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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



15.4.18

430. La túrmix de Brigidita


          "Para empezar una novela de quinientas páginas es necesario intentar no llamarse Leopoldo; para terminarla es necesario no sólo no llamarse Leopoldo, sino haber participado en algún concurso radiofónico del tipo 'Merienda con un famoso' o 'Cancionero secreto'. Aunque parezca contradictorio, no es necesario saber escribir, sólo hay que saber empezar y terminar una novela, la confección de la estructura y el desarrollo del argumento o la historia a narrar es algo superfluo". 
          Esto, que parece una estupidez, lo es, ciertamente, pero sólo en un 85%. Una estupidez al 100% no existe. En cada estupidez siempre subyace, sobrenada o sobrevuela un, aunque sea mínimo, porcentaje de razonamiento lógico, aunque esta lógica se materialice en otro contexto idiomático o en alguna semántica ajena a nuestra cultura vernácula. Cualquier estúpido, por tanto y en consecuencia, no lo es tampoco al cien por cien, estadísticamente lo es sólo al 85%. Y también se deriva de lo anterior otra consecuencia, ésta, de carácter social, muy interesante y digna de análisis: un estúpido lo es, sin duda, pero sólo para el 85% de la población; para el 15% restante no lo es. Se podría deducir, entonces, que este 15% de la población es o sería estúpida en esencia, sin embargo los últimos estudios de campo avalan que esto no es así. En resumen, estos últimos avances en la materia vienen a decir lo siguiente: las estupideces van por un lado y los estúpidos pueden, o no, ir por la misma senda. En los flecos de las campanas de distribución estadística, en los extremos gaussianos, se hallan las excepciones a las reglas, que otorgan el dinamismo a los acontecimientos y prodigios de la Naturaleza, necesarios para el avance de la ciencia y el conocimiento del mundo como hecho fenomenológico. Esto último, también, puede o puede que no, ser en sí mismo una estupidez, pero nos lleva en volandas al siguiente escalón de esta exposición mitad epistemológica, mitad psicodialéctica. Intentaré explicarme: ¿conocemos la estupidez al primer vistazo?, ¿cuántas veces consideramos razonamientos lógicos, que en el fondo y tras un ponderado análisis, son flagrantes y encubiertas estupideces?, ¿cuánta estupideces primarias (evidentes) esconden axiomas lógicos y filosóficos (si no metafísicos) de muy importante calado intelectual?, ¿cuántos estúpidos pasan por ser no-estúpidos y viceversa? Hoy en día es más fácil que nunca en la Historia del hombre (y de la mujer, of course) hacer pasar a un estúpido por un coloso del pensamiento, o a un cerebro privilegiado remodelarlo y convertirlo en un soberano majadero. En esta vergonzosa etapa que vivimos, el culto a la mentira, disfrazada con ese manto de moda al que llaman posverdad, nos están conduciendo a todos de manera inexorable a una nueva idolatría, en la que veneraremos (si es que no lo estamos haciendo ya) y con pleno conocimiento, al embaucador que más se nos parezca. Ya nadie engaña a nadie, los nuevos dictadores mienten y seguirán mintiendo a micrófono abierto con la certeza absoluta de que las masas disfrutan con el engaño; estos líderes ya no serán considerados como adalides de un futuro esperanzador o hacedores de proyectos ecuménicos para el bien común. Serán considerados lo que realmente son: payasos filibusteros, estos sí estúpidos al cien por cien. Porque ya la estupidez no se esconde en esos porcentajes de los que hablábamos, sino que el porcentaje va tendiendo poco a poco a la plenitud, a la totalidad. Son muchas las ideas que se me vienen a la cabeza y me resulta muy difícil concentrarlas, contenerlas y ordenarlas con un mínimo de ilación lógica. Quizá esto se deba, sin duda, a que soy estúpido. Hace unos años, de ser esto cierto, me hubiera apenado e incluso hubiera caído en una profunda depresión al comprobar mi condición de estulticia moderada, pero hoy, al contrario, se me abre un abanico extraordinario de posibilidades y oportunidades para destacar y triunfar entre la alta membresía de esta sociedad que nada, sin saberlo, en el más profundo y oscuro de los nihilismos. Comencé esta homilía laica hablando de unos porcentajes estadísticos sobre la estupidez y el colectivo social de estúpidos. Me acaba de llegar por valija diplomática el último consenso de la Sociedad Europea para la Cuantificación de Estúpidos (SECE) en el que quedan obsoletas las cifras del anterior ejercicio. La estupidez, en término absoluto, y la masa pura per capita de la espitupidez per se, se acercan peligrosamente a la cifra terminal de 100, es decir, que ya cualquier estupidez no conlleva un 15% de material razonable, sino, apenas un 1 o 2%, cifra que se relaciona de una manera directamente proporcional a la concentración de estupidez pura del individuo estúpido y al porcentaje de estúpidos de cualquier sociedad respectivamente. Con estas cifras ya no se puede huir, la huida sólo acontece en la pantalla y en las novelas de aventuras. Los tontos han ganado, les dimos tal cantidad de juguetes (muchos de ellos impropios para su edad mental), les condonamos tantas responsabilidades, les otorgamos tantos derechos, que han llegado a desterrarnos de la casa que apaciblemente compartíamos con ellos, y lo peor de todo es que han contagiado mucho. Hace no tantos años se podían contabilizar uno o dos tontos por familia, actualmente la cifra se ha incrementado de manera exponencial. Además, ya han ocupado el poder, ya nos gobiernan y nos disgregan, ya el ambiente huele a abominación y miedo. Sólo nos queda la huida que no existe o el exilio interior, donde nuestra estupidez innata y existencial conviva en paz y armonía con nuestra inteligencia lógica y emocional, como siempre sucedió en épocas de bonanza espiritual, cuando el hombre se hacía eco de sus logros culturales, filosóficos y artísticos. Perdida la batalla y posiblemente la guerra, la recuperación ni siquiera se contempla. Las catástrofes pequeñas parecen grandes y viceversa, los odios cotidianos se entronizan junto a los odios históricos, la barbarie edulcora con artificio las beatíficas tardes de los asilos, sangre más en la palabra que en la espada, y la mentira que lo envuelve todo entre risas y sarcasmos catódicos y venenosos. Yo ya no sé si me llamo o me llamaré Leopoldo alguna vez, ni si tengo o no capacidad para escribir el comienzo o el final de una novela de quinientas páginas. Lo que todavía sí sé es que mi porcentaje de estupidez es bastante moderado (y que Dios perdone este arrebato de arrogancia, pero también de sinceridad), es más pienso que mi estupidez se diferencia, y mucho, de la estupidez de mis coetáneos.
          Recuerdo ahora, no sé por qué, la definición que de sí mismo hizo un amigo de la niñez: "Mira, J., me dijo, yo sé lo que soy, soy un gilipollas dulce".

8.4.18

429. Breves escándalos europeos


          Escribamos, Senén, escribamos, que la escritura es lo único que nos va a diferenciar de la gran mayoría, porque, como bien sabes, nadie lee y, aún menos, escribe. Escribamos, pues, Senén, porque diferenciarse de la masa dicen que es bueno, que nos lleva a la individualidad, a la independencia y a la libertad interior, cosas todas ellas que tienen mucho prestigio y conducen a la admiración y a la envidia generalizadas (¡a que te admiren y envidien, Senén!). Sé que no somos escritores, somos escribientes, simples diletantes situados en la más baja categoría de la literatura, aficionadillos a juntar palabras, la mayoría de las veces palabras rimbombantes y vacías, pero ciertamente eufónicas y con cierta melodía en su estructura fraseológica, fruto de la experiencia y del denuedo diario con el que llenamos páginas y páginas, muchas de las veces sin alcanzar sentido alguno, sino es el de ocupar de manera "creativa" el tiempo que seguramente utilizaríamos en la elaboración de pensamientos y quizás conductas de carácter neurótico o en prácticas solitarias de anulación y aniquilamiento. Así es, Senén, escribimos porque, si no, ¿qué haríamos?, ¿qué sería de nosotros? A veces digo a ciertas personas (tú lo sabes) la (para ellos) incongruente frase siguiente: "Si fuera escritor, no escribiría". Piensan ellos que me esfuerzo en una frase brillante, original, con ínfulas de genialidad, y se equivocan de pleno. Es absolutamente cierto que escribo sólo por escribir, rara vez me impulsa el prurito de comunicar, casi nunca tengo nada que decir, no sé contar historias, ni siquiera imaginarlas, sólo sé que escribo porque debo hacerlo, de la misma manera que Bartleby "preferiría no hacerlo". Es en realidad lo que soy: el espejo de Bartleby, hago sin saber por qué sí, lo que él no hace sin saber por qué no. Mi vocación de escribidor me anula la vocación de escritor (en el caso de que tal vocación existiera en mí). Creo, Senén, que entiendes lo que digo, que al definirme, te defino también a ti, conformando así la idea de que no estoy, (de que no estamos) solos. Es por ello que reivindico mi actividad escribidora, disponiéndola no jerárquicamente más allá (o más acá) de la literatura, sino segregándola como ente distinto y diferenciado. No nos sentiríamos cómodos en el papel de escritores, por el simple hecho de que no lo somos, y no digo que no lo pudiéramos ser, sino que esa actividad es ajena a nuestras inquietudes. Pertenecemos al mundo de la letra, pero habitamos la letra en sí, no habitamos su semántica ni nos esclaviza su significado. En el mundo de la cifra seríamos amanuenses de ecuaciones bella o divertidamente inconclusas, hacedores de formulaciones abigarradas e inconcretas, aritméticos sin meta. Generamos, pues, escritura sempiterna, aquélla que tiene comienzo, pero no tiene fin, porque en su naturaleza no se halla el hecho de tener un desenlace o un corolario moral, ético o didáctico, tan solo, si acaso, subyace o sobrevuela, simple, una pulsión estética. Por tanto, sólo es escritura, pura escritura en sí misma, quizás vacua e inane, porque sólo es escritura. Disiento incluso de que lo que escribimos pudiera considerarse una abstracción simbólica o una paráfrasis freudiana; aquí no existen ni tendrían cabida los símbolos ni las proyecciones oníricas, tan solo los resortes sinápticos que, de manera voluntaria, se accionan para que generen estructuras de comprensión lingüística o idiomática que puedan ser plasmadas en papel. ¿En total libertad?, lo dudo, y no me importa nada que fuera así o no lo fuera. La libertad es uno de los conceptos más huecos que manejamos, aunque para nuestra actividad, la oquedad de términos y conceptos nos atañe muy poco. Ahí sí que gozamos de gran libertad o algo que la recuerda sobradamente, ¿verdad, Senén? Es, por tanto, posible que atendamos temas filosóficos, metafísicos, taurinos, militares, agropecuarios, folclóricos, políticos, sin necesidad alguna de conocimientos previos de dichas materias, porque lo que nos motiva es sólo su exposición, no su comprensión y muchísimo menos su utilidad; nos llegará a fascinar, eso sí, y como ya ha quedado expresado, la divertida y bella forma de hacerlo. Creo, Senén, que lo que hasta aquí te comunico (ya sé que nosotros "no" comunicamos, pero es que "tú" tampoco existes), lo que aquí te comunico, decía, puede constituir, una vez ordenadas todas las ideas expuestas, el borrador de un futuro manifiesto, la estructura fundacional de un movimiento al que podríamos dar una formulación y un cuerpo estructural de carácter colegiado. Sé, Senén, que no somos muchos, pero somos, creo, los suficientes. Nos beneficia el hecho básico de no tener objetivo alguno, nuestro carácter apolítico, aconfesional, nuestro inveterado nonsense, nuestra falta de adscripción a grupos o entidades culturales o artísticas, nuestra falta de ambición, y el hecho que debe considerarse piedra angular (o clave de bóveda) de este nuestro neófito movimiento: el incontestable hecho de que no nos lee ni Dios. Porque Senén, esto ha de quedar muy claro, debemos escribir siempre, pero con la atención perseverante de hacerlo en soportes difícilmente visibles para la ciudadanía. No somos escritores, entes que se desvanecen en el éter de su propia prosapia si no son editados, publicitados, leídos, criticados, analizados, debatidos. Nosotros somos escribidores, entes que se desvanecen en el éter de su inopinada inopia si son leídos, juzgados, vituperados o ensalzados por un mortal cualquiera. Creo haber llegado al final de esta breve alocución  o semi-panegírico sobre nuestra proverbial condición, al que podríamos titular: "Epístola amoral a Senén", así que, si no te parece incorrecto, podríamos centralizar las futuras conversaciones sobre la formación y estructura orgánica del grupo en casa de la Tía Julia, tú la conoces de aquellas reuniones que organizó hace algunas temporadas en su casa de labranza de las afueras. Ella, como su sobrino preferido que soy, siempre me ha animado en mis proyectos por muy estrafalarios que al principio le parecieran, y económicamente hace lustros que me mantiene. Yo la quiero bastante, y eso me enaltece y me ennoblece también bastante, porque bien sabes, Senén, que yo no quiero a nadie, que el amor es pura literatura, que la literatura y la libertad son conceptos vacuos, que lo importante y único es la acción, la pura y mera acción, el mecanismo, el pistón y el émbolo, la máquina en sí, la producción seriada, el consumo innecesario de enseres, la destrucción de la eficiencia, el futuro brillante y mecanizado dignamente soñado por Filippo Tommaso Marinetti.

7.4.18

428. Latidos (Lati2)


         Estimada Clarita: 
                    Los nenúfares ya florecen en la inmunda Charca de los Desconsuelos. Todavía perdura el aroma de la sangre fresca derramada en tu honor y devoran todavía las moscas gordas los entresijos de la matanza y los últimos recuerdos de tu paso por el jardín. Lotos o nenúfares, nunca los distingo, da igual, todos ellos salpicados de tu sangre, de mi sangre, de la sangre de los presenciales e incluso de la sangre de los no presenciales, de todos, Clarita, de todos. Te escribo desde el rigor de esta celda monacal en la que comparto la desesperanza y el llanto con un mandril manflorita y rijoso, que no cesa de mostrarme su culo multicolor en sicalíptica metáfora de diana profanadora y nefanda. Preso desde aquella tarde de amor y muerte, donde nos juramos amor eterno y perdición conjunta y también eterna. Reo me veo por el amor y por la lujuria lacerante que conlleva el beso de la muerte, tu beso, Clarita, que llenó de feroz oprobio y vesania sin fin las células de mi sangre, todas y cada una de ellas. El beso que me diste, el beso que te imploré y que no me negaste. Las flechas fugaces, los despavoridos disparos, el relámpago del látigo, la veloz cuchillada, el mordiente mandoble, el fino sablazo, el estruendo de la pólvora, la lanzada brutal, el escarnio del hacha, la pica fatal, la bomba letal. Todo por un beso, Clarita, por un casto beso de tus labios enrosados en dos pétalos de satén, labios húmedos y ligeros, trémulos y tensos, irisados y dulcificados por tu aliento de virgen primordial. Una Troya desatada por un beso, ¿a qué dios herimos? Aquella tarde de nubes en forma de reostato, con un sol ya declinante con forma de huevo de oca, y un viento suave y aromado de coníferas y helechos, aquella tarde de muerte y sexo tenue reviví en mi memoria los días de trinchera y gas mostaza en Dobro Polje, cuando la metralla atravesaba los cuerpos de mis camaradas y los vapores ominosos los asfixiaban entre jadeos de agonía y barro bituminoso. ¿Quién nos vio juntos en la Charca de los Desconsuelos? La soledad del bosque solapaba nuestra aventura, el enano ciego no pudo ser, el monje estilita es sordomudo, y la Bruja Montaraz murió a las pocas horas de escrófula súbita, y nadie más, por tanto, Clarita, pudo percibir nuestra presencia. Y de pronto, no dejo de pensarlo, tras el efímero beso, aparecen los soldados lansquenettes, los pintorescos bandoleros, la tribu maorí, los indios mohicanos, los partisanos, los requetés, la guardia mora,... Nos hirieron las postas de los cazadores de recompensa, tu mejilla reventó a la vez que mi globo ocular izquierdo como dos capullos de sangre florecidos de improviso. Caímos en la Charca de los Desconsuelos y desde allí contemplamos entumecidos de dolor y miedo la carnicería que delante de nosotros tenía lugar. Tan solo sabíamos que toda aquella barahúnda belicosa se debía a algo que nosotros, Clarita, tú o yo, habíamos hecho. El contacto de nuestros labios hizo trizas el mundo a nuestro alrededor; a ti te arrastraron unos espantosos gurkhas y te arrancaron de mis brazos con la cara aniquilada y a mí, medio ciego, me condujeron a rastras unos siniestros legionarios y me encerraron en este sofocante recinto de piedra de aspecto conventual que comparto con este asqueroso e inquietante mandril. Esta carta, que nunca te podré enviar, bella Clara, la escribo con mi propia linfa que la cuenca de mi ojo inexistente segrega sin parar, cuenca infesta de gusanitos que pronto gangrenará mi cara; pues con esa linfa, te decía, escribo sobre tiras de mi propia piel que se desprende poco a poco, con facilidad y cada vez más, de mi cuerpo sediento y deshidratado. Sólo dan de comer y beber al mandril. Ya no intenta seducirme, ve que la vida se me escapa con la rapidez del que se halla muy enfermo y sin sustento, apenas me muestra su culo de arco iris, hasta, a veces, siento que me mira con cierta conmiseración. No sé el tiempo que llevo aquí, quizás un mes, pero tengo que contárselo a alguien, aunque sea de esta manera tan al límite, utilizando mi propio cuerpo como recado de escribir. Tengo que contarlo, porque creo que pronto voy a morir, o, tal vez, no tan pronto. Hoy ha amanecido con una lluvia lechosa, helada y con vocación de eterna. El escalofrío enerva mis miembros en un calambre continuo y extenuante. El mandril me observa, se acerca, extiende su mano lentamente, roza mi frente, con su dedo índice toca la cuenca infectada, regresa a su rincón y con una boñiga seca de sus propios excrementos, amasada con la paja húmeda que le sirve de lecho y con la saliva espesa que escupe sobre la bola, se acerca de nuevo a mí, y con delicadeza inusitada, deposita la bola sobre la cuenca enferma y se apresta raudo en su rincón a observar, como un niño, los efectos causados por su travesura. No podría moverme aunque quisiera, la fiebre entorpece ya el más leve de mis movimientos y me abismo en un sueño lóbrego y profundo, muy cercano al fin de las cosas, muy cercano a la muerte. Cuando despierto, la lluvia persiste, pero la fiebre mortal me ha abandonado. Siento que la bola excrementicia sigue posada en mi rostro y veo cerca, muy cerca la cara del mandril, noto su aliento caliente y su olor extraño. Me acerca a la boca un cuenco mugriento con agua, que bebo con ansia animal, y después, un mohoso mendrugo que mastico fogoso y feliz como si degustara el más suculento de los manjares. Lo que fue mi ojo sigue supurando un líquido blanco, pero cada vez en menor cantidad y consistencia, creo que lo suficiente para acabar esta carta escrita sobre mi piel, que también, lentamente, va adquiriendo y normalizando su natural textura cotidiana. El mandril comparte su alimento conmigo, me ha salvado la vida y ha puesto un punto de emoción y esperanza en esta condena atroz y sin sentido en la que me hallo o, más bien, en la que nos hallamos los tres, tú, yo y el mandril. ¿Qué hicimos para merecer este castigo, Clarita amada? ¿Qué hecho delictivo cometió la pobre bestia que me acompaña en el suplicio? ¿Por qué nadie me dice dónde estás, cómo ha evolucionado tu herida tremebunda, qué reglamento o qué ley violentamos, qué cosa mala ha cometido el mono de culo colorido, qué hacían huestes de todos los ejércitos pasados y presentes combatiendo entre ellos, y todos ellos contra nosotros, con máximo denuedo junto a la Charca de los Desconsuelos, quién y por qué nos quiere tan mal? Sea como fuere, Clarita mía, la vida es corta, muy corta, y en esta celda angosta y fría la esperanza de una vida feliz y plena se va desvaneciendo, dando paso a una sensación de abandono de la propia conciencia y a vislumbrar o adivinar en lontananza el advenimiento de la locura, la sinrazón sólida y presente de un cambio en los conceptos, en las creencias, en los principios... y, sí, Clarita, también en los sentimientos. El nuevo candor, la nueva luz en la mirada del mandril, la turbadora paz que emana, su espera inocente, su maternal consideración, sus suspirosas duermevelas me están conquistando el corazón. Creo, Clarita, y perdóname, que lo amo, mucho más de lo que te amé a ti nunca, qué le vamos a hacer, por no hablar de su culo, claro.
          Así que chao, Clarita, es que se me acaba la linfa.

1.4.18

427. Tutoriales indios


          Soy el escriba sentado de Tebas, un tebano que escribe sentado, una figura sedente que escribe, un escribiente sentado de la ciudad de Tebas. No es poca cosa para los tiempos que corren, aunque las cosas nunca son pocas, en cualquier ámbito y circunstancias las cosas son innumerables, algunas de las cuales son nombrables y otras no; aunque creamos que todas las cosas tienen nombre, no conocemos a penas el nombre real de algunas de ellas, pero tampoco es importante lo que se conozca o se deje de conocer, lo que realmente importa es respirar varias veces al día, para perpetuar el concepto de vida, naturaleza, eternidad, todas ellas palabras que no significan gran cosa, sólo que jamás las comprenderemos, ni falta que nos hace, para continuar con nuestras guerras, con nuestros amores y con nuestras obsesiones cotidianas, eso es. Escribo sentado lo que me dicta el Faraón, o lo que me dicta el Sumo Sacerdote. No sé ni entiendo lo que escribo, ni ellos tampoco lo que dictan, porque nada importa, salvo el hecho de escribir; ahí, en este punto, sí estoy de acuerdo con la vida. Sin escritura no sólo no habría Historia, sino que no habría historias ni mentiras que las soporten o subviertan. La verdad, como el sexo, son conceptos muy sobrevalorados, la mayoría de nosotros vivimos sin ambas cosas y el mundo sigue girando alrededor del sol, según dirá Copérnico en algún momento, y girará hasta su destrucción final, que espero sea pronta, más que nada para presenciar en vivo el espectáculo final, la traca postrera de la existencia del hombre en la Tierra. Soy escriba y soy negro, al menos eso creo, tebano soy porque así me lo dijeron mis amos, y escriba soy porque a esa labor dedico mis días. Dedicamos mayoritariamente los días de nuestra vida a una sola actividad. Yo sólo escribo, mientras que otros miles sólo construyen pirámides, o sólo esperan la crecida del Nilo, o exploran durante toda su vida la localización del nacimiento del mismo. Mi padre fue lechero toda su vida, al igual que madre fue adivina, jamás cambiaron de oficio. Hay cazadores de cocodrilos que pierden la vida entre las fauces de los cocodrilos, que fueron el origen y motivo de sus esperanzas y su medio de supervivencia, pero nacieron para cazarlos de la misma manera que estos grandes reptiles predadores nacieron para comérselos a ellos. Egipto es un país difícil, más por su extraña gente y su religión que por su paisaje y clima. La cercanía del gran desierto nos inspira, pero también nos aspira el alma. Nos sucumben los misterios, los monstruosos enigmas, esa afición mortífera al más allá, que nos hace vivir en un más acá de magia demasiado barroca; cansados de tanto arcano para, al fin, seguir viviendo en pocilgas pestilentes y cuevas de terracota ardiente. La clase dirigente ni siquiera goza, sufren como leprosos, toda su vida diseñando sus exequias fastuosas entre rituales de nigromancia diabólica y liturgias esotéricas. Nada que ver, aunque andemos cerca, del espíritu y paisanaje mediterráneos, de esa cultura solar, diáfana y grácil, que dirime las filosofías y las creencias del hombre de manera más natural y risueña, al menos eso me parece desde aquí, sentado bajo esta asquerosa palmera apulgarada y agusanada, de palmas melancólicas y dátiles verrucosos, y que da una sombra pobre y tristísima, y tras la que atisbo la incoherente erección de un obelisco gigantesco, que conduce directamente a un cielo sin nubes desde hace siglos. Por la corteza de la palmera en la que apoyo mi recta espalda veo descender un enorme gusano, aproximadamente del tamaño de un falo de burro en estado de semi-flaccidez, es de color negro y lleva adosada dos protuberancias en su parte cefálica que sujetan una pluma de ave y un papiro respectivamente. Es una alucinación o un sueño, lo sé, pero no con certeza, en Tebas nada es cierto con certeza, sólo el calor y el nauseabundo olor del río, pero el gusano sigue descendiendo y los pelitos que lo cubren ya rozan mi tonsurado occipital. Si pudiera moverme lo haría con presteza, pero estoy conformado y esculpido en piedra caliza y, por tanto, mis movimientos son mínimos, apenas perceptibles para el ojo humano, muy insuficientes para ahuyentar a un gusano grande y negro con aspecto de falo de burro en estado de semi-flaccidez, que viene a venderme material de escritura para mi oficina, sabiendo como sabe, que estoy en mi hora de descanso.

30.3.18

426. Pemán y la pornografía


          Alguien me ha introducido a la fuerza en este saco y me ha dispuesto encima de lo que creo son los lomos de una acémila de carga. Pegando voy tumbos y más tumbos por un camino que resiento tortuoso, agreste y silencioso. Respiro con dificultad, doloridos todos y cada uno de mis huesos, sediento y confuso a consecuencia de este extraño acontecimiento que me ha conducido hasta aquí. Grito en la semioscuridad de esta celda de tela, increpo al individuo que sin duda guía la bestia y del que sólo logro oír sus parcas interjecciones para encaminar al animal. Huelo a burro o a mula. Me desespero, en fin. Sólo recuerdo el golpe en la nuca, la conmoción y el despertar en el estado y situación en que me encuentro. Soy miembro del cuarteto músico-vocal "Los Rancheritos de Guanajuato", grupo de invidentes mariachis especializado en rancheras de vanguardia y corridos hardcore. Nuestra fama nos precede por donde vamos y las polémicas van jalonando nuestro devenir por este proceloso sendero del arte musical de México. Salíamos de nuestro último recital en el Moctezuma City Hall de Aguascalientes, cuando hicimos una parada para comernos unos tamales en una cantina de las afueras de Santa Úrsula Patatxhula, cuya especialidad son los calopes de chinuro, pero también cocinan unos tamales muy, pero que muy chingones, y en eso estábamos cuando al entrar un servidor en los excusados y apoyar mi fagot eléctrico entre el lavabo y el mingitorio de loza, sentí un fuerte golpe en la nuca que me rompió la mera madre. No recuerdo nada más. La humedad que siento ahora en la entrepierna se debe a que acabé orinándome en los pantalones y, como se ha puesto a llover, la humedad se ha equilibrado por todo mi cuerpo. Me pongo a llorar y a llorar. Más y más lágrimas dirigidas a la humedad plena de cuerpo y alma. El golpeteo de los cascos del animal contra las piedras del camino están multiplicados por tres o por cuatro, lo que me hace pensar en más mulas o más burros, y que quizás mis compañeros hayan corrido la misma suerte que yo. Pero no he oído sus gritos ni sus lamentos, quizá estén muertos o todavía inconscientes. ¡Chingada suerte la nuestra!
          La comitiva se detiene. La lluvia cesó hace rato. Ahora hace un calor insoportable. Alguien se acerca al saco. Comienza el apaleamiento. Me ovillo como un feto. Recibo cincuenta golpes, lo sé porque mi verdugo los cuenta en voz alta. Me revuelvo sin perder la fetal postura defensiva. Oigo cómo crujen algunos huesos al quebrarse. El dolor anula la capacidad de gritar, el grito ahogado hace el dolor más agudo. La marcha se reanuda. Este laceramiento universal del cuerpo me impide perder la conciencia. ¿A quién beneficia—me pregunto—secuestrar y apalear a un pobre músico ciego ensacado y llevado a lomos de una mula? ¿Adónde me llevan y para qué? Al anochecer, nuevamente oigo contar hasta cincuenta tres veces, pero esta vez el acompañamiento percusivo no lo recibe mi cuerpo, lo que sugiere que Fito, Arsenio y el Gordo Lima se hallan en el mismo infierno. No nos movemos del lugar hasta la amanecida. Así fue nuestro primer día de secuestro y tortura. Llevamos cinco día, llevamos cinco tandas de cincuenta palos diarios, no comemos ni bebemos, ayer sólo pude oír tres serie de palos, es probable que el Gordo Lima no haya resistido más. Mañana o pasado mañana no quedaremos ninguno. 
          Los corridos y las rancheras son cantos populares mexicanos muy entronizados en la historia reciente de todos los pueblos de este gran país. El mexicano adora a sus intérpretes, a los cantantes y mariachis que los enarbolan por todos los pueblos y ciudades de la República. Reflexionando sobre el estado de la actual y espeluznante situación de Los Rancheritos de Guanajuato, he llegado a la conclusión siguiente: haber intentado introducir ciertas escalas dodecafónicas o ensamblar pasajes de serialidad átona a los estribillos de algunos corridos y rancheras, junto a la sustitución drástica—lo reconozco—de los instrumento tradicionales (violín por secuenciador Moog, trompeta por teremín, guitarra por mi fagot eléctrico y voz solista por carraca tribal de las Islas Mauricio), es probable que haya escandalizado y violentado a ciertos puristas del folclore patrio, y que hayan visto en nuestro trabajo un desprecio y burla a la grande y rica tradición musical mexicana. Si fuera así, bien que lo sentimos.
          Pero aquí viene otra ven este pinche joto cabrón hijo de las siete chingadas, seguro que con el palo en la mano y con ganas de contar. Con lo fácil que lo tenía yo en Santa Teresa, a las órdenes de Don Artemio, tan sólo yendo dos diítas a El Paso, y toda la lana del mundo, y todas las chavas de Sinaloa a mis pies, pero no, a mí me tuvo que dar por la música de Stockhausen, Ligeti, Reich y Penderecki. Y así me va, y así me va a ir, porque dos tandas de palos más y me voy pa siempre al carajo.

10.3.18

425. La taberna mística


          El anómalo cruza la cancha y se ubica en la zona de la canasta sur con su puesto de armadillos disecados.
          Lala, la abuela procaz, coloca la torda amaestrada sobre el círculo central embadurnado de brea hebrea (pegamento judío, engrudo israelí, zaragatona semita...).
          Casiopea y su catana se tumba con las piernas en posición de loto invertido en la tercera grada, debajo de los grandes ventanales emplomados.
        Del marcador electrónico penden sartas de golondrinas, en número de cien, con las alas cosidas unas a otras.
          El equipo arbitral enceguece con licores del Medio Oriente y entabla con risa bobalicona una discusión sobre las bombillas de mate uruguayas versus las bombillas de mate argentinas.
          Vendedores de libros y otras golosinas pululan por entre el público inexistente vociferando las excelencias de los unos y de las otras.
          El partido comenzará en unos instantes, cuando los fantasmas del equipo de animadoras estrellen los tambores contra el techo tachonado de odres, botas de vino turolenses y concertinas. 
         La música ambiental cesa y César se esconde tras la pérgola de plexiglás, porque a César le obligan a acudir a la cancha, pero a César no le gusta el deporte, a César le gustan las gachas de avena y el oír el crujido de las vigas de la sala prebostal de la Abadía.
       Néfer coge a su tití y lo introduce en el espacio cálido y angosto que delimitan sus pechos de ébano, mientras se acomoda en el palco de honor en espera de la llegada del Presidente.
        Los urinarios resplandecen con moscas de luz y vapores fosforados de naftalina.
          Fosito mira extasiado a su burro, que viste los colores del club. El burro de Fosito es versátil; a más de ser la mascota del equipo local, es a su vez la estrella porno en una de las barracas itinerantes que amenizan las ferias de los numerosos pueblos de la comarca.
          Las gradas en sí siguen sin público en sí. Los jugadores en sí nuca han salido en sí a la cancha, y la expectación en sí no es tal, es casi una ausencia o carencia total de expectación en sí misma.
        Los que están, son raros y más bien literarios, casi son, aunque se sabe que no son. En verdad es que casi ni están, aunque para la ficción, para la fantasía, no es necesario tanto verbo ni tanta carne.
          El baloncesto es un deporte genéticamente agrio, es lo menos literario que existe en deporte. 
          Yo soy cojo de alma e incontinente de carácter, el toro es lo mío, y todo aquello que me provoque la vesania necesaria para insultar sobremanera al estamento vegano universal.
          "Situm mendiuum propagit nesuun etrosque vitarum".

25.2.18

424. Las cloacas de Princenton


          La sal de la vida es a lo que el sistema nervioso propende, el cortocircuito, el límite de su capacidad de sorpresa o de su resistencia al estrés o al eco profundo de la Creación. Nos sentimos vivos en cuanto la vida ha de acabar, al borde del abismo es donde nos sentimos realmente solos, pero también únicos y necesarios. En el calambre feroz que enerva los pelos del alma es donde nos persuadimos de que algo de dioses sí que tenemos, nos conectamos con lo verdadero, con parte de Él. La sal de la vida escuece el horizonte de la muerte, lo disuelve y tal vez lo minimiza, aunque asusta su cercanía y su inexorable verdad. Nos armamos de lo que más a mano tenemos, nuestra voluntad de muerte inconsciente, la vocación eterna de arrimarnos al riesgo de las simas físicas o éticas, a la médula de la hoguera en que convertimos la pesadumbre del diario vivir. Nos sucede como a esos insectos que pululan estólidos alrededor de la cápsula de luz que los destruirá de manera irremisible. Pienso que habito en la superficie de una de las alas de ese insecto sin conciencia que gira y gira alrededor de su luminosa y cierta muerte. Mi voluntad descansa en la inconsciencia del devenir de un estúpido insecto para el que la muerte sólo supone un criterio de cercanía física o estética, nada sucumbe en él, aunque su extinción enlaza con la mía y mi mundo desaparece con el suyo. Pero luego pienso que sobre mi piel se desarrollan y viven miles de colonia de seres vivos unicelulares que saprofitan el detritus de mi piel y dependen igualmente de que mi pulsión, esta soleada mañana de febrero, no sea arrojarme desde la duodécima planta del este edificio donde resido. Este pensamiento que quiere ser pensamiento colegiado, no lo es, pero la unidad ecuménica que formamos es evidente, nada nos diferencia, sólo es cuestión de magnitud. Pero sigo proponiendo que la sal de la vida no puede conllevar una voluntad colectiva, debemos tender cada vez con más tesón a la individualidad, que nos acerca con más sabiduría a nuestro final universal, debemos entonces abordar los pasajes peligrosos de nuestra efímera existencia con mayor asiduidad y no menor elegancia, entendiendo esta elegancia con la sinceridad y sensato placer que nos ofrece el dilapidar parte de nuestra seguridad en aras de un acercamiento y conocimiento de las verdades, que se encuentran más allá de las colinas de nuestra conciencia. Vivir al límite, vivir con riesgo, sobrevivir a la electricidad de todo aquello que enajena, duele, subvierte, degrada o enaltece, vivir sin tope de la experiencia, sin barreras ni aduanas anímicas, con la libertad destrozada por su propia soberanía, atisbar el paisaje que sólo el demente intuye y el beato profetiza. Lo haremos solos, la ayuda no se concibe en el ámbito del mundo unitario y único en el que somos y en el que estamos.
           Dios, esté o no esté, sea o no sea, siempre será y estará detrás de la colina.

24.2.18

423. ¡Putas ostras! (Fucking oysters!)


          El asalto del Castillito de San Fabián trajo consigo la defenestración literal del Duqueconde del Almogrote, pero a su vez, hizo sucumbir la alegre confraternización que existía entre la familia del Castillito y las cofradías labriegas de la comarca. Jon, el pescador de almas, fue testigo del asalto y glosó en sus endechas y quintillas la gesta insigne del hecho guerrero. Monje, trovador, maestro de la lírica agropecuaria y ganadera, Jon era asaz cobarde y otra cosa que ahora no recuerdo. También, cerca de donde estos hechos acaecieron, se encontraba el mar.
          Esta historia que parece trunca, no lo es necesariamente. Aunque no necesita exégesis alguna ni síntesis consecuente, se constituye por sí misma en necesaria, sin que ello afecte a su complitud. No sé si me explico. Supongamos que la historia es efectivamente trunca (que no lo es), pero supongámoslo. Entonces, considerémosla completa, partiendo de la base que conocemos la trunquedad de su origen (que no es tal). Se desliza con suavidad la consecuencia de todo ello, que no es otra que la imagen anfibológica de una realidad secuenciada, pero completa, no trunca, desvirtuada y deslindada de los presupuestos geométricos o lógicos, lo admito, pero perfectamente reconocible y estructurable en el espacio y en el tiempo. La buena fama y lo perdurable de su existencia (me refiero a la fama y perdurabilidad de la complitud) se basan en la suma facilidad con la que cualquier imbécil es capaz de introducirla en un pote de porcelana o barro cocido y archivarla eternamente en los anaqueles adecuados. Pero lo trunco, no. Lo trunco queda relegado al cuarto de las escobas y los productos de limpieza, tan agresivos ellos con todo aquello que en vida no se completó.
          Ahora paso a hablar de Margarita Milfuegos, hija de Silas Milfuegos. Nació trunca de nalgas en la piragua de su abuelo Amílcar Milfuegos en 1889 y murió allí mismo, en la piragua del yayo Amílcar. Su madre, desgraciadamente, se encontraba en aquel momento desdichado del alumbramiento subastándose ella misma, la muy guarra, al peor pujador en la región de Canaima, a orillas del Orinoco.
          Esta historia que parece completa, no lo es necesariamente. Aunque no necesita exégesis alguna ni síntesis consecuente, se constituye por sí misma en necesaria, sin que ello afecte a su trunquedad. No sé si me explico. Supongamos que la historia es efectivamente completa (que no lo es), pero supongámoslo. Entonces, considerémosla trunca, partiendo de la base que conocemos la complitud de su origen (que no es tal). Se desliza con suavidad la consecuencia de todo ello, que no es otra que la imagen anfibológica de una realidad secuenciada, pero trunca, no completa, desvirtuada y deslindada de los presupuestos geométricos o lógicos, lo admito, pero perfectamente reconocible y estructurable en el espacio y en el tiempo. La buena fama y lo perdurable de su existencia (me refiero a la fama y perdurabilidad de la trunquedad) se basan en la suma facilidad con la que cualquier imbécil es capaz de introducirla en un pote de porcelana o barro cocido y archivarla eternamente en los anaqueles adecuados. Pero lo completo, no. Lo completo queda relegado al cuarto de las escobas y los productos de limpieza, tan agresivos ellos con todo aquello que en vida no se truncó.

17.2.18

422. ¡Qué vivan las caenas!


          Paul Churches es un señor inglés con aspecto de chamarilero hondureño o de asesino leve de Melilla. El aspecto es de suma importancia para los que nos dedicamos a la investigación criminal por cuenta ajena. Todos los detectives de aquí semejamos ser detectives de otro lugar y todos denotamos un cierto vestigio pisciforme, es verdad, tenemos aspecto de pez, aunque llevemos revólver y sombrero, y aunque bebamos bourbon y calcemos mocasines Kenny's. Mr. Paul Churches es calvo pero tiene coleta occipital, eso sí, muy grasa y teñida de lila. No suele usar sombrero ni paraguas y habla con acento marcadamente guaraní. Su niñez, he sabido, la pasó en el Paraguay, siendo su madre agregada cultural de la Embajada Británica en Asunción. Tras la muerte de Mrs. Churches en un lamentable accidente doméstico con una depiladora biónica, el joven Mr. Churches regresó a Londres, donde su padre, el viejo Mr. Churches regentaba un próspero negocio de jardinería zen. Desde entonces el joven Paul es investigado. No sabemos por qué, nadie nos ha contratado a ninguno de nosotros para tal fin, pero el caso es que lo investigamos de todas formas, de manera continua y con gran entusiasmo en nuestras pesquisas. Todos los investigadores de Londres nos reunimos una vez a la semana en la sede del PICOL (Colegio Oficial de Investigadores Privados de Londres) donde exponemos y debatimos nuestros hallazgos sobre la vida y obra de Mr. Paul Churches. En la última de nuestras semanales sesiones llegamos a una serie de puntos irrebatibles y consensuados por una mayoría cualificada sobre el asunto Churches, que resumimos en el siguiente decálogo: 

1.) Afirmamos, junto a Nietzsche, que la vida sólo es soportable cuando asumimos la idea irrefutable y consoladora del advenimiento de la muerte.

2.) El tiempo es el concepto más demoledor de cuantos la mente humana ha creado.

3.) Todos los dioses son verdaderos, absolutamente todos.

4.) Sin una idea ecuménica de la Humanidad, la Humanidad está llamada a ser el sumo error de la Creación.

5.) El amor, como concepto, es irrevocable, pero como instrumento, es veleidoso, fútil e innecesario. 

6.) La violencia es inversamente proporcional a la bajeza ética o moral de las sociedades que la instituyen.

7.) El marxismo es la hegemonía del satanismo como el liberalismo es la hegemonía de la cirugía judeocristiana.

8.) La literatura es libertad ficticia, pero la ficción no es libertad literaria.

9.) Nacemos para perpetuar todo aquello que nos apasiona destruir.

10.) Si el alma tuviera forma, la ciencia ya lo hubiera averiguado.

10.2.18

421. Escenas aragonesas


          El estado de pulcritud extrema del Marqués llevaba a pensar en el también extremo grado de sadismo de sus tropelías asesinas. Quizás sus trajes eran incinerados en la caldera del sótano los viernes de madrugada, cuando regresaba de sus correrías sanguinarias empercudido de humores viscosos y jirones de carne torturada. El excelente talante, la cortesía renacentista y la bondad de carácter matutinas contrastarían severamente con la acidia que en la tarde de los jueves iba ganando terreno en la profundidad de las arrugas de su cara, en el surco nasolabial, en el adusto entrecejo, en la profundidad arada de los pliegues de la frente. Sobre las doce de la noche, el Marqués salía con su maletín de piel, montaba en su simón y no volvía hasta la amanecida. Era entonces cuando le oíamos trastear en el sótano durante un buen rato y no volvíamos a notar su presencia hasta bien entrada la mañana, cuando aparecía en el salón con un apetito voraz, aseado, perfumado y con un humor ciertamente angélico. Por aquellos días fue cuando empezaron a salir publicadas en la prensa noticias inquietantes, y a veces espeluznantes, sobre los atroces crímenes llevados a cabo, según las primeras investigaciones de la policía, por un metódico asesino que al parecer seguía un estricto ritual para la realización de sus actividades criminales: asesinaba los jueves, asesinaba sólo a mujeres viudas de muy alta posición económica y lo hacía con un muy ajustado y preciso método repetido en las, hasta ahora, cinco víctimas encontradas. Primero las estrangulaba utilizando las bragas de la pobre desdichada, hasta que perdían la conciencia pero no fallecían. Luego las vestía con ropa de hombre y las amordazaba y ataba a la cama. Es entonces, con la víctima ya despierta, cuando comenzaba un espantoso cortejo de mutilaciones sin fin, que acababan más tarde que pronto con la muerte y posterior descuartizamiento de la mujer, quedando en los cinco casos aparecidos hasta ahora, un número de 45 secciones por mujer asesinada. Los jueves en la ciudad era tradición aristocrática dedicar la tarde a recibir visitas, los salones de las casas señoriales abrían sus puertas a reuniones de tipo cultural, sesiones musicales, lecturas de poesía, reuniones también informales en las que, por grupos, se hablaba de todo y de todos y se tomaba el té o se servían cenas frías, siendo algunas de estas reuniones muy concurridas y alargándose en muchas ocasiones hasta altas horas de la noche. Por tanto, la policía estaría al tanto de que el sospechoso habría de ser alguien que se moviera con total soltura y libertad entre los círculos y ambientes aristocráticos de los jueves. Las cinco mujeres asistieron como invitadas o anfitrionas a alguna de las conspicuas reuniones, lugares en los que sin lugar a duda se relacionaron fatalmente con su satánico verdugo.
          Mi nombre es Adolphe Voinchet y soy mayordomo en la casa del Marqués de Valentinois desde hace veintinueve años. Conozco al Marqués prácticamente desde que era un niño. Todo el servicio lo conoce y ninguno de los miembros de ese servicio podría decir una sola palabra que pusiera en duda la más absoluta corrección, incluso bondad, en el trato del Señor con respecto a cualquiera de ellos. Conmigo mantiene una cercanía de, me atrevería a decir, velada amistad y prudente confianza, una medida cordialidad y cierta irónica complicidad. Nos tenemos un afecto y respeto leal y verdadero. Desde que murió la Marquesa, hace ahora cinco años, esa especie de afecto mutuo se vio estrechado al fallecer mi esposa a los pocos meses de que falleciera la Señora. El dolor acerca mucho a los que sufren desgracias similares.

          De verdad, que cuando lo detuvieron al señor Marqués, yo no me lo podía ni de creer.






420. Visiones de Manolín


          1.) Habla Haruki de escribir. Habla de forma leve y amable de lo que surge en él como polución nocturna y en los demás como pétreo ataque de migraña. Los lápices de colores son para sus compañeros de profesión plumas estilográficas de sangre o teclas electrificadas. Pero para Haruki escribir es tenue brisa indolente e indolora, notas caligráficas ensambladas a las notas de jazz que envuelven sus días y sus noches de novela.
          2.) Nadie me lleva de la mano como Haruki. Nadie, por otro lado, me lleva de la mano habitualmente, me refiero a los autores de novelas. Los sigo, a veces de lejos, a veces de cerca, pero casi nunca me guían y mucho menos me cogen de la mano, Haruki, sí. Y yo me dejo llevar gustoso. La primera vez que caminamos, recuerdo que me enseñó una canción que hablaba de la madera noruega mientras caminábamos por las estaciones de metro de Tokio, y hasta hoy no ha parado de pasear conmigo mostrando su paisaje a mis ojos, que se desorbitan un poco, menos sorprendidos que cómplices.
          3.) Muere hoy en mi ciudad un gran escritor del que no tenía la menor idea de su existencia. La prensa lo eleva a los altares de la santidad literaria, y a mí el caso me deja un regusto desagradable, sintiéndome culpable de mi real inoperancia en esto de estar al día de lo que me rodea y casi me roza. Tokio me atrae, sin duda, más que la cornisa del Aljarafe, aunque lazos de sake e historia unieron y unen Coria con Japón.
          4.) Creo que yo nunca hubiera imaginado un panorama celestial con dos lunas, una de las cuales no fuera de una circularidad perfecta, aunque difiriera en tamaño de su compañera. Haruki, en cambio, me confunde y fascina: una de las lunas es perfecta, la otra es pequeña, deforme, una degeneración selenítica abollada y perturbadora. La imaginación dentro de la imaginación. El escondite al final del cajoncito pequeño al fondo del mueble con múltiples cajones.
          5.) Creamos mundos paralelos, a veces divergentes, creamos caminos conducentes a parajes diversos, inquietantes o felices, escribimos novelas a diario que no quedan plasmadas en un soporte duradero, aunque nada es lo que perdura más allá de la consunción de un planeta o la abolición de una raza. Vivir es escribir, vivir es la palabra, quizás sea el Verbo, quizás la cifra, o el símbolo, o el mito...

3.2.18

419. The Archetypics


          ¡Qué bonito es Barcelona!, hasta el mismísimo grupo de fonemas que la define es bonito, un tetrasílabo perfecto: Bar-ce-lo-na. Ninguna otra combinación silábica (y las he desarrollado todas) es tan hermosa como la original; o, si no, prueben: Lo-na-ce-bar, Ce-bar-lo-na, Bar-lo-na-cer, Na-bar-lo-ce..., ¿a que sí?, ¿a que son palabrejas toscas y cacofónicas? Y qué decir de otro tetrasílabo majestuoso como es el que engloba y acoge al anterior: Cataluña. ¿Habrá cuatro sílabas tan bien dispuestas en nuestro arsenal lingüístico, en nuestro acervo toponímico, tan sutiles y bellas como éstas? Seguro que no. Hagan la prueba anterior de variaciones y combinaciones silábicas y huirán espantados ante semejante afrenta fonética, vean si no: Ña-lu-ca-ta, Ta-ña-lu-ca, Lu-ca-ta-ña, ¡algo espantoso, tremendo! No quisiera extenderme, pero es que lo mismo podría argüir de Tarragona, Palafrugell, Casteldefels, Castellfullit, Torrefeta, Vallfogona... Nombres que exhalan lisuras de sublime armonía, ecos de trémolos barrocos y melodiosas asonancias de equilibrio sonoro sin parangón en las demás geografías y toponimias no solo hispanas, sino planetarias. 
          Yo es que muero con un tetrasílabo, y si éste es esdrújulo, ya ni les cuento. También muero por todo lo catalán. Es más, sé que en otra vida fui o tuve que ser catalán. Desde adolescente, e incluso antes, recuerdo que se me humedecían (y se me siguen humedeciendo) los ojos en la contemplación de un imposible casteller, ante unos chorreantes calçots, una butifarra reventona, una pasional sardana, en presencia de cualquiera de los productos de la Casa Tarradellas, frente a una foto del propio Tarradellas, ante L'estaca de Lluis Llach, y con las putas de El Paralelo, o el tambor del Bruch, qué sé yo... Creo que el responsable de esta pasión catalana fue mi padre, que me dio nada más nacer un chupete mojado en cava como primicia alimentaria que entraba en mi boca. Gracias a él fui agraciado con esta epifanía, con esta sensibilidad poderosa y abierta hacia todo lo catalán, que penetró en mi cuerpo y en mi alma hasta los mismos tuétanos. Porque, aunque nací en Madrid y fui criado y vivo en Sevilla, yo soy catalán por los cuatro costados, eso es así y así será.
          Es por ello que desapruebo esa querencia cateta del resto del Estado Español y de los propios españoles no catalanes a no ver, ni siquiera intuir, la oportunidad que el régimen de libertades cívicas del que gozamos nos brinda para asumir de pleno todos y cada uno de los postulados políticos, culturales, idiomáticos y sociales que la más avanzada sociedad de nuestro país ofrece a todo aquéllos que quieran abrazarla. Lo catalán está ahí para que todos vayamos, unos contritos y otros con alborozo, a sumergirnos en su seno de progreso, cultura y bienestar. Dejemos de darnos la espalda catalanes y castellanos y estrechemos lazos, volteémonos, unámonos, tórax con tórax (pechito con pechito), compartamos la cantimplora. Ellos nos quieren y nosotros debemos quererlos, porque son catalanes y tienen el hecho diferencial del que nosotros carecemos: no se sienten españoles, ¿comprenden? 
          Yo ya sé decir siete cosas en catalán: "...em cago en la teva puta mare", "...el cony de la teva germana", "...a xuclar a la venta", "...que et donin pel cul", "...a Cadis cal mamar", "...el cabró del teu pare", "...em cago en tots els teus morts"*

          * Traduc.: "...qué bonita es Barcelona", "... ¡viva el Barça!", "...por favor, ¿para ir a la Sagrada Familia?", "... ¡que ricas las mongetes con butifarra!, "...la Diagonal es considerablemente larga", "...Cataluña es mejor que Madrid, donde va a parar", "...vamos al Tibidabo".

21.1.18

418. El exceso de pelusas


         Me tienta el día con su luz primitiva y primaveral, aunque es una tentación orientada al fracaso. Quizás, lo que de verdad me tienta es el fracaso de este día extraño y luminoso y el fracaso ostentoso, pulcro y tibio de esta primavera desmedida, inesperada. Los tiempos que llegan, las sucedidas estaciones, el crisol de climas itinerantes. Prevemos el sudor de nuestra frente y, al punto, la punta de los dedos lividece en el frío que ha surgido de la nada. Somos seres pendientes no tanto del reloj que nos somete como del ídolo térmico que nos apresa en su red de ambientes y temperaturas cambiantes. Pues en este día que describo, la dicha de los días templados se ha mezclado con el rubor del trópico y con la azulina vesania de la helada boreal. Los objetos medidores han anclado agujas y mecanismos, han exorbitado flejes y sojuzgado termostatos en un revuelo de meteoros desprendidos y juguetones, dejando a las praderas y a los desiertos absortos en milagros atmosféricos. Mi momento demudado en la aurora de este día que imaginaba de mayo ha sucumbido pronto a un fracaso septembrino con un aroma radical a crisantemo. Las flores enloquecen desde mi ventana, el jardín sonoriza de pólenes confundidos el aura de esta mañana inconexa de colores nuevos y tristes. El púrpura solar enmudece y tornasola oscuridades de otoño, y el frío enhebra, aparece y desaparece, en un mimbral de calores huidos, de siesta nocturna y clamores matutinos. Insectos, mil, zumban sus diatribas y entrechocan sus esqueletos en una danza aérea y delirante. Ya no saben dónde van y los pétalos ansiados se irisan en un denuedo de soledad polinizada. Dejo el alféizar de la ventana con la ventura de haber sido testigo de un día propicio para ser el primer día del fin del mundo. El clima del mundo, las borrascas que presagian el fracaso de la eternidad, el anticiclón de todos los dioses que drenan y barrenan las terminales del tiempo. La mariposa que no debe estar aquí se posa en la flor que no debe estar allí, porque el granizo que abolió el parterre inexistente dejó la comarca anegada de augurios de oriente, malos augurios, y de profecías insensatas de occidente, divinas profecías, y todo ello conducente al fracaso pleno de la ley del tiempo, de la ley del clima, de las leyes de las cosas.

          ¿Y el hombre que mira por la ventana?
          El hombre dejó el alféizar y abandonó al gato que siempre lo acompañaba.
          El hombre se fue a ser juzgado.
          Porque no hay Fin del Mundo sin Juicio Final.

25.12.17

417. ¡Y ni uno más!


          Voy a ser poeta, desde hoy mismo, un poeta grande, generoso, apóstata de las formas melifluas y de ripio intenso pero irónico, una especie de Petrarca imbuido por Emily Dickinson. Voy a ser poeta de puertos y tabernas, muy cercano al pueblo y alejado de los emporios rimbombantes de las academias y de los telarañosos paraninfos universitarios, sí señor. Puestos a ser líricos, lo mejor es empezar desde abajo, comenzando a aprender a leer y a escribir, por ese orden. Nunca es tarde para tales menesteres y aunque me han detectado un tumor de medio kilo en el lóbulo frontal, tal cosa no es ni será óbice para que me convierta en proverbial rapsoda y trovador profundo. Desarrollaré mi ars lirica ensayando primero la endecha castellana de rima aliterada binaria propia del "Cantar de la Moçita Mora", pero expresando temas de candente actualidad, como la informática o la resiliencia de los internos de las cárceles de Bruselas. Más adelante enfrentaré la quintilla, el serventesio, el tetrástrofo monorrimo o la cuaderna vía, abundando en temas sociales con tacto y temas metafísicos sin tacto alguno. Me lanzaré pues, al comienzo de mi prometedora carrera de vate intrépido, a un repaso fundacional de la lírica latina y europea, para posteriormente enfrentar el estudio práctico de las líricas anglosajona y eslava modernas más pormenorizadamente. Subsumido y asimilado el impulso epistemológico de la poesía en todos sus fundamentos, dentro de un ámbito no solo de conocimiento profundo sino, a la par, ejerciendo una ingente labor creativa, abocaré sin remedio a parajes de exclusividad personal, llegaré a la flagrante extensión de terreno propio, insospechado para todos e incluso para mí, habré conquistado el entorno propio del poeta, aquel en que su alma se expande y se deposita en el magma primigenio de la creación original. Es el momento en que el hombre se diluye en su némesis especular, en su enemigo paradójico, que lo acerca, envuelto en su inspiración, al territorio ansiado del genio. Este camino tremendo, lleno de enjundiosas tentaciones, habré de atravesarlo con mesura y predisposición, bandeando ríos de soberbia y lagunas de vanidad, bosques de aventuras malhadadas y selvas de metáforas inanes. Enemigos de mi raza encontraré que con venablos orales intentarán derrocar mi estro y mi aliento inspirador, envidiosos arañapliegos que maldecirán mis versos ensuciándolos con su icor emponzoñado de verde envidia. Aun así, mi ardor guerrero en el Agramante campo de la lírica será vencedor o no será, dejaré en el empeño de mi arte futuro mi hacienda y la parte de mi vida necesaria para tan codiciada meta.
          Pero es evidente y palmario que para la realización de este mi sueño es condición sine que non aprender a leer y a escribir. Con setenta y cinco años y el medio kilo de tumor en la frente, por su parte interna, me va a costar, sé que me va a costar, bastante, por no decir mucho (o muchísimo, no sé), va a ser tremendo, la verdad, no sé si quizás debería pensarlo con más detenimiento, igual podría redireccionar mis impulsos artísticos a sectores creativos más asequibles y acordes con el factor temporal (tiempo que me queda de vida), como el sudoku de tres dígitos (¡pero es que tampoco sé de números!) o el Teatro Nō para occidentales (¡pero es que odio el drama musical japonés!). En fin ya veré lo que hago. Les mantendré informados, si no fallezco antes.

24.12.17

416. Bestiario 06


          HASTROG. Ser Hastrog es ser visto y no visto. Es ser telúrico hecho a sí mismo sobre preceptos ontológicos de velocidad y carrera. Su forma circular, redondeada, de epidermis incrustada de miles de bulbos pequeños y aceitados en su práctica totalidad, le confiere una inefable propensión propulsiva con un mínimo de potencia y una inercia casi infinita. Su esencia es la movilidad constante, con un empuje anímico dirigido a alcanzar velocidades cada vez más y más trascendentales, que a veces llegan a la de la misma luz, pero esto sólo ocurre en ciertos momentos de su estado adulto y plenario. De niño, el Hastrog recorre incauto y en soledad caminos y caminos al albur de sus rápidos pasitos, golpeándose e hiriéndose con todos los ornamentos vegetales y ruinas eclesiales de la campiña. Sus progenitores lo abandonan una vez nacido en una veloz carrera no exenta de lágrimas y pasajeras nostalgias parentales. Su alimento, desde esos primeros instantes de vida, está constituido por los billones de partículas en suspensión que el aire acoge en su diáspora eterna. Al Hastrog no se le ve, se le otea, se le atisba en la lejanía, a veces sólo se le intuye, no nos roza, pero su estela nos levanta los faldones y nos aturde el fleco de la estola. Su presencia en reposo (nunca lo está hasta que muere) es presencia neumatiforme y neumática, vibrátil y ansiosa, de tonalidades oscuras y de redondez manifiesta. Más que vivir o ser es ente rodante, nervioso, incomunicativo con nosotros y entre ellos mismos, poco sonoro, no habla con nadie el Hastrog, y apenas nos necesita, aunque a veces se queda enganchado en algún saliente rocoso de un risco inoportuno o en alguna excrecencia espinosa del sotobosque. Le teme tanto al fuego como al agua. Su individualismo sin fisuras le condena a una lenta pero inexorable extinción; se aparea poco y mal, su eterno movimiento no ayuda ni al conocimiento preciso ni a la eficaz coyunda con su pareja congénere. Es, por tanto, el Hastrog bestia posmoderna en tanto metáfora de la vida efímera, acelerada y vehemente de los estertores de esta nuestra historia humana reciente, algo perpleja y cansada. Desde la huerta comunal avistamos sobre la cresta de la lejana loma unos volocísimos puntos negros y gomosos que intuimos Hastrogs en su larga huida hacia la nada oscura y sempiterna.

23.12.17

415. Hubo en Lugo un tal Hugo...


          En el ángulo superior derecho del desmesurado cuadro unos monjes o frailes, todos iguales, algunos de espalda y otros mostrando el semirrostro encapuchado, dispensan palabras, quizá consejos, a un grupo de indios maniatados y arrodillados, es probable que los estén predisponiendo con el Dios de los Conquistadores, porque van a ser prendidos cono teas en una de las tres hogueras que se yerguen a continuación y que ya están combustionando a tres infelices nativos, todo llamas y contorsión. Separada esta escena de auto de fe por un riachuelo con peces rojos que asoman sus rojas cabezas, aparece otra escena en el ángulo izquierdo del cuadro no menos truculenta, en la que varios guerreros pertrechados de largas picas o lanzas enhebran por el pecho a terribles simios de feroces y blanquinegras fauces y gruesas colas peludas. Por encima de los soldados, varias aves de plumaje multicolor se hostilizan en una irritante madeja bélica de garras, picos y plumas. El cielo sobre estas escenas azulea sobre los monjes y se hace ocre sobre los monos ensartados; sobre los pajarracos, un celaje de nubes grises emborrona y enturbia un horizonte andino y boscoso. La parte central del cuadro, de personajes de gran tamaño, hace que la zona superior parezca lejana, escondida, casi olvidada. Un grupo de caballeros castellanos y otro de altivos nativos se hallan enfrentados, no afrentados, sonrientes los unos, relajados los otros, en número de diez los primeros, en número de ocho los segundos. Además, en el segundo grupo hay tres niños, y de los ocho adultos, dos son mujeres, una joven y otra vieja. Ambos grupos ocupan toda la horizontalidad del cuadro en su parte central. El principal de los caballeros, de cobrizo yelmo y larga espada, tiene en la mano un espejo de pedrería y un rosario de cuentas de alabastro, el segundo de los caballeros presenta, en actitud de dádiva, una vasija de aceite o de vino, y el tercero muestra una corta espada muy recamada en su funda de cuero. Son presentes que ofrecen al cacique que mira reflexivo los objetos con ponderativos ojos, ojos que son como dos navajazos en una piedra de cera. Los demás nativos miran al suelo, menos la india joven, que mira con elegante espanto a los extraños extranjeros. Los tres niños se protegen agarrados a las piernas de la vieja nativa. Debajo de esta escena principal de encuentro entre culturas, en la banda inferior del cuadro se expresa la Naturaleza sin ambages, feraz, tumultuosa y cruel: hirientes espinos del ingente manglar se retuercen entre nidos de amarillas arañas y elípticas formas vermiformes; dos serpientes negras devoran a la sazón un informe animalillo sin pelo, mientras un armadillo roe el esqueleto de un cóndor putrefacto.
          Al lado del imponente óleo, inserto en un abigarrado marco de madera repujada y trabajada en un rapto de delirio barroco, se encontraba una pequeña tela desmarcada de 40 por 30 centímetros que expresaba sobre un fondo color mostaza de Dijon dos irregulares círculos negros dentro de los cuales se veían dos letras amarillas, la "z" en el de la derecha y la "v" en el de la izquierda.
          El precio de salida del primero de los cuadros era de 250.000 €, el del segundo, 1.500.000 €. No pujé por ninguno de los dos. Los 6,50 € que poseía los invertí en un vermut y un pincho de boquerones en vinagre en la Taberna de "La Macanita", tugurio de Malasaña adornado en sus paredes con Braques, Delaunays, Murillos y algún que otro Picasso; es un local que además posee una relación calidad precio sumamente ajustada.

16.12.17

414. Vellos no tan púbicos


         Tengo un vecino que toca el bombo en la Joven Orquesta de Sevilla. Este vecino forma parte de una familia compuesta por seis hermanos, más los padres y un tío abuelo que vive con ellos. Sólo Tomasín, el del bombo, es el que aturde y atrona con su maza la débil elasticidad de mis membranas timpánicas, una tarde sí y otra también. He presentado de palabra mis quejas al padre y a la madre del chico, y por escrito al presidente de la comunidad y al administrador de la finca, pero Tomasín, ¡qué rico!, sigue con el pum pum vespertino. El 89% de la familia del niño no toca el bombo ni hace otro tipo de ruido que no sea el habitual y doméstico de una familia numerosa. Un 11% de la población de esa casa, por tanto, Tomasín, sí toca el bombo. La estadística, no obstante, me reconforta lo mismo que un trino de tucán en la ribera del Orinoco. Detesto a la familia de Tomasín, que no es capaz de hacerle comprender que su afición y su actitud son deletéreas para la paz y sosiego de otros seres humanos. El presidente de la comunidad y el administrador contemporizan, inclinando su parecer hacia la importancia que la música y las artes en general determinan en el feliz desarrollo de los jóvenes, apartándolos de los tristes senderos de las drogas y la inacción social. Por tanto, los círculos de poder que rodean al joven e infamante percusionista, se inhiben en beneficio no de la víctima que sufre, sino en beneficio del que tiene en su mano la maza. Apelo entonces a los vecinos que, considero evidente y dado que todos tienen orejas, creo que funcionantes, sufren un martirio semejante al mío. Veamos: un vecino no simpatiza ni empatiza conmigo porque soy del Betis, otro dice que no quiere líos con ningún otro vecino, otro me informa que por las tardes se fuma un canuto y se pone los cascos, y el último dice que de joven tocaba el tambor  en el acuartelamiento de Regulares de Melilla y que Tomasín le trae recuerdos de su juventud. Nadie, pues, va a hacer nada por o para salvarme del niño del bombo. Todo el mundo me da y me dará la espalda, porque de alguna manera que no logro entender, soy o debo ser el culpable del conflicto. Es probable que yo sea un fascista intolerante y desabrido, insensible y paidofóbico, asocial, misántropo, incluso peligroso y susceptible de ser investigado o, cuando menos, vigilado. No hay que ser el más listo de la clase para ver en esta mi historia (mi historia con Tomasín) un símil a pequeña escala de muchas de las terribles cosas que nos están pasando a todos. Ahora todo es más complicado, seguimos identificando a los culpables, sabemos todos quién es el que toca el bombo, pero algo ha sucedido, el percusionista ya no se esconde, tiene apoyos donde antes no los tenía, hay interesados que le lustran la maza con manteca y teóricos que le escriben nuevas partituras. Con todo esto el chico se envanece y asume la idea de un futuro de tambores y bombos cercanos, un nirvana de estruendo reiterado y eterno. No creo que nos estemos acostumbrando, no creo que el pum pum acabe convertido en el tic tac de nuestro reloj vital, no lo quiera Dios. Yo sí tengo miedo, miedo a volverme loco de impotencia, miedo a que un día no pueda más y estalle, y reviente a puntapiés el bombo y al dueño del bombo, el muchacho que con tanto denuedo, impunidad y alegría me martiriza.

          Es por todo lo que acabo de referir por lo que me siento muy irritado no ya con Tomasín (o no sólo), sino con todo el ámbito que rodea al joven músico, con todos aquellos personajes que jalean su actividad, con los que se tapan los oídos (sordos voluntarios), con aquellos que lo ven como un símbolo de no sé qué revolución, con aquellos a los que todo les produce risa, en fin, ... me siento irritado con la vida en general, o al menos con esta vida tan molesta e irritante que nos ha tocado vivir.

413. La prisión de Piedra Hincada


          Las gentes bravas de Murcia, la rudeza de Navarra, la sorna medieval de Melilla, la síntesis de astucia y rebeldía leonesas, el abigarrado letargo andaluz, la concupiscencia cristiana de Valencia, el almíbar moral de Vasconia, la tibieza seminal de los gallegos, el genio crepuscular de Extremadura, la elegante dependencia castellana, el arsenal de ditirambos ceutíes, la prosapia clandestina balear, el síndrome brutal de La Rioja, la puya agreste aragonesa, el clamor de leche cántabro, la mente polinésica de Las Canarias, la enjundia de arcabuz de los astures, los canales tremendistas de Madrid, la meliflua jalea catalana.
          España como puzle hierático, como granos de mijo en sonaja de un dios tan moro como cristiano, España como pastel de vilipendio trufado de gigantes y cabezudos, España loca de atar con moño de charol, con tricornio de terciopelo, España catarí, templaria, masona, menos romana que ibérica, menos atlántica que índica, España sin Portugal (¡qué triste!), tan marrana como judía, tan bereber como goda, llena de pústulas exquisitas, crisol de miasmas flamencos e insectos visigodos, España de blasonado canto y clerecía informe, España de geometría alocada, de suburbios de guirlache, de nauseabundos villorrios, España de gitanos muertos por payos muertos por gitanos leves.
          El cisma que no cesa, la baba calentita que pendula o pendulea o que pende de la comisura bobalicona del preboste que mira endiosado las tetas de la diosa contraria a su acervo ideológico. Es la España de la cisura incesante, que divide el cuerpo eclesial, el cuerpo y la fuerza de seguridad del Estado de Buena Esperanza y Caridad, el cisma del Cuerpo Presente, la escisión de los Cuerpos de Bomberos de las diecisiete Comunidades y de las dos Ciudades Autónomas, el cisma del Toro, del Fútbol, el cisma de la Eurovisión de los pueblos de Europa, de la Europa como proyección neurótica de esta Noción de Nociones Encontradas sobre el concepto de Nación (cuando los más tontos del lugar saben y conocen que una Nación es un concepto que mezcla estos cinco elementos: 1) Dios. 2) Un poquito de bechamel. 3) Los leotardos sudaditos de Tania Doris. 4) Un mal cuadro del Tintoretto, y 5) Un gin-tonic, por favor). Y lo demás son monsergas de extrarradio. La revolución no llegó a esta piel de toro (miel de loro, pie de oro, hiel de moro...). La revolución sigue sin llegar. La revolución no llegará, porque no fuimos, ni somos ni seremos revolucionarios, igual que tampoco somos profetas ni posibilistas ni gimnastas, ni siquiera somos aquello que están ustedes pensando. Entonces, ¿qué somos?
          Respuesta: NO SOMOS. Así es (o asinés). El español no es ni lo va a ser nunca, porque nunca ha sido. Este afán histórico por ser nos condujo siempre a la barbarie. En las etapas menos ontológicas de estas coordenadas geográficas que habitamos, los conflictos habituales se serenaban y la disarmonía de los pueblos integrantes (intrigantes) se diluía a ojos vista de manera pacífica, hasta que un exabrupto de afirmación ensoberbecida surgía en cualquier boñiga feudal o estamento de poder y otra vez nos embarcábamos en disputas sin fin por querer ser alguien, por ideas de reconocimiento internacional, y de nuevo nos sumergíamos en el viscoso puré de las determinaciones nacionales o nacionalistas y llenábamos de muertos las vías romanas, los pasos fronterizos austrohúngaros y las trochas de la Penibética. En este caldivache sociopático nos desarrollamos los celtiberos, pueblo ingenuo y perdulario, de una indolencia infinita y de inconsecuencia lacerante. 
          El día que aprendamos a no ser, a que no siendo, seremos, otro gallo nos cantara. 

6.12.17

412. Jaula de lobas


          Ya falta poco para volver a empezar. La noria de los días sin freno y las noches entrecortadas de ansiedades sin fin, pero hay que continuar, seguir escalando la montaña sin cumbre que es la vida. Probablemente el buen humor vendrá de nuevo, sin que haya que llamarlo, vendrá por sí mismo para restañar las fisuras dolorosas de las jornadas, no por rutinarias menos extrañas. Habrá que empezar con los dispositivos torturantes con los que, en el fondo, nos gusta ornar nuestra vida, el añadido al ya lacerante afán de las cosas. Seguir con la codicia de ensanchar un poco más lo que ya no tiene más distensión, seguir hasta el peligro de la rotura. Somos héroes de la nada y lo somos cada vez que sostenemos una mirada indebida, una acción que nos somete, una palabra no debida. Somos la resulta de improbables ecuaciones, cuyas proposiciones nos las ponemos nosotros mismos cada mañana, como un deber más a añadir a los que ya nos propone la misma mañana. Verdugos de nosotros, solicitamos y nos concedemos de continuo la auto-decapitación por un prurito o instinto de penitencia que va más allá de una punición moral. Nos queremos poco y mal. La risa, ese afán hueco, se reviste en nuestros corazones con lo primero que pilla, como si el corazón fuera, que lo es, el armario donde todo va a parar, y de él sacamos la ropa para vestirnos en cualquier ocasión, la mayoría de las veces con la talla inadecuada y los colores discordantes, a veces equipándonos con vestiduras impropias para el clima o la época que corresponde. Así pues, vamos por la vida con una risa muy falsa, vestidos para la ocasión de cualquier manera, culpables y en el fondo muy tristes por no saber por qué. Tras esa franja temporal, tras el interrregno del descanso laboral anual que nos privilegia del resto de la humanidad, nos sometemos de nuevo al imperio de lo absurdo en este bucle productivo de una vida sometida y alienante que nos conducirá al cabo del tiempo a otro tipo de descanso muy temido, pero eterno. Mientras tanto, comprobemos, sigamos comprobando, la fortaleza de nuestro temperamento, la solidez de nuestra naturaleza y el vigor de nuestro carácter enfrentando los diarios fallecimientos, las numerosas muertes diarias a que nos sometemos gustosos, porque alguien nos ha dicho que la vida es sufrimiento, un valle de lágrimas, el largo y tortuoso camino o un proceloso mar de desdichas… El negro humor, porque el humor siempre es negro, nos hará de bálsamo, nos reconfortará bajo su ala oscura, nos armará con el látigo de la ironía y el arcabuz del sarcasmo, para luchar día a día con las ridículas quimeras del mundo, el demonio y la carne.

411. Suprema lividez


          Vivo desmemoriado, sin islas donde perderme ni lunas que me aclaren el lugar de donde vengo. Vivo desarraigado e inerme, acostumbrado a los ritos ajenos que me enmudecen e irritan. No hay estancia acogedora y los postigos chirrían siempre tras de mí en una sinfonía terebrante, ríspida, pero aun así, persisto en vivir como la gente normal que me rodea, vivir como todo el mundo, como el orfebre de la esquina o la prostituta del andén, deseando las mismas quimeras y aborreciendo los mismos grumos de esta polenta carcelaria que es la vida. Soy igual porque quiero ser igual y soy distinto porque quiero ser igual. Ser como ellos, al menos intentarlo, me da derecho a la posesión del carnet del club, es lo que ellos quieren: si no eres como ellos, al menos has de desearlo con todas tus fuerzas, que te vean el deseo borbotear por las comisuras de la boca. Cabe la renuncia, claro que cabe, la honrosa renuncia del héroe que enarbola la bandera de la unicidad, de lo disímil, de la diferencia, de lo equívoco. Pero no quiero ese gallardete de distinción, quiero la grisura de la masa, sentir como y con ella, resaltar nunca, sobresalir jamás, entreverarme siempre. Enfrentar el sino de la medianía enloquece a mis congéneres y a mí me enloquece no poder felicitarme con ella, detesto lo que tengo y añoro lo mismo si no lo detestara. Quiero la felicidad que merezco por asumir sin felicidad lo que tengo, merezco y deseo. Soy, quiero ser y quiero cobrar por ello, es mi suerte, pero es mi desgracia ser, querer ser y sentirme mal pagado por ello. Ni renuncia ni vendetta, sólo la incomprensión de la nube que existe en un cielo azul sin nubes. La memoria me ralea el alma con su diáspora frecuente, me domina en el tablero a veces, la domino entre las sábanas a menudo yo, y en tablas predominamos casi siempre en un mirarnos de reojo y sonreírnos con malicia, como viejitos en el último mirador del sendero. Siento el gris de las auroras como si fuera el deflagrar de los oros y bermellones del crepúsculo marino, lo que reverbera sucumbe en mí, lo que el estruendo erige lo tunde el habla quedo del pensamiento propio, no tiento a la tristeza ni la invoco, no irrito ni provoco la pesadumbre, no presiento la agorera servidumbre de la muerte, solo esquilo la pesada obligación de tener que ser algo, y aunque puede ser verdad que deseo ser algo, me obligo a ser alguien y eso ya se me hace un mundo de dificultad. “Alguien”, ¿qué será eso? A mí alrededor veo algos con aspecto de alguien, pero sólo son móviles alguien que ni saben lo que son ni se lo plantean, ni son menos o más felices por ello. Son como yo, pero menos, (quizás pero más), no sé ni me importa, o me importa lo que les importo yo a ellos, que sólo son lo que me imagino que son y que en nada coincidirá con lo que ellos piensan que son ellos mismos. Las coincidencias existen en la medida en que un abedul de Sajonia coincide con un rizo de la trenza de Benizia Trahoré, la viejísima zahorí de la tribu de los Gnemas de Yerbuti, que considera los acuíferos del subsuelo de su tierra como las venas del dios Vendhé, el dios más antiguo que conoce la gente de allí, gentes que son objetos del paisaje, gentes que no se consideran habitantes del paisaje, sino cosas, objetos, se saben y se reconocen como algo que el paisaje destila, como pudiera destilar enjambres de moluscos cristalinos o estertores de ungulados lejanos o sismos de endiablada concreción.
          Pero, como ya dije, yo soy un ente normal, algo desmemoriado y ajeno al orden vital del cosmos nefando que me rodea, pero normal, al menos eso es lo que el algo anímico que tengo dentro de mi algo mortal me dice que soy. Pensaré “mi alguien” como la anormalidad del algo que casi todos los objetos o entes inanimados tenemos.
          Que Vendhé os colme de dicha plena.
          Que Vendhé me colme, aunque sea de dicha.

30.10.17

410. Transversalidades

         

          Estoy como sesgado, es decir, estoy como si estuviera virado (¿varado?) en una corriente alterna de viento feroz y calma chicha dentro de un velero de mi propiedad que no sé ni quiero saber pilotar. Me llamo Alfred, según tengo entendido, al menos así me ha llamado el práctico del puerto llevándose el garfio de su brazo derecho a la sien homolateral: “Buenos días don Alfred”. Dentro del velero hay comida, mucha comida, gran parte de ella descompuesta, grupos móviles de sustancias pastosas que comparten y devoran larvas gigantes, del tamaño de mi sobrino Carles. Como algo por no dejar en entredicho mi compostura y rocío de gasolina la nave por si algún marine estadounidense, algún pescador coreano o alguien destinado a la costa quiere, mediante el lanzamiento de un encendedor Zippo® encendido, prenderle fuego a mi bajel. Me voy confundido y confuso, también confiado y constreñido y algo consternado, todo hay que decirlo, pero más que nada me siento dueño de mi destino y amigo de mis amigas. No soy marinero, aunque por usted, hija de mi vida, lo seré, ya lo creo, yo es que por usted soy capaz de cualquier cosa por muy ilegal que ésta sea. Me veo viejo, mi mujer me lo recuerda a diario entre nuez y nuez, porque (no lo he dicho todavía) yo soy una ardilla (mi mujer obviamente, también). Ella fue ardilla desde siempre, yo antes fui amanuense en la casa de los Riscal durante todo el siglo XVI y parte del XVII, allá en su palacete de Ortañón, en la provincia de Burgos. Fue al morir cuando en la gruta de la Sibila Juana se me presentó la alternativa metempsicótica de reencarnarme en ardilla, en picaporte de retrete en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) o en Landelino Lavilla Alsina. Elegí ardilla por azar, tirando al albur un manuscrito original de Espronceda y otro de Aurelio Pajizo. Así fue. Las ardillas literarias me acogieron con suma alegría y tiernas muestras de conmiseración y cariño, las otras ardillas, no, las otra me acogieron con notable despreció y rotundo menosprecio, claro que yo el despreció y más aún el menosprecio me los paso por el forro de la pelliza de mi tío Tomasín, el de la Marga. "Porque Dios no existe es por lo que existe Dios", me exponía e intentaba razonarme mi tito: "Notable, —decíame— mejor dicho, notabilísimo número de libros expresan palmaria, extenuante, pormenorizadamente la absoluta carencia de pruebas de la existencia divina y, por el contrario, la abundante y abigarrada legión de comprobaciones racionales de la inexistencia de la misma". Bien, lo entiendo, lo entendemos todos, siglos llevamos oyendo lo mismo, hasta el extremo de que la simple fe en la Providencia, la menor de las creencias en un concepto religioso, no digamos teológico, del origen de la vida es considerado propio de mentes poco ilustradas, prerracionales, manipuladas e incultas, expresiones de una pobreza intelectual de base económica, social e incluso racial. Las ardillas somos creyentes, eso es evidente, pero eso no nos da el marchamo para ser fuente de sabiduría y, sabiéndolo, no practicamos el proselitismo en el bosque ni en los parques, claro que no, porque siendo tan creyentes como somos, somos los únicos seres del cosmos que creemos firmemente en la inexistencia de Dios, siendo por ello que su existencia es, por tanto, indudable. Si Dios existiera en verdad, en verdad no existiría, porque su esencia es la inexistencia, por tanto no existiendo nos deja margen suficiente para el desarrollo del ámbito de su comprensión evidente y absoluta. En mi estado de amanuense y en mi estado de ardilla, pues, he acrisolado y aquilatado en mi mente y en mi cuerpo los conceptos desarrollados y por mí asumidos que emanaron de la preclara mente de mi tío Tomasín. Todo lo dicho me conduce a negarme el placer continuamente. Despreció las caricias de Carmencilla y Eulalia, los besos caracoleros de Brigidita, los abrazos de pulpo loco de Maribella y los dulces mordisquitos de Saray, todas ellas ardillas hermosas, jóvenes y picaruelas. Soy fuerte, leal en mi matrimonio y estoico contumaz. No hay consuelo ni suspiros, sólo irritación y dentera por la pérdida consciente de las ganas de vivir, por el sentido del humor despilfarrado en regazos de miel amarga y tugurios de amanecida. Aún era joven, pero morí joven, atropellado por un ciclomotor cuya marca no recuerdo de lo fugaz que fue el trance; y ahora he debido reencarnarme de nuevo, me llaman don Alfred, y mi letra se expresa aún con correcta grafía monacal, sigo comiendo nueces todas las noches, aún dispongo de las regalías suficiente para vivir en alguno de los maestrazgos lindantes, aún domino el arte amatorio de las glosas dirigidas como saetas incendiadas hacia escotes juveniles, y tan solo echaré de menos oír las ventosidades de la señora de Ortañón y la luminiscencia de cometa, acompañada de la risa que nos provocaba, cuando arrimábamos el encendedor Zippo® encendido a sus blandas y blancas nalgas en el momento ventósico de la deflagración rectal.