Tengo el presentimiento de que el día final (el "Día Final") caerá en sábado, es algo que llevo pensando desde el último día de mi pubertad, que casualmente llegó a su fin un sábado. Los sábados en mi vida constituyen hitos que han delimitado épocas, geografías, fronteras emocionales y radicales cambios en mi dinámica vital. Fue un sábado septembrino cuando conocí a Sagrarito en la fábrica de mazapanes; un sábado lluvioso cuando me enamoré de la mujer del coronel del CIR nº 3 en Cáceres; un sábado de un luminoso agosto cuando me astillé el radio derecho en la playa de Gandía; un sábado de Pascua Florida cuando cometí mi primer asesinato en las cercanías de Alcalá la Real; un sábado caluroso cuando en el barrio de Triana de una primavera demasiado cálida probé los caracoles por primera vez en Casa Rufino; un sábado navideño friolento y gris cuando tuve mi primera experiencia sexual con animales, con una mantarraya (Manta birostris) exactamente; un sábado de junio cuando hice mis primeros pinitos con el baile flamenco en el Sacromonte; y un sábado me casé, pero ni recuerdo el mes, ni el año ni con quién, creo que bebí demasiado y una como gorda nebulosa envuelve aquel día y el recuerdo de la que supongo feliz y emocionante ceremonia. Qué desastre; desde entonces busco por casa a mi mujer y no la encuentro, sé que no tengo descendencia porque no hay olor a hijo por ningún lado. Mi familia me dice que mi mujer era bajita y de pueblo, pero no recuerdan el pueblo. Busco papeles, algún certificado de mi estado. Nada aparece (misteriosamente). El próximo sábado, si no acontece el Fin del Mundo, voy a recorrer los pueblos limítrofes a ver si la encuentro, aunque lo dudo. En el fondo me la suda, pero un prurito de honestidad me hace que la busque y además, la labor de investigación me entretiene y me hace sentirme útil. Pero si por casualidad el próximo sábado es el día del Juicio Final, entonces va a ser muy difícil que la encuentre. Ese Día habrá colas, muchas colas y yo detesto hacer cola. Será un sábado estruendoso, un sábado sin fin, billones y billones de seres humanos, desde los primeros homínidos hasta los actuales profesores de ética de Princeton, todos haciendo cola para ser juzgados; todo ello, entonces, puede durar una eternidad; igual a lo que llamamos eternidad es tan solo la espera al veredicto del sábado, no sé, me estoy deprimiendo por momentos y ya estamos a martes. Allí sabrán dónde estará mi esposa, supongo. Claro, dónde va a estar si no, en alguna de las colas, esperando su turno. Hoy es martes y las noches de los martes nunca pasa, ni ha pasado, ni pasará nunca nada. Así que me voy a meter en la cama con la Birostris, que, aunque no me ama ni yo la amo, nos entendemos de maravilla en asuntos de consunción aberrante entre la carne y el pescado.
+
FUMPAMNUSSES!
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.
5.2.20
27.1.20
455. El bulevar de los huevos rotos
Dentro de mi computadora IBM POP-3355 existe un enjambre de osos terminales que ejecutan procesos de manera melosa y lenta. Es una computadora antigua, de tecnología poco más que de base binaria, de cibernética ya obsoleta y cuya integración de circuitos es básica, muy básica, de apenas 0,5 ÑAM. Mi computadora es una KK vintage muy codiciada por coleccionistas de todo el mundo. Los osos están todavía funcionantes, operativos, pero ivernan más de lo debido y huelen a goma vieja y gruñen de manera asaz horrísona. En vez de pantalla, ésta mi computadora venía de serie con un pizarrín estroboscópico y una tiza de grafito noble. El cableado, un avance muy novedoso en la época, es de cartón rudo laminado y reforzado con nudos de bambú. La impresora, que se vendía aparte, es a pedal y de impregnación a gota, eficiente como las modernas, pero más sucia y sumamente ruidosa. Ya he descrito el estado terminal en que se encuentran los osos, aunque los osos en general, ya es sabido, siempre se hallan en ese estado de languidez muy semejante al que presentan ciertos enfermos moribundos. De este modelo sólo se fabricaron cien unidades debido a la escasez de osos en el sur de California. Se importaron varias docenas desde Alaska, pero al final los costos hicieron inviable la masiva producción que en un principio se pensó desarrollar. Los experimentos informáticos con mofetas, hurones y nutrias, especies abundantes en los alrededores de Silicon Valley, no dieron los resultados esperados. El modelo posterior, el IBM PostPOP-3336, llevaba adaptado en la placa base el primer lirón manipulado genéticamente, del que los bioinformáticos obtuvieron y extrajeron las células madre necesarias para el futuro desarrollo de la producción industrial en cadena. Desde estos laboriosos comienzos la zooinformática ha evolucionado velozmente hasta nuestros días, en que la mosca común (Musca domestica) es la base biológica de las actuales supercomputadoras.
Pero yo sigo echando mucho de menos a los osos, esos grandullones de gruesa bondad, esos quiméricos peluches de acción retardada, de atónita presteza pescando salmones al vuelo, tan amenazantes como asustadizos, tan tiernos como feroces, tan literarios ellos como el tigre de Bengala o la ballena blanca.
Dejé de utilizar hace años los ordenadores personales y me dedico desde entonces al fomento del recuerdo efímero que no consta en archivo alguno, al invento de imposibles alegorías que olvido al instante pero que me hacen feliz en ese instante, al desarrollo de iconoclastas aporías que no hacen mal a nadie porque nada queda en el aire que me acoge. Alzo vuelos con las pompas de jabón que se quiebran entre las tuyas del jardín y me regodeo de risa contemplando las estúpidas arañas del establo. Entre el olor a paja seca y bosta antigua, entre el cacareo de gallinas y el piafar de los caballos, aquí en este solaz alejado de la urbe, no necesito más que el aliento vital que me conmueva lo suficiente para intuir los códigos que sustentan los misteriosos archivos de Dios.
25.1.20
454. Yo nací en Mendocino
El hotel olía a moho. Todo el hotel. Tanto olía a moho, que desde entonces (hace treinta años de los hechos) el moho, a contrario sensu, me huele siempre a hotel. Pido, por ejemplo, un mojicón en la confitería de Régula y observo que en su parte inferior refulge una zona entre verde y azul impropia de cualquier mojicón fresco que se precie; huelo entonces la zona coloreada con cierta inquietud y, efectivamente huele a moho que tira de espaldas; bueno, pues a mí a lo que me huele es a hotel, lo que favorece que ingiera el pastelillo con sumo agrado y fruición (me encantan los hoteles) y que incluso pida me envuelvan media docenita para llevársela a Lourditas, que, aunque diabética la pobre, gusta de fruslerías y confites.
El ascensor del hotel era de palo santo y filigrana de latón bruñido. El ascensorista era un letón fornido, barbado y de nombre Jouzapas. Él fue el que pulsó el botón luminoso del sexto piso. Al llegar nos despidió con un efusivo "¡ardievas!", que en letón significa "adiós". Nosotros le sonreímos. Nosotros éramos mis cuatro hermanos y yo. Los nombres de mis hermanos son irrelevantes, sobre todo el del benjamín, que se llama Zigor.
A los cuatro les puse el esquijama y les administré una cucharada de Calcio 20. Yo, a mí mismo, me administré un supositorio C-3 y me dirigí a mi suite júnior.
La tragedia estaba a punto de estallar.
Mientras disponía en el secreter los útiles de escritura para comenzar la misiva diaria a Lourditas la tierra comenzó a temblar. Un ruido ensordecedor me ensordeció con una lógica aplastante, tan aplastante como la acción del techo al desplomarse sobre mí. Ensordecido y aplastado y oliendo a moho de manera desaforada me fui convenciendo de que ya no culminaría la carta a Lourditas, ya nunca más pondría a mis hermanos el esquijama ni les daría más Calcio 20, ya nunca más le compraría mojicones a Doña Régula, se acabaron para siempre mis supositorios C-3 y a Jouzapas ya nunca más le oiría decir ¡ardievas!
Mis hermanos murieron todos. Jouzapas, lo mismo. A mí me salvaron in extremis las hermanas del Crédito Rural que tenían su asamblea anual en la Sala Excelsior del hotel.
Quedé incapacitado de medio cuerpo hacia abajo, hacia los pies. Me lo hago todo encima, no ando y de las prácticas coitales ni hablamos.
Lourditas me abandonó de momento, la comprendo a la muy puta.
Sigo gustando de los establecimientos de hostelería, aunque ya voy poco a los hoteles, las hermanas Crediticias me tiene confortablemente vigilado en este asilo rural, donde me guardan los medrugos de pan viejo que saben tanto me gustan, cuanto más verdes mejor. Los huelo con placer porque siento cómo me transportan con sus mohosos aromas a hoteles de ensueño con ascensores infinitos y ascensoristas letones, con alfombrados pasillos donde bailan mis hermanos luciendo sus esquijamas de fiesta y brindando alegres con relucientes copas de Calcio 20.
23.1.20
453. Un gobrierno pogresista
Cuanto más leo más abjuro de lo que escribo. Por la ventana asoma una luz que nace en una mañana cualquiera de enero, una luz que da miedo porque insiste en recordarme los momentos inhóspitos del pasado. Cuántas veces no habré leído las sensaciones expresadas por el autor ante la luz que penetra en su habitación, pero mostradas con la profundidad necesaria y la lógica implacable de la idea subyacente, que con sublimidad inherente a su talento nos expone en límpidas frases y sencilla belleza. La luz que se infiltra en el autor no difiere de la que se infiltra en mí. Pero a diferencia de aquélla, la luz que me atraviesa no dispara el subsecuente hecho creativo que sí genera en el escritor admirado. Un simple recuerdo—un trozo de magdalena mojado en té—le sirvió a Proust para culminar su magna obra "A la recherche du temps perdu", obra que teje un infinito entramado de recuerdos superpuestos más tupido que la propia vida, en un constante movimiento perpetuo que va generando estructuras de pensamientos e ideas enlazados unos a otros por esa sustancia inerme que constituye el talento literario. La luz de esta mañana me produce sensaciones, me trae recuerdos, alguna que otra emoción antigua, pero no me deja el sustrato necesario para desarrollar el relato que satisficiera mi propensión a escribir. Tras esta luminosidad mortecina que avanza por un día plomizo de un enero que no acaba, debería esa parte de mi cerebro—creo que se llama hipocampo—generar una continuación ya fuera recordada, imaginada o inventada que enlazara aquella luz con un suceso real o ficticio, es decir, me hiciera abrir las puertas de la narración, ese paraíso de mentiras verdaderas y verdades falaces que tan felices nos hace o tan útil nos resulta para sobrellevar la feroz rutina de esta vida.
Lo seguiré intentando:
En un intento de acabar con mi vida en esta mañana de un enero atroz de nostalgias, la luz mortal del amanecer me apuñala en la desprevenida duermevela de la aurora. La noche me ha dejado sumido en un amargo sudor de insomnio y el desierto de la garganta me hace levantarme para apurar los dos dedos de whisky que aún quedan en la botella. Enciendo un cigarrillo y repaso mentalmente todos los pormenores del plan. Me visto, no me afeito y compruebo que la seis balas del tambor de mi revólver se hallan dispuestas ordenadamente en sus nichos de muerte. Salgo a la calle que me recibe con puñales helados dispersos en un viento que augura la nieve. De camino al café me cruzo con una mujer joven que va llorando emborronando de rímel unos ojos que intuyo de un azul claro...
18.1.20
452. Fotomatonismo
Sigo con los dedos índice y corazón, dando golpecitos sobre el hule de la mesa de la cocina, los sones luminarios de la kora de Toumani Diabaté. La kora es un instrumento de cuerda de origen malinés o senegalés o gambiano, qué más da. Tengo a Toumani frente a mí. Es un negro fibroso y grande, con rasgos menos pronunciados que etéreamente definidos, es decir, sus rasgos dibujan ancestrales rasgos de carácter tribal sin arrostrar visiones o pensamientos soberbios o poderosos. Sorbe el café que le preparo con deleitosos ruiditos labiales y una sonrisa de beatitud oscura que opaca la atmósfera de la cocina. Los sonidos de la kora se clavan en las sartenes como dardos atómicos, también se clavan en los cazos de cobre como rayos cósmicos, y también en los puchero, pero como haces de luz sideral. Los dardos, rayos y haces reverberan en todas direcciones y me hacen recordar días no vividos, aquellos días de inacción y disgregación donde nada era imposible porque todo lo era. La magia prudente de estos sonidos derrumba concepciones animistas y resuelve cuestiones de geopolítica atrasada y de unionismos decadentes y protoraciales. Lo que intento expresar es que el negro sorbe tomando café y es feliz dándole a la kora, y que yo puedo acceder a esa felicidad si le disparo en la cara para que no sorba y deje de tocar la kora maldita. Sería preferible que sorbiera la kora y metiera los dedos en el ardiente café, o que regresara a Malí o al Senegal o a Gambia, qué más da. Lo dejo y salgo a la calle a pasear infames pensamientos que dejarán las aceras de mi barrio llenas de ideas excrementicias que no recojo y que sedimentarán odios y ojerizas en los comerciantes trashumantes de la zona. Que se jodan. Me anima esa podredumbre que rechazo de mi mente enferma, me vacuna su salida y deposición en el asfalto suburbial de la ciudad que habito casi en soledad perpetua. Regreso con viandas a punto de perecer para que el negro coma. Sólo come alimentos de cocción difícil, es por ello que le traigo fufu, maafe y batata arriana. Él se prepara sus comistrajos mientras yo encero la panza de la kora con grasa de caballo jerezano y lustro las cuerdas con sebo agreste de cebú. Toumani y yo nunca hablamos mal de nadie, en realidad nunca hablamos de nada porque me crispa y le crispa los timbres de voz correspondientes, así que optamos por la mueca y el gesto, ya sea condescendiente o despreciativo, según las características del hecho que origina la comunicación. El hecho incuestionable de que yo sea también negro dificulta sobremanera nuestra relación. El no puede comprender que de puertas para adentro yo soy criollo, criollo hasta no poder más, con pensamiento criollo, desarrollo cognitivo y conductual criollo a más no poder, con modos y costumbres de praxis absolutamente criolla. Es eso y no otra cosa lo que nos hace vivir un imposible categórico y desechar de nuestro pensamiento un futuro compartido en estratos más elevados del espectro sentimental.
7.11.19
451. Túnez
Todo el mundo se sintió conmovido por el robo del cuadro. Yo no me sentí conmovido, porque a mí no me conmueve nada relacionado con las bellas artes. Conceptos como arte, cultura, creación, me hacen sospechar que detrás ha de haber siempre un comisario con tremendas ganas de enfundarse un uniforme y sugerirme con firmeza con qué cosas mi emoción ha de ponerse en marcha y con qué otras ha de detenerse. Se detenta el poder con el látigo o con el beso. Se domina con un bitcoin o con un capelo cardenalicio, con una quijada de burro o con un trazo de pincel en el sitio adecuado. Gentes que jamás habían visto el cuadro, que ni sabían con exactitud dónde se ubicaba el museo que lo exhibía, aun estando en la misma ciudad en la que residían, se sintieron de pronto apesadumbrados por el latrocinio infame infligido a "su museo", a "su ciudad", todos ellos, de improviso, depositarios de un presunto amor común por la pintura en general y por la robada en particular. El espectáculo, para mí irrisorio, se iba extendiendo como sábana de estulticia por todas las capas de la sociedad. Ya todo el mundo sabía el nombre de la pintura, el nombre de su autor, el estilo pictórico al que se podía adscribir, y hasta sus medidas exactas. La policía, transcurrido un mes desde la infausta noche de la perpetración del delito, no sabía ni por dónde empezar sus pesquisas. Tras treinta días el cuadro estaría ya en manos del obseso coleccionista y puesto a mejor recaudo, sin duda, del que tenía en el museo. Yo seguía disfrutando como un chino rico con la representación frenética de mis conciudadanos exponiendo en foros culturales y tertulias improvisadas sus cuitas y desazones estéticas por la irreparable pérdida de tan insigne obra.
Me hallaba visitando la sala expoliada un sábado por la mañana, con un inusitado número de personas deambulando con paso cateto por los diferentes ámbitos de las galerías y salones del museo, cuando me encontré enfrentado al vacío que dejó el cuadro desaparecido. El espacio, de 1,5 metros de alto por 2 metros de ancho, testificaba una nada proclive a la sugerencia, a un pequeño éxtasis meditativo. Dos moscas a mi alrededor improvisaban la eternidad de sus incomprensibles movimientos desconocedoras de mi suprema habilidad, casi innata, para cazarlas al vuelo. Primero una y luego la otra acabaron en la palma de mi mano izquierda. Con la yema del pulgar de mi mano derecha aplasté primero una y después la otra en el ángulo superior izquierdo del blanco rectángulo desnudo. Me alejé unos metros y volví a acercarme. Con mi pluma Montblanc Meisterstük firmé con seudónimo en el ángulo inferior derecho. Me alejé unos metros y me fui.
Han transcurrido diez años desde que ocurrieron los hechos narrados. Los acontecimientos posteriores son ya de todo el mundo conocidos.
20.10.19
450. Bromas aparte
El otoño, estación de naturaleza
crepuscular, se atomiza en alfileres por el aire de la mañana. La ciudad en la
que vivo es incrédula con el otoño, fanática del estío, entusiasta de la
primavera y humilde con el invierno, pero del otoño ni confía ni se siente
partícipe, lo mira condescendiente como a un invitado inevitable e inoportuno.
El otoño, como cualquiera de las
estaciones, me importa un carajo. Siento la brusquedad de mis palabras, pero
casi todo lo que ocurre en el cosmos me importa un carajo. La astronomía, las
leyes físicas que intentan discernir el orden general que rige el movimiento de
los cuerpos celestes, el clima y sus muchos avatares, los planetas y sus
aburridas circunstancias siderales, toda esta pamema logística de lo
inabarcable me la pela de manera absoluta. Nada de ello, incluidos los agujeros
negros, la antimateria, la teoría de cuerdas me ayuda a que Lolita (si, coño,
Lolita, la hija de La Faraona) se enamore de mí. A ella no solamente le
importa otro carajo todo esto del cosmos—cosa que nos podría unir—sino que
además le importo otro carajo yo, lo que redunda en mi estado de tristeza
habitual. Cada día la quiero más (yobí yobí, yobí yobá), sea otoño o primavera.
Pero ella a mí no.
Resumiendo: estamos a finales de
octubre, me suda la astronomía y estoy enamorado de Lolita Flores. Y como no
tengo nada mejor que hacer, ayer me chupé íntegro un tutorial en el que un
joven sudamericano—los protagonistas de los tutoriales siempre son
sudamericanos sea la materia que sea de la que traten—me explicó
pormenorizadamente qué cosa es la homotecia. Pero el conocimiento de la
ecuación que demuestra la relación existente entre los objetos matemáticos
homotéticos me dejó igual de triste, si no más que antes. Ya de noche, en otro
golpe astral, me dio por escuchar la discografía completa de un grupo alemán
llamado Einstürzende Neubauten. La
tristeza, mi tristeza, alcanzó el rellano de la escalera. Me he levantado de
color gris, con la boca pastosa, llevo un pijama desconocido con motivos de
propaganda LGBTI, desayuno por inercia cereales de antaño y fruta de temporada.
Pongo un microsurco antiguo de Lolita, de 1975 (“Amor, amor”). Transcribo la
letra para deleite de mis lectores/lectoras:
Amor, amor, amor, amor, amor
Quisiera detener
Ahora el tiempo
Por estarme contigo
Siempre sintiendo
Como yo siento ahora
Nunca he sentido
Me haces soñar despierta
Me siento niña
Amor, amor, amor, amor, amor
Cuando miro a tus ojos
Azul del cielo
Es blanca tu sonrisa
Trigo es tu pelo
Yo veo amanecer
En tu semblante
No quiero separarme
De ti un instante
Amor, amor, amor, amor, amor
Estoy enloqueciendo
Hoy quiero eso
Vivir de tus caricias
Y con tus besos
Porque estando contigo
Es todo tan hermoso
Que me siento feliz
Con verte a ti dichoso
Amor, amor, amor, amor, amor
Amor, amor, amor, amor, amor
Amor.
15.10.19
449. La anomalía
Los soldados vivaquean a las orillas del Volga. Una nube, un cirro en forma de langosta, se aproxima por el Este. El sol, de un amarillo terroso, gobierna el mediodía, y el viento de levante hace latir la copa de los tilos y los dispersos alerces. El río es un espejo curvo que se retuerce entre campos devastados y bosques casi extintos.Todo es olor a pólvora, todo es humo. El aroma pestilente de la guerra enajena todo aquello que de vida natural ha reinado entre los hombres. Los pájaros huyen y las orugas, atónitas, se aquietan entre los terrones diseminados de la tierra reventada.
El cabo H., que morirá dentro de cuatro horas, descansa en este intervalo que ofrece la batalla. Piensa, medita y llora lágrimas espesas, turbias, lágrimas de miedo y desesperanza. Todos sus compañeros de pelotón han muerto, sólo queda él. Dentro de unos minutos, el mando ordenará el avance, cruzarán un puente de hierro e intentarán hacerse con la colina. Dentro de cuatro horas yacerá en la hierba con la cara destrozada. El cabo H. tiene diecinueve años, no sabe rezar, apenas sabe leer, su padre murió en otra guerra y su madre sabe que su hijo no volverá. El cabo H. no comprende la vida, y no comprende la muerte, con su edad es difícil comprender algo. Sabe, en su parca experiencia, las cosas que le han provocado alegría, esperanza, gozo, emoción, y las otras que le provocaron inquietud, miedo, angustia y dolor. Quizá sea éste el único conocimiento verdadero que necesitamos para vivir. El cabo H. siente una punzada en el esternón, es una opresión lóbrega, como si un gran insecto alado despertara en su pecho y se desperezara antes de echar a volar. Un amargor supurante anega la garganta del joven soldado, que baraja negaciones a todo cuanto ve a su alrededor en un anhelo de desaparecer de aquel inhóspito y mortecino paisaje. Su mirada se oscurece o es el cielo el que se apaga en un florilegio de ocaso y humo.
Ya la orden de avanzada moviliza los cuerpos derrotados. Un orden somero de hombres armados enfrenta el puente con la justa marcialidad de reptiles ciegos abocados a la hoguera.
8.10.19
448. La pelliza de Montiel
Las tijeras brillan semi-abiertas sobre el tapete azul.
La jarra de agua.
La jarra de agua, cubierta con una tenue servilleta de hilo, al lado de las tijeras, deforma, desde mi posición, quebrándolas, la longitud y horizontalidad de las partes niqueladas. El líquido deforma la geometría del cortante objeto en una metálica dismetría de óptica quebrada y turbia refracción. La alquimia de la imagen rota, el sustrato mágico del filtro acuoso que suscita la metáfora de cuantas cosas vemos en el mundo real y que nos engañan y sugieren otras realidades en los mundos que no vemos.
La garganta de Brenda.
La garganta de Brenda, pienso en su cercana garganta, las tijeras semi-abiertas me obligan a fantasear con su cuello inmóvil, durmiente, ligeramente inclinado, la cabeza apoyada en un ángulo del sillón. Un ligero latido subyace en la piel, cerca de esa zona donde confluyen y anudan venas y arterias suavemente fluctuantes, serenas, de un dinamismo tenue y maquinal. Sería tan fácil hundir allí las tijeras y admirar cómo el bronco géiser tiñe de rojo las cortinas, la alfombra y el viejo quinqué de la mesita. Brenda transitaría de la vida a la muerte entre mínimos estertores, dos ligeras convulsiones a lo sumo, y se hundiría en la oscuridad plena sin saber siquiera lo que estaba ocurriendo.
El instante.
El instante, porque sólo ha sido éso, un instante, ha revertido toda la pasión, toda la poesía y el ardor romántico de la escena casi gótica del asesinato que iba a tener lugar. Mi mano ya asía con fuerza las tijeras cuando Brenda desliza su brazo y con la palma de su mano desplaza ligeramente una de sus nalgas y expele una ventosidad tronante, mefítica al instante, de duración desoladora. En mi carrera hacia la puerta se me caen las tijeras y tropiezo con la tuba dorada del abuelo Elmintio. El corazón se sosiega poco a poco en el rincón de las agalias del jardín, recupero el hálito pulmonar adecuado y relajo el espíritu encendiendo una Abdullah emboquillado. Pero, de todas formas, el llanto está ahí y las lágrimas ya brotan insurrectas de mis ojos y anegan mi incipiente barba de asesino fracasado. Oigo la cantarina voz de Brenda que me llama desde la puerta y me reclama para que la acompañe a merendar los mojicones con cacao que ha preparado. Espero que se haya lavado las manos.
30.3.19
447. Las bañistas de Fragonard
En la era posibilista de
Drummond, bueno cerca de la era, vivía Simmons en una pequeña choza simbolista.
Se llevaban a matar, claro está. Mientras éste leía sobrecogido el exabrupto
teológico de Bloy, aquél dormitaba entendiendo (poco) entre líneas a Comte.
Cerca de los ciruelos frondosísimos de la huerta de la finca de la condesa de
Sals-Nëu había un estrafalario constructo paralelo a la abadía de los Frailes
Túrbidos de Saint Antoine. Un constructo es una entidad hipotética de difícil
definición, pero dentro de una teoría que la engloba y la nutre. Por tanto,
allí, en esa precisa localización no pintaba nada. Las meras entelequias que,
ésas sí, se veían por aquí y por allá en la comarca, cumplían su función banalizadora
y astringente en la mente labriega y en la mente hidalga, más nunca, en
subiendo el social escalafón, dirimían cuestiones de más amplio y alto rango
conceptual. Los pobladores todos así lo sabían y entendían. Todos menos dos: Drummond
y Simmons. El dueño de la era era hábil, pero perezoso; el ocupante de la choza
era inhábil, pero muy activo. La zona más filosófica de la Bretaña es sin duda
la de Morbihan, allí, según las cifras que nos ofreció el martes pasado monssieur Lecrèrc, del Departamento Bretón
de Estadísticas, hay en dicha región un filósofo cada kilómetro cuadrado, es
decir hay censados 6.823 filósofos en la zona bretona de Morbihan. Por
escuelas, éstos se dividen de la siguiente guisa: Pitagóricos (11), Epicúreos
(16), Estoicos (9), Cínicos (18), Platónicos (109), Neoplatónicos (123), Sofistas
(3), Escolásticos (711), Nominalistas (87), Humanistas (609), Racionalistas
(444), Empirista (199), Positivista (1109), Neopositivistas (71), Existencialistas
(280), Marxistas (3.024), Estructuralistas (34), Neokantianos (50), Humanistas
Cristianos (399), Deconstructivistas (106), Filósofos de la Liberación (281). No
obstante, puédese pensar, y de hecho así muchos lo piensan, que existen
filósofos feraces, cimarrones, salvajes, anárquicos en sus quehaceres de
pensamiento y doctos en la usurpación de su propia imagen, ya sea ocultándola o
disimulándola bajo variopintos ropajes o bizarros disfraces. Este pensamiento
filosófico bretón oculto disemina el polen de las ideas en ámbitos siempre
oscuros, zonas alejadas de los humanos conglomerados metropolitanos conocidos y
consabidos, haciéndolo entonces en excusados tabernarios, vestuarios de
gimnasios proletarios de boxing, cuadras de desmontes, patios de conventos
escombrados o jaulas extintas de extintos zoológicos. No por ello estos
pensamientos distan de la excelencia canónica, incluso alguno albergaría la
gloria si desarrollara su tesis en foro adecuado, pero la vida del filósofo
boscoso o del tendente a las sombras de las ruinas de palacio es enemiga de la
lógica del aire y de la concatenación de hechos de esta vida real a la que
tanto aborrecen y que tanto los aborrece a ellos. Así pues, nos quedamos con
los filósofos censados y a los otros que les den dos francos antiguos y emigren
a los cantones suizos, donde podrán lamer las efigies escultóricas en mármol,
bronce, piedra granítica o alabastro de Lavater, Prévost, Rousseau, Piaget o
Vanier, todos ellos muy filósofos, muy suizos y muy poco dados a perderse en
los bosques de Bretaña. Drummond y Simmons se desvanecían en su era, en su
choza, como entes silogísticos entre las pléyades del mar del Norte en espera
de una aurora boreal que diera cierta inmanencia a su rancia disputa, deseando
la elisión de algunas líneas erróneas del pensamiento del otro, aun sabiendo
que ello era pura desazón del espíritu. Ni Drummond ni Simmons habían estado
nunca en el Mont Saint-Michel, aunque siempre soñaron con en el suicidio del
otro en su adyacente bahía.
17.3.19
446. Mis seres queridos
“En este espacio sin medida y sin color, sin
tiempo ni dimensiones apreciables, en este mundo sin ideas ni sonidos, sin
aromas ni sensaciones, en este mundo sin emoción ni instinto, sin angustia ni
agonía, sin presagios ni recuerdos, sin alegría ni miedo, sin esperanza ni
amor, en este mudo sin principio ni fin ni Dios, en esta nada de eternidad
inconcreta vivo escueto y sonrojado en la inacción absoluta de un pensamiento
tan efímero como inútil. El arañazo universal se desvanece en una falsa ilusión
sin origen y sin futuro, porque el pasado nacido de una perplejidad ahonda y
ahonda en un sumidero imaginado y tan real como la mayor de las mentiras. De
oscuridad incierta como la luz de las palabras surge una apreciada e inapreciable
negación que la infravida y el inframundo amarillean en una especie de ceguera inconsútil,
desvanecida en inciertos paisajes nunca vividos ni recordados, pero sí aludidos
en otros mundos de dimensiones desconocidas u olvidadas. En este etéreo ámbito,
sin yo ejercer el poder no conferido, las huestes horrísonas e irisadas de los
mitos venideros, cuya sede necesaria suele estar en sitios innominados, asolan
a los inmundos entes, que como yo, coexisten de modo infra-atómico en una
nonada delicuescente y sin esperanza a la que poder asimilarse”.
Estadísticas:
Páginas
1
Palabras
213
Caracteres
sin espacio 1077
Caracteres
con espacios 1300
Párrafos 1
Líneas 14
Fuente Calibri (Cuerpo)
Estilo Filosófico-científico. Ciertamente metafísico.
Directo aunque especulativo. Didactismo dudoso.
Calificación
editorial 3,5
Calificación
popular 0,5
7.3.19
445. No era Indalecio Prieto
He perdido el sentido de humor.
No sé dónde lo he puesto. Tampoco sé en qué momento lo he empezado a echar de
menos. Por cierto que a su vez, también he perdido mi talento literario o
aquello a lo que yo denominaba de tal modo, quizás en un imperdonable acceso de
vanidad. Existe la posibilidad de que los haya perdido ambos en el mismo lugar
y el mismo instante, podría ser. Lo cierto es que son dos pérdidas importantes
para mí. No tengo muchos sitios ni muchos instantes en los que buscar, y
ninguno de los dos, ni el talento ni el humor, tienen una forma reconocible
para dar con ellos de un simple vistazo. Me comunica mi director gerente que
ambas cosas se van diluyendo con el paso de los años, pero tengo por costumbre
poner en duda lo expresado por hombres zambos, y por entre las piernas de mi
director gerente pasaría sin roce alguno la gorda Graciana, la de recursos
humanos. La vejez vislumbrada no ha de conllevar forzosamente la merma del
humor y del talento, es más, los más acrisolados intelectuales de esta sociedad
que habito, aparte de ser unos vejestorios de mierda, permanecen anclados en su
sempiterno y fino humor así como en el más sólido y bruñido de los talentos. La
decadencia en mi caso ni tan siquiera la considero, tan solo ocurre que me he
convertido en un ser ciertamente perdulario. No es sólo el talento y el humor,
ejemplo de entidades inmateriales y abstractas, es que también he perdido en
los últimos cinco meses cinco objetos materiales de un valor mayor o menor, pero
importantes per se para la obtención de una mínima felicidad
en el planeta, quiero decir para la obtención de una mínima felicidad de mi
persona en este planeta Tierra en el que nos encontramos y no en otro, en el
que, obviamente no nos encontramos ni nos encontraremos. Entiendo que esto a
ustedes les interesa muy poco, apenas nada, les importa una higa, pero así y
todo voy a hacer la relación pormenorizada de estos objetos para mí tan
esenciales, voy allá:
01. Un relicario de plata
repujada con una cadenita igualmente de plata, que guarda en su interior once
pelos de mi primera novia, que se llamaba (ya murió) Nicasia P.: un pelo de su
rubio cabellito, una cejita, una pestañita y los otros ocho, de su enorme
pubis.
02. Un sello de Franco de una
peseta de 1945. Picasso con un lápiz Alpino® colorado le pintó cuernos (sólo
uno, porque el Caudillo está representado de perfil) y lo firmó. La escena
ocurría en el Café Procope de París. Mi abuelo estaba en la mesa de al lado.
Vio como el pintor le daba el sello a la linda camarera, que resultó ser de
Astorga, y que al punto guardó en su almidonado delantal la estampilla con
nerviosa sonrisilla y arrebol en sus mejillas, pero su poca diligencia y
nerviosismo hizo que el regalo postal de Picasso se cayera del bolsillo del
delantal sin que la astorgana o el pintor se dieran cuenta del hecho. Mi
abuelo, disimuladamente lo cubrió y lo arrastró con su pie y con el mismo
disimulo lo recogió. El sellito en cuestión sirvió para dos cosas: tener un
Picasso en casa y que mi abuelo se casara en segundas nupcias con la camarerita
de Astorga, mi abuelastra, Wendy P.
03. Una lata de atún blanco marca
"Lola" de 125 gramos del año 1982. Fue lo primero que compre con mi
primer sueldo en la ferretería de mi tío Silas P. allá en Fuencilla de
Torquemada, provincia de Guadalajara. Al poco, tío Silas murió de sífilis
terciana. Yo usaba la lata de pisapapeles en mi despacho.
04. Un ojo de vidrio de la muñeca
"Polly Doll", que perteneció a mi prima, Visitación P., muñeca
a la que enucleé uno de sus ojos con una navaja Vitorinox® que me regaló mi padre
por mi decimotercer cumpleaños. La Visi, lo que es la vida, perdió un ojo de
mayor durante una clase de costura, al enredársele un acerico entre sus bonitos
y sedosos bucles rubios.
05. Un llavero con el escudo de
la Cultural Leonesa, mi equipo de fútbol favorito. El llavero portaba
enganchada una sola llave, que abría un artilugio de complicada mecánica y que
no interesa a nadie saber más de este asunto.
23.2.19
444. Desdichas y mortandades
Estorninos haylos que no necesariamente, más por consiguiente y por tanto, es capaz alguno de ellos de existirse no siempre de manera innecesaria (frase divertida grado —fdg— 8). Si estornino fuera o fuere palíndromo érase o seríase estorninoninrotse; de no ser así, ni palimpsesto alcanzara su ser (fdg 9). De nuevo los monjes y las monigotas de medievales haldas ensortijando embudos confeccionados con estornináceos picos, sin admonición previa de profeta alguno (fdg 7). A la estornina de Murcia no la enjalbega ni la repantiga sino los provisionales alféreces de podrido ros y agrietada polaina (fdg 6,5). Damajuanas de tinto con casera y porrones de jugo de arlequín en las fiestas de matanza de estorninos dulces innecesarios, porque estorninos haylos para la matanza necesaria y para la otra, la consiguiente en horas precisas (fdg 7). Graznan ellos en torno a y alrededor de sin otra ausencia que la de y la veneciana concepción de su (fdg 10). El estor de Nina es muperoquemú, el dromedario de Palín es teladé y el armazón de embudos es deloquenó (fdg 9). Sinaloa o sin aloe es o son de veras cosas sin hache, sí lo son Sinachoa o la achoa verdadera veracruzana, testimoniales éstas, como conceptuales las otras si acaso, o no (fdg 8,5).
19.2.19
443. Latinajos y tinajas
Luis José Gili Poyatos sufrió
mucho durante su niñez y su adolescencia, sufrimiento inherente al hecho de
arrastrar, como vergonzoso fardo, el peso de semejantes apellidos. Pero una vez
que se hizo multimillonario, ya todo le dio igual, incluso se cambió,
acortándolo, el segundo apellido, dejándolo en Poyas, y cambiando igualmente su
nombre, que dejó de ser Luis José, para llamarse, a partir de entonces, Soyún,
nombre árabe muy corriente en el sur del Yemen. Sus tarjetas de visita, por
tanto, lucían orgullosas en huecograbado su nuevo nombre: Soyún Gili Poyas.
Desde ese momento disfrutó y disfruta una enormidad al presentarse en lugares
en los que su inmensa fortuna le otorga tal halo de prestigio y honorabilidad
que hace imposible para todos los presentes la menor de las muecas de burla o
el más leve comentario jocoso, so pena de caer en desgracia para siempre ante
el presidente del holding y acabar la sesión con un fulminante despido.
Mi nombre es Mario Marí Kohn y también sufrí lo mío en el colegio, en el
instituto y en la Universidad, bueno, en todos lados, porque no me hice
millonario como Luis José (Soyún), y a los que me presento en el lugar que sea
se les afloja el muelle de la risa, e incluso algunas señoras mayores ha habido
que se han orinado al oír cómo me llamo. Conocí a Soyún (Luis José) en un
concierto de oboe, al que acudimos los dos equivocados, pues la sala a la que
pretendíamos ir era la que ofrecía esa tarde un concierto de pífano a dos
manos, instrumento éste al que los dos éramos y somos muy aficionados. Tras el
equivocado concierto de oboe, Soyún me invitó a un expreso en la cafetería del
conservatorio y luego a un cóctel (un Balalaika) en Casa Lupe, afamado
prostíbulo metropolitano, al que sólo había oído hablar de oídas, bueno, al que
sólo oía de habladurías que había oído, bueno, quiero decir que oía, de oídas,
habladurías que sabía que oía, pero que eran habladurías. Yo no me explico
bien, nunca me he explicado bien. Lo voy a intentar de nuevo, es que estoy
nervioso, no sé por qué. 1º) Nunca he ido de putas. 2º) Mi nuevo amigo, sí,
porque todos los camareros en Casa Lupe le decían don Soyún, y las pupilas se
le acercaban con sus bonitos abanicos y le daban discretos y coquetos
golpecitos en la entrepierna. 3º) Yo había oído tres veces que existía un lugar
así (una vez dos soldados hablaron de ello en un tranvía estando yo presente a
pocos centímetros, otra vez dos señoras hablaros de ello en otro tranvía
estando también yo presente a pocos centímetros, y una tercera vez dos
seminaristas hablaron de ello en un submarino estando yo igualmente presente a
pocos centímetros). Por tanto, ahora sí lo voy a decir bien: sólo conocía Casa
Lupe de oídas. Fueron cuatro las balalaikas que ingerimos. Al ser éste un
combinado agitado que lleva 75 mililitros de vodka, 45 de licor de naranja y 35
de zumo de limón, además de una guinda verde, trasegué en poco tiempo 300
mililitros de vodka y 180 de Cointreau (el limón y las guindas sólo sirvieron
para dar una tonalidad verde-amarillenta al copioso vómito posterior). Una
borrachera, pues, importante la que cogimos el Suyún y yo. Además, por primera
vez en mi vida, accedí carnalmente a un numeroso ramillete de jóvenes y bellas
meretrices, que me hicieron pasar una tarde memorable, sino fuera porque no me
acuerdo de nada, es decir, así tuvo que ser, porque Soyún me lo contó la semana
siguiente, así que sólo sé de oídas lo que pasó en Casa Lupe (y no empecemos de
nuevo). Estuve dos días de resaca y cinco metido en un submarino antes de
volver a ver a Soyún, porque mi empresa se dedica a la comercialización y venta
directa de embarcaciones submarinas para órdenes religiosas. La semana no se
dio mal y fueron tres las unidades vendidas: un submarino nuclear para los
Hermanos Dominicos de Portonovo, un modelo básico (sin duelas ni sotalugo) para
los Monjes Urticariantes de Cartagena, y uno equipado con armamento químico y
batiscafo para las Hermanas Consolidadas de Panticosa. El sábado, muy temprano,
me llamó Soyún, que sólo sabía de mí que me llamaba Mario, que gustaba de oír
el pífano y que sólo había ido de putas una vez en la vida, hacía una semana
precisamente. Cuando le vi llegar por la avenida de Los Templarios —habíamos
quedado en la terraza del Café Saigón— me levanté para saludarle y nada más
sentarse le confesé la cruda verdad de mis apellidos. Él no sólo no mostró ni
el menor atisbo de burla, sino que incluso llegué a notar ciertas arruguitas de
conmiseración en sus arcos cigomáticos y una como acuosidad en sus ojos muy
cercana a la consistencia de la lágrima. Puso su mano sobre la mía y me dijo:
"Me llamaba Luis José Gili Poyatos. Ahora me llamo, porque así lo quise,
Soyún Gili Poyas y porque de perdidos, al río. Y al que se ría le jodo la vida de
por vida". Mi admiración por Soyún creció exponencialmente en un instante.
Su concisa declaración y el tono con la que la expuso me amistaron con él hasta el
fin de los tiempos. Creo que a Soyún le ocurrió lo mismo. ¿Y qué otra cosa
mejor se podría hacer en aquella extrema circunstancia que marchar a celebrar
el comienzo de tan entrañable amistad a Casa Lupe, donde a ritmo de balalaikas
nos refocilaríamos con el nutrido ballet de tiernas hetairas casalupanas hasta el amanecer?
Y eso hicimos, ¡vive Dios! Es, por consiguiente, la segunda vez que me voy de putas en mi vida, y en menos de diez días.
Y eso hicimos, ¡vive Dios! Es, por consiguiente, la segunda vez que me voy de putas en mi vida, y en menos de diez días.
9.2.19
442. Una nueva prosperidad
29.8.18
441. En la bodega
Hay un trampantojo en el muro que se encuentra frente a mi ventana. Allí alguien ha pintado con extraordinario realismo a mí mismo asomado a la ventana con la exacta expresión de asombro que pondría si descubriera frente a mi ventana un trampantojo que, con realismo admirable, representara mi precisa figura asomada a mi propia ventana con la expresión facial propia de quien observa, a través de la ventana, el muro habitual, pero en el que un artista desconocido ha pintado con realismo digno de encomio mi propia imagen asomada a la ventana con cara de sorpresa al comprobar que el trampantojo es como un espejo que lo refleja con pulcra exactitud. No sé el tiempo que la pintura lleva ahí, nunca abro la ventana, por tanto, nunca me asomo y nunca, por tanto, veo el muro; es más, nunca sospeché que un muro se disponía frente a mi ventana, porque nunca la abro y, por tanto, nunca me asomo. Cierro la ventana. Me siento en la silla única bajo la única bombilla y reflexiono. Mis libros se hallan inestables en la librería; mi cama está desvencijada; la vieja cómoda se tuerce hacia un lado. En realidad son mis libros los que son inestables, es mi cama la que en su esencia es desvencijada, como torcida es en sí misma la vieja cómoda. Pero delante de mí tengo una mesa muy estable, sólida y derecha. Su potencia formal desluce aún más la escasa formalidad de los escasos muebles que la rodean. También es escasa la luz de la bombilla. En mi mundo de escasez voluntaria esta mesa desentona. No sé cómo llegó aquí. Una pátina de polvo gris le da incluso una prestancia de objeto venerable, como las sienes plateadas a un venerable prócer. He dicho que me he sentado para mejor reflexionar. Mi reflexión pretende dar luz a un enigma, o a dos. En primer lugar, si nunca abro mi ventana, ¿por qué, entonces, la he abierto hoy? En segundo lugar, ¿por qué nunca abro mi ventana? La mesa parece que incrementa sus dimensiones, la veo no sólo más ancha y más alta, sino que aumenta su sensación de solidez. Respiro con cierta dificultad, siento opresión en el pecho y mi pulso se acelera. Entro en pánico. Las perspectivas se alteran, los ángulos de los rincones del suelo y del techo se desequilibran en un estallido expresionista que solivianta un miedo escondido pero irrefrenable, que albergaba sin saberlo dentro de mi cabeza. Sudo inmóvil, la mesa sigue aumentando su escala en dimensión y densidad. Un zumbido de solenoide nace en el interior de mis oídos y progresa hasta la exasperación. La inmovilidad se hace pétrea y mi ropa adquiere la naturaleza de la misma roca en la que me voy convirtiendo. La luz de la bombilla solitaria va aumentando su luminiscencia hasta alcanzar cotas cegadoras. Cierro los ojos con la hermética violencia del aterrado y mantengo una tensión mandibular que hace impensable la futura emisión de una palabra o un grito. Soy una piedra que suda aterrada y muda en una habitación ocupada por un duende perverso, que juega con las proporciones, perspectivas y dimensiones de todo lo que me rodea. Y ahora es un temblor lo que deviene de este mundo de espanto, mínimas trepidaciones que nacen de cualquier punto interno o externo. Todo vibra en una suerte de crispamiento febril, muy fino al principio, hasta que desemboca en un calambre de espasmo único y universal. El mundo, mi mundo, revienta sus costuras y deja a la luz, descubiertas, las violáceas vísceras de un submundo tronante, dislocado, demente, infernal. En un instante, dentro del caos, pienso que todo esto, este fin de mundo que se cierne sobre mí, no puede dilatarse más en el tiempo, la esencia de esta locura ha de ser finita, porque su dimensión temporal vislumbrada un poco más allá, no podría ser concebida ni por una potencia divina. Y es así cómo otro de los prodigios estalla en derredor en forma de suspensión inmediata de todas y cada una de las anomalías. En una décima de segundo el orden cósmico y doméstico se adueña de todo. Forma y fondo, continente y contenido, cuerpo y espíritu se someten sumisos al canon y a la regula. El cuadro o el fotograma expresionista que conformaban los ángulos de mi habitación se sosiegan en una estampa de naturalismo íntimo, congelado en su quietud y en su silencio súbito. El torbellino cesa, el marasmo se difumina veloz, como veloz fue su aparición. Miro a mi alrededor y todo vuelve a estar en calma, miro en mi interior y todo vuelve a estar en calma, siento como la fuerza vital invade mi cuerpo lo suficiente para poder incorporarme y dar unos pasos, me veo capaz de cargar con mi caja de pinturas, con mis pinceles, porque yo soy artista, soy pintor, soy un muralista, un artista urbano. Bajo la escalera, salgo al callejón donde vivo y doblo la esquina, subo al andamio y me dispongo a componer en el muro de enfrente a mi ventana un trampantojo que, con realismo extraordinario, representa la figura de mí mismo asomado a la ventana, con la exacta expresión de asombro que pondría si descubriera frente a mi ventana un trampantojo que, con extraordinario realismo representara mi exacta figura asomada a mi propia ventana, con la expresión facial propia de quien observa a través de la ventana el muro habitual, pero en el que un artista desconocido ha pintado, con realismo digno de encomio, mi propia imagen asomada a la ventana con cara de sorpresa, al comprobar que el trampantojo es como un espejo que lo refleja con pulcra exactitud.
14.8.18
440. Y
En algún momento haré amigos. Hasta ahora no he podido conseguir nada más que algún que otro conocido, pero amigos de verdad, aquéllos que te prestan a su mujer o a sus hijas aún mocitas, aquéllos que matarían por ti o se inmolarían en pira pública si tú se lo pidieras, no, de esos no tengo ninguno. Sé que tengo un concepto muy elevado de la amistad, condición o virtud que considero muy por encima del amor. Éste florece y marchita en ámbitos enzimáticos, endorfínicos y glandulares, en donde no podemos manejarnos con soltura y donde la voluntad o la libertad personal fallece por consunción temprana. Sin embargo la amistad se deja sedimentar, surge ausente y limpia, sin impurezas venéreas ni turbulentos sesgos. Deseo, es mi deseo, sentir la emoción de la amistad, sentir la pureza de intereses comunes y proyectos compartidos, sentir la unión o comunión de soledades y sentir, por último, la irrupción en mi vida de una preocupación enraizada fuera de mí. El amor, que siempre anhela la posesión, lo rechazo y marcho en pos de la amistad, que nada posee y sólo busca un pequeño vínculo, quizás efímero, pero soberano en la menudencia de lo que realmente somos. El amor es para los dioses, que rigen con soltura la tormenta cruel de sus pasiones, el tumulto inconfesable de su ardor primigenio. No creer en el amor me ha traído consecuencias, alguna de ellas muy difícil de sobrellevar en esta sociedad tan taxativa para ciertos órdenes de cosas. No he tenido jamás contacto sexual alguno con ningún humano, animal o cosa. Ni conmigo mismo. Ni siquiera de pensamiento. Soy virgen doncel a mis sesenta años. Soy muy velludo y barrigón, también estrábico y el vitíligo arrasa el dorso de mis manos y mi frente. Soy socio fundador del Club de Amigos de la Boina de mi ciudad y soy también muy aficionado a la pesca en su modalidad de anzuelo con mosca. En algún momento, estoy seguro, haré amigos. Porque sí, porque mi cordialidad es muy notable. Poseo gracejo innato y sé contar chistes muy buenos y graciosos. Les contaré uno: Va uno de Logroño con su caña de pescar por la calle del Palito y se encuentra con otro de Logroño con una cesta llena de pasaportes viejos de Marruecos. Entonces el de la caña le dice al de la cesta: "Pero, hombre, Arsenio, ¿qué haces para que las canas que platean las ancianas sienes de la golfa de tu madre tiemblen en las lúgubres noches de plenilunio?". Y va el otro, el de la cesta con visados marroquíes, y le contesta: "No, paisano, no, si fuéramos ahora en busca del chatarrero, lo encontraríamos a cuatro patas dispuesto, bajo palio, en el lupanar que regenta la madre golfa que tú tienes". Bueno, pues como éste, me sé cien, si no mil. Ardo en deseos de compartir las risas y gozos que estos chascarrillos provocarían en mis futuros amigos. Pero a lo mejor resulta que no soy gracioso, que no sólo mi aspecto me hace repulsivo, sino que mi forma de ser es indecente, grosera y antipática hasta límites insoportables para los demás. Sin embargo, siempre que me escupen, nunca respondo y cuando me lanzan botes de mermelada, no se me ocurre ni tan siquiera protegerme ni acudir al encargado del súper, porque es él, generalmente, el que me escupe y me lanza el bote de confitura. Creo, pues, en la amistad, aunque nunca la haya experimentado. Agredo poco o nada, nunca hiero, nunca recito versos de Bukowski a doncellas o a sus ayas, nunca aborrezco a los sarasas en su presencia, nunca disparo, porque no creo en las armas de fuego ni en las otras, nunca camino sobre lonchas de salami ajeno, nunca meo bajo aleros de casa obrera, nunca abono con mi caca la jardinería laica de Capitanía, nunca digo la palabra "jamás" dos veces en el mismo día. Soy, por tanto y en consecuencia, un hombre bueno, digno de amistad y camaradería, de confianza e intimismos de barra, de abrazos y mojicones de jolgorio compañeril. Pero vivo tan solo como sólo puede vivir un etíope en el sur de Nagasaki. Todo esto no es tragedia para nadie, ni siquiera lo es para mí, solo que algo tengo que contarles. Me consta que nadie se ha reído con el chiste que conté con anterioridad. Yo, tampoco. La verdad es que me lo inventé sobre la marcha, para sorprender más que nada, a ustedes y a mí. Pero no lo he conseguido. Tengo cicatrices numerosas en el cuero cabelludo, son muchos los frascos y botes de mermelada, de latas de berberechos, de envases familiares de ColaCao® los que me ha tirado a la cabeza el encargado del súper, lleva años haciéndolo. Él también está solo, no tiene amigos. Lo he seguido muchas veces y sé que vive solo, no saluda nunca a nadie, pasa los fines de semana en el zoo observando al rojizo orangután malayo, que le arroja al rostro muchas veces bolas de excremento y le muestra groseramente el culo con lascivia inopinada. Come en un barucho cerca de su casa mirando el televisor y luego se va, con paso dudoso, a la baranda del puente, a veces pienso que con intenciones autolíticas, al menos es lo que parece, si damos crédito a la oscura sombra que enturbia en esos momentos sus pupilas casi amarillas. He notado últimamente que los envases que me tira a la cabeza son cada vez más pequeños y lanzados con una fuerza cada vez menor. Ayer, algo muy extraño, me lanzó un paquete de Kleenex®, y atisbé en su cara, antes del golpe, una especie de amigable sonrisa o algo muy parecido.
13.8.18
439. Nueve huevos
...y sí, es evidente que el dinosaurio sigue ahí, arrancando los brotes tiernos de las ramas más altas de los fresnos que menudean alrededor del pozo y masticándolos con la parsimonia mandibular propia de estos descomunales animales. También es evidente que yo sigo aquí sentado, apoyada la espalda contra las piedras lisas del pozo y ya despierto, los ojos aún letárgicos en la última inercia del sueño, pero dispuestos a la nueva vigilia. No sé el tiempo que dormí, tampoco reconozco dónde estoy ni qué soy, pero me siento parte integrante de lo que veo, conozco el nombre de las cosas, pero no el mío. Me levanto con dolor y me cuesta mucho comenzar a andar, las rodillas crujen y los brazos pesan como si fueran de plomo. Intento recordar, pero el olvido que me invade me provoca algo parecido al placer, como si estuviera protegido, a salvo, confortablemente instalado en mi hábitat natural. Detrás del dinosaurio, a lo lejos, unas chimeneas muy altas expelen un humo amarillo que perturba la visión de los tres soles declinantes. Aromas de mirto y canela siembran el aire de vapores extraordinarios en un escenario de realidad impalpable o de palpable irrealidad, todo inmerso en una textura sensual y onírica. El decorado va cambiando mientras me desplazo, como un diorama que me rodease sin repetir escenas. Sin embargo el dinosaurio sigue allí, quizá sea otro dinosaurio. Bajo sus patas colosales la hierba azul desprende su savia odorífera y pegajosa y se mezcla con la tierra roja trufada de escarabajos pardos, negros y laboriosos. Cruzo amplias y desiertas autopistas, atisbo en el horizonte trenes desmedidos, veloces como pensamientos, silenciosos como el olvido. El olvido. Lo vivido. Mi vida que no siento. El tiempo fracturado, el tiempo que habrá terminado o que habrá comenzado, el espacio temporal de este interregno en que despierto de la vigilia y duermo el sueño de una inconsciencia definida y plena. Los pasos que doy explican distancias que mis piernas no entienden y sé que deambulo por estos confines en una suerte de designio estocástico, tan arbitrario como la dirección que toma la nube roja que persigue juguetona a aquella bandada de pájaros de cristal. Podría ser que aún sueño y que todo es la falsa realidad de la noche, la desconexión inconsciente de la conciencia, podría ser..., sin embargo el dinosaurio deja de mascar por un momento, gira con gran lentitud su cuello eterno y me mira con solemnidad. Camine por donde camine, él siempre está ahí. En su pupila se expande el cosmos, negro, con puntos de luz estelar, terrible y neutro. De sus fauces terrosas nace el aliento que todo cubre y que todo humedece. Así continúo absorto mi camino en esta singular naturaleza de espectros telúricos y visiones miríficas. Sin recuerdos, sin proyectos, ahogado en un presente de plenitud mensurable en un universo inconmensurable. Sin deseos ni anhelos, sin pasión alguna que enturbie mi sendero, sin vergüenza ni rencor que encienda mi pensamiento, sin ceder ni oponerme a nada ni a nadie. No hay combate, no hay denuedo, sólo sigo este camino que me asimila y al que me adhiero con obediencia, escribiendo la página en blanco de mi conciencia nueva con la tinta de lo que veo, de lo que oigo, de lo que huelo y saboreo, de lo que toco. Sospecho mi soledad, aunque detrás de aquella colina azul hay grúas que se mueven, y más allá veo la caída de grandes árboles que han sido talados, y construcciones gigantescas, y barcos en un horizonte náutico y acerado. Nubes multicolores forman un cielo caleidoscópico, cambiante, que hacen de la luz un juego de prismas, convertida en una fina lluvia de fotones infinita. Pero siempre que mi mente se concentra, el dinosaurio sigue allí. No me sigue ni persigue, simplemente está allí. Forma parte de mí o forma parte de la vida que llevo desde que desperté, o soy parte de su sueño, de su pensamiento, soy tan solo un punto móvil en su campo visual. Soy en la medida que él es. Sin él, yo no soy. He nacido o he renacido, de momento no puedo resolver esta cuestión. En este magma de inmanencias y trascendencias de las que no me siento partícipe, nada viene a mí y nada huye de mí, soy sin sentido en un sinsentido que, al ser pleno, contiene el germen de la razón pura. Las acometidas de forma y fondo que acompañan mi camino me hacen añorar dimensiones desconocidas, que sé cercanas, al alcance de mi mano, pero ingobernables para un ser adimensional como yo. Pienso "yo" y algo se resquebraja en una parte muy profunda de mí, como si al descubrir la combinación que abre la cripta, viera el cáliz de sangre quebrado y profanado. Ni persona ni hombre ni bestia, ni flor ni roca, sólo una bruma sutil en la sombra de un olvido, sólo bruma de recuerdo, de pasado, de muerte lejana y remoto nacimiento. Ideas con dureza de obsidiana, pensamientos férreos y sentimientos pesados como el mercurio en este mundo de decorado infinito, blando y tenue como el éter, al que rodea este cielo luminoso de planetas de algodón, de estrellas que pululan como luciérnagas alrededor de mundos irisados. Y lejos, muy lejos, la hecatombe de cometas deja un rumor como de sinfonía esencial, música de eternidad que dilata la pupila del alma y dulcifica el futuro inmediato. Un cansancio inmemorial enlentece todos los músculos de mi cuerpo, mis órganos aminoran su flujo enzimático, y el cerebro difumina la pasión de las sinapsis, dejándolas como una malla inerte que, muy despacio, me dispone a un letargo indefinido, poderoso, imbatible. Detengo mis pasos en el mismo pozo, o en otro quizás, apoyo mi espalda en él, sentado sobre un césped azulado, el sueño me vence, mis dedos se enredan en la hierba y un insecto de caparazón rojo sube por mi brazo. Aún me da tiempo de sentir a mi lado la presencia del dinosaurio, y creo que se está riendo.
16.6.18
438. Legislación bi-gente
Las cosas del mundo que no comprendemos; los pensamientos que sin ningún motivo aparente se nos introducen en el cerebro y que no tienen ni pies ni cabeza; los actos que ejecutamos sin proyecto previo ni objetivo definido; el mundo improvisado que el azar esparce por todos y cada uno de los ámbitos de nuestra existencia; toda esa parte del mundo que no dominamos. Bien, todo esto es real, lo comprobamos día a día, sin embargo existen fuerzas empeñadas en controlar todas esas variables y mutarlas en magnitudes estables y constantes, aunque más tarde o más temprano esas mismas fuerzan habrán de asumir su fracaso, porque lo azaroso, lo disímil, lo aleatorio, lo arbitrario y el general sinsentido de la vida son y serán los verdaderos Masters del Universo. (Hago ahora un receso: un insecto, un ser diminuto y mínimo aparece en un extremo de la mesa, se acerca a mí, camina, da pequeños saltitos, vuela algún trecho, se acerca y se desplaza por el folio llegando a la punta inmóvil de mi bolígrafo, continúa después, sale del papel y se encarama a uno de mis dedos; ya está en la bocamanga de mi bata; me quito las gafas porque de cerca los miopes vemos de escándalo; medirá tres o cuatro milímetros, tiene seis patitas y en su cuerpo aparecen tres rayas blancas y tres rayas negras; se va trepando poco a poco hasta mi cuello y lo pierdo de vista, soy incapaz de disparar un chorlito y desaparecerle, que haga conmigo lo que quiera). Este receso se podría manejar como paradigma de lo onírico y azaroso que puede llegar a ser casi el cien por cien de todo lo que le ocurre al mundo a cada momento. Aún así, tendemos al orden, a cumplir todos y cada uno de los presupuestos de la ciencia y todos y cada uno de los postulados morales y éticos de la conciencia, a formar todos en filas y columnas, a resumirnos en unos y ceros, porque somos archivadores irredentos, contables perpetuos, sumos tenedores de libros, infinitos compendiadores sumidos todos en la geometría de las formas, esclavos del cubo y la esfera, todos encaminados a la eternidad agarrados de la mano por la serie numérica de Fibonacci. Por el orden hacia la lógica, por la lógica hacia Dios. Pero, no, nada de esto es verdad y ni mucho menos divertido, ni apasionante, ni subyugante, ni esplendoroso. Todo lo bueno se halla al otro lado del espejo, en la magia de los dientes de león, en el carnaval de las almas, en los trinos abisales de pájaros imposibles, en todo lo que se intuye, en los trenes de humo negro que salen de los orificios nasales del gigante Dimitrios. Todo lo excitante que la vida posee se halla detrás, escondido, fuera de la norma, alejado del orden establecido. Es la atracción ancestral que el hombre siente hacia la belleza lo que le dispone siempre a una constante vulnerabilidad, a constituirse en un ser continuamente agónico en el victimario de su influencia. La belleza como verdugo. De los múltiples rasgos que nos distinguen de los demás habitantes del planeta, me gusta pensar que el más radical y definitorio es la asunción, sólo humana, del concepto de arte. Dentro de él, tenemos la suerte hoy en día de no estar sujetos a las normas canónicas de ningún estamento académico que disponga lo que es y lo que no es arte. No ha ocurrido siempre así, no hace tanto tiempo, los artistas no disponían de la absoluta libertad con la que cuentan hoy, y sólo a raíz de la aparición de ciertos grupos disidentes, el arte y los artistas pudieron saltar las barreras impuestas por el férreo pensamiento ochocentista. El romanticismo sentó las bases y prendió la mecha de la pasión, la imaginación y el exceso con la estopa de las nuevas ideas políticas y sociales que se iban haciendo fuertes en los centros de poder burgués de todas las metrópolis centroeuropeas. La ideas libertarias, anarcoides y revolucionarias se aposentaron en todas las actividades humanas y la bestia de colores que todos llevamos dentro de liberó de los grilletes. Desde entonces todo ha sido posible, al menos en esa parcela humana tan inocua que constituye el arte. Porque el arte nunca ha sido peligroso, porque el artista nunca lo fue, como no lo fue el chamán, el arlequín, el bufón o el payaso. Por eso amo el arte que divierte, aquél que se halla tras el estorbo del virtuosismo, el arte que rememora y conturba, antes que aquél que irrita y reproduce (más vitriolo y menos óleo). Es por ello, y es a donde quería llegar, que amo el arte contemporáneo, el arte que a nada conduce porque conduce a cualquier sitio y dice todo sin decir nada, y sobre todo lo dice con un ánimo lúdico, imaginativo e ingenuo que no veo en ningún otro tipo de actividad artística: hombres-bola de bronce solos o en grupo diseminados en la enorme superficie de una estación de ferrocarril abandonada y desierta; cien casullas ornadas con dorados y lujosos trenzados de abigarrada filigrana manchados con sangre de vaca, cada una de ellas en su aséptica vitrina de metacrilato; una cama de matrimonio, vieja, sucia, maltrecha colgando de una de sus patas en el hueco de una elegante y futurista escalera del museo que acoge la obra; una mujer real contorsionándose lenta e ininterrumpidamente en un pequeño espacio blanco durante el tiempo de visita de la sala de exposiciones, unas doce horas al día; montones dispersos de pigmentos arenosos de colores puros en un espacio oscurecido por focos velados; la figura de un hombre de rodillas con el tronco flexionado y la cabeza hundida en un bloque de cemento; cincuenta máscaras antigás de la primera guerra mundial en una vitrina de cristal perfecta y compactamente dispuestas en su interior; un bebé hiperrealista de material plástico de 10 metros de altura; un cuadro de medianas proporciones en la que se ve una estructura lineal complicada dibujada con leche materna de mujer; dos jóvenes, hombre y mujer, embadurnados con pintura acrílica se utilizan a sí mismos como pinceles humanos sobre un lienzo adecuado a sus medidas; una sala con estanterías vacías en donde estarían colocadas las numerosas piezas de porcelana que yacen hechas añicos en el suelo; el suelo de otra sala lo cubre medio millón de pipas de girasol, cada una de las cuales se ha elaborado y pintado a mano por los habitantes de una pequeña aldea de China central; un cuadro de un metro cuadrado únicamente pintado de negro; una gran sala donde se entra y sólo se encuentra uno con un silencio profundo y espectral, además de un mástil sin bandera en el centro de dicho espacio; un Cadillac del 65 azul celeste que emerge de un bonito estanque a la entrada del museo; un gran ventilador hace que ondeen al aire veinte sogas de veinte horcas erigidas en una habitación circular en donde se pueden oír a gran volumen las canciones de la película El Mago de Oz; un reproductor de vídeo proyecta continuamente las olas que llegan a una playa, en el suelo hay arena real y húmeda que mancha nuestros zapatos; una montaña de cinco metros de altura formada por cientos de libros y en su cima la figura a tamaño real de un burro. Esto sólo lo puede ofrecer el arte moderno, la máxima expresión, el supremo exponente, de todo lo que no comprendemos y no vamos a comprender nunca, porque no hay absolutamente nada que comprender, y si lo hubiera, es evidente que el arte no existiría.
20.5.18
437. El desliz
Me escribe una larga carta alguien que dice ser vecino de mi bloque, más que carta memorándum, en el que enumera una interminable lista de agravios, de los que se siente víctima y de los que yo, y sólo yo, soy el causante. Vivo en un chalet exento, no adosado, construido en una parcela de 2.750 metros cuadrados, que linda por tres de sus lados con un sotobosque de chopos y rododendros y por el cuarto lado con la carretera comarcal AC-4071. La casa habitada más cercana es el Balneario de San Millán, que se encuentra a unos cinco kilómetros al oeste, siguiendo la comarcal referida. Por tanto, me sorprende la carta de "mi vecino del bloque", porque no vivo en un bloque ni, lógicamente, tengo vecinos. Entre otras cosas me dice que no soporta el runrún constante de mi obsesivo pensamiento; que le irrita sobre manera la forma que tengo de sonreír al alba y la de oler el aroma de mi ausente amada; que cuando sueño, crepitan las maderas de su alcoba; que mis suspiros conmueven y alteran su duermevela. Su letra es precisa, elegante, varonil, sin desfallecimientos, estructurada en frases y párrafos de un claro orden canónico en cuanto a su concreción y desarrollo. Me solicita con rotundidad que deje de regar a partir de las doce mis macetas de desconsuelos y mis tiestos de sosiegos marchitos; que una lágrima, que afirma es de mi propiedad, ha destruido con su humedad triste el baúl de ilusiones que guardaba en su desván. Sus palabras, cada vez más hirientes, suben de tono a cada línea. Me acusa de socavar y violar la normal convivencia entre vecinos (¡a mí, que no tengo vecinos ni amigos!, ¡que vivo solo en el campo!); afirma que rompo la paz con mis continuas luchas internas, con mis lamentos conminatorios y mis clamorosas súplicas al averno. Me acusa de que salpico sus balcones con la sangre despedida por mis nocturnas flagelaciones; que los humos de mis pócimas satánicas manchan de óxido su colada tendida en la azotea; que aturdo sus oídos con la salmodia profana que sale de mi boca blasfema; que sus hijos no han de leer los lamentos de soledad que pinto en las paredes del rellano con el grafismo diabólico de un ser demente y estrambótico. Me amenaza con denuncias a la autoridad, sino es que un día, en un arrebato de cólera, no toma él mismo las riendas del problema y acaba conmigo de manera terminante y sumaria. Es su esposa, me indica, la que lo retiene hasta ahora, pero llegará un momento en que el globo de su paciencia estallará. No puede entender el fervor de mis ternuras, la sonrisa que exhalo al contemplar las gasas de nubes que se inmolan en el ocaso, el rictus irónico que se posa en mis facciones de hombre viejo cuando mi perro le ladra a la luna. Y se ofusca ante las sorpresas que expreso ante la llegada de las estaciones, ante la llegada de los patos, ante la aparición del primer vencejo y la primera mariposa. Nada de lo que dice es del todo falso, sólo que "mi vecino" nada puede ver y nada puedo hacer por él, porque yo vivo solo. Mis sentimientos ambivalentes, contradictorios, humanos o diabólicos, sumisos o violentos son perfectamente expuestos por mi inexistente vecino. Acierta en todo y acrecienta el espanto que la observación a que me somete, desde no sé qué dimensión, me provoca. Su ausencia/presencia asume el papel que tendría que ocupar mi conciencia, o mi superyó, pero no consigo asumirlo como parte de mí; estas entidades abstractas, fantasmales, no envían cartas certificadas a mi dirección, no emiten dictámenes por escrito, mi conciencia tiene mil formas para hundirme o para salvarme, pero esto que me está pasando es real. Tan solo Dios y yo conocemos los sentimientos, las pasiones, los anhelos y esperanzan que se siembran en el jardín de mi alma, sólo Él y yo conocemos los sectores oscuros y los espacios luminosos que la ocupan. Mis demonios podrían disponer de cierta información e intentar mediante esta estratagema atraerme al borde peligroso del abismo. Pero yo sé que no importo tanto como para que una batalla al más alto nivel entre las fuerzas del mal y del bien se lleve a efecto. Todo esto del encolerizado inquilino de "mi bloque" creo que ha de tener una naturaleza más pedestre y menos metafísica. Tengo por costumbre, cuando algo no entiendo y jamás lo voy a entender, montarme en el mismo carro del asombro y continuar la senda del absurdo o de la fantasía que el destino me ha deparado. De este modo, localizo al azar el nombre y la dirección del primer comerciante de alfombras que aparece en el listín telefónico de la ciudad y le escribo lo siguiente:
"Desestimado Caballero o lo que quiera que sea: Recibo en la tarde de ayer el pedido que le hice el pasado lunes 30, de once alfombras persas trenzadas en torunda inversa con el estambre en lazada kurda y con las medidas acordadas de 225 x 125 centímetros, cinco de ellas con motivos simétricos en aljebíes con fondo verde y seis con motivos florales en alelíes con fondo bermellón. Y lo que recibo son treinta y dos esterillas de enea mal trenzada y llenas de polvo envueltas en papel de periódico cairota y expeliendo un insoportable olor a pies. Si es una broma, me merece todo el asco y el desprecio del que puedo disponer para casos de urgencia como éste, y si no lo es, también. La señal en dinero contante que se me exigió durante la transacción comercial quiero verla en mi mano en menos de horas veinticuatro, momento en el que de no ser reintegrada dicha cantidad, se pondrán en marcha los dispositivos conminatorios pertinentes, algo que, créame, no le gustaría experimentar. A las esterillas les he prendido fuego ya que el número considerabilísimo de chinches las hacía mágicas, moviéndose y casi volando por sí mismas, algo realmente tan asqueroso como asquerosa supongo a la madre de usted".
Espero que el vendedor de alfombras, después de la sorpresa inicial, reaccione y continúe la divertida cadena.
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