero muy significativos en el aspecto filosófico de sus escritos. Erasmo, que era hermano hermafrodita del navegante Robert Cooper, da fe en su obra De capitatione del asco a los enanos alemanes de manera harto pormenorizada y asaz exhaustiva. A los enanos alemanes, a la sazón poco escrupulosos, sólo le dan asco las cúpulas de Brunelleschi y los acaramelados tonos de Masaccio cuando pintaba damas tiernas de Florencia. De Florencia, curiosamente, era el mercader libanés Ananás Bula, que vivía asqueado de haber nacido en el Tirol. El asco atañe, como vemos, a ricos y a guarnicionistas, a proyeccionistas y a suníes, a metalúrgicos y a agoreros, a troyanos y a catetos de Burriana. La vida es asquerosa en su totalidad para varias sectas cínicas y gnósticas del Próximo Oriente, y también para los pueblos del Lejano Oriente: los coreanos profesan un odio cerval mezclado de un asco bilioso hacia el arte europeo de entreguerras y hacia los pastelillos de bosta malaya. Y los japoneses, para terminar, echan el bofe cuando ojean las aburridísimas revistas de poesía chilenas u hojean las aburridísimas revistas de poesía argentinas. Este recorrido por el asco mundial, por la náusea planetaria no estaría completo sin hacer mención al Asco Supremo, al asco que emana del propio Ente Divino, a la basca cósmica que provocamos en Él y que Él nos provoca. Este asco mutuo recibe eufemísticos y simbólicos epítetos para mejor llevar nuestra estrecha y tumultuosa relación. El amor, la gracia, la solidaridad humana, la caridad, la fe divina, la unción mística, la paz espiritual, el clamor kármico, la fraternidad de los pueblos, todo ello no deja de ser la bondadosa metáfora que cubre con el tul luminoso de la belleza el soberano asco perpetuo que la vida en general y el pudin de nabos tiernos en particular nos provoca a todos los humanos en general y a mi tía abuela Manola en particular.

308. Solecismos un tanto inocuos


          Tengo sobre mi mesa un sobre sobre el que acabo de pegar en su ángulo superior derecho un sello de correos suizo de dos francos en el que se ve un previsible paisaje alpino con su bello y verde valle que se pierde allá a lo lejos en el horizonte montañoso y nevado. Me llama poderosamente la atención, entonces, que desde el lado izquierdo del sello vaya poco a poco apareciendo lo que a todas luces parece un contingente de caballería que se dirige a buen paso, algo más que al trote, hacia el Este. Son unos cien soldados, todos ellos bellamente engalanados, con brillos fugaces de charoles y metales bruñidos. Es norma, o al menos ésa es mi experiencia hasta el momento, que en los sellos de correos, ya sean suizos o de otros lugares del mundo, no se aprecien estos movimientos de tropas. Mi inquietud se acrecienta al comprobar que los soldados saltan el borde dentado de la estampilla y continúan su marcha por la superficie del sobre que contiene la carta que acabo de escribir, tras varios infructuosos intentos, a mi albacea, Jan van Oosg, que vive en Dresde. En el valle queda el surco que han dejado los cascos de los caballos, también en la superficie del sobre se ve la marca algo más imprecisa de la marcha militar. Superado los límites de la carta, ya en la estepa difícilmente mensurable de la mesa de nogal, los diminutos soldaditos a caballo, a cuyo frente y al mando del mismo, un enhiesto teniente, sable en mano, los dirige con irreprochable marcialidad, la columna de soldaditos, decía, se encamina hacia las cuatro bolas arrugadas de papel que hace pocos minutos he arrojado desesperado por no encontrar el estilo o el tono adecuados con los que dirigirme al señor van Oosg. Al final, a la quinta tentativa, la misiva ha salido perfecta, adecuada, directa y equilibrada. Al llegar a los montes de papel, con ardor guerrero y eficacia castrense, los pequeños efectivos militares toman posiciones. Su objetivo se hace evidente: tomar por la fuerza los abruptos riscos de papel, en donde a buen seguro se esconde, proceloso, el enemigo, como no tardo en comprobar desde mi aventajada atalaya en las alturas. De cada surco, de cada pliegue y de cada arruga de papel surgen, vociferantes, decenas de guerreros uniformados a la turca disparando sus arcabuces a diestro y siniestro y esquivando, a su vez, los disparos del regimiento de caballería que, rodilla en tierra, intenta contrarrestar la violenta algarabía que se les viene encima. El combate no dura mucho. Observo que no son decenas, son centenares los turcos que cobijan las oquedades de los siniestros papelotes. Bajan por todos lados y rodean con rapidez a los valerosos soldados, los caballos se dispersan despavoridos por los estampidos de la pólvora, y uno tras otro van cayendo los soldaditos formando un tristísimo cúmulo de cadáveres chiquititos. Los turcos ya celebran la victoria con arcabuzazos al aire y un griterío ensordecedor de gloria. Yo asisto a todo esto con un notable aturdimiento, me hallo atónito. Sé que he tomado partido por la caballería proveniente de la Confederación Helvética, desconozco la verdadera filiación, me extrañaría mucho que la columna de caballería fuera realmente suiza, país eminentemente neutral y cuya única actividad con armas, más decorativa que ofensiva, consiste en ser guardianes, algo atrabiliarios y como de tramoya teatral, de los sucesivos Papas que en el mundo han sido, son y serán. Desconozco de igual manera la procedencia del otro sector enfrentado, me parecen turcos, aunque podrían ser cátaros disfrazados, beduinos o yemeníes, da igual. De cualquier modo me duele la injusta victoria turca. Veo que un grupo de estos últimos arrastra un carro lleno de lo que parecen pequeñas estacas puntiagudas de madera, e intuyo con horror que, si Alá no lo remedia, van a empalar los cadáveres de los soldaditos de caballería y a los pobrecitos que aún no lo son. Pero esto ya no lo puedo ni lo voy a consentir. Así que atrapo un buen puñado de turcos y los arrojo a mi copa de ajenjo, luego repito la operación hasta que sólo quedan unos pocos y la copa de ajenjo rebosa en un magma de turquitos ahogados. Con el plumín de plata voy ensartando por la mesa a los del turbante, que huyen como ratas  por la mesa gritando como huríes a la venta y los arrojo al candente chubesqui que intenta caldear y combatir el frío de mi habitación. Al último par que veo que intentan refugiarse en las estribaciones de mi escribanía los aplasto con la yema del pulgar derecho. Ahora me toca enterrar, no sé dónde a los chicos muertos de la caballería, pero y ¿qué hago con los moribundos? Sé que no debía haberme inmiscuido en los asuntos internos de ambos países, pero también sé que todos los filatélicos están locos.

2.2.14

307. La organillera


          Sangro de miedo desde hace horas. El diablo ha vuelto y se ha arrollado a cada una de mis vísceras, a cada uno de mis órganos. Lo siento caliente y aferrado dentro de mí. Oigo su ríspida risa en mi garganta y noto cómo los pensamientos, mis pensamientos, van mutando y convirtiéndose en viscosas ratas de pellejo translúcido y sanguinolento. Siento el miedo del tiempo que he de permanecer siendo acechado, invadido y ultrajado desde dentro, tiempo que en cada capítulo es más dilatado y cuyo fin ya ni siquiera preveo. Cansado del cansancio, porque el miedo agota y aturde los reflejos del alma. Comienzo a odiar, a esconderme como la hiena en la noche, a repeler los contactos, a vomitar la bilis negra del contagio. Es la epidemia interior que va invadiendo todo lo que me rodea. Es el poder del mal que aprisiona mi esqueleto, que segrega todo un mundo de delirios fantasmales, de temores inauditos, de horrores primigenios. Es la vivencia del fin del bien, la apertura de oquedades abisales en el océano del alma. Sólo quiero no querer, ¿para qué?, de nada sirve el amor, los afectos, la maldita solidaridad que sólo cubre el hedor del miedo al fracaso y el horror al vacío que va instalándose en los sentidos lenta y cautelosamente, hasta que la sequedad de la mirada te mina cualquier atisbo de esperanza en el horizonte. Pervivo en el asfalto grotesco y vociferante, es como vivir en la blasfemia que no cesa, en la quiebra de lo bueno y de lo malo, en la ambivalencia del dolor interior y el lacerante dolor ajeno. El dolor de la vida y el dolor de la muerte. Y la idea de lo inmanente, del misterio de lo insondable, de la miríada de preguntas sin respuestas, todo ello sobrevolando cada uno de mis actos, como acariciando la idea de que existen resortes precisos, principios enzimáticos o eclosiones subatómicas que conduzcan a la justificación de la desdicha, del odio, de mi dolor y de mi inmensa cobardía. Ya no es que no busque a Dios, es que siento que es Dios el que no me busca, ya no es su inexistencia, es la falta absoluta de mi presencia frente a Él. Mientras tanto, el diablo se va adhiriendo cada vez con más fuerza y tesón a lo más hondo de mi cuerpo, exhalando todo el veneno que segrega su poder. Él sí me busca y me encuentra y siente dichoso mi presencia, mientras yo noto, devastado y aterrado, la suya.

26.1.14

306. Venerables venablos


          Acuden a mi memoria como vencejos, como agujas de fresno, como aromas de camomila, los días añejos de mosto y cante, de pirita y brezo, de sudor y fuego en la abierta mina de mi lejana juventud. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Llevo la mina dentro como otros llevan dentro el horno o el acerico. Desde muy niño, desde el útero materno (fuerte vínculo simbólico-metafórico para un futuro barrenero) quise adentrarme en los laberintos multiformes de la Madre-Tierra, para ir socavando el misterio telúrico de su pétrea y magmática profundidad. Quise adentrarme, incriminarme en la penetración a bocajarro de mi cuerpo velludo en la frontera mineral del planeta, como otros introducen la masa en el horno o el alfiler en la pieza de tafetán. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy minero! Mi padre siempre quiso que yo fuera cocinero, sobre todo a raíz de cierta ocasión en que contando tan sólo 2,8 años de edad, elaboré un suculento arroz con habichuelas que aún recuerdan los comensales y que me valió el beneplácito del señor cura, don Balbino, el mismo sacerdote que un día le pidió permiso a mi madre para llevarme de excursión a Riotinto, donde quedé prendado para siempre por la atmósfera minera, por los barrenazos que enturbiaban de ondas brutas el caliginoso aire de la sierra y por el ferrocarril inglés que traía y llevaba el mineral por aquellos parajes inhóspitos, bermejos y bellos. Ya entonces deseché los fogones, y la mina minó mi espíritu como imagino que el horno horneó el corazón del panadero y las agujas enhebraron el alma del sastrecillo. Porque (¡qué lo sepa el mundo entero!) ¡yo..., yo soy autista!

19.1.14

305. Mutilaciones


1.  Los alambres del alma se oxidan de (desde) dentro a (hacia) fuera. Es regla canónica y, por tanto, inútil. Es como el axioma del corazón o como las reglas de oro de la memoria.

2.  Seres luminosos, entes de fuego, radiantes criaturas, todos ellos necesitan otros seres, otros entes u otras criaturas que les otorguen la luminosidad, que aviven su fuego, que activen su capacidad de producir energía radiante.

3.  Sinisio de Pamos existió lo suficiente para otorgarse ciertos títulos nada honoríficos ni honorables, como el de rapsoda inconsútil, botánico inconcluso y demiurgo agorafóbico.

4.  Es preciso diferenciar el entusiasmo que suscita una paloma torcaz despedazada por la aurora intemporal del lago azul de tus ojos y ese otro entusiasmo, que nace al contemplar con arrobo el arado despeñado por la desidia o el furor del campesino airado.

5.  La brevedad de la vida es frase al uso demasiado breve para ser mentira y para ser verdad. La elasticidad del tiempo es lo que hace fluir de verdad la categoría moral de las cosas que nos suceden en ese tiempo de fines deshilachados, que constituye la vida del embustero y la del menor de los falsarios.

6.  Los animales metálicos son tan retraídos... Los otros, los destilados de las dunas y los médanos de la memoria o los creados ex profeso por los científicos artistas son más valientes y dispuestos, más preparados para vicisitudes de orden natural.

7.  En el piélago de angustias vitales en que vive la mayoría de los mortales, los mandamientos, divinos o judiciales, serían algo más llevaderos si esa humanidad no hiciera oídos sordos a los discursos de los políticos, al trinar de las cornejas y al crujir de las enaguas ensangrentadas, pero esto es de muy difícil consecución, ya sabemos que los humanos son torcidos, renuentes y de indolente devenir.

8.  Leamos, diversifiquemos nuestros pobres conocimientos. Vivamos, reduzcamos el agraz de nuestros pámpanos ignotos. Procreemos, envanezcámonos con los logros de nuestros rubitos vástagos.

9.  - Las agencias crediticias corsas, los ingenios azucareros de Arequipa, los museos coloniales de Tahití y las casas de lenocinio israelíes son los únicos puntos de anclaje a los que podemos lanzar nuestras maromas de salvación y sobrevivir a este estado de cosas, ¿no es así, don José?
- Sí, Danielillo, asinés.

10.  Hoy he abrochado cuatro de los seis botones de mi camisa bordolesa. Para ello me he ayudado de los dedos de mis dos manos, también he utilizado mis ojos para precisar el lugar del botón y el ojal y precisar también el lugar en que estaban y el lugar al que se dirigían mis dedos. He tenido mucho éxito. Estoy contento.

11.  Tus ojos me aplauden cuando me miras. Mis ojos te aplauden cuando te miro.