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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



9.7.17

405. Romance de bastardía


          La firma del convenio se realizó en la isla de Toroa, al norte de Samoa, en casa del vicecónsul, sobre una mesa de jaspe de gusto dudoso, en una sala de cortinones ocres, arañas de apócrifo murano y bibelots múltiples y multiformes dispuestos sobre anaqueles de metacrilato cubiertos de polvo acumulado de varias Semanas Santas. Pero al fin el convenio se firmó, que era lo que realmente importaba. Los bantúes estaban representados por su ministro de Asuntos y los de Alicante por su concejal de Fiestas Mayores. Actuó como observador el sumiller del Celler de Can Roca y de notario un notario de la Curia. Los intérpretes eran dos pájaros de cuidado, falaces y trápalas, pero muy buenos en lo suyo. En esta isla de la Polinesia (?) hay fantasmas muy extraños y muy crueles e insectos de una voracidad fantasmagórica, que acaban principalmente con la amabilidad de las personas, de tal manera que a quien pican se convierte en persona desabrida, impertinente, de modos abruptos y secos con sus congéneres. Sor Narcisa de la Luz, misionera de la Sancta Crux, tras sufrir en el colodrillo la picadura de un tábano aborigen devino en monja desabrida, impertinente, abrupta y seca; dejó de ser bienvenida y agasajada en los poblados limítrofes de la misión; dejó de ser invitada a los sacrificios rituales  del Concejo y al baile votivo de las vírgenes nerviosas. Un día apareció empalada en la Playa de las Empaladas, al norte de la isla. Gracias a Dios el día de la firma del convenio nadie sufrió picadura alguna. Los servicios de fumigación de Toroa (SFT) actuaron con eficacia plena, aunque los productos utilizados al efecto, hay que reconocerlo, provocaron que se produjera en ciertos sectores de la población isleña algunos síntomas similares a los observados en las víctimas generadas por el gas sarín y el gas mostaza. Pero es que la preservación de la amabilidad de las personas requiere en ocasiones ciertos sacrificios.
          Me acaba de picar un mosquito. ¡Váyanse todos ustedes al carajo!

15.6.17

404. Virulencias


          El uruguayo Sandino me indica en uno de sus ensayos lo insustancial de la actividad mediática de las redes sociales en general. Comprendo y entiendo lo que me dice, pero ya es muy tarde para mí. En este post, que no ha leído nadie y nadie leerá, he puesto tanto de mí en espera de una epifanía que nunca llega (ni llegará), que me resulta imposible ya quebrar los canales creados entre mi cerebro y el éter este del espacio virtual cibernético.
          El uruguayo Sandino sabe muchas cosas y las expresa muy bien. Es filósofo muy moderno, pero con los dejes protocolarios y acomplejados y marisabidillos del presunto europeo de nacimiento equivocado (lo siento, Sandino). ¿No existe un espacio cultural en el que se sienta a gusto un intelectual panameño, ecuatoriano, hondureño o (no digamos) argentino?
          El uruguayo Sandino trueca lo pedante por lo abstruso para crecer más en su prosapia de cono sur invertido. Yo también, pero no lo vendo (qué más quisiera). 
          Conozcan ustedes a Sandino, él se deja. Está en ciertas librerías y firma libros propios (y ajenos) con soltura. Y no tiene aspecto de manflorita cubano, como sí lo tienen los filósofos de Miami o los antropólogos de Belice. En fin, yo no vivo del insulto, aunque me gusta mucho calificar con improperios multiformes a todo aquel que lo merece, pero jamás insulto directamente, tampoco indirectamente, lo hago por lo bajini. Yo odio mal y amo peor. Ambas actividades las consideramos naturales, que ambas surgen así como así, y no es verdad, quia. A amar hay que aprender y a odiar, también. Yo amo y odio mal porque nadie me enseñó. Esto que estoy escribiendo (esto que digo) parece una majadería (y en verdad lo es), pero si se analiza detenidamente, lo sigue siendo. Sólo cuando se analiza de manera distraída, tangencial, es cuando deja de serlo, pero produce mucha pereza exponer las consecuencias de un análisis tangencial. Eso se lo dejamos a Sandino, ¿verdad?, que para eso se dedica a ello, y le pagan además, poco, pero él no necesita mucho, vive solo con su guacamaya y con la suegra de un sobrino a la que no soportaban en casa porque se pasaba el día teorizando sobre los postulados de McLuhan y sus errores de bulto en cuanto a la semiótica guaraní (ella es del norte del Paraguay). 
          Así que ya no tengo hoy más que decir. Sigo con mis dudas y comiéndome las cinco nueces diarias con mi señora. ¿Nunca les he hablado de mi señora? Prometo hacerlo pronto, aunque le joda mucho a Sandino (nunca he sabido por qué).
         

7.6.17

403. ¿Andestaranmisbombachos?


          Y el simulacro del alacrán, su cortejo de muerte, se desplegaba sutil alrededor de la mariposa moribunda. Desde mi pequeña atalaya lo observaba todo con detenimiento atónito e infantil. Me gustaba de niño analizar estos procesos en los que la lucha por la vida se desarrollaba ante mis ojos de manera tan dramática. Introducía en frascos de cristal lagartos y ratones, ciempiés con cientos de hormigas, hámsteres y arañas juntas, y anotaba los resultados en cuadernos de campo muy ordenados y con dibujos ciertamente bien ejecutados, dispuestos y coloreados. Ser hijo único me predispuso a observar una conducta intachable en casa. Mis padres eran buenas personas y consentían, benevolentes, mis experimentos, y respetaban todos mis cachivaches de laboratorio que conseguía recorriendo mercadillos y tienduchas de quincalla. A los quince años era experto en muchas cosas, de manera autodidacta me convertí en un diletante químico y biólogo con prolijas experiencias en muchos campos, experiencias muy superiores en todo caso, no sólo a la que podrían haber verificado los estudiantes de ambas disciplinas, sino incluso a las de sus profesores en las aulas universitarias correspondientes. Llegué a alcanzar algunas cotas experimentales que hubieran impresionado al mundillo científico, pero nada comparable a lo que ocurrió una noche de agosto en mi taller-laboratorio entre las cinco y las seis de la madrugada. Tenía diecisiete años recién cumplidos. Un fulgor de inminencia nacía de mi interior preconizando un acontecimiento inmediato de importancia radical. Y así sucedió. De la arquimasa del brodelio principal, sin acuciar los frésoles ni alcaparar el hirapo (ni su fleje), amoreció de improviso un tenue lisón de frusa leve, casi etérea. Yo, en este momento, no podía colegir y mucho menos refutar la experiencia primigenia que nacía ante mis asombrados ojos. Todas las células de mi cuerpo imantadas en un tropismo feroz sólo recibían la presencia extraordinaria del hecho milagroso que mi ingenio había primero vislumbrado y luego pergeñado en un acto único de pericia científica casi inhumana. Lo etéreo de la frusa, de tenue lisón, se convertía a ojos vista en pétreo dístopo de volaces incandescencias. Los viroles se diseminaban como mambas azules, los girales del portén comenzaron a bullir como sumideros de nafta y la perlotada general devenía en un único gurión de peso cada vez más somero y ánsito. A punto de desmoronarme en un vahído de dicha sin fin, acerté a apoyar mis manos en el retén del trípode y pude contemplar extasiado cómo de la cavidad última del saltín emanaba una cándida harmoría rosa como la rosa y bella como la aurora rosicler de los días dublineses. 
          La sorpresa del mundo científico, los premios internacionales, la fama, el dinero, el sexo gratuito y gratis vinieron después. Me siento, a mis sesenta años recién cumplidos, muy contento.

26.4.17

402. Determinator


          Las estrellas y los envases amarillos de lejía se mezclan en mis sueños. De la misma manera se unen los antiguos grifos de cobre donde calmábamos la sed espantosa de los recreos escolares con la falda de vuelo azul de mi tercera mujer; el olor de la peluquería a la que iba mi madre con el almíbar de latas de frutas imposibles; rostros de goma oscura con sonetos grabados en piedra caliza; pájaros de caramelo con alfanjes oxidados y ensangrentados; habitaciones sin puertas ni ventanas con situaciones dolorosas en una mesa quirúrgica. Estos ensamblajes oníricos sobrevuelan las noches de todos, nos conmueven, nos asustan, nos sorprenden y nos movilizan en busca del origen de su nacimiento, tarea ésta, esencialmente imposible, porque el origen de los sueños, su naturaleza es el anverso del mundo positivo y consecutivo en el que nos desenvolvemos: no hay sueños consecuentes.

          Os relato mi último sueño: Siento enormes deseos de pagar la cuenta en un bar donde se encuentran casi todos los miembros de mi familia, pero advierto con gran nerviosismo y consternación que no llevo encima nada de dinero. Por tanto, salgo raudo en busca de dinero, atravesando calles y más calles de una ciudad que reconozco como mi ciudad, pero aquélla que conocí siendo niño, no la actual. Por fin encuentro a un amigo de toda la vida que, antes de poder pedirle prestado algo de dinero, me propone trabajar en su nueva obra teatral, una obra de un grupo de aficionados de la que se siente muy orgulloso, de hecho me enseña el cartel de la obra que lleva bajo el brazo. Al cabo de un rato consigo sacarle un billete y salgo corriendo en dirección al bar para pagar la cuenta. Consigo, al fin, abonar la totalidad de la consumición, pero me desconcierta no ver a nadie de mi familia, se han ido todos y me duele enormemente que nadie haya observado ni valorado mi gesto altruista al pagar la cuenta. Vuelvo a las calles para buscar al grupo familiar y acabo en la comisaría para recabar información de su paradero. Allí hay varias mesas atestadas de legajos y bandejas de dulces; el local es muy pequeño y hay muchas personas esperando, todas sentadas y calladas. También hay muchos gatos; uno de ellos se me sube trepando con sus pequeñas garras y me lastima las piernas, aunque ésa no sería su intención. Una actriz de cine española de los años sesenta (en concreto, Gracita Morales) me informa de la situación de mi familia, me tranquiliza diciéndome que no debo preocuparme, que todas esas personas sentadas están en la misma situación que yo. El gato me sigue arañando.

          Interpretar los sueños, actividad inherente al desarrollo intelectual del ser humano, no creo que haya aportado ningún beneficio a nadie nunca, a no ser como juego erudito para la plasmación de teorías psicologistas que olían a rancias prácticamente ya desde su aparición. Si tuviera que interpretar mi sueño, probablemente quedaría sublimado en un relato parecido a éste:

          Un gato gris y añoso ronronea en el regazo de Gracita Morales. A través de unos cristales sucios, verdosos se aprecia una calle empedrada, gris. En casa no hay nadie, todos han salido para celebrar cualquier efemérides aburrida y absurda. Apago el televisor. Gracita Morales se convierte en un punto catódico en el centro de la pantalla. A través de la ventana la calle está húmeda, siempre está húmeda. Solo, sin dinero, angustiado por dolores imprecisos y por un hambre voraz, salgo con el fin también impreciso y voraz de combatir la soledad. Cerca de la comisaría que da al lateral de la Plaza, en el escaparate de la confitería La Gloria encuentro a Rafi absorto, mirando con deleite de diabético y codicia de joven mórbido las bandejas de piononos del escaparate. Hablamos de conocidos, de enfermedades y de teatro. Me da dos entradas para su última producción y le pido cincuenta euros prestados. Entro después de despedirme de Rafi en la confitería y allí encuentro a todos y cada uno de los miembros de mi familia más allegada. En un acto de caballerosa estupidez y de absoluta irreflexión se me van los cincuenta euros al pagar la cuenta de todos. Ninguno, como es de esperar, agradece mi generoso dispendio, y vuelvo a estar solo en esta ciudad húmeda y gris, humedad y grisura que permanecen aún en plena canícula y en períodos de sequía.

          No estoy bien.

          Comienzo a tener ensoñaciones lascivas con Gracita Morales.

       

16.4.17

401. La tundra y la taiga


          ¿Que te vas a comer otra torrija? ¿Pero tú sabes, Niño Manué, lo que estás diciendo? Quetás comío ya once torrijas en lo que va de tarde. Tú estás loco dertó. Yo no veo mal que te comas dos o tres torrijas un día, pero es que llevas once, Niño Manué, once en una tarde. En la batea hay —o había— dos docenas de torrijas y yatascomío once. Es que da hasta asco verte lo gordísimo questás. Tú debes comprender que haces cosas que no son normales. Tienes que poner pies en pared. La vida es otra cosa distinta de lo que tú piensas. La vida no es una torrija, a veces es un pestiño y la mayoría de las veces es una putamierda. ¡Límpiate!, asqueroso, que se te cae el caldillo por las comisuras y me empercochas de miel la blusa blanca que te compré pal domingoderramos. ¡Qué asco! Ya me lo decía tu padre quengloriesté, que de ti no íbamos a sacar partido. Tus hermanos, aunque ahora estén todos en presidio, son hombre, como los hombres deben ser, pero tú, tú sólo sabes tocarte todo el día la pirindola y comer torrijas como un poseso. No me mires así, con esos ojos de proboscidio nictálope, que masustas, y deja de hacer esos visos de loco, y lávate esas manos, sopuerco. Mañana hablaré con la asistenta social paque empiece el papeleo pa ingresarte. Porque esque yoya no puedomás, asinés. Yo es que como te vea comiéndote una torrija más te voy a meté semejante ostia que ya no vas a tené más ganas de torrija en tu puta vida. Que estoy ya del Niño Manué hastalcoño. ¡Sácate la mano del bolsillo y erdeo de la nariz! Y el médico dice que el niño notienená, que ni es tonto, ni autista, ni pollas, que el niño es que es mu tímido y que, aunque le sobran unos kilitos, está sanito y que ya irá madurando. Unos kilitos, dice. El niño es una lorza planetaria a punto de un big bang de manteca colorá. Necesito unas vacaciones y alejarme del Niño Manué, depositar mi todavía voluptuoso cuerpo sobre una tumbona en Matalascañas, enfundada en el pareo malva que mangué en el Factory del aeropuerto y disponerme a terminar la biografía de Kafka que tengo entremanos. Pero eso no será posible, ya está el cabrón de niño mirando con lascivia la batea de torrijas. Pero no, esosiquenó. Como acerque la mano al borde de la fuente se la corto de un tajo. Las había hecho por si venían las primas del pueblo a ver la Semanasanta, anoche las hice, antes de acostarme. La verdad es que a mí las torrijas me salen de putamadre. Pero cuando he llegao del Ministerio, el hijoputa del Niño Manué ya se había abrochao diez torrijas. Esto es pacagarse. En fin, mi vida es asín y asín va a seguir siendo, muy difícil será que cambie. De cualquier forma estoy mucho mejón desde que escribo el diario. La psicóloga Marisa me ha ayudado mucho y el párroco José, también, y mi vecina Patrocinio. El viernes le haré una fuentesita de torrijas a cada uno, pero que no las vea el Niño Manué, que el mamonaso es capaz de acabar con toas.

10.4.17

400. Propiedades sorprendentes de ciertos pesticidas


          Suena una música de wéstern proveniente de un teléfono móvil. Quizás no sea de wéstern, pero lo parece. Los sonidos que me llegan proceden de personas que no veo desde mi situación en este despacho funcional de colores poco naturales de tan tenues. Tintes claros de objetos a mi alrededor. Me solivianta la claridad y ese esplendor artificial que quiere ennoblecer con su asepsia la negra tela que acoge mi corazón de pez. Esta instancia, esta sustancia, esta estancia, esta inmanencia que encamina hacia una blancura sin mácula de vida, aparte de falsa, es abrumadoramente aburrida. Estos colores se me escapan entre los dedos en el ámbito aséptico de esta oficina de siniestra blancura. La mesa en que apoyo mi brazo escupe todas las longitudes de onda y establece una muda beligerancia con los haces catódicos de los puntos de luz del techo. No sé lo que hago aquí, e ignoro si tengo alguna función determinada, no puedo saberlo, porque no me sé en ningún sitio. Me hallo, pero no me encuentro; me busco, pero no me hallo.  Tan solitario estoy que me siento pleno y alejado de este mundo nevado, tan lejano que siento la música polvorienta, la música de desierto, sones de cincel y cantera, una música como de western, aunque no lo sea. Me retiro, pues —huyo—, me acojo a lo oscuro como ladrón a sagrado. Mi confort se abastece con y en lugares reducidos, de un acogimiento de terciopelo antiguo, de alfombras consagradas a un tiempo remoto, de cortinajes de plúmbeo acanalado, de libros constantes y música solitaria. Sol rojo de crepúsculo, luna velada de nubes, sempiterna lluvia, vapores de bruma móvil.

          Ya todo me parece bien en esta tarde de amor inverso en la que las nubes se absorben a sí mismas, hacia su interior, en la que la lluvia se une en gota única para caer en bloque sobre el césped de esta casa que desconoce mis cimientos como yo ignoro sus pilares. Aquí nací—me dicen las lombrices que jamás capturé para la carnada de Tío Marcelo—y aquí moriré les digo a ellas, aunque es algo superfluo, porque las lombrices lo saben todo, al menos lo más importante e imperecedero. Al jardín le falta un exceso de sentimiento en los setos, un denuedo de pasión en sus matas de jacinto, una lascivia más sutil en el borboteo de la gardenia. Conozco sus vericuetos, pero me pierdo entre rosales imaginarios de una infancia que coloreo y ensamblo como en un puzle atónito y nostálgico. Entre un albo pasado y un presente colorido de caleidoscopio, intuyo un negro futuro tintado de un nutrido grupo de volubles fantasmas, ni ominosos ni fraternos, sólo ofreciendo consistencia de veladura al insondable runrún de la nada. 

           

         

20.3.17

399. Judíos

  

          A Franz Kafka, bueno, a él no, a uno de sus personajes (o sea, a Franz Kafka) le sucedió algo extraño al entrar en su apartamento: dos pelotas de pimpón saltaban juguetonas en mitad de la alfombra del salón. Al dirigirse a su dormitorio para colgar en el perchero la bufanda y el sombrero, las pelotitas le siguieron; al ir a la cocina para hervir las espinacas, las pelotitas fueron tras él; al ir a pagar el alquiler a la patrona que vivía en el segundo, las pelotitas bajaron y subieron las escaleras sin dejar de acompañarlo; le siguieron a la oficina de patentes, le siguieron al Café Kramer, le siguieron a casa de Oskar Treckle, le siguieron a la estafeta de correos donde despachó una postal a Berlín para Alma Bauer y le siguieron de nuevo a casa. Obviamente sólo él las veía, nadie más. 

          El devenir del cuento no importa, en Kafka nunca importa el devenir, sólo importa la impronta que deja la realidad dura como el pedernal, que se deja entrever a través de esa otra realidad más tierna y maleable, que es la que nuestra unidimensionalidad nos permite percibir. Pero—no se engañen—ambas realidades son estrictamente verdaderas.

           Es por ello que frente a la imagen de la madre amamantando a su bebé en el banco del parque puede entreverse a un tallador de jaspe de Teherán que llora y es consolado por su hija asmática. Todo es cuestión de concentrarse un poco más, y quién sabe si detrás del tallador de jaspe no hay o habrá un atardecer en un cementerio de Sinaloa, y detrás del cementerio no percibiremos un crimen poco pasional, o incluso superfluo en un barrio de Múnich.

          Pero volviendo a las pelotitas de pimpón todo hace pensar que la escena alarmaría sobre manera a nuestro personaje. Pero no fue así. Las saltarinas esferas de celuloide le dejaban indiferente, se acostumbró a su presencia como el búho a la noche, y aunque no revelaré el desarrollo y desenlace del cuento, sí diré que esa presencia anómala de sucesos extraño a nuestro alrededor, aunque creamos que somos la única persona en percibirlos, no es así. Alguien habrá concentrado en cierto lugar, alguien habrá entreviendo a través de A lo que ocurre en B, o incluso en C. Subrayo tan solo, que somos entes translúcidos y que nuestra vida es como una gasa brumosa que difumina realidades escondidas, objetos, hechos y manifestaciones de la materia o el espíritu que surgen diáfanos a ciertas miradas, cuando el hombre deviene en poeta y la vida toma conciencia de lo que realmente es: una simple metáfora.

4.3.17

398. Ya no me acuerdo


          El hortelano Pick escribía versos que leía a la sepulturera Ulma. Esto, aun siendo falso, no es necesariamente cierto, pues su utilidad intrínseca no conduce en realidad a nada. Lo que sí es cierto es que llueve cerca del embarcadero. No todo. Es cierta la lluvia, no tanto el embarcadero. La verdad es lo contrario de lo que es probable que no lo sea —no con total seguridad—. Dicho esto dispongo mi mente para un cambio radical de sentido, entrando de lleno (o llenando desde dentro) en el detalle, aún sin desbridar, del tema que nos ocupa, a saber: las enaguas de Ulma (Ulma's petticoat) que, aunque parezca título de sainete costumbrista inglés, no lo es, lo parece, pero no lo es. Érase que Ulma sepultaba mucho y bien a los muertos del lugar, a veces no tan muertos, a veces un tanto alejados, no tan del lugar, pero así se ganaba el sustento y algún que otro lujo de boudoir. Su atuendo laboral no difería de su atuendo no-laboral: bragas de organdí, medias de muselina fina, combinación de lino, enaguas de algodón y sayón de estameña recogido a la cintura mediante brocado de terciopelo basto. Así sepultaba, así, así, mientras Pick esparcía semillas de pepino, tomate y nabo en el huerto allende la tapia de la necrópolis municipal. Todo esto, ya saben, aun siendo incierto, tiene visos de cierta certeza. Pick se sube al único árbol de su propiedad, un manzano mocho y quejumbroso, mira, observa, otea a Ulma, la huele incluso, saborea abriendo la boca el aire que viene en su dirección proveniente del lugar que ocupa Ulma en el espacio, en la esperanza inaudita, tremenda en su romanticismo, de que una brizna de su ser corporal penetre en el ser corporal propio. Ciertamente inaudito, sí, pero cierto. Así es Pick, labriego, tópicamente obtuso, tartamudo y desaseado en grado alarmante, pero con dotes y dosis líricas muy por encima de la media en el ámbito agropecuario. Excitado en la rama del manzano mocho, Pick semeja un ave de dos picos contrapuestos. El sol declinante de la tarde y el vientecillo otoñal dora el uno y airea el otro el borde bailarín y acompasado de la enagua de Ulma, que, dale que dale, enarena a paladas la cajita blanca de madera de un recién nacido muerto la madrugada pasada. Y es que no somos nada ni nadie, incluso no somos ni la nada de nadie, aunque esto no es una verdad plena, es solo una verdad de poca categoría, de baja laya. El fetichismo de Pick, eso es lo que ahora importa. Y la enagua de la enterradora. Dos conceptos que se complementan, y no sólo eso, se complementan mediante una especial y específica sinergia. Algo crece más de lo esperado, la suma del fetichismo píckico y la enagua úlmica dan como resultado inesperado un cálido y festivo acaloramiento que sobrevuela la tapia del cementerio, llegando incluso a hacer volver la cabeza a la tontolina de Ulma que ríe al ver a Pick en su equilibrio inestable y ríe aún más al ver desplomarse desde la rama al tonto hortelano que enrojece su faz de manera no voluntaria de dos formas diferentes: una por el rubor que le provoca la situación y otra por la contusión facial contra los caballones de nabos y su almocafre. Bueno, pues siendo toda esta historia un paradigma excelso de lo que constituye una mentira en estado puro, es la verdad también en su estricta esencia lo que dejan entrever ésta y todas las ficciones creadas por el hombre. No sé si me comprenden, bueno, sí lo sé: algunos me comprenden de verdad, a otros esta mentira les parece una verdad ínfima y baladí y algún lector se levantará la tapa de los sesos con el colt de papi tras una lectura más pormenorizada de este cuento moral. El final de la historia es tan inverosímil que parece una medio verdad disfrazada de mentira a medias. Ulma saltó la tapia, Pick volvió a la doble posición erecta, Ulma arrancóse el orillo de su enagua de algodón y vendó la brecha parietal derecha que Pick se hizo al golpearse en la caída con su almocafre, Ulma y Pick contrajeron matrimonio y sarna (por ese orden) y tuvieron no menos de once hijos, diez de los cuales son miembros de la Junta Directiva del Real Betis Balompié, y el otro, también, aunque parezca mentira, siendo verdad casi siempre.

25.2.17

397. Símbolos escatológicos (?)


          Desde la celda de una cárcel es muy fácil escribir cartas o memorándums dirigidos a conocidos o a instituciones diversas, pero desde un loft en la parte noble del East Village es ésta una actividad tan difícil como ineficaz e inaparente (esta palabra no consta en la última edición del diccionario de la R.A.E.). Todos los escritores de Nueva York (23.971 según el último censo de mayo de 2018) hemos pasado alguna temporada en prisión. Con DeLillo compartí celda once meses en la prisión de Attica. Durante aquellos días me pasaba las tardes escribiendo cartas a Suze Rotolo, que ya había sido despachada por Dylan en la acera del Gaslight Cafe. Mientras, Don pergeñaba profundos, airados e interminables memorándums, donde ponía en solfa la calidad del sistema estadounidense de justicia. El alcaide de la prisión, lector patológico, nos mimaba, dentro de sus posibilidades, ofreciéndonos algún habano y alguna que otra petaca de Jack Daniel's. Era nuestro más apreciado admirador. Su nombre era Edgar C. Buchanan (efectivamente, el sobrino del famoso economista de Tennessee) y fue en vida (también de muerto) uno de los mayores especialista norteamericanos en Kafka. Podía recitar de memoria La Condena y más de doscientas de las cartas que dirigió el praguense a Felice Bauer. La crueldad que destilaba el alcaide Buchanan sobre los demás reos se convertía en bondad exagerada con nosotros. Se apenaba solo de pensar en nuestra pronta salida del presidio. Insistía en que asesináramos a algún chicano o a un negro, él nos ayudaría con las pruebas y nos exculparían en parte, tan solo nos carían tres o cuatro años como mucho. Pudimos ir dándole largas a su plan y a los pocos meses estábamos DeLillo y yo tomándonos una cerveza en el Dewey's de la calle 69. 
          Nueva York es, como decía Duchamp, una obra maestra, quizás la obra artística más grande del hombre junto a Venecia. Opino lo mismo que el maestro francés, Nueva York es la ciudad de las ciudades, la capital del mundo, porque la ciudad en sí misma, como concepto, es el elemento definidor de la esencia humana, el límite del seminal y atávico gregarismo que en el hombre germinó hace millones de años. El afán de agruparnos generó un hecho creativo sin parangón, no sólo nos movió el deseo de protección colaborativa, una vez conseguida ésta, el hombre determinó en su conciencia colectiva dar sentido cualitativo a la larga noche de los tiempos con una voluntad creativa sin fin, no siempre encaminada a la caza, no siempre encaminada a la agricultura y a la domesticación de animales, no siempre encaminada a la guerra. La voluntad demiúrgica del ser humano siguió caminos abiertos e infinitos, que le condujo a todo aquello que lo diferenció, ya casi de manera ontológica, de los demás miembros de la Naturaleza. El lenguaje, la escritura, el comercio, el arte, la cultura en su máxima expresión. Y en la cima de la topografía conceptual de lo humano, se encuentra la Ciudad como expresión última del ecumenismo entre todas las excelencias que determinan lo mejor del espíritu humano. Todo lo expresado de manera tan farragosa en este segundo párrafo de mi escrito se resume en una frase magistral de mi amigo Joaquín Machuca, sabio oscuro, ya anciano y casi inservible, pero que aún genera algún atisbo de brillantez en sus cada vez más esporádicos aforismos: "Nueva York no es más que un recinto amurallado para que no entren las vacas".

5.2.17

396. A vueltas con Indívil y Mandonio


a) El berberecho es la entidad que inutiliza lo que de armónico tiene la existencia.

b) La cotufa no es palabra frecuente en las asambleas que la Judicatura organiza el día de su santo patrón, San Raimundo de Peñafort.

c) El verso libre lo creó Miguel Hernández al verse imposibilitado de hacer rimar "cebolla".

d) Es difícil no considerar idiotas a los chinos.

e) Los trabajos de Hércules o la cólera de Aquiles o el sin vivir de Sísifo o la impaciencia de las Hespérides, todo ello es algo que, siento decirlo, fundamentalmente y en la más absoluta puridad, me la sopla.

f) Es la ingesta masiva de mosto lo que me convierte en un mitómano mediterráneo.

g) Y la hepatitis de los girasoles y el eritema yodado del fresón de Huelva...

h) Por tus venas corren bólidos de canela hawaiana, pero es la seda oscura de tu frente lo que verdaderamente alarma.

i) Las campanas sin badajo de toda Croacia repicarán cuando estemos a punto de asesinar lo que se nos ponga por delante.

j) El chotis es palabra y baile, aunque su verdadera naturaleza es de pescado y especie de balandro. Ejemplo: "Tomaremos un chotis a la sal y después nos daremos un paseo en chotis por la bahía".

k) El trueque de la pasión por el doble de unidades de espíritu de conquista.

l) El ladrón de labio leporino y la carterista clorótica contrajeron matrimonio de manera solapada en los bajos del drugstore de la calle 34.

m) Mi madre es, de todas las mujeres, la que, más que ella, sería la que las demás quisieran ser otra, o así.

n) Vitruvio construye las arcadas del Coliseo Mileno desarrollando las ideas del Moro Tostao en cuanto a la distribución de perspectivas sin punto de fuga.

ñ) Punto, raya, raya, raya, punto. Sí, hombre, ¡y un carajo!

o) El problema judío es en esencia un problema algebraico. Álgebra es vocablo árabe que significa "más allá del desierto".

p) No necesito biografías para asegurar en profundidad mi gran parecido con Kafka, y más aún con Porrina de Badajoz.

q) Jamás en  mi familia tuvimos un acuario. Bernabé, el tío masón de mi padre, sí tuvo una pecera durante un corto período de tiempo, pero sin pez alguno en su interior.

r) La tramoya de la vida la forman la religión, la ciencia, la filosofía y la tauromaquia.

s) Es indudable que, a la larga, la resiliencia favorece la serendipia.

t) El arco iris es lo más cursi del Universo, sí, pero si viéramos los anillos de Saturno desde la menor de las lunas de Urano, nos entraría una dentera gorda.

u) Las gardenias, si son dos, huelen a gardenias, pero si son tres y sólo tres, y están pétalo con pétalo muy unidas las tres, entonces...

v) Mi novia tiene dos novios, de los que uno soy yo y el otro, no. Él, sin embargo, piensa que yo también tengo dos novias, de las que una no es ella.

w) Jamás he hablado de R. Musil porque si lo hiciera, no sería por otro motivo que el llenado de vanidades en el entremés de la obra que represento.

x) Tiemblo por dentro, pero mi voz poderosa no tiembla, ni mi mano duda ante la garganta de mi enemigo.

y) Cuando el pozo está seco (mi pozo) parecen más fértiles los huertos de mis vecinos. Este es aserto tan aburrido como veraz.

z) No hay modo (no existe) modo de hacer pis en el que no huya el poeta que llevo dentro.

14.1.17

395. El cielo se puede esmerar


          Este enero, denso como la ira de Dios, te deseo con la fuerza de un sismo, con la furia de un cosmos enardecido. Esto, que no es nuevo para ti, y que todos los meses te comunico con palabras diferentes pero de semántica similar, sí va siendo diferente para mí, porque poco a poco la vejez va juntando mis pestañas y enturbiando la mirada de unos ojos que ya no distinguen la seda de tu juventud del raso de tu belleza, que confunden tu piel con tu aroma, tu aliento con el brillo de tu pelo. Y así sucesivamente, en un desiderátum de sinestesias imposibles, que te convierten en un planeta de amor distante, casi imaginado, pero, presente siempre y siempre fugaz como la eternidad verdadera. Los años terminales, ese tiempo de savia sabia, no perturban tanto como disponen a la inercia de la pereza moral. Te veo, y determinas ya el proceso de los últimos años de mi vida. Adquieres para mí esa consistencia de lo indeterminado, ese élan vital que dibuja el trasfondo de mi vida última, el póstumo decorado de color sepia que amortiguará la caída solitaria, porque aunque sabemos que morimos solos (y que somos solos), es más que humano conformar la unión duradera de la entelequia con la dura realidad del fin, esa unión que nos acerca a otro comienzo más difícil aún y de viscosidad infinita. Acaricio tus manos con mis temblorosas manos, casi no me atrevo a lanzarme a tu boca por un miedo inconfeso al delirio de tus labios. Me conformo con la presencia de tu pecho súbito e incandescente, con las tenues dilataciones que lo mecen y motivan. Oigo augurios, difusos y negros como siempre son los augurios. Me detienen en un pensamiento que se va como una alondra espantada. Son augurios de tormenta en el alma y de diluvios celulares en el corazón. Todo distinto y conocido, pero todo deletéreo y terminante. Domino contigo la tristeza, que en el fondo, me alimenta de versos y de la triste filosofía cotidiana. Maquillo las arrugas con el bálsamo erudito de las artes más cercanas y delimito los pasos oyendo los tuyos en un arcano cercano de cocinas y azoteas. Estás no estando más que cuando estás estando. 

          Te deseo con la lejanía falsa de la distancia imaginada.

11.12.16

394. Me hago pis


          ¿Es necesaria la renovación de toda la cabaña ganadera? Cuando tus ojos pestañean pienso que sí y cuando tu voz dispersa los vencejos de la torre, pienso que no. Tu padre, desde su atalaya de legajos me mira a través de sus lentes asesinas; tu madre desde la cocina me frunce todo lo que su cara puede fruncir, que ya no es mucho; tu hermana Paulita desde la ventana de su cuarto me saca sus quince centímetros de lengua azul; y tu hermano Roque, en cualquier estancia de la casa, me enseña el culo en cuanto puede. Me muevo por tu casa como lo haría un turco desollado por yacer con la sultana. Compongo versos harinosos, llenos de fanguito erótico, y los transcribo en hojas tiernas de tilo duro, y te los envío a través de las canalizaciones tubulares del sistema de comunicación neumática de la que dispone esta casa tan extraña en la que vives, y espero anhelante, lleno de picores, a recibir tu recibí, aunque sea en forma de vapor escatológico o en forma de disparo fugaz ejecutado por cualquiera de los componentes del sicariato de tu padre. Yo no disparo porque no tengo pistolas, y porque la artrosis nudosa de mis manos me impediría, si las tuviera, introducir el dedo ejecutor en el espacio diseñado y dedicado a la implementación del disparo en sí mismo, con lo que sería un acto fallido per se. En esta casa, debes saberlo, la muerte tiene significados distintos según qué habitación, qué hora del día y qué aroma se difunda proveniente de los comistrajos que pergeña o perpetra en las cocinas la que dice ser tu madre. En los pasillos que conducen a las estancias del inexistente servicio doméstico, la muerte se coloca, sólo sospechada, alrededor de los espantosos grabados de Miniers que decoran las paredes. En los baños de la primera planta la muerte abraza la loza de los retretes, de los lavabos y los bidés, y es una muerte que se siente cercana y hemorrágica. En el recibidor la muerte es abrupta, cardíaca, sobre todo si la madre tuya hace ejercicios culinarios con verduras centro-europeas. Cerca del cuarto del culiexpuesto de tu hermanito Roque, la muerte es ciertamente heladora, es una grima enorme la que da pasar por allí, porque, aunque se sienta una muerte aventurera y hasta heroica, ha de ser por fuerza muerte norteña y atroz. Sin embargo la muerte que se respira y hasta se mastica en el pasillo de acceso al dormitorio de la Paulita, es un encontronazo visceral y húmedo, como ocurre en los accidente de carretera cuando se sale del barrio del Cumichal, al norte de Quito, donde se agrupan los vertederos de la capital ecuatoriana. Tu madre tuvo cinco abortos antes de que tú nacieras y tres más una vez nacida tú. Las medio ánimas de los ocho fetitos no tienen ánimo para nada, son ánimas pequeñas, demediadas y desanimadas, y ejercen como los llamadores de ángeles, pero en función de llamadores de demonios. Nacieron/murieron en tu casa todos y cuando los demonios que llaman vienen, resulta que son demonios/niño o pequeños demonios/feto, son feos como demonios, pero entre todos, fetos y demonios, organizan fiestas infantiles, que no sé por qué parecen celebraciones rurales alemanas. Todo esto que te cuento lo he aprendido paseando como alma en pena por todos los recovecos de tu casa, porque algo tengo que hacer mientras se desploma sobre mi cabeza tu indolencia sin fin y tu asquerosa indiferencia. Tu familia no me quiere, tampoco yo a ella. La señora de la cocina siniestra, tu madre, el amanuense de los legajos informes, tu padre, la de la lengüita azul, tu hermana y el del pompis expedito, tu hermano, comienzan a darme miedo. También me inquietan los fantasmitas nonatos y el séquito de súcubos infantes con sus tudescos aquelarres de kindergarten. Todo ello, unido a la carencia innegable de tu amor por mí, hace que parta de esta extraña casona en busca de remedo y componenda para este corazón mío, semejante en la actualidad a una boñiga caballar de unos 390 gramos, aproximadamente, de peso. Espero que San Eliano, patrón de los intolerantes a la lactosa, os alumbre en vuestra necesaria caída.





27.11.16

393. Mi tabla de surf


Llueve como si las aguas soñaran que llueve.

El trueno rompe y tañe la espalda del cielo, que alumbra grises de muerte.

El buitre salva su nido de la voracidad de la serpiente.

El agua, en sórdidos rumores, precipita en fangos de jungla móvil.

Todo se mueve, todo vibra, todo nace y todo muere.

Todo deriva en un instante de emoción natural y mágica.

El verde pánico de la selva abruma de terrores panales y hormigueros.

El bisel del aire enmudece y corta aromas de lombrices recónditas, simientes telúricas de vida subterránea, vida vermiforme que somete silencios y sosiega las raíces.

Y el tigre que no cesa.

Y el lince que otea.

Y el caimán que abraza el manglar.

Y la mamba que acecha con su glauca molicie.

Y la espita abierta del mefítico pantano.

Y llueve, llueve con la entereza universal de la furia, con la zarpa abrupta de la ira natural.

La tierra ennegrece de tanto gris.


12.11.16

392. Estudios matriciales


          Tota Periñán es maestra en artes marciales y le gustan las cerezas. Tota Cereceda es majorette en Marinaleda y le gustan los piñones. Nacieron el día 4 de febrero de 1957 con apenas unos minutos de diferencia. Tota P. en Tafalla, Tota C. en Almendralejo. De Tafalla a Almendralejo hay 691 Km. La vida de la tafallesa es difícil, porque es ciega de nacimiento. La vida de la almendralejense es fácil, porque es guapa y habilidosa lanzando bastones multicolores al aire. El papá de T. Periñán es registrador de propiedades ajenas. El papá de la Tota ciega murió en el día y a la hora en que las Totitas, Cereceda y Periñán, venían al mundo. En Almendralejo, las cerezas son duras como los piñones de Tafalla. Marinaleda es un pueblo de Sevilla y una de las localidades más feas de España. De Marinaleda a Almendralejo hay una distancia de 359 Kms. Tota Cereceda se hizo majorette en la escuela de adiestramiento para niñas ciegas de Tafalla. Era ella, de niña, buena y dadivosa. Por cada piñón que recibía y comía regalaba una cereza al Sindicato Obrero del Campo (S.O.C.). Su papá, el Sr. Periñán, era experto en artes marciales navarras y también en las otras, y enseñó a su Totita, desde bien pronto, desde muy niña, a lanzar el multicolor bastón a los blanquiazules cielos de Almendralejo. El Sr. Cereceda también murió cuando nacía su hijita Tota en el camino hacia Marinaleda, donde la familia se disponía a participar en la usurpación de las fincas de cerezas y piñones del Marqués de Almendralejo, junto a un numeroso y exaltado grupo de jornaleros. De Tafalla a Marinaleda habrá más o menos unos 1.000 Km. (exactamente, 993 Km.). Las cerezas del Marqués tienen compuestos arsenicales para regalar, debido a los productos nocivos organofosforados comprados al por mayor en el mercado negro de la Santa Sede y utilizados para la fumigación de estos frutales, asolados por el pulgón menuíto (Nerium oleander). Los piñones del Marqués, en cambio, son gordos y tiernos, pero producen o provocan clorosis, por su tradicional falta de componentes ferrosos, lo que se traduce en ese típico color verdoso de los Piñoneros Univarietales, secta de la Sierra Sur Sevillana, cuyos miembros sólo comen piñones del Marqués. Por tanto, ricos, lo són, pero conviene comerlos con lentejas y berberechos, alimentos ricos en hierro, para contrarrestar el déficit en el balance férrico. El Marqués de Almendralejo nació en Tafalla, cerca de la casa Patricia del Duque de Tafalla, nacido en Marinaleda en 1892, año de bienes para el Consistorio de Almendralejo debido a la inesperada visita del Papa Eusebio Nono (Eusebio IX). A su llegada a la ciudad extremeña, el Santo Padre fue recibido por el conjunto de majorettes "Las Cerecedas", aunque el futuro San Eusebio Nono hubiese preferido a "Las Periñanas de Tafalla", excelso grupo majorettero, cuya virtuosa capitana unía al soberbio manejo del lanzamiento de bastón, la ejecución paralela de unas complicadas katas de kárate pamplonés, que era en verdad algo sublime, sublime de ver. De Roma a Almendralejo hay lo mismo que de Almendralejo a Roma (tarde o temprano tenía que decirlo). Un kilogramo de piñones romanos (romani pignone) equivale aproximadamente a 1,25 kilogramos de cerezas de Tafalla. Tota Cereceda murió con unos minutos de diferencia. Tota Periñán murió justo a su hora. Coincidieron tan solo una vez en sus vidas. Fue el 18 de agosto de 2001 en Bremen, durante la celebración de unos juegos florales. Iban acompañadas por sus padres, que las guiaban solícitos, ya que ambas eran ciegas como infausta consecuencia de un accidente ferroviario la de Tafalla, y por un accidente aéreo la de Marinaleda. Curiosamente las dos detestaban los repugnantes caramelos de Almendralejo, duros como las cuernas del Marqués o las rótulas del Duque. De cualquier forma,  y en honor y recuerdo de estas dos mujeres de tan inmensa valía, gritemos a voz en cuello: ¡Viva la Reforma Agraria!

391. El furor como coartada


          Mientras ponía la mesa, la abadesa ponía cara de no ponerla. El abad, en tanto en cuanto volvía del revés el palíndromo del zorro, se hacía el longuis y ejecutaba con las servilletas lo que ningún clérigo debería ejecutar nunca con una servilleta, y menos aún delante de una abadesa tan mordaz como la Madre Ramira. Eran los únicos habitantes de la primera y única abadía mixta de la cristiandad, producto extravagante de la disidencia que se produjo durante el Tercer Concilio Ecuménico celebrado en Texas en 1888, año, curiosamente, del nacimiento de la hermana de mi abuela materna (la querida y recordada Tita Aya). El padre Rocco Longcock, que así se llamaba el clérigo, provenía de la Provenza, la monja Ramira, de apellido(s) Sordo Puig, provenía se la Siberia profunda, aquella zona de lobos gordos que linda con la frontera norte de China, donde menudea una raza de lobos sumamente delgados, pero muy belicosos y antipáticos, que los chinos de la zona llaman "Lu", que significa literalmente "lobo delgado, belicoso y antipático" (los rusos de la frontera norte no existen, se fueron emigrando poco a poco a Finlandia, asustados por la proliferación de lobos gordos. En ruso no hay palabra específica para ellos, para los lobos gordos). Dejamos, por el momento, la historia de la pareja abadesa, ella poniendo la mesa y el abad haciendo guarrerías con la servilleta. Esta imagen costumbrista quedó plasmada en un cuadro (perdido) de un discípulo de Vermeer que, a la sazón, era hijo de una puta famosa de la zona, llamada Narcisa "la Ombliguitos", pues la susodicha meretriz poseía la peculiaridad de tener ombligos dispersos por toda la superficie de su amplio abdomen. El edificio de la abadía, antiguo secadero de altramuces, restaurado por la orden de arquitectos mendicantes en 1889, quedó pulverizado en 1890 tras el terremoto de magnitud 10, según la escala de Richter, que asoló sólo el edificio recién restaurado. El epicentro se localizó en la alacena de la cocina de la abadía. La nueva construcción se realizó con un material nuevo, cuya consistencia era semejante a un híbrido entre esponja y gomita, con el fin de evitar desgracias personales en caso de otro terremoto de magnitud semejante. Volvamos a la historia del abad y la abadesa. Una vez instalada la pareja de abades en la nueva y blandita abadía, y no teniendo nada qué hacer ni de qué hablar, ella se dispuso a poner la mesa, pero como quedó reseñado, con cara de no ponerla, y él comenzó de nuevo a desarrollar la serie de procacidades servilleteras, ejecutadas con sorprendente ingenio, todo hay que decirlo, cada una de las cuales superaba a la anterior en perversión y salacidad concupiscente, y que no describiré aquí, dado el gran contingente de jóvenes que siguen estos escritos míos y que no deben malearse más de lo que se malean con el whisky barato que ingieren bajo los puentes. Curiosamente el fuego no prendió en la estopa que unía a la pareja de religiosos. No hubo coito alguno en los cuarenta años que duró su relación claustral, ni tan siquiera un atisbo de deseo lascivo entre ambos. Quizá en algo influyera la muy más que notable, intrínseca y palmaria fealdad de ambos, la custodia ferviente de su celibato jurado o las muy crudas auto-flagelaciones a las que con virtud suprema se sometían cada noche. El primero en morir fue el Padre Rocco. Lo hizo ahogado en su propio vómito, vómito que solía acumular y guardar, por mero aburrimiento, en una pequeña alberca, seca al principio de su vida en el cenobio, pero llena de sus vómitos al cabo de cuarenta años (hay que decir que vomitaba muy bien y frecuentemente). Un día, llevando una cántara de vómito reciente, resbaló en el borde y cayó a la alberca. Al día siguiente, cuando la Madre Ramira lo encontró, ya no había nada que hacer. Ella murió doblando servilletas una tarde de otoño en que se le olvidó respirar de manera habitual, había días que respiraba sólo tres o cuatro veces, y aquella tarde se le olvidó del todo. Los zorros de la comarca se dispusieron de forma asimétrica, en filas y columnas, pero la mitad del revés. Todos los arrozales de las marismas de la comarca se secaron para siempre de forma muy inaudita.

23.10.16

390. La dieta vegana



        Mi hermana, que ha llegado recientemente del Reino de Siam, me cuenta que al sobrevolar por las inmediaciones del Mekong sufrió un déjà vu de unos tres días de duración, es decir, que las primeras 72 horas de su viaje, prácticamente fueron una repetición de algo ya vivido por ella en otro momento. Es por ello que cuando, estando allí, se enteró de la muerte del rey, Bhumibol Adulyadej, le entró una especie de risilla floja que molestó sobremanera al limpiador de elefantes, Kwaijandra Bulaguej, enamorado locamente de mi hermana desde el momento que llegó a la reserva de paquidermos de la región de Jurashan. El probo funcionario a punto estuvo de denunciarla a las autoridades, pero el amor lo vence todo. Mi cuñado, Kwaijandra Bulaguej, pues he de decir que mi hermana se ha casado hace unos días con el limpiador de elefantes, gana muchísimo dinero con su negocio. Todos los días lava aproximadamente unos 30.000 elefantes, por dentro y por fuera, cobra 850 bahts por el lavado externo y 1100 bahts por el completo, y no descansa ningún día del año. Mi hermana está en la caja, y diseña, además, en sus ratos de asueto, un prodigio mecánico para automatizar el negocio y hacerlo aún más rentable, una especie de Automatic Elephant Wash que no deja de ser otra cosa que un túnel de lavado mecánico para paquidermos. En ello está. También adorna a los elefantes recién lavados con simpáticos sombreros de paja, adornados con cintas, hojas de guanano y flores de mandhabú. Hacen buena pareja. Yo iré a visitarlos cuando pase la época de las lluvias, que coincide con mi puesta en libertad. Con la medicación estoy cada vez mejor y mi dieta ya no es caníbal. De cualquier forma me han cosido las mandíbulas con alambre de vanadio reforzado y solo sorbo alimento con pajita, pero a todo se acostumbra uno. En el Centro de Rehabilitación para Asesinos Terminales he hecho excelentes relaciones para mi futuro en cuanto a la obtención de un trabajo acorde con mis habilidades y potencialidades. Concretamente me han ofertado ser almacenista, tenedor y contable de la sección de dedos amputados de la yakuza de Nagasaki, o cerbatanero en un cártel de asesinos malayos, algo muy bien retribuido y de las pocas cosas que puedo llevar a cabo con la boquita en el estado en que la tengo, además de que me queda a tiro de piedra de la reserva de elefantes donde trabajan mi hermana y mi cuañado, Kwaijandra Bulaguej. No sé, ya veré. De momento, vamos a ver en lo que queda el asunto este del Comité Federal y la Gestora.

14.10.16

389. The urine leakage of Hilary Clinton (Las pérdidas de orina de Hilaria Clinton)


          Se me agota la tinta del alma. Perdura la sangre, también la lágrima puede brotar y la saliva enjugar las palabras que salen de mi boca. Pero la tinta del alma se reduce inexorablemente. Se me diluye toda en una blanca acuarela cada vez más sucinta, cada vez más ingrávida, como la gasa fugaz de un sueño remoto. Porque el alma envejece, porque somos ella y con ella nos morimos un poco cada día. La vida de las palabras, el verbo de Dios, los signos inmanentes de lo que somos, los símbolos de la muerte, que es vida, y los símbolos de la vida que son la sabia de la locura que nos nutre y atenaza. Y el alma escribe con la tinta indeleble que los hombres inventamos. Los verbos del alma crepitan como átomos y suscriben palabras que son metáforas sin dueño, libres y absurdas en sí mismas, pero cargadas con el símbolo cuando se unen y comulgan y adquieren la fuerza inherente que la unión otorga. Los pocos años hacen que la tinta burbujee y expanda filigranas multiformes por doquier, haciendo del microcosmos donde vivimos un enjambre de lógicas diversas y lenguajes encontrados. Los muchos años, entonces, reducen la dispersión, centran el objetivo y desbrozan el mundo de palabras infinitas para quedarse con las tres o cuatro que conforman la médula de la vida. Es escasa la tinta almacenada ya a mis años, la pensaba indeleble, espesa, concentrada, acendrada y compacta, pero no es así. En franca dilución, se evapora y atomiza en una bruma de pequeñas palabras que de libres apenas se notan en el ámbito de este alma en decadencia. Quisiera nombrar y apuntar el nombre de todo lo que nunca lo tuvo, quisiera describir con las pocas palabras que le quedan a mi alma, con palabras nuevas el olor de las gaviotas cuando aprenden a aprehender el concepto de que el vuelo no se emprende, la palabra que defina el color de un iris devastado por el furor luminoso de la belleza inesperada, la palabra que designe la pasión enajenada de un viejo frente a frente con la vida cumplida a sus espaldas, el vocablo aleve que enturbie la barbarie y delimite el oprobio, el adjetivo que exprese y exponga la sinrazón de los sueños olvidados, el verbo definitivo que amalgame los dispersos conceptos de lo sentido, de lo vivido y de lo imaginado.

17.7.16

388. Psicodelias


          No concibo o no admito el hecho visceral. No me adapto a la existencia de, por ejemplo, los intestinos. La vida se me hace insoportable sabiendo que si voy a Misa, mis asaduras vienen conmigo, me acompañan. Besar a Maribel es besar el comienzo de su tubo digestivo, sus labios han sorbido el caracol, chupado la cabeza de la gamba, acogido la molleja, ¿cómo deleitarme ante ese antro aduanero de tránsito alimentario? Somos sacos de materia fecal, recintos de explosiones glandulares, cuevas de sebo en constante erupción, bolsas de jugos y materia grumosa, un auténtico infierno informe de reacciones químicas altamente asquerosas. La piel delimita ese maremágnum legamoso del exterior, nos aísla de la podredumbre interna de los otros cuerpos, que viven tan ricamente sin conciencia alguna de las decenas de kilos de pestilencia embutida que arrastran a diario por parques y alamedas. Somos continentes inconscientes del contenido, menos yo, que vivo atrofiado de asco perpetuo sabiéndome contenedor de heces sin fin, de borborigmos informes, de procesos metabólicos repulsivos que resuenan en las oquedades y cloacas de mi abdomen globuloso y mefítico, sabiéndome generador de gases mortecinos, de ruidos escandalosos, de sensaciones peristálticas de una obscenidad fluctuante, grosera, aparatosa e infinita. Lo circulatorio se admite, lo neural se acepta con cierta elegancia, lo respiratorio se aprueba sin prejuicio, pero lo digestivo, ¡por Dios!, lo digestivo es la parte demoníaca de la Creación. De las encías al esfínter anal, todo ese infernal recorrido es un cuadro de El Bosco, es el trayecto abyecto del Maléfico. La vida pierde toda su belleza ante el paquete intestinal expuesto al aire, por muy de mi muy amada Maribel que este paquete intestinal sea. No hay belleza en la casquería portátil que estamos condenados a transportar de por vida. Hasta la más exquisita de las lujurias retrocede ante el hecho visceral. Físicamente amamos, por tanto, la superficie, sólo la superficie, por más que invoquemos al corazón como motor de eso que llamamos amor y que sólo puede alcanzar la epidermis y ciertos recovecos mucosos (¡Ay, Maribel, Maribel...!). El corazón de mi amada, su presencia en la palma de mi mano, aún latiendo con espasmos espumosos, estertores últimos de su existencia, me puede llegar a asquear tanto como si fuera el corazón del más feo de los aborígenes de la Micronesia. A veces sueño con un mundo en el que todos los seres que lo habitan son sistemas digestivos exentos, sólo sistemas digestivos que deambulan, que se comunican y desarrollan, paquetes más o menos voluminosos de intestinos y vísceras adyacentes que interaccionan a través de los sonidos propios de su naturaleza: ventosidades, eructos, sonidos cólicos. Esta pesadilla recurrente inflama la angustia que me atenaza y me empuja a ese estado de inanición al que hace meses que me someto. He dejado de comer, tan sólo mojo mis labios con suero, Maribel quiere que ingrese no sé dónde ni para qué, sólo sé que voy a acabar con mi enemigo, sometiéndole a un pertinaz asedio, sé que al final acabará huyendo, recogerá los metros incontables de tripas, las asquerosas asaduras y se irá de mi cuerpo. Ese día podré empezar una nueva vida, me haré taxidermista y vaciaré completamente la barriguita de Maribel.

9.7.16

387. Operación "Paella"


          B. Burton (B.B.) era un enciclopedista canario de origen irlandés, que durante las Guerras Túnicas se forró literalmente con las cintas de las capas estudiantiles de los tunos muertos en los campos de batalla. Envuelto tal que una momia con las multicolores bandas y escarapelas y con varias desvencijadas bandurrias a la espalda se presentó en la ciudad portuaria de Masdam con el fin de hablar con el jefe de los enciclopedistas de la ciudad, el temido y temible Onésimo Ochram (O.O.). Burton, de nombre Bartholomew, era adicto y relapso, a veces era túrbido y sólo en alguna ocasión fue diabético tipo II. En Masdam fue recibido con dardos de insulina por el Coro de Enfermeros Enciclopedistas del Hospital de San Opas, que agasajan mucho y bien a los forasteros de mirada curvada y andares taciturnos. Solicitada la cita con el Maestre Ochram, Burton se hospedó en la Fonda Máxima, propiedad de Max Merton (M.M.), organista y sochantre del Coro de Niños Bautismales de la catedral. En la oscura y lúgubre habitación, el enciclopedista canario compuso en quintillas unas octavillas que serían debidamente distribuidas durante la misa de doce por medio de su lanzamiento a través del ventanuco del atrio lateral que enfrenta a la arquivolta posterior de la capilla esquinada de San Serapio Scrotto (S.S.S.). Este pequeño acto subversivo le abriría definitivamente las puertas del palacio del Maestre Onésimo, casi con total seguridad, muy entusiasta éste del modus operandi anarquista y de la propaganda libertaria en general, cosas ambas (sendas cosas) que le hacían al Maestre recordar sus años mozos en la Masonería de Merceros Holandeses. Esa noche durmió Burton como nutria mancillada, con sueños almibarados y leves como quistes de doncella pastelera. Al despertar gustó de los espléndidos bollos de unto de foca que la camarera Hürda Hiss (H.H.) le sirvió con el café de colodrillo. Cuando tiró de la manigueta de campanillas de la puerta del palacio de Ochram, él mismo la abrió, le recibió y lo hizo pasar (nada que ver, pero admiren en la última frase la perfecta utilización de los pronombres la, le, lo, sin laísmo, leísmo ni loísmo alguno), lo hizo pasar, decía, pero con el serio rostro que siempre han adoptado los enciclopedistas de Masdam, cuando llaman a su puerta los enciclopedistas canarios. Burton se quita una cinta bordalesa de tintes anaranjados y se la ofrece a Ochram. Posteriormente le administra un rotundo bandurriazo en la zona temporal izquierda que hace que el enciclopedista masdamés dé con sus huesos en el suelo y pierda el conocimiento. Con otra bandurria, tañida con sin par denuedo y curiosa desenvoltura, le canta al contusionado Maestre, Clavelitos en versión atonal y en acordes de novena natural. Deja entonces una de las octavillas en su boca enrollada como canutillo de canela y se vuelve al ventanuco del atrio de la catedral donde vuelve a lanzar el resto de las octavillas que caen justito al lado de la capilla del bueno de San Serapio Scrotto. Las beatitas, que postraditas rezan cerca de la imagen, recogen los papelitos que vuelan y los leen con fervorosa delectación y con un poquito también de fruición. Tras la lectura, las viejitas se quedan como iguanas ahítas de babosas. La obra (el objetivo) de Burton, por tanto, se ha realizado. Su cometido ha sido ultimado y él se halla satisfecho y de orgullo henchido. Recoge sus pobres pertenencias en la fonda de Max, paga el alojamiento y pellizca la nalga superior de Hürda. Burton se va de Masdam. Entre los blancos y picudos álamos se ve la silueta cintada y multicolor del canario enciclopedista. Una bandurria solitaria le cuelga del hombro izquierdo. Una nube con forma de cangreja borra un sector circular del poniente sol. Unos pájaros indefinidos, ¿abubillas?, ¿melitopes? surcan el horizonte cambiante que tornasola las lindes del bosque. Un aullar anuncia y delimita sonoramente la llegada de la noche, y una alimaña carroñera, oscura como un tuno, hace el amor a la mujer más bella del mundo.

8.7.16

386. Sólidos levemente gaseosos


          Sigfrido Benaluza es un personaje inventado por Thelma Hoffman, escritora judía de origen húngaro que, a la sazón, tampoco existe, qué más quisiera ella. La creación de la escritora es mía, del autor de estas líneas, pero la invención de Sigfrido no es mía, es de Thelma. Yo sé que es algo de muy difícil comprensión, de muy arduo entendimiento, pero así es. Lo más curioso de todo ello (de todo esto) es que (no se lo van a creer ustedes) yo tampoco existo (lo juro), yo soy (hay pruebas) un personaje de un escritor sexagenario oriundo de México DF, aún no publicado, un personaje efímero, un simple ejercicio nominal de escasas características vitales que no ocupa si acaso media cuartilla, nada de ser el protagonista de una novelita o de un cuento, sino mero paisaje/paisano inoperante en un juego literario de prejubilado aburrido. A veces pienso en mi creador mexicano y me parece percibir su aura delicuescente entre la ya de por sí delicuescente atmósfera de la ciudad de México, y me parece sentir un algo de irrealidad en su mirada y mucho más en su silueta. Voy, por tanto, creyendo cada vez más en su inexistencia. No es algo que me angustie de manera especial (ya me voy acostumbrado a una vida de inexistencias concatenadas), pero me inquieta a veces el fantasmal decurso de esto que me sucede y que no tengo más opción que denominar vida: mi vida; no encuentro otra palabra para ello (para esto). Mi padre literario, mi creador mexicano (no lo he dicho) se llama Octavio Rulfo (nombre imposible), aunque firma sus escritos como Juan Paz (seudónimo más imposible aún). Sólo su mujer (a la que nunca he visto —a lo peor no hay tal mujer—) y su amigo Cuauhtémoc (de existencia más que dudosa) han leído sus trabajos. Por tanto y por ello (por esto) me siento pivote o eje inexistente de un mundo ciertamente imaginario. Soy una mota más o menos colorida de una irrealidad luminosa, fantaseada por seres a su vez imaginarios de una actividad ideadora sin fin, hacedores de historias broncas o sutiles, pero de trabazón infinita, seres que ejecutan y ejecutan una labor eterna encaminada a la nada. Autores y actores, creadores de entes creadores en un mundo especular e infinito. Volviendo al principio, Sigfrido no me cree, él piensa que es un ser humano real, con vida y libertad y pensamiento propios. Thelma piensa como él, pero es más romántica y (ya se sabe), los románticos siempre tienen alguna escondida puerta abierta. Octavio (Juan) se decanta más hacia mis presupuestos, aunque tiene que luchar con la fuerte oposición de Cuauhtémoc, más anclado y enraizado en conceptos telúricos y raciales. A veces pienso, como personaje de cuento que soy, que nazco de alguien y que me paseo por otros muchos alguien, me convenzo que hay un autor y un lector (muchos lectores) y que mi existencia se enriquece y se diversifica en la mente de cada nuevo lector. Pero en otros momentos, me siento, como ya he expresado, el diente de un engranaje eterno, irreal, un elemento más de una ensoñación, de una serie de elementos narrativos interconectados, en donde todos somos meros pensamientos, pero pensamientos ¿de quién? Quizás de Dios, que es otro personaje muy querido y muy socorrido, y que nos sostiene algunas veces cuando más sentimos el vértigo de la nada, la náusea de la muerte cercana, cuando nos vestimos con los lutos de la tristeza, que no son otros que los adornos con los que ornamos al personaje que nos toca representar en esa parte de la obra, cuyo autor, cada día, creo más que existe tanto como existo yo. Así es.

3.7.16

385. El pene azul


          Mientras el fuelle aguante, la cornisa gotee y la animadversión del vasco perdure, podemos estar tranquilos. En volandas los nazarenos en las calles de Sevilla y en galeras los judíos conversores de moneda. Todo un mundo de lascivos muerdebotas en los arrecifes de los barrios chinos de Pekín. Miles de negras enfadadas por su nacencia racial y por su desidia jornalera. Policías estrafalarios en todas las esquinas de la ciudad de Praga. Pero nosotros estamos tranquilos. Tranquilos de verdad. Olores a pólvora mojada, a pólvora cocida, a pólvora mecida en yemas de bambú. Dispendio de fulgores de futilidad efímera en todos los horribles cuadros de Simonetti. Y la guerra que no cesa en los pliegues de la combinación de la Dama Negra. Sufren las cocineras de Palacio y los tuercepuerros tabernarios del Ensanche. Maastricht en el pensamiento y Teherán en el fondo de la tripa. El súcubo veneciano perdido en las calles de un pueblecito de la Provenza. Las apuestas sobre el tapete de sangre, la sangre sobre el campo de golf infinito y las riquezas, todas las riquezas, gestionadas por aquel tío con cara de pato y sus tres sobrinitos con caras de patito. No sabemos nada de lo que realmente importa, sólo que hay que renovar de vez en cuando el material ortoprotésico de los nobles todos y de los aristócratas en su gran mayoría. La plutocracia merece nardos siempre. El pueblo nunca. Los pianos sobre placas de hielo flotantes en busca de semicorcheas díscolas y semifusas muy putas. Las almas, llenas de agujeros, claman a los solsticios, pero no saben qué cosa es un solsticio. Miles de barcos surcan raros mares sin playas ni arrecifes ni peces ni olas, sólo alguna sirena loca de celos. Y la fiebre que arrebata y arrebola, y el aire que no respiramos es el que lleva los pigmentos del orgullo de ser los otros. La capa de ozono fluye por mis venas y todo lo que la tierra empobrece lo enriquece mi sudor. Es un axioma. Lo demás es pura contemplación. Dios, de espaldas, deja hacer y llora lágrimas de acero inoxidable. La potestad es del padre con hijos parricidas e hijas inmolantes. La obviedad es de la madre y de los creadores de artificios literarios. Aun así, estamos tranquilos. Que juzgue el juez lo que haya que juzgar, y que la burguesía siga embalsamando zarigüeyas y mirando alelada las grúas de la Sagrada Familia. Mis amigos y yo vamos en metro a todas partes y en ninguna hemos encontrado el Santo Grial ni tampoco la lambretta de El Enviado. El odio que sentimos, hemos de confesarlo, surge en los ámbitos artísticos más insospechados, en los ambientes más mucilaginosos de la bohemia arrabalera de ciudades como Turín, Cartagena de Indias o Kioto. Mis hijos luchan en fronteras extrajeras y me escriben auténticas barbaridades que me da grima transcribir. Ya soy viejo, pero sigo con ganas de asesinar algo. Aunque sea un poco. Tengo verde los ojos, los hombros y los pies. Tengo liquen en la boca, en el corazón y en el sexo. Y me exprimen limones las tribus que me rodean, las que me son afines. Me regalan litros y litros de limonada, seguramente envenenada, para ver cómo cambio de aspecto con la muerte. Las catedrales, según creo, aún perdurarán muchos siglos más. Pero estamos tranquilos. Muy tranquilos.

3.6.16

384. Slow Food


          Antes de que me lleven al paredón (no sólo a mí, a muchos nos llevarán), antes de que eso suceda (no crean que falta tanto) sería conveniente que me despojara de todo el lastre posible para ir más ligerito a la tapia del cementerio, aunque viendo el cariz de los verdugos, es posible y probable que opten por el tiro en la nuca, de rodillas y frente a la fosa común, la excavadora amarilla pendiente del evento para volcar la tierra y los cuerpos en la gran zanja practicada previamente. Me imagino un día de primavera luminoso, nada de frío, nada de lluvia, nada de grisura trágica decorando las ejecuciones, el atrezzo mínimo propio de las soluciones finales. A mi lado, lo veo claro y nítido como si ya estuviera ocurriendo, hay muchos como yo, todos asustados, lívidas sus caras, algunos llorosos, otros estupefactos. Hay mujeres, niños, sacerdotes, travestis, negros, minusválidos, empresarios, sindicalistas, vagabundos, artistas, jornaleros, militares, terroristas, aristócratas, políticos... La paridad absoluta de la muerte, la plena democracia de la solución final.
          Mi rostro no llora, no está ni estupefacto ni lívido, ni tan siquiera asustado. He soltado con prontitud todo el lastre posible para que la bala entre y salga sin obstáculo alguno, cumpliendo su misión asesina con limpieza y eficacia. Convertido en polichinela desmadejado, en huero autómata descoyuntado y sonriente, me dispongo a cumplir con los designios ajenos, mero argumento de sus fuegos internos, de su iracunda beligerancia, de sus odios ancestrales.
          ¿Y de qué me he despojado, dirán ustedes? ¿Qué clase de lastre he soltado? Pues me he visto obligado (para que la muerte sea más sucinta e indolora) de todas aquellas abstracciones, conceptos y disposiciones de pensamiento que han ido acumulándose en esa zona del cerebro que domina la parte más blanca y natural de su materia gris, aquélla que inventa la esperanza, que diseña la alegría, que lo llena todo de ritmo y armonía, la parte que se entera de la música, que comprende los colores, que recuerda el olor de mamá, el olor de la mesilla de noche de papá, la parte que ordena los recuerdos por su contenido en nostalgia y los afectos por las marcas de felicidad que nos han dejado. La parte que eriza nuestra piel con las espinas de un poema, con el roce de un talle amado, con la imposibilidad de una nube o el azar de un trino en la amanecida de nuestra juventud. De todo ello me deshice para que el plomo no depositara mácula alguna sobre la parte más preciada de mi existencia. Para facilitarle el camino que atraviesa otra zona cerebral más inhóspita y oscura, en la que se depositan los detritus más infames que generamos los humanos (bueno, que genero yo) y que se traducen en la bilis negra de la indignación proclive a la violencia imaginada, al exabrupto poco matizado, a posturas maximalistas, a la ira rabiosa y a la consecución del peor estado en que nos podemos sumir: la tristeza. 
          No sé como lo voy a hacer, pero sé que lo voy a hacer cuando llegue el momento. A la zanja sólo caerá mi cuerpo y esa parte humeante y podrida que ocupa una parte nada despreciable de mi alma. Creo que no me resultará demasiado difícil.
           O tal vez sí.

7.5.16

383. La niña turbulenta


          Al principio aparece un hombre con un maletín rojo de cocodrilo. Se le ve asustado, mira atrás, se siente perseguido. Detiene un taxi, se sube y se va. A continuación surgen los títulos de crédito. La primera escena de la película transcurre en la cabina de mando de un transatlántico. El capitán fuma en pipa mientras detrás de él los oficiales estudian unas cartas de navegación sobre una mesa. Llaman a la puerta, un marinero entrega un cablegrama al capitán. Su gesto se ensombrece. Manda que paren las máquinas. La cámara efectúa un traveling y un picado panorámico del barco. La música realiza un crescendo hasta alcanzar una cota sonora bastante dramática. La imagen gira a la derecha y aparece el tentáculo vibrátil, viscoso, ominoso del gran pulpo. Fundido en negro. La pantalla se ilumina de nuevo. La corista Margot se sube la media de la pierna derecha y la sujeta con elegancia, agilidad y un punto de sensualidad al broche del liguero. Se ajusta ladeado el sombrero de copa y se dispone a salir al escenario. El dandy Antonio la observa desde el sillón orejero mientras fuma en su larga boquilla de carey. Le arroja un beso con la mano a Margot. Ella hace una mueca de asco y se va. Se deja oír música de fanfarria cabaretera. Antonio se levanta y se sirve un whisky de una mesita ad hoc que se halla al lado del tocador de la cabaretera. Efectúa unos medidos pasos de baile y ríe a carcajadas mientras acaricia el aire con una mano enguantada de blanco. La puerta del camerino se abre lentamente sin que el dandy se percate. Un disparo corta el aire y Antonio cae fulminado. La puerta se cierra con similar lentitud. En la siguiente escena, el inspector de la brigada de homicidios Mike lee los titulares del asesinato en la prensa mientras toma café en la cafetería de Marcia. Enciende un cigarrillo y se mete en la cabina telefónica del local. Habla con Troy, antiguo compañero en la brigada y a la sazón antiguo novio de Margot. Quedan en verse esa noche en la bolera de O`Bannon. Cambio de secuencia: camarote de Mr. y Mrs. Kincade. El matrimonio se prepara para la cena. Se preguntan por qué han parado las máquinas en mitad del océano. Detrás de Mr. Kincade se distingue el ojo de buey del camarote y tras él, el gran ojo vidrioso del enorme pulpo.
          Luego nos sacaron a escobazos de las celdas de contención y nos introdujeron en carretas de romería con destino a las fábricas de flecos para gaitas (al menos eso fue lo que nos dijeron, ya se verá que fue todo una cochina mentira). A Úrsula la separaron del Monje Rojo y lloraba con incandescencia de bruja núbil. A mí me ordenaron sacerdote allí mismo, antes de subir a la carreta enjaezada con envoltorios de antiguos bimbollos y estampas de futbolistas gitanos. Al final de la larga marcha por las arenas llegamos a la aldea donde nos quemaron vivos a todos menos a mí, que me cosieron los orificios (todos los orificios) y me dejaron en un tonel de salmuera para ser comido por el Bog de Davos, rey del lugar y mecenas de los Artistas Dementes de Talmudia (los ADT). No sé cómo, pero pude escapar con la ayuda de un pulpo gigante. Posteriormente la suerte me sonrió y me encontré un maletín de cocodrilo con 700.000 rupias y me embarqué en un gran crucero por el Atlántico. Allí conocí a la que actualmente es mi esposa, Margot, antigua actriz de mucic hall y, según me confesó, asesina por vicio de niñatos de pelo engominado y poses de dandy amariconado. Posteriormente me hice policía, también por vicio, y descubrí un complot para matar al viceconsejero Luis. Implicados en ello estaban un compañero, llamado Mike, una tipa, llamada Marcia, que regentaba una cafetería cercana a la comisaría, y un ex-policía que, hay que tocarse los huevos, fue novio de mi mujer. 
          Mi nombre, por cierto, es Timothy Kincade.

2.5.16

382. Oratorio


Los pliegues de mi barriga albergan mundos paralelos.
Los paralelos de mi barriga albergan mundos plegados.
Los albergues de mi barriga pliegan mundos paralelos.
Los mundos de mi barriga albergan pliegues paralelos.
Los mundos paralelos pliegan albergues en mi barriga.
Los pliegues paralelos albergan barrigas mundanas.
Los mundos plegados albergan barrigas paralelas.
El mundo de la barriga es el albergue paralelo del pliegue.
La barriga albergada en los pliegues es paralela al mundo.
El pliegue del mundo es paralelo a la barriga albergada.
El albergue de los pliegues es el paralelo mundano de la barriga.
El mundo y sus pliegues albergan barrigas paralelas.
Los paralelos plegados son las barrigas albergadas del mundo.
La barriga mundana es paralela al albergue plegado.
El mundo de albergue y pliegue es como una barriga paralela.
Las paralelas mundanas pliegan barrigas albergadas.
El pliegue del mundo alberga mi barriga paralela.
El mundo paralelo de mi barriga pliega albergues.
Los albergues mundanos son como barrigas plegadas y paralelas.
La paralela de mi barriga es un mundo albergado de pliegues.
El mundo plegado de albergues es una barriga paralela.
El paralelo pliegue del albergue es un mundo de barrigas.
La barriga plegada en paralelo alberga un mundo.
Un mundo albergado de paralelas es como una barriga plegada.
La barriga paralela alberga un pliegue mundano.