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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



16.3.16

379. Estampas lacustres


          Sonó el gong como si fuera un páncreas enfermo. Era la hora. Desatornillé el bastidor, me soné en el bordado lienzo y enfrenté la testuz del carcelero, que abrió la celda con la parsimonia paquidérmica del carcelero viejo. Me ató las manos y los pies con soga fina y me rapó el cogote con una navaja nueva. Me acercó un puro habano que rechacé y un higo seco que comí entero con delectación golosa. El sacerdote, el reverendo Padre Dalmacio, esperaba en el umbral para acompañarme con latinajos y aroma a colonia canalla. A pasitos cortos y entre dos guardias morenos recorrí los pasillos húmedos y correosos hasta el portalón de acceso al patio. Allí me esperaba, vestida de novia como el día de nuestra boda, mi joven esposa para acompañarme hasta donde se erigía el túmulo del garrote. Lloraba quedamente. A mitad del caminó vi a mi padre sujetando a la abuela, que gritaba y profería maldiciones e insultos al Rey y a la Reina. Al pie del cadalso estaban el alguacil, el alcaide, el coronel y el notario. Con el regusto del higo seco en la boca me acorde de cuando era niño y robaba con mis compinches de pandilla nísperos y peras de San Juan en el hontanar de Lucio, y cómo cazábamos oscuros y gordos sapos en la hondonada de la fuente seca. En el segundo escalón me oriné, dejando una mancha en forma de forçado portugués en mi pantalón de sarga gris. Un reguero amarillento goteaba del maderamen. En el noveno de los once escalones, me cagué, como era a todas luces predecible. El Padre Dalmacio se retrajo en su labor de acompañamiento, mi joven esposa, que quedó desconsolada al pie de la escalera, se dio media vuelta como escondiendo su angustia, y el grupo de funcionarios aprovecharon el vahído de mi abuela para salir raudos a socorrerla. Los dos guardias se alejaron de mi cuerpo lo que sus brazos podían extenderse sin dejar de aprisionar los míos. El verdugo que me esperaba, hombre enjuto, macilento y con aspecto de nigromante bosnio, me miró con una mueca de asco insondable. Agarrando mis sienes con una mano enorme me hizo sentar en el recto taburete adosado al palo, y mientras me disponía los correajes de sujeción, vomité con plenitud, no sólo el higo seco, sino todo lo que mi sistema digestivo contenía en su parte superior desde hacía algún tiempo. Entre arcadas, el Padre Dalmacio aligeró un responso apresurado y bajó con excesiva presteza la escala de madera, no sin antes de llegar al suelo resbalar, pegar una sonora culada y ponerse perdida la sotana con el tibio producto de mi micción. El verdugo, que se llamaba, Amancio, se las tuvo que entender con las correas que sujetaban mi cuello y la parte superior del tórax, ambos anegados de grumos avinagrados de vómito, y con los grilletes metálicos que inmovilizaban mis tobillos, lugares por los que desembocaban de las perneras los dos ríos de blandas y humeantes heces. Ya con todo dispuesto, Amancio, sudando y poniendo en duda la honestidad de mi madre y demás miembros femeninos de mi familia, y sugiriendo la feliz posibilidad para él de que acabara yo en lo más profundo del infierno, con todo dispuesto, pues, Amancio ajusto el mortal perno a mi bulbo raquídeo, miró al coronel, y en el momento en que el coronel asentía con la cabeza, dando su aquiescencia para que el verdugo cumpliera con su misión, sonó el trompetín del heraldo real que, a lomos de un veloz alazán, hacía su entrada a través de las puertas de la prisión, trayendo en una especie de aljaba no sólo el indulto del Rey y la Reina, también la constatación testificada de mi inocencia. Quedaba libre y exonerado de culpa. Mi abuela, mi padre, mi joven esposa, el carcelero, los dos guardias, el alguacil, el alcaide, el notario, el Padre Dalmacio, todos menos Amancio, el verdugo, expresaban una profunda alegría en sus rostros, aunque ninguno se acercó para abrazarme, para estrecharme entre sus brazos, algo que necesitaba con intensidad ahora que había salido literalmente de las garras de la muerte.

12.3.16

378. IBEX 35: PECTLH


          ¿En qué drama de Strindberg sale un rinoceronte? ¿La Cantante Calva de Ionesco era en realidad una cortesana rusa exiliada en Zurich, de nombre Zhenya Mijáilova? ¿Qué relación había sospechado el rumano Tristan Tzara entre Ludmila Poliakova y el novelista Guillaume Apollinaire? Chaplin, Picasso y Pacabia coincidieron en Saint-Tropez en 1931. Aun siendo verdad esto último, seguimos sin saber en qué obra de Ibsen sale un cocodrilo. Boris Vian tiene en su haber la autoría de una novela dedicada a los lobos y otra a la música de jazz. La Najda de Breton ¿hizo o no hizo el amor con Breton? Thomas E. Louis era el típico americano en París en 1937. Gertrud Stein lo convirtió en su amante asiduo. Stein era lesbiana feroz, luego esto no se comprende. Un elefante blanco sale en una obra de teatro, pero no de la época a la que nos estamos refiriendo, sino a la época de la comedia pre-renacentista. Man Ray fotografiaba violines como espaldas de mujer o espaldas de mujer como violines. Hay material gráfico en el que De Chirico flirteaba con Domicheli en presencia de varios futuristas. Beckett, el aburridísimo Beckett, el irlandés anguloso y amargo, quiso parecerse a Joyce y sólo consiguió parecerse, eso sí, a otro dublinés, del que ahora no recuerdo el nombre. Tamara de Lempicka sí que entendió el juego de coloritos de su paleta y las formas primarias de la geometría de Braque. Las bailarinas del Bolshoi diezmaban su número en cada viaje a París. Orson Welles decía que no había cópula más sublime que la realizada con una bailarina clásica, juventud elástica de carne firme y envolvente, rítmica conjunción de vibración metronómica y pasional. Animales en funciones de tarde y noche, elefantes, cocodrilos, rinocerontes, exhaustos pero emocionados con los aplausos (a veces desmedidos). Berlín oscuro, Zurich a la espera ¿de qué?, Viena marchita, París viviendo en un jamás para siempre, Londres entre cloacas, entre estiércoles a medida. El resto no cuenta. Dresde observa en sus bares a gente sañuda que escribe. Los periódicos los lee la clase obrera. Marx, ya viejo, empieza a comprender el sabor a boniato de la plebe. Dalí delinea futuras galas entre lametones a cualquier régimen. Destrozando bicicletas, Duchamp empeora las cosas, o no. ¡Qué frío de guerra! Los cines se aturden atestados y los teatros son zoológicos inhóspitos. La chicas del folies, con su llanto, acaban con la moda del sombrero de copa. Los cuadros se manejan como moneda de cambio en las verdulerías de la orilla izquierda. Y los libros se comienzan a robar en grandes cantidades. Ya la gente no va a misa, del cabaret van a la guerra y de la guerra al bazar, donde Lubitsch, allá tan lejos, hace del agua de colonia una forma de vida. Los hombres duros se suicidan y ya no bailan. Y las flappers comienzan a tener hijos y a hablar pestes de la bohemia. Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, esos grandes financieros, abren sucursales en cada esquina. Y los negros con sus saxos conquistando la línea Maginot. Quizás no fuera de Strindberg la obra en la que sale un rinoceronte.

9.3.16

377. El lastre


          Quisiera disculparme. Algo dentro de mí me obliga a hacerme perdonar por casi todas las entradas de este invisible blog. Pero ocurre que si me disculpo, me traiciono. Verán ustedes: Las primeras entradas cumplían a rajatabla la premisa fundacional, que no era otra que dar paso a un tipo de literatura automática, a una escritura sin tamizar, la más libre posible, sin trabas ni complejos, que surgiera directa, veloz y sin prejuicios. Y así fue al comienzo. Pero a medida que pasaron los meses (los años ya, quién lo diría) empezaron a acudir ideas que esperaban su turno, pensamientos más elaborados que progresivamente se hacían más enjundiosos; igualmente, aparecía un humor más trabajado, a veces, incluso glosaba acontecimientos reales, describía sujetos de mi entorno, hasta había incursiones en la poesía (desechando la lírica esquizoide de los comienzos). Es por todo ello por lo que debo una disculpa (a mí mismo, claro está, porque lectores tengo uno, quizá dos, no más, y creo que les importa muy poco mi ética bloguera). Pero yo me entiendo. Me hago perdonar escribiendo en otro estilo y en otros ámbitos y "para otro público". Porque para escribir, aunque no te lea ni Dios (que está para y en otras cosas) uno debe actuar como si fuera un escritor consumado, amando y respetando a tus hipotéticos lectores, odiando a tus críticos, discutiendo con tu agente y con los editores (aún más hipotéticos) y acudiendo en tu imaginación a las librerías a ver dónde se le ha ocurrido al distribuidor o al librero colocar la pila de volúmenes de tu última obra maestra. El resumen está claro: de traición en traición, gracias a este blog he evolucionado (o he involucionado) tanto literaria como humanamente, lo que no es ni bueno ni malo. Las revistas literarias no se han dado por enteradas y mi club de fans enmudece como siempre. Además, como he dicho, he diversificado en las redes mis otras aficiones: he creado un sardónico obituario que me traerá muy malas consecuencias cuando los tontos detenten el poder y se pongan a fusilar a diestro y a siniestro (bueno, solo a diestro) (¿Veis? Un chiste fácil que jamás hubiera salido de mi pluma hace unos pocos años. Me estoy haciendo viejo muy rápidamente). Con un programita informático infantil hago maravillosos cuadros de abstracción pura o expresionismo radical. Y para traca final, elaboro enjundiosos artículos de opinión de contenido social sobre temas de candente actualidad (another common place / outre place commun). En fin que tras este proceso de aburguesamiento literario ya estoy hecho un hombrecito y cada vez me cuesta más encontrar a aquel sujeto extraño que podía escribir cosas como: 

          "Arturita, hija, dispón el pomo de la puerta a 32º latitud norte y 68º longitud oeste. Para tal menester, Arturita, coge el astrolabio como yo te enseñé, con las nalgas enguantadas, así".

          "¡Ay!, pobre Rubén, que se quemó las manitas con el agua de cocer nabos un Martes Santo de Carnaval".

          "La Puri me enseña cuando puede lo que puede y yo miro lo que la Puri me enseña cuando puede enseñarme lo que ella puede".

          "La arquivolta de la entrada al claustro, diseñada con torpeza y crueldad inauditas, hacía que los monjes, cuya estatura fuese superior a 147 centímetros (4,8 pies), se golpearan la testa encapuchada muy numerosas veces a la entrada y a la salida (del claustro)".

          "La pila no la inventó Volta, la inventó su madre en un rapto de furor histeriforme en el laboratorio de su hijo. Se llamaba Pilar y era de Tarazona".

          "La palabra buque es una de las más tontas de las que empiezan por b". 

          "Tras comer en un chino, la Srta. Tillson y su novio, el Srto. Simeón, se fueron a comer a un italiano de Benton Street".

          "La muerte no es negra como dicen, es amarilla como el batir de las alas de los ángeles de la lepra, o como el fulgor en la mirada de los diablos que provocan el mal de Venturi".

          "Los sordos son más en zonas rurales, pero sufren menos que los sordos urbanitas, que son menos, pero sufren más".

          "Las orquídeas huelen mal, o al menos eso dicen las anémonas de Río".

          ¿Me comprenden?


8.3.16

376. Carencias y sobranzas


          Los comunistas, que en realidad sólo hemos sido tres, mis dos primos de Dakota del Sur, Elmer y Silas, y yo, Eduardito, somos un grupo humano denso, compacto, uniforme. Nuestras ideas son bloques de corindón, sin fisuras. Los comunistas tienen/tenemos tres ideas. La primera idea se le ocurrió a Elmer, mi primo de Dakota del Norte, ya saben, el hermano de Bob, y consiste en que todos los obreros del mundo utilizaran el mismo idioma. Esto crearía mucha cohesión, pues la comunicación entre, por ejemplo, un talabartero de Mozambique y un verdulero de la provincia de Ontario sería más que fluida y fortalecedora de los lazos de unión inherentes a la clase obrera pancontinental. Y así se llevó a efecto. El bable es por ello el idioma utilizado por todos los trabajadores del mundo, por su sintaxis primaria y abigarrada prosodia, por no hablar de su rico vocabulario y suave sonoridad consonántica.

          El comunismo es muy bonito.

          Mi otro primo, Silas, el del Carolina del Norte, ya saben, el hermano de Virgil, fue el que intuyó y desarrolló el que sería el segundo pilar y fundamental basamento del pensamiento revolucionario comunista, presentado en sociedad en Kiev, en el transcurso de las sesiones preparatorias para la Tercera Internacional Socialista de 1946. Su idea era que nunca sería suficiente el número de millones de muertos hasta conseguir el número óptimo de miembros del partido que él consideraba como cifra perfecta para la consecución de los objetivos políticos, económicos y sociales del ideario marxista-comunista, es decir, tres. A ello ha dedicado su vida y por ello lo veneramos y otorgamos el honor de representar el paradigma para nuestros hijos y los hijos de nuestras hijas.

          El comunismo es que es muy bonito.

          La tercera idea es mía. Mi nombre es Eduardito. Soy el primo de Elmer y de Silas, mis primos de Nebraska. Soy ruso y provengo de una familia de rancio abolengo. Los otros tipos de abolengo, los no rancios, siempre los hemos rechazado en Rusia y los hemos depositado en contenedores ad hoc y arrumbado en la orilla derecha del Volga. Mi apellido es Secreto (aten cabos). Soy el orgulloso instigador, creador e implementador de esa tercera idea sustentadora del ideario comunista que nos nutre y vivifica y que ha servido de lanzadera para que todas las masas obreras del planeta nos sigan enfervorecidas, afiebradas, hechizadas por la esperanza en un mundo hermanado por la fuerza productiva y liberada del yugo del sistema alienante capitalista. Soy, ya lo saben todos ustedes, el autor del Libro Blanco, el libro que superó al poco tiempo de ser editado las cifras, tanto de ventas, como de número de ediciones, como de número de lectores a la mismísima Biblia, al Corán y al Talmud, al Quijote y al Principito. Como saben, es un libro de 365 páginas, todas en blanco, no mancilladas ni por una sola letra; libro de obligada lectura (una página cada día del año) por todos y cada uno de los trabajadores del mundo; un vuelco diario de la masa trabajadora en la nada absoluta; un baño multitudinario en un Jordán de vacío y de acogedora blancura; un continuo atravesar una nube clara sin horizonte ni fin. Sumido el obrero en tan preclara lectura, divaga con dulzura en la metáfora inefable de la vida, en el sopor de un ámbito magmático-uterino, sin dolor, sin infecciones disidentes ni rubores de conciencia. Por todo ello, mis primos y yo nos sentimos muy orgullosos de haber creado al Hombre Nuevo, al hombre comunista de hoy, un hombre que, rodeado de millones de muertos a su alrededor, habla en bable con sus émulos, con sus camaradas de todo el mundo, mientras en sus horas libres lee páginas y más páginas de un libro en blanco, en el que se expresa todo lo que puede saber y todo lo que debe esperar: un futuro de paz, sosiego, miseria y muerte. Tengo otros dos primos, uno de llama Pedro y está enfermo de ira, y el otro de llama Pablo y está enfermo de odio. Son enfermos terminales y van a morir pronto.

          El comunismo es bonito, pero bonito de verdad.

7.3.16

375. Los nuevos hipolipemiantes


          Los lunes no debería escribir. Tampoco asesinar. Los lunes no debería intentar ninguna humorada, el humor es más para los martes. Los miércoles incitan a una escritura amable, liviana, muy del gusto de las amas de casa. Los jueves son para la literatura seria (si es que tal cosa existe), sobre todo para los ensayos o los tratados de apicultura. El viernes es un día anómalo para la creación, no debería constituir parte de la semana (vocablo éste que significa seis), por ello es un día para la literatura de raíz surrealista, para la vanguardia en general y la literatura automática en particular. Los sábados son para las obras maestras, para las cimas literarias, para que los premios Nóbeles, los Goncourts, o los Pulitzers se esmeren y plasmen sus luminosas ideas sobre la pantalla o el papel (o como Bertrand Lavilliers, novelista decimonónico francés, que escribió sus mejores obras sobre la espalda de Eudora Neville, su amante borgoñona). Por último, los domingos son para la literatura de ínfima calidad, la que consumen y les gusta tanto a todos ustedes, la que copa con sus portadas de bellos coloritos los escaparates de las más exitosas librerías de su ciudad. 
          Pero hoy resulta que es lunes, así que lo que salga del estrujamiento de las partes creativas de mi envejecido cerebro será una absoluta mierda. Esta palabra, por cierto, es un vocablo que jamás utilizo, me parece una de las palabras más feas del idioma. Intento no utilizarla nunca. Todo lo referente a la excreción de los detritos corporales me produce rechazo absoluto. Además, como soy básicamente un cursi, lo tengo mucho peor, porque los cursis nos movemos en un mundo irreal sin emuntorios, esfínteres, secreciones, purulencias, flemas, ventosidades, eructos, ni cosas que se les parezcan ni remotamente. Fantasía que choca de pleno con la repugnante realidad. Por eso los ángeles son cursis, por eso los cursis somos ángeles. Los querubines no hacen nunca nada asqueroso, eso es cosa de demonios. Un demonio es la cosa menos cursi que existe. Satán lo será todo, pero nunca será cursi. La mayoría de los santos, sí que lo son, sobre toso San Lucilio Mártir. Las mujeres, aunque no lo parezca, tampoco son cursis, porque la mayoría son demonios. Esto no constituye ningún exabrupto machista, ni mucho menos. Lo satánico e infernal entroniza de manera más fluida en el alma femenina que en la del hombre, y no voy a dar más explicaciones sobre esto por cuestiones de espacio y tiempo, y porque todos los hombres sabemos que tan solo podemos llegar, como mucho, a ser perversos, y porque todas las mujeres saben que cuando quieran pueden negociar con el averno y sus inquilinos con sólo abrir la ventana y elevar una sonrisa envenenada a la luna.

          Conclusiones de este memorándum:

1. Los lunes no están hechos para escribir.
2. La inmensa mayoría de ustedes sólo leen basura.
3. Nunca digo "mierda".
4. Soy cursi como también lo son los ángeles y los santos.
5. El demonio no es cursi, como tampoco lo son las mujeres.
6. Hoy, como queda constatado, es lunes.

374. Mantengamos la calma


          De los nombres de las cosas se derivan las diversas ecuaciones que diseñan las estelas de los barcos. Los trirremes que surcaban el Mediterráneo, las canoas del Orinoco, los bajeles del Tigris, los champanes del Mekong, sus estelas derivaban hasta esta misma noche de complicados silogismos matemáticos. Pero el último equinoccio ha deshecho el álgebra de los cálculos estelares de la náutica clásica para siempre. Los navegantes, azorados, se hunden en rimeros de astrolabios y sextantes, sonreídos en la noche por constelaciones giradas, cambiantes, objetos de un tiovivo sideral, que aturde embarcaciones y mareas, que disgrega cardúmenes de medusas y calamares, que asola playas e islas desconocidas y remotas.
          De los nombres de las cosas también derivan los errores de las plantas, los desplantes animales, la vulgar animalidad del hombre, la humanidad de las rocas, la solidez y dureza de ciertas auroras, las felices amanecidas de los guerreros que no han muerto en la batalla, la belicosidad de tu mirada cuando el placer no alcanzado se derrama en la mentira, la falsedad de la Historia cuando se narra en los espejos convexos del odio, la convexidad de la verdad desnuda cuando deviene en espanto.
          De los nombres de las cosas también derivan ocasos primaverales, que destrozan cartografías celestes, lúgubres oquedades en el alma de los niños que no saben pronunciar la palabra soledad, alegrías infundadas en los cuarteles y en las iglesias, sosiegos monacales en la casa de los hombres muy ricos y muy tristes, los olores nauseabundos en las cloacas del pensamiento único y compartido, el batir de las armas en el nuevo renacimiento de la fe múltiple y hostil, la enfermedad terminal del planeta que no termina, la asunción como epifanía de la muerte de Dios que, al final, murió asesinado por nuestras propias manos.
          De los nombres de las cosas también deriva la negación de las potencias y poderes del hombre, la entronización de la idolatría en las células germinales del ser humano, la abolición de la música en lo inhóspito de la cárcel del alma, la belleza perpetrada y culpable que aniquila la pureza verdadera de lo simple, la estupidez de hierro de los próceres de goma, de los líderes acneicos, de los sátrapas de salón.
          ¿Y de mi nombre? ¿Qué surge de mi nombre? De los nombres de los hombres, ¿qué surge? Sé que de mi nombre surgen efluvios de jirafas que miran con descortesía a los detectives de la sabana, bandadas de cuchillos volantes que hieren columnas de humo fabril, miriadas de seminaristas esperanzados bajando por colinas de electrodomésticos varados. También surgen de mi nombre elementos innombrables que determinan conceptos sediciosos, conductas traidoras, modos maléficos, posturas que incitan a lo obsceno del pensamiento, e ideas que hacen quebrar el cristal interno y primordial de la vida de los gatos.
          De los nombres de las cosas se deriva la muerte de las cosas que nunca mueren.

6.3.16

373. Truman Capote de grana y oro


          Norman, que es nombre de asesino en serie, fue un asesino en serie, de apellido Mitman, nacido en el estado de Delaware que, una vez capturado, fue condenado a la silla eléctrica por haber dado muerte a ciento treinta y seis personas de color. Norman era también de color, algo que creyó le haría parecer como no sospechoso, pues jamás un negro había matado de manera sistemática y seriada a personal de su misma raza, y menos aún en número tan abultado. Mató a un negro cada 71 horas. Si hacen la cuenta, sabrán que Norman estuvo matando ininterrumpidamente 402 días sin que lo trincara la bofia. Al que hizo 403, mientras se tomaba una chikenburguer en el bar de Molloy, en la confluencia de la interestatal 4 con la circunvalación norte de la autopista 40, a la altura de Beerstown, junto al motel Blenda's, en espera de que acabara el turno de cocina Julius Pits, el cocinero negro, para matarlo con un martillo Truckmann A-808, y estando a su lado Ted Postman de paisano, a la sazón sheriff del condado de Brunswick, y también a la sazón Miembro Honorario de la facción Hard Blood del Ku-Klux-Klan, conferencia este, y al observar Ted que Julius salía por la puerta y que Norman también salía inmediatamente tras él, para lo cual levantó su pesado martillo que llevaba envuelto en un estuche de stick de hockey sobre hierba, y golpear accidentalmente el testículo derecho del sheriff, que intentaba alcanzar en ese momento el bote de salsa de arándanos Killman®, la tragedia inherente a la muerte programada de la víctima 137 viró radicalmente a otra tragedia parecida, pero con protagonistas y víctima diferente. La mano derecha de Ted agarró la capucha del anorak de Norman, que giró violentamente golpeando con la funda del stick la base del silloncito giratorio donde había desayunado en espera del cambio de turno de Julius. Antes de que el sheriff abriera la boca y pidiera explicaciones al que le había golpeado sus genitales, la funda de Norman se abrió y cayó al suelo el martillo Truckmann A-808, aún manchado de la sangre quizás de la o las anteriores víctimas. Hubo un momento de parálisis témporo-espacial en el que todas las miradas quedaron focalizadas en la herramienta. Cuando Norman alzó la mirada ya tenía a 1,5 cms. de su boca el cañón de la Sig-Sauer P-226 de Ted. Lo demás ya es historia.

          Las conclusiones de este cuento moral son las siguientes:

1. Norman es nombre de asesino en serie, como ya quedó expresado al principio.
2. Delaware es uno de los estados de Estados Unidos.
3. En el bar de Molloy sirven chikenburguers.
4. Julius es nombre de negro.
5. Ted es nombre de sheriff.

          Quiero agradecer a la Real Academia de Estudios Jurídicos de Washington D.F., a la Fundación Charles Manson para la Rehabilitación de Asesinos en Serie, a la Logia Republicana de Vermont Locus-2, a La Biblioteca Shultze-Rotschild, a la Congregación Protoanabaptista de la Cienciología de Hollywood, a la Secretaría de Estado para Asuntos Diversos por su colaboración, asesoramiento e impulso intelectual, sin cuya participación y sabios consejos no hubiera sido posible el desarrollo y culminación de este artículo.

372. Romance del aguador y la molinera


          Si yo me preguntase por la disposición de mi sistema de pensamiento, ahora mismo, no sabría qué responder. Si me lo preguntase cualquier otra persona, tampoco sabría. Pero si me lo preguntase el Sumo Hacedor, sí le respondería, porque sí sabría la respuesta. Siempre es función del emisor el diseño de la respuesta, por esta razón, siendo Dios el emisor, no cabe más que una respuesta concreta, sabia y veraz, dado que Él no podría, en su función de divino emisor, diseñar algo cuya consecuencia directa no estuviera a la altura de su diseño (o designio). Pero Dios, ¿pregunta alguna vez? ¿Ha sentido alguno de nosotros la pregunta de Dios? He ahí el problema, si es que es tal. Dios no pregunta, es otra de sus prerrogativas, aunque el beneficio que obtiene de su negación (o negativa) a preguntar se nos hace, una vez más incomprensible. Pregunto a mi Dios cada vez menos, no sé si por acostumbramiento a su falta de respuestas o al incremento en la madurez de mi pensamiento, que cada vez necesita menos cuestionarse el mundo y más explorar atónito los senderos del alma. Ya no busco respuestas a las preguntas que me hice (que le hice), ya no me importan, nada me beneficiarían, fueran de una naturaleza o de la contraria.
          Por tanto, vivo sin preguntarme, sin la curiosidad intelectual de saber lo que no me corresponde saber, con el agnosticismo confortable de saber que no saber es saber. Me permito ese confort una vez haber llorado sangre de angustia dura, muy dura en noches de invierno, de corrosivo vértigo auscultando el alba en busca de una respuesta a preguntas imposibles. Seguimos humanizando a Dios y suponiendo humanos sus tropismos, queriendo comunicarnos en una especie de esperanto teológico en el que nivelar alturas, hasta ese extremo llega nuestra gigantesca soberbia. Corfomémonos con delinear derivados dialectos de ese idioma divino muy poco o nada comunicativo, engañémonos con series de sagas mitológicas, con vocablos evocadores de estructuras supraterrenales, hagamos cualquier cosa por superar el pasmo de la incomunicación, no hagamos tampoco de cada suceso un acto teleológico encaminado al definitivo desarrollo de un lenguaje con el Creador. No es prudente devastarnos con la búsqueda de un diálogo divino, cuando hemos construido día a día el gran muro de la duda de su misma existencia. 
          Vivir con Dios, pero sin Él. No hay misterio dentro del misterio. La rosa seguirá siendo la rosa, aunque la rosa se pregunte por qué es ella la rosa. No hay preguntas fuera de la mente humana. No concedo el valor a la pregunta porque no concedo valor a la respuesta. La rosa no adquiriría un grado superior de perfección si adornara su belleza natural con un halo de preguntas sin respuestas. La perfección a la que el hombre quiere encumbrarse a través de esa curiosidad cósmica que le caracteriza, no es difícil observarla desde el otro lado del espejo, donde una realidad azogada y contraria lo dejaría inmerso en un lodo involutivo y cada vez más alejado de la Verdad que busca. Podemos vivir sin Él, pero su presente ausencia o su presencia ausente debería ser indiferente, porque para todo lo demás lo es.

5.3.16

371. La lujuria


          Érase una mariposa andina que volaba por una hermosa floresta, cuando una mosca tigre, perversa de corazón y de pensamientos oblicuos (porque así es su naturaleza, como la del escorpión de la copla) la sedujo con malas artes (no existen artes buenas, es un bulo que sólo beneficia a los papas y a los gitanos) y la llevó a la pequeña oquedad del chusque donde habitaba (el chusque es una hierba recia como un arbusto que es característica del bosque andino de la altiplanicie). Una vez allí, la mosca tigre le contó a la mariposilla un cuento, que es el que sigue: Érase una peruana chiquita que vendía bombines en el mercado de Tarapoto. Un día conoció a un bengalí alto como una espingarda y rico como el sátrapa Juan. Se enamoraron al instante y marcharon juntos a la India, para que la peruanita conociera a su mamá política y a sus cuñadas y demás miembros de la familia del bengalí. Nada más llegar, la vendedora de bombines fue atacada por un búrgaro, serpiente cuyo veneno es dieciséis veces más potente que el de la cobra real. Ésta, a la sazón, es dieciséis veces más hermosa que el búrgaro, que se parece mucho al excremento del manatí adulto. La chica, claro está, murió a los dieciséis segundos y fue incinerada siguiendo el rito banashi, mucho más vistoso (también más caro) que el rito angathana, más parco y modesto. El pobre bengalí quedó desconsolado. Su prima Veena, que lo quería apasionadamente lo consoló a base de ungüentos, infusiones sosegadoras y mucho sexo tántrico, hasta que en el placer del sublime consuelo, la prima le narró el siguiente cuento: Diez miembros de la Gestapo, escogidos entre la élite de la organización, fueron enviados en octubre de 1943 a Pontevedra, al noroeste de la península Ibérica, por equivocación. Una vez allí, desplegaron sus actividades en busca de mensajes cifrados provenientes del enemigo por rías, riscos, bosques y pazos. Sólo hallaron unos restos celtas y algunos fósiles de trilobites poco evolucionados. De los diez espías, dos murieron de un hartazgo de ostras y los otros ocho, también. El triste bengalí, ya algo más reconfortado y repuesto tras el consuelo de su prima, regresó al Perú para hacerse cargo del negocio de bombines de su esposa muerta en Tarapoto (ella no murió en Taratopo, murio en Navadwip a 125 km. de Calcuta, en Taratopo es donde vendía los bombines), negocio que el hindú traspasó por dieciséis mil soles (110.435 rupias indias) a un holding sombrerero del Cono Sur. La mosca tigre, tras finalizar su cuento, devoró a la mariposa con calma y delectación, para posteriormente ir a descansar al puerto, donde encontró una hermosa manta de viaje, en uno de cuyos pliegues durmió un número indeterminado de horas. Cuando despertó, observó el camarote y a un triste y alto caballero que sentado en el camastro miraba sin ver el suelo, con esa mirada ausente del desposeído. Ya en la India, la mosca tigre adaptó con prontitud las costumbres de su nuevo país y fue todo lo feliz que se puede ser en el corto tiempo de vida del que dispone la mosca tigre.

          P.D El caballero hindú se llamaba Naisha Tagore y era nieto del insigne poeta y Premio Nobel bengalí.

4.3.16

370. Díseselo a la Vane


          Hoy, queridos niños, vamos a hablar de la muerte. ¿Qué es la muerte? Pues la muerte es la liberación del alma, que abandona el cuerpo corruptible y se eleva al nimbo de las almas, donde esperan a ser juzgadas por el Todopoderoso, para que disfruten de su presencia eternamente en el cielo, si han sido buenas, o se vayan directamente y con premura a tomar por el culo al infierno para siempre, si han sido malas. Estadísticamente, queridos niños, hay un 25% de personas malas, un 25% de personal buenas y un 50% de personas que no son ni buenas ni malas, y que son las que al morir, sus almas van a un lugar inespecífico, llamado purgatorio, y que los sucesivos concilios no se han puesto todavía de acuerdo en qué carajo es y cuál es su verdadera naturaleza. Así que hoy vamos a ejemplificar esta charla haciendo que suban al estrado un niño malo, que serás tú, Matías; un niño bueno, que serás tú, Ventura; y un niño ni malo ni bueno, que serás tú, Luis María. Comenzaremos por el último, por ti, Luisma. (Pero antes, un inciso. Toda la información que poseo la he obtenido en el confesionario, por lo que básicamente, como veréis y oiréis, me voy a ciscar de pleno en el secreto de confesión). Pues bien, Luis María es un pobre pecador, como casi todos, pero peca poco y mal, casi no peca, pero peca, aunque de manera poco convincente. Si roba, lo hace en el chino de la esquina, y sólo roba objetos defectuosos o inservibles. Se roza en el autobús con las mujeres más feas; se toca muy poco y sólo hojeando las revistas de economía agrícola de su padre; pega a su hermano pequeño, pero inmediatamente le mete cinco euros el su alcancía porcina. En fin, como veis, Luis María no es malo ni bueno, es un auténtico soplapollas casi a tiempo completo, y por eso irá al purgatorio unos cuantos miles de años cuando le llegue el momento. Te puedes sentar, Luisma. Ventura es otro cantar. Es bueno hasta durmiendo. Cuando se confiesa, hablamos de toros, de cosmogonía, de obstetricia maya o de la síntesis de los nuevos esteroides, porque no tiene un solo pecado que contarme y nunca lo ha tenido y, por tanto, nada tiene de lo que arrepentirse. Ama a todos y a todo; ayuda y colabora con todos y con todo; nunca se ha tocado la pinroleta y tan solo ha mirado a los ojos a su madre, a ninguna otra señora o señorita más; quiere ser misionero en Siria para convertir a los moritos del Estado Islámico. Ventura ira directo tras su muerte (que será tristemente pronta) a la diestra del Sumo hacedor. Ventura es, como todos sabéis, un verdadero capullo irredento, un moña colosal. ¡Ale!, vete al pupitre, Venturita. Y vamos ahora con Matías. Con tan corta edad Matía ya ha matado. Tenía cinco añitos cuando le cortó las orejitas y los deditos a su hermanito Aitor en la cuna. Una cruel travesura pero de consecuencias deletéreas. De la impresión su mamá quedó parapléjica y posteriormente su papá se arrojó a las vías del tren. Matías disfrutó en el entierro paterno metiendo petardos gordos en los nichos cercanos. Además Matías es un pajoliento visceral, prácticamente vive en un status orgasmicum; ya contabiliza tres violaciones en grado de tentativa, y se lo hace con cualquier animal muerto, la última vez con una merluza de pincho que sacó del congelador de la cocina de su última casa de acogida. Ya os ha pegado a todos, ya os ha untado mocos en la frente y ya va él barruntando su próximo futuro como asesino en serie o genocida. Es por ello que cuando muera, ojalá sea pronto, y Dios lo vea aparecer, lo echará a hostia limpia a lo más hondo del infierno. Así es. Ya te puedes sentar, cabrón asqueroso. Por tanto, queridos niños, la muerte nos abre a todos una puerta a la miseria, a la gloria o a la incertidumbre, algo muy similar a lo que sucede en la vida que, igualmente, nos ofrece senderos hacia la gloria, hacia la miseria o hacia la incertidumbre. La vida y la muerte por tanto, queridos, es en esencia la misma cosa. Y como ya ha sonado la campana, podéis salir ordenadamente al patio, para que disfrutéis del recreo. No acercaos a la verja, que parece que hay alarma de zombis en la comarca. Mañana hablaremos de la metempsicosis y de la inmortalidad.

3.3.16

369. A tutiplén


Los poetas verdaderos combustionarán espontáneamente. Sólo los verdaderos poetas.

El color azul desaparecerá del espectro y será sustituido por un aroma que lo evoque.

Al sol le saldrán finos flagelos que alcanzarán la superficie de la Tierra y dibujarán en los bosques intrincados mapas de cenizas.

Todos los ríos del planeta regresarán a sus fuentes de origen y sus lechos lo llenará la ingente materia herrumbrosa de las siderurgias.

La belleza de los insectos desaparecerá en favor del horror en las fisuras del mármol.

Como maná de plomo lento lloverán grumos de lava gris sobre las cancillerías y palacios.

Las niñas del mundo comunicarán sus secretos a los árboles, en voz baja, casi susurrada.

Los mundos paralelos se harán realidad con la brusquedad propia de lo inaudito.

El mar, todos los mares, regurgitarán los barcos que sus olas devoraron, y los marinos ahogados arribarán a tierra firme con los sueños de liquen adheridos en las cuencas de los ojos.

          Estos nueve hechos acontecerán el día del Fin del Mundo. Al finalizar ese día, Dios recitará este poema:

Es lo que aborrece bajo la piel,
bajo tu piel,
lo que enamora al instante.

Es el tacto imaginado,
es tu realidad que rechazo,
es el árbol que sospecho,
es el lecho de tu sangre,
de tu savia.

Son los nudos azules de tus venas,
es el más allá de la frontera lo que acoge,
lo que aturde
y lo que engaña,
es tu innegable piel que me dispone a aventuras de caníbal inocente.

          Posteriormente los ángeles nos encaminarán a todos hacia el Infierno. El Juicio Final y el Cielo siempre fueron una patraña.




       

7.2.16

368. La turbamulta (I y II)


       Guardo papeles con notas, ideas, frases o párrafos de diversa procedencia: pósits, trozos de impresos, servilletas de papel… los dejo sobre la mesa de trabajo cuando llego a casa; al tiempo las sujeto con una pinza de metal, y al tiempo los leo para que sirvan de base para algún suelto, para algún artículo o para algún divertimento literario de los que me nutro en mis ratos de onanismo artístico. En una copia de receta médica, muy doblada, leo la siguiente fórmula:

“FRUSTRACIÓN + INDIGNACIÓN + CULPA + MIEDO + VERGÜENZA + ASCO = MI VIDA”

          No recuerdo el momento en el que vino a mí este rapto de metafísica aritmética, pero es indudable que no describe exactamente lo que entendemos por un buen día. No pienso justificar la verdad de la fórmula, no pienso hacer la refutación necesaria (¿necesaria?), sólo acepto su presencia en el tiempo. Así fue: el producto de un tiempo de mi vida se resumió en esa ecuación. Comprendo que mi vida está compuesta de más sumandos, pero cuando formulé aquellos, los hipotéticos sumandos restantes serían algo ínfimo, inapreciable, algo que no influiría en el resultado final. Y es que las seis abstracciones que forman la primera parte de la fórmula tienen, es verdad, un peso específico muy importante en mi vida. Un hombre frustrado, indignado, culpable, cobarde, avergonzado y asqueado no sería un estereotipo muy alejado de la realidad si quisiera esbozar en lienzo lo que aprecio frente al espejo. Ese día el retrato presentaría signos de un nítido hiperrealismo; quizás otro día los rasgos estuvieran más difuminados, en una especie de puntillismo brumoso, desradicalizados; en otra época, el trazo sería más empastado, con definiciones imprecisas, en un estilo de un expresionismo primitivo; y, por supuesto, en muchas otras situaciones vitales, las líneas maestras del retrato serían una madeja inasumible de geometrías, manchas y colores: un Pollock siempre inacabado. Es así que acepto la fórmula con esos seis colores primarios, seis rasgos muy importantes en mi paleta existencial, pero también acepto su dinamismo, sus cambios de posición o disposición, para dejar paso a otros elementos no tan dramáticos, e incluso, a veces, con un cierto contenido esperanzador y positivo. Nada nuevo, nada que no le pase a cualquier mortal, todos somos la suma de cosas, miles de cosas, y en algún lugar de nuestra mente dejamos translucir un indicador de intensidad emocional, que nos define a cada uno en nuestro temperamento, en nuestro carácter y en nuestra personalidad. Descubrir la fórmula vital, la ecuación que nos define es el camino a seguir, el conocimiento de uno mismo, la inveterada opción cultural y ética que han preconizado todas las civilizaciones. Definirnos como primer paso para el conocimiento del mundo, formularnos para formular el universo. Para ello se pueden utilizar los instrumentos que las ciencias positivas han puesto a nuestro alcance, e incluso se pueden utilizar los oscuros procedimientos de las ciencias ocultas o los blancos rituales que ponen a nuestro alcance la Religión y por supuesto el Arte. El descubrimiento de nuestra ecuación existencial no nos va a acercar a Dios, esa entelequia tan publicitada es el mayor de los absurdos. Pero hay algo que podemos hacer: investigar y cambiar los términos de la igualdad, mediante los procedimientos que estén a nuestro alcance y mediante los que no siendo los habituales, nos sirvan a nosotros para tal fin. La ironía (a veces el humor más desordenado) es la que a veces utilizo para distanciarme de la infame matemática que reina largos períodos en mi lado oscuro. La idea, y sirva como ejemplo, sería encontrar algún día en el bolsillo interior de mi macferlán el tique de una tintorería en cuyo anverso encontrara escrito lo siguiente:

       “ÉXTASIS + SOSIEGO + AMOR + CORAJE + TALENTO + BELLEZA = MI VIDA”

6.2.16

367. Cartografía del hambre


          Estaba cercana la muerte de todo y de todos. Un atisbo de nardos y lirios relampagueaba chiquito en las lágrimas de vidrio de la vieja araña del comedor. Los átomos de polvo en suspensión sedimentaban su vuelo sobre la alfombra otrora refulgente de vívidos colores y hoy convertida en un grueso sudario gris y ajado sobre el crujiente entarimado, donde las termitas orquestan una ínfima y constante sinfonía de percusiones mínimas y destructivas. Ya murieron los abuelos, mis padres, mis tíos; mis primos se fueron desperdigando para no volver; hasta siento la ausencia de los hermanos que nunca tuve. Regreso al caserón familiar, ajeno a su decadencia, a la decrepitud de sus espacios, al llanto oxidado de sus espejos, ajeno a la mezcla de olores ya vividos, impregnadas sus paredes de gritos, voces, risas, confidencias, secretos y recuerdos. Los pasos perdidos se abisman en habitaciones oscuras, fenecidas en una verde y acuosa tiniebla, ahogadas en su tedio irredento, plegadas a un tiempo que se hace eterno en las tardes infinitas del domingo; ámbitos domésticos que se aclimatan con tristeza a una vida de silencio, de fantasmas imposibles, de murmullos disonantes. A través de un ventanal, el jardín que rodea la casa deviene en manglar lujurioso de espinos, cardos y malas hierbas, que trepa por los ríspidos manzanos envejecidos y asolan la tierra desvencijada y vencida. Me asomo a los dormitorios, al salón, a la cocina, a las dependencias del servicio, me asomo a los balcones para divisar un crepúsculo ceniciento de noviembre, con un mar que se intuye tras la formación estricta de un grupo de álamos y los pocos y pobres sauces que se precipitan al borde del acantilado. El frío es húmedo, ventoso, con presagios de chubasco; la carretera que acerca al pueblo es una culebra muerta en su gris inmovilidad. Hay graznidos de gaviotas que no se ven. Algo más allá de la verja herrumbrosa de la entrada, al lado de mi coche veo a un hombre que parece un árbol en su extraño estatismo, en su verticalidad y hasta en su naturaleza. Me mira sin verme, me sabe en el balcón y me ignora como si mi presencia fuera sólo un accidente pasajero y sin consecuencias. En un momento, tras un tiempo sin medida, se agacha y coge con su mano nudosa un puñado de tierra seca, se levanta y la deja fluir entre sus dedos, provocando este gesto una estela volátil de polvo que se pierde entre la bruma de matorrales. Una sonrisa triste se dibuja en el mapa arrugado de su cara. Comienza a llover de manera brusca, inopinada, el hombre se da la vuelta y con extrema lentitud se aleja sendero arriba.
          Estaba cercana la muerte de todo y de todos.

366. Hoy no hay paella


          Debo saber todo lo que pueda del asunto, de ese y de cualquier otro, debo saberlo todo sobre todo, debo conocer todo lo oscuro y todo lo que no lo es. Debo escarbar en todo aquello que me otorgue conocimiento, información, sabiduría, todo aquello que me coloque en una posición de supremacía sobre los demás. Desde lo infinitamente pequeño a lo inconmensurablemente grande. Debo saberlo todo y saberlos a todos. El conocimiento de mí mismo será secundario, es más, quiero conocer todo a partir de la frontera que supone mi piel. Será una absorción epistemológica de carácter centrípeto, mi piel no sólo como frontera, sino también desempeñando una función de membrana osmótica, que sólo permitirá el paso de lo exterior a lo interior, de fuera a dentro, del macrocosmos evidente y real, al microcosmos misterioso e irreal de mi mente. Desdeñando mi interior, acaparar la totalidad del universo menos esa molécula efímera e inoperante que soy yo. Comprender la vida sin comprenderme a mí mismo. Comprender todos los procesos, todos los sistemas, saber el funcionamiento de la vida, a cambio del desconocimiento de mí mismo. Este conocimiento de lo absoluto, de lo absolutamente externo, me proporcionará el poder, el máximo poder, que es el que se obtiene de la conformación y obtención (de la absoluta posesión) de un sistema ordenado de datos exhaustivos de todos y cada uno de los elementos que me rodean. Para que esto se realice, he de ser el único que ejecute la acción, el único que planee, diseñe, protocolice e implemente el proyecto, paso a paso. Por tanto son tres los elementos a abolir para la feliz conclusión del programa: matar a todo aquel que haya pensado algo similar (el poseer todo no concede asiento de copiloto ni tripulación); matar todo aquello que pueda interferir con el desarrollo del plan (es por ello fundamental mi muerte, ya que entorpecería con miserables servidumbres la consecución del proyecto); y, por supuesto, matar a Dios (es fundamento nuclear que los hijos maten al padre para que la vida se desarrolle con la crueldad propia del progreso natural). Una vez cumplidas estas tres premisas esenciales todo se desarrollará a través del algoritmo previsto.


          La discusión sobre cómo se hacen las torrijas. Por dónde nacen los niños. (H)ostia va con hache o sin hache. La masturbación es pecado venial o mortal. Cuántas moscas ha habido o cuántas moscas han habido. Linneo no tuvo tiempo para tanto. Si se hacen muchos crucigramas es que se realizan muy pocos coitos. Los calvos han sido el grupo poblacional que más fusilamientos ha recibido a lo largo de la Historia. No se distingue fácilmente un ciruelo de un majuelo salvaje. Josephine Baker era un hombre, y además caucásico. El arcipreste de Hita no era de Hita, sino de Palamós. No se sabe quién fue el antecesor de Eddy Mumford, el negro que cuidaba las cuadras de Mr. Ellison durante la primavera de 1928 en su finca de Connecticut. El caldillo de caracoles estaba mucho más rico hace unos años. El plástico se introdujo en la comarca de Carmona alrededor de 1962. La leche de vaca produce pensamientos lésbicos en quien no la prueba. Las niñas se hacen más voraces a medida que suplen los sándwiches de mortadela por el bocadillo de filetes de caballa. Néstor era o no era hijo de Nereo y Cloris. Kiko Ledgard tuvo algo con Emilio José. Las modistas, cuando se hacen mayores, se lavan poco y mal, y sus carnes se vuelven crepitosas y acidulantes. “Burman”, en alemán, significa lo que en holandés significa “alemán”. La copla, en sí, es metafísica aplicada a la peina. Las ligas de color azul son propias de meretrices, las de color café con leche son propias de meretrices a las que no les gusta el color azul y les gusta más el tono café con leche, en cualquier caso a la meretrices no les gusta el café con leche, y sólo soportan el mar azul cuando van acompañadas de sus chulos ciegos.

20.1.16

365. Productos artesanos



Ser cuervo, búho o martín pescador.
Ser abeto, fresno o laurel.
Ser soldado, orfebre o barquero.
Ser bujía, antorcha o faro.
Ser diligencia, carro o landó.
Ser Rubens, Van Gogh o Tiziano.
Ser alfa, beta o gamma.
Ser Fidias, Policleto o Lisipo.
Ser el Padre, el Hijo o el Espíritu Santo.
Ser goleta, trirreme o carabela.
Ser valle, cordillera o desierto.
Ser aire, agua o fuego.
Ser cerebro, lengua o corazón.
Ser pasado, presente o futuro.
Ser bala, diana o fusil.
Ser amor, amante o amado.
Ser color, olor o sabor.
Ser temible, temeroso o temido.
Ser arena, roca o polvo.
Ser romano, griego o judío.
Ser Pedro, Pablo o Judas.
Ser topacio, rubí o aguamarina.
Ser delfín, orca o medusa.
Ser luna, sol o cometa.
Ser violín, timbal o piano.
Ser ángulo, radio o bisectriz.
Ser papiro, pizarra o papel.
Ser volcán, diluvio o huracán.
Ser río, lago o manantial.
Ser Macbeth, Lear o Falstaff
Ser menhir, dolmen o mastaba.
Ser mundo, demonio o carne.
Ser Elvis, Jimi o Kurt.
Ser tumulto, motín o algarada.
Ser Londres, Viena o París.
Ser voltio, ohmio o faradio.
Ser Proust, Stendhal o Kafka.
Ser dintel, jamba o picaporte.
Ser jardín, rosa o jardinero.
Ser tus ojos, tus pupilas o tu mirada.
Ser deseo, turbación o delirio.
Ser tuyo, mío o nuestro.
Ser tiovivo, tobogán o columpio.
Ser músculo, víscera o hueso.
Ser sable, alfanje o florete.
Ser relámpago, trueno o rayo.
Ser esclavo, sumiso o servil.
Ser espejo, ejemplo o contrapunto.
Ser pareja, trío o full.
Ser atisbo, esperanza o certeza.
Ser halago, oprobio o calumnia.
Ser loto, lirio o crisantemo.
Ser tiara, capelo o bonete.
Ser toro, estoque o torero.
Ser son, síncopa o compás.
Ser marco, lienzo o pincel.
Ser sosiego, tedio o molicie.
Ser Cielo, Olimpo o Nirvana.
Ser tropa, hueste o falange.
Ser romance, espinela o soneto.
Ser sangre, sudor o lágrima.
Ser tu enagua, tu rebozo o tu corpiño.
Ser Hermes, Hefesto o Teseo.
Ser entropía, entalpía o utopía.
Ser cubo, cono o cilindro.
Ser Tesla, Houidini o Mesmer.
Ser Venecia, Roma o Florencia.
Ser miel, abeja o panal.
Ser codicia, avaricia o sevicia.
Ser estepa, tundra o taiga.
Ser yo, ello o superyó.
Ser tesis, análisis o síntesis.
Ser alce, cebra o llama.
Ser revólver, rifle o pistola.
Ser tomillo, lavanda o romero.
Ser cero, uno o infinito.
Ser sábana, lienzo o sudario.
Ser Danubio, Nilo u Orinoco.
Ser lluvia, paraguas o charco.
Ser lino, seda o satén.
Ser proa, popa o mástil.
Ser Gödel, Bach o Escher.
Ser blues, jazz o country.
Ser Bogart, Wayne o Gable.
Ser Tucídides, Herodoto o Polibio.
Ser ciego, mudo o sordo.
Ser Sorel, Samsa o Heathcliff.
Ser bueno, honesto o justo.
Ser ateo, agnóstico o fanático.
Ser esencia, ausencia o presencia.
Ser ley, norma o costumbre.
Ser calor, rubor o dolor.
Ser losa, cruz o epitafio.
Ser punto y seguido, punto y aparte o punto final.



22.11.15

364. Oasis de mutación



        El oligarca y el plutócrata, al alimón, veneraban la pequeña figurita de la virgen prehistórica de rasgos esteatopígicos, que encontraron en las excavaciones de verano en la meseta etíope de El Awash. El oligarca, que se llamaba Pluto, y el plutócrata, que se llamaba Oli, eran amigos desde los tiempos de las dictaduras férreas del Pacífico, cuando el malva obsceno del Mar de la China tomó aquel color ocre a consecuencias de la sangre vertida en sus orillas. Oli y Pluto, amantes de lo antiguo y arqueólogos diletantes, se conocieron en y durante las matanzas de Shu-long, al sur de la antigua Camboya. Pluto desconocía el significado de la palabra mesenterio y Oli desconocía el significado de esa y de muchas otras palabras más. Las avispas de Ceilán (actual Sri Lanka) picaban a ambos por igual, incluso si no estaban en Sri Lanka (antigua Ceilán). La mujer de Pluto era una nórdica alta de ojos zarcos y largas piernas, que acostumbraba a enfundar en una medias negras de tupida rejilla y que de costumbre acababan en unos escotados zapatos con tacones de longitud inquietante. Sus pechos, de gravedad inversa, atesoraban volumen y sensualidad a partes iguales, y las blondas de su pelo enmarcaban unos rasgos faciales pícaros, intensos y voluptuosos, que llamaban poderosamente la atención de cualquiera que la veía. Oli no se casó nunca, pero hizo del vicio solitario un arte, que dejó expuesto en un famoso manual que fue distribuido por el sudeste asiático por la editorial greco-alemana Paidós-Wickmann, siendo al poco tiempo la venta y difusión de la publicación prohibida en los demás continentes conocidos. El plutócrata Oli conservó siempre su buen aspecto de hombre de mundo, aunque el reblandecimiento de médula devenido de sus prácticas onanistas, le sumió en su sexta década de vida en un parkinsonismo grado IV-c, según la escala de Minkof, de muy difícil tratamiento. No obstante, su pasión arqueológica lo siguió llevando por africanos derroteros, siempre acompañado por su incondicional amigo Pluto. Los involuntarios movimientos de los miembros de Oli constituían una inesperada y sobrevenida ayuda en las excavaciones, su cuerpo, a la postre devenía en una especie de pequeña excavadora, que removía de manera suave y ligera las zonas de búsqueda. La noticia del fallecimiento de ambos causó una gran consternación a sus familiares más allegados, una consternación normal a los numerosos conocidos que ambos tenía en diferentes lugares del mundo, y una escasa o nula consternación en todas aquellas personas que nunca llegaron a conocerlos, ni siquiera de oídas. Hubo, a la sazón y sin embargo, alguien que no sólo no se consternó por tan triste suceso, sino que se alegró. Sí señor, la mujer de Pluto. Al enterarse de la invasión de hormigas rojas gigantes en el pozo nº 2 de las excavaciones etíopes de Aksum, que devoraron en cuestión de segundo a los dos amigos, saltó de alegría en su apartamento de Bonn y se tomó dos vodkas bien despachados. Detestaba a Oli, el pajoliento, y no quería nada de nada al bueno de su marido Pluto. La muy pluta...

21.11.15

363. Dos pochicles, un polo y un napolitano


          ¡Atención, atención! Ha llegado a esta localidad el tapicero. Forramos en cualquier tipo de tela todos los muebles susceptibles de ser tapizados, es más, tapizamos aquellos muebles no susceptibles de ello. Tapizamos igualmente objetos ajenos al concepto de mueble en sí mismo, es decir, tapizamos cualquier tipo de objeto, ya sea suntuario o despreciable. También encolamos y restauramos todo tipo de conceptos, ideales, entelequias, sistemas de pensamiento, algoritmos lógicos, corpus filosóficos o dualismos metafísicos.
           ¡Atención, atención! Ha llegado a esta localidad el tapicero. Tapizamos con materiales de primerísima calidad (la mayor parte de las veces) todo tipo de pasados y presentes, árboles genealógicos, fes de bautismo, certificados de buena conducta, archivos de limpieza de sangre, manuscritos comprometedores y todo aquello que su imaginación considere que suponga un beneficio para su propia felicidad o la de su familia, si fuera debidamente tapizado.
          Sin compromiso alguno baje y vea nuestras ofertas, déjese informar y comprobará con sorpresa que un tapizado no es tan caro como usted pensaba. Por seis millones seiscientos mil quinientos cincuenta euros le tapizamos el mueble bar completamente, y por tres millones de euros más le tapizamos el útero a la bailaora flamenca que usted elija. Apúrese, porque esta oferta sólo estará vigente hasta el próximo martes. 
          Le informamos que sigue en pleno vigor la oferta del mes: le tapizamos dos prótasis, tres epístasis y cuatro catástrofes al precio de tres catástrofes, dos epítasis y cuatro prótasis. No lo piense, es una oportunidad que nunca más se le va a ofrecer. Los más exigentes exégetas del tapizado, ya sea coránico, bíblico o talmúdico, acuden prestos a la furgoneta a solicitar de nuestra acrisolada profesionalidad los más enjundiosos trabajos de forristería avanzada. 
          Y como novedad de esta temporada les presentamos el tapizado invisible, algo caro, pero que deja los sofás, los capitonés, la butaca del abuelo, el escabel de la abuela, el tú y yo de los titos como si no hubieran sido tapizados, algo digno de ver. Conserve el aspecto e incluso el tufillo añejo de sus muebles más queridos, siga contemplando con sonrisa benevolente la mancha de orina que adorna el balancín del yayo. Todo parecerá como antes con nuestro inigualable tapizado invisible.
          ¡Señoras y señores! Ha llegado a esta localidad el tapicero. La vida no les va a ofrecer oportunidades como esta todos los días. Es probable que sea la última vez que pasemos por esta bella villa antes del Juicio Final. Analicen sus conciencias, su alma, sus pensamientos sucios, sus ansias galvanizadoras. Investiguen sus deseos, sus recelos, sus vulvas, sus escrotos, asegúrense de que realmente no necesitan que se les tapice nada. Piénsenlo. Estaremos hasta las cinco de la tarde en la esquina de la frutería del chino.

20.11.15

362. ¿Conoce alguien la Teología Molinista? ¿Eh?


          El inspector Lasarte sólo tenía un pulmón, el derecho. El izquierdo se lo llevó una bailarina turca en un descuido, mientras Lasarte evisceraba un lechoncillo para que, una vez asado, sirviera de refrigerio tras el más que seguro coito con la danzante otomana. En un pispás, pues, el inspector perdió el pulmón, el coito y el lechoncillo, olvidado éste en el horno al salir en persecución de la ladrona de pulmones. Pero poco se puede correr con un solitario pulmón, así que Lasarte, asfixiado, disneico y azul, desistió y se tumbó bajo una acacia que parecía un tilo. Ya en otra ocasión, en Amberes, le habían robado un trozo no despreciable de aorta, pero aquella vez pudo recuperarlo gracias a un certero lanzamiento de sus boleadoras pamperas, que dio con el pillastre en el asfalto, muy cerca del Grote Markt. Me duelen las cosas que le pasan a Lasarte, porque Lasarte soy yo. Soy un inspector muy desgraciado, quizás el más desgraciado del Cuerpo. Sé que es una especie de estilema, un lugar común en la literatura y el cine, la figura del policía triste, vapuleado por la amargura del oficio, un personaje escéptico rodeado de un aura de cinismo y soledad, bebedor compulsivo, sin amigos, hombre de pasiones efímeras y violentas, un ser que deambula a pasos cortos hacia su autodestrucción. Bien, pues exactamente así soy yo, igualito, igualito. Pero además soy más cosas. Soy, por ejemplo, un alegre poeta dominical que se comunica divinamente con todas las aves del parque, soy un amante del olor de los museos, de todos los museos del mundo, amo a las mujeres que veo de lejos por las calles solitarias, soy un devorador de paisajes nocturnos, experto en lunas y perito en soles últimos, escribo los poemas que me dicta un joven bohemio, que anida desde siempre en mi corazón y que sin pagar alquiler se ríe desaforado de mí en cada juntura que encuentra entre mi sueño y su vigilia. También adorna mi carácter el miedo primigenio a los humanos, esos entes indómitos que pueblan las calles, los ámbitos urbanos y rurales que me rodean, y que me miran sin mirarme y a los que miro sin verlos. Me horrorizan casi todos y a la vez satisfacen una parcela gregaria que debe haber en unos de mis lóbulos cerebrales. Los poetas dominicales, ya se sabe, nos hacemos un lío con los más simples de los conceptos. En el fondo soy un inspector de policía bastante tonto, no resuelvo casos, los doblego con palabras, los corrompo con deseos de solvencia, los matizo con la falsa profesionalidad de la pose y describo los finales felices que a menudo coinciden con la capacidad decisoria de la judicatura. Me gustaría casarme, aunque fuera con Bahyya, la chica bailarina de Ankara que me robó conscientemente el pulmón izquierdo e inconscientemente el corazón en su totalidad. La busco desde aquel día por zocos y aeropuertos, por conventos y desiertos, por lupanares y circos. Cuando la encuentre le declararé mi amor en cinco idiomas diferentes, y a su padre le regalaré mis preciadas boleadoras pamperas. Claro que sí.

8.11.15

361. De vueltas con John Cage


          El canto rodado tiembla en sus contornos bajo el el agua agitada del arroyo. Ya se aleja el jinete que lo ha hoyado con la prisa de la huida. El arroyo vuelve poco a poco a aquietase y a sembrar el silencio alrededor, donde el musgo de la orilla se alía y se solapa con los líquenes antiguos de la piedra. Se diluye en la lejanía el fragor de los cascos del caballo y el jadeo estrepitoso del jinete y el tintineo de los cálices robados en la ermita. Aires de latrocinio hacen girar la veleta, vientos de codicia, vendaval de pecado... Las ánimas regresan al pequeño cementerio, dirimen sus cuitas, debaten quejas y lamentos y vindican la justicia de los muertos.
          El sereno lo cubre todo, ya el rocío pigmenta de alfileres la superficie oscura, la clorofila enmudece en el campo anochecido, y el fugitivo retuerce el ansia de su pobre corazón acurrucando el oro sacro en su regazo sacrílego.
          Las almas de los muertos cantan y tañen con las cuerdas de ultratumba la música coral de la venganza. Son turbias y desabridas con los ladrones de objetos sagrados. Se ceban en ellos con la drástica sevicia de los entes inmateriales y les niegan la piedad como jueces inmisericordes y soberbios. 
          En el amanecer se disipan como espíritus que son, dejando la plenitud complaciente de oquedades satisfechas. El brezo se despereza, la alondra tensa líneas en vislumbres de la aurora que regresa. Y en sueños de sangre el jinete despierta en una maraña de frío estupor, despierta a un nuevo día con un inefable olor a muerte, porque a la muerte no se la toca ni se la ve, no se la oye, es insípida siempre, pero sí se la huele. A veces desde muy lejos en la distancia y en el tiempo.
          Hay algunos árboles en los campos, en los bosques, bordeando algunas lindes lejanas, que siendo como todos los demás, acogen de manera misteriosa, pero ineluctable, la vida amarga de los suicidas. Un roble viejo, con nudos centenarios y hojas sepultadas de otoños contuvo un segundo el flujo de su savia vieja para resistir el balanceo de aquel joven inerte de cárdena faz y ojos extrañamente proyectados. También el viejo roble vio posados sobre su crespo ramaje unos feos cuervos, extraños en su plumaje y en sus gorjeos horrísonos, que huyeron en direcciones diversas cuando el cuerpo del joven dejó de balancearse y quedó como una plomada eterna, como un extraño fruto de la naturaleza.
                                                                                                                    (A Billie Holyday)

11.10.15

360. El gong de hule


          Eran las 13 horas en el convento y las 11 horas en el refectorio del convento adyacente al primer convento que he mencionado. El libro de horas de Maese Odile iba de mano en mano y de convento en convento como la moneda de valor dudoso que transita igualmente de mano en mano. Las 13 horas del primer convento se ralentizaban (o enlentecían) a medida que las 11 horas en el refectorio del convento adyacente al primer convento se aceleraban. Las horas conventuales divergentes en su dimensión temporal, convergían en cambio, y de manera sorprendente, con otra divergencia, esta de orden espacial, que se traducía en una disposición geográfica alterada, sucesiva, cambiante, de la localización de los edificios religiosos de los que estamos hablando. En el transcurso de un minuto, por ejemplo, el convento primero se desplazaba con respecto al segundo los milímetros suficientes y necesarios para que el convento segundo desviara su veleta con respecto a la veleta del primero, dos coma cinco (2,5) centímetros (cms) o, lo que es lo mismo, 0,33º (cero coma treinta y tres grados). Pero el segundo convento no se movía per se, sino que era el primer convento el que desfasaba su dimensión témporo-espacial en una especie de escándalo libertino ajeno a cualquier metafísica kantiana y no digamos a una lógica euclidiana. De cualquier forma, y como consecuencia de lo dicho, las nubes, que ensombrecían de manera natural el huerto del segundo recinto conventual, ensombrecían, debido al mencionado hecho insólito, ensombrecían, decía, de manera súbita, de pronto,  las acacias de la finca del Marqués de la Asolada, finca adyacente a los dos conventos adyacentes, acacias bajo las cuales, sus hijas (las hijas del Marqués), a la sazón llamadas Felicia y "la Tonta" babeaban de gusto (o placer) con los pellizquillos de los muleros. Esta acrobacia témporo-espacial de los conventos adyacentes hacía de la comarca un entorno favorable a la aparición de fenómenos muy paranormales e incluso esotéricos. Demiurgos de todo pelaje, astrólogos, masones, magos, médiums y brujas diplomadas o cimarronas acudían en tropel al lugar en busca de hitos mágicos que llevarse a sus tristes historias vitales. Abdelaziz, el tunecino, Xing Ping, el pequinés, Kuhn, el renano, Mejías, el gitano, Carminha, la meiga de Porriño, y muchos más acudían el tercer lunes de cada mes a los aledaños de los conventos adyacentes en busca de lo inaudito. Un día de San Nemesio ocurrió lo que reseño a continuación: se apareció San Nemesio con su atuendo de visigodo pobre en el jardincillo del claustro del primero de los conventos. Este San Nemesio aparecido contemplaba extasiado la aparición del mismo San Nemesio (es decir, de él mismo, o sea, de sí mismo) en el jardincillo del claustro del segundo de los adyacentes conventos, que a su vez, y con extasiada contemplación, contemplaba extasiado la aparición de sí mismo en el jardincillo del primero de los conventos. Por entre los arbitroles de la balaustrada se asomaban los demudados y pintorescos rostros de los druidas venidos de todo el orbe para asistir a los extraños acontecimientos que se desarrollaban en la misteriosa comarca. Como pintor de Corte que soy, me hallo a la espera de que aparezca la Reina Madre con su séquito de enanas y su valido, el conde de Saussere. Voy a pintar un gran lienzo en el que dispondré a las enanas como si fueran hipertrofiadas ánforas o botijas de olivas aliñadas alrededor de la Reina metamorfoseada en burra ajada y añosa, mientras al Conde lo pintaré en un segundo plano semihundido en un gran odre de altramuces en salmuera. Como la espera se me hace larga, continuaré leyendo el capítulo XII del libro de horas de Maese Odile, del que no me entero de la misa la media, ya que la versión que de mano en mano va, y que es la que en este momento tengo en mis manos, es en catalán, y yo no sé catalán, aunque de vez en cuando goce mucho haciéndome un repayés. 

10.10.15

359. Mujeres descuartizadas


          Esperando a Godot me acordé de un alumno del Liceo Alemán, que se llamaba Otto Föller. No éramos amigos, pero tampoco enemigos, éramos inconstantes en nuestras relaciones de émulos discentes. Yo lo miraba unas once o doce veces al día y él a mí, lo mismo. Nos dirigíamos unas once o doce palabras al día, a veces menos, a veces más.
          Esperando a mi amor me acorde de una alumna del Liceo Alemán, que se llamaba Dolores Salman y que nunca llevaba ropa interior, a excepción de unas bragas de organdí coloradas, una combinación de muselina morena, un sostén de su madre y un refajo de corsé con ballenas de aluminio reforzado de una tía abuela putativa suya.
          Esperando que la fiebre me bajara recordé al conserje del Liceo Alemán, cuyo nombre me recordaba a los bosques de Boulogne. Se llamaba Bosch Bulong y era un borracho de Baviera afrancesado y masón, de espíritu disipado y maneras de señor (o espíritu señorial y maneras disipadas, no recuerdo bien).
         Esperando que mi perro Trütto hiciera sus necesidades, me acordé de la prostituta Lana Munt, que ejercía en la tapia del Liceo Alemán las labores propias de su profesión. Era dulce como la manteca de Oslo y cálida como la cera de los cirios de las iglesias de Minsk.
        Esperando a mi camello en la esquina de Lexington con la calle 21, me acordé de un profesor de ética del Liceo Alemán llamado Hans Frogmann, me acordé de su peluca de bucles rojizos, de sus atuendos atrevidos de drag queen procesada, de su llanto avasallado.
          Esperando en el corredor de la muerte, me acordé del capellán del Liceo Alemán, el hombre más puro que jamás he conocido, el clérigo más translúcido que pisara los baldosines del Vaticano. Se llamaba Joseph Aloisius Ratzinger.
          Esperando a que mi próstata me permita una, aunque sea dolorosa, micción completa, recuerdo al sochantre del coro del Liceo alemán, Ruffino Ucello, timorato musicólogo toscano, expatriado y misógino, que nos deleitaba con su silbo armonioso y agudo, producto de una peculiar conformación labial leporina y una característica bífida de su larga y vibrátil lengua. 
          Esperando al autobús (guagua) C-4, cuya última parada se localiza en el espacio y en el tiempo después de la penúltima (algo inaudito en una línea circular), me acuerdo con vívido fulgor y exactitud en los detalles del jardín botánico del Liceo Alemán, y de su jardinero, Hugo Timms, aunque quizás no sea tan vívido el fulgor ni tanta la exactitud de estos recuerdos, es más, quizás no hubiera jardín botánico en el Liceo, quizás el señor Timms no fuera jardinero, sino maestro pastelero (Tortemaster) en una novela de Robert Walser.
          Esperando bajarme (apearme) de este autobús C-4, concluyo en que me va a resultar imposible hacerlo, no veo las puertas, no hay ventanillas, sólo percibo el traqueteo incesante de las ruedas sobre los viejos adoquines de las calles de esta ciudad alemana fronteriza. ¿Fronteriza? ¿Fronteriza con qué? ¿Alemana? ¿Por qué alemana? En el autobús sólo hay dos personas más: un señor mayor vestido (disfrazado) de Honoré de Balzac cuando joven, y una mujer desnuda de unos treinta años disfrazada de mujer vestida de unos cuarenta y cinco o cincuenta años. 
          La sensación de estar esperando persiste.
          Tan sólo sé dos o tres palabras de alemán.

30.9.15

358. Trípticos indecorosos


          Parto hacia una isla del océano Pacífico. Llevaré en el equipaje ciento once (111) cosas, de las que cincuenta y cinco (55) no me gustaría llevar, pero no puedo humanamente deshacerme de ellas. Las otras cincuenta y seis (56) sí son prescindibles. Tómenlo como un juego de ingenio y atrévanse, a averiguar qué cosas pertenecen al primer grupo y qué cosas al segundo. La solución a este pasatiempo se encuentra en la página 118 del periódico que tiene el señor mayor que está a su lado. Las cosas que me llevo son las siguientes:

001. Un almanaque de taco de 1928 Myrga®.
002. Un biombo chino negro lacado con motivos japoneses o, en su defecto, un biombo japonés blanco con motivos chinos.
003. Tres galones de queroseno.
004. Un retractilado de los Power Rangers de 1999.
005. Dos sifones La Pitusa®.
006. Una tesis doctoral robada.
007. Un cuadro de estilo orientalista con al menos once moros en diferentes actitudes.
008. Una reproducción del cadalso donde fue ajusticiada Bertha Proudham.
009. Una viola criolla.
010. Un bote de aceitunas gazpacheras.
011. Un disco de vinilo bastante roto.
012. Un consolador Truckmann®, modelo B-111, azul y con bolillas.
013. Una foto de algún futbolista muerto a cuchilladas.
014. Un cúmulo de recuerdos de cuando mi hijo era tuno.
015. Un sobre de sopa de pollo con fideos, o dos.
016. Seis badajos de campana de diferentes tamaños.
017. Una bomba atómica.
018. Dos botes de blandiblú.
019. Cien flechas con puntas emponzoñadas.
020. Un rifle de goma.
021. Un disfraz de guardia civil.
022. Dos patitos.
023. Ciento once (111) mudas.
024. Ciento once (111) calzoncillos.
025. Ciento once (111) camisetas.
026. Doscientos veintidós (222) calcetines.
027. Una viuda portuguesa.
028. Un lacayo peruano.
029. Mi colección de sellos pornográficos.
030. Dos solsticios de verano.
031. Unas medias de doña Carmen Polo.
032. Un tremendo golpe en una de las corvas.
033. Un quinqué tornasolado.
034. Un gin-tonic.
035. Otro.
036. Un mapa actualizado de Laponia.
037. Un cubrejorobas (tapajibas) tapatío.
038. Un koala ambidiestro.
039. Una lámina con un grabado original de Durero.
040. Una moto añeja.
041. Una falda muy corta, muy corta, como de puta o así.
042. Una botella de vinagre de Jerez.
043. Una caja de caliqueños.
044. Un cartuchito de bisagras oxidadas.
045. El amor de mi vida.
046. Una mesa de billar redonda.
047. Un juego de poleas convertibles.
048. Dos metopas de arenisca.
049. Tomos sueltos de la Enciclopedia Vaticana.
050. "Diario de una golfa" De Sam Wittgenstein Jr.
051. 250 gramos de mojama.
052. Dos toneladas de helado Häagen-Dazs de dulce de leche.
053. Un martillo de bolas.
054. Mi pomada de las hemorroides.
055. Una fallera mayor de la década de los sesenta.
056. Una reproducción en cera de mi cuñada Ramira.
057. Una tarta de boda gitana.
058. Un colibrí de nácar esculpido en tu pecho nacarino, oh, Carmiña de mis amores.
059. Una araña de las gordas, de las que tienen pelitos.
060. Una grúa gigantesca.
061. Dos entradas para una velada de lucha libre.
062. Uniformes de brigadier de varios países de la OCDE.
063. Mil soldaditos de plomo, todos iguales menos once.
064. Un codicilo.
065. Una historia de los tracios.
066. Los aparejos de pesca de alguien de la vecindad.
067. Tres tupperwares grandes y dos muy pequeños.
068. Una estatua ecuestre de un indio.
069. Las flores del pretil de tu escote soberano.
070. Babuchas de piel de reno.
071. Semillas de fresno.
072. Una barretina XXL.
073. Los planos de La Condomina.
074. Un vaciado en yeso de mi culo.
075. Una voltereta con tirabuzón.
076. Un cimborrio de platino.
077. Mis audífonos de doble membrana.
078. Mis cremas Q10 Pretty Skill.
079. La ballesta de mi abuela.
080. Diez paquetes de pipas Sayma®.
081. La concatenación de hechos necesarios para que un hombre acabe siendo eunuco en un harén cualquiera.
082. Unos versos de un poeta-juez.
083. Una trenza arrancada de cuajo.
084. Un pinsapo ardiendo.
085. Una tricotosa.
086. Un formón de los caros.
087. Varios sombreros de copa.
088. Un saco de mandioca.
089. Una blusa transparente con mangas evasé.
090. Una armadura de acero inoxidante.
091. Un brujo cualquiera del Sudán.
092. Una Fender Stratocaster.
093. Un alfanje muy usado.
094. Dos bolsas de plasma fresco.
095. Una jineta disecada por alguien llamado Bruno.
096. Una collera de galgas.
097. Una figurilla pringosa de pitufo comprada en un chino.
098. Unas pestañas postizas.
099. Un reloj de coco.
100. El palio de la Quinta Angustia.
101. Un ejemplar de la Constitución en bable.
102. Las portadas de todos los discos de Jaime Morey.
103. Un saco de baratijas para engañar a los indígenas.
104. El Botafumeiro (no "un" botafumeiro, sino "el" Botafumeiro).
105. Un suspensorio o, en su defecto, un holograma del mismo.
106. Una mujer como es debido.
107. Un repelente de personas.
108. Una caja de Pandora, o un cuerno de la abundancia, o una manzana de la discordia, es lo mismo, pero sólo una de las tres cosas.
109. Un hisopo de vanadio.
110. Una lata pandereta de zamburiñas.
111. Ciento once (111) lingotes de oro.