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FUMPAMNUSSES!

¿Qué es Fumpamnusses!?... Fumpamnusses! es todo y es la primera vez. Siempre hay una primera vez. Escribo pues, por primera vez, en algo que tiene que ver con el exabrupto digestivo de un sapo ("Blog") sin saber siquiera lo qué es (me refiero al Blog, aunque en el fondo tampoco sé muy bien lo que es un sapo.) Mi declaración de intenciones espero que sí quede clara: me limitaré a realizar las veces que crea oportuno un ejercicio brusco, continuado y compulsivo de literatura automática, de exorcismo necesario y suficiente de los restos de energía negativa o positiva, qué sé yo, o de encauzamiento de ideas, frases o palabras que mi mente quiera en ese preciso momento que queden reflejadas en este nuevo e inefable invento. Invito, pues, a este ejercicio a todos los interesados en el arte de la improvisación mecánica, maquinal, indecorosa y pueril. No esperen grandes ideas, no espero grandes ideas, sólo el placer de ver concatenadas ciertas imágenes que surgen improvisadamente y en plena libertad, quizás en extrema libertad, esperanzado en que no me suceda algo tan lamentable como aquello que le ocurrió a aquel pequeño electrodoméstico que, de tan libre y tan enamorado como estaba de Sir Douglas H. Silverstone, declaró la independencia de todas las anguilas del mundo y de ciertos huevos de Pascua de los alrededores de Castel Gandolfo.



10.3.18

425. La taberna mística


          El anómalo cruza la cancha y se ubica en la zona de la canasta sur con su puesto de armadillos disecados.
          Lala, la abuela procaz, coloca la torda amaestrada sobre el círculo central embadurnado de brea hebrea (pegamento judío, engrudo israelí, zaragatona semita...).
          Casiopea y su catana se tumba con las piernas en posición de loto invertido en la tercera grada, debajo de los grandes ventanales emplomados.
        Del marcador electrónico penden sartas de golondrinas, en número de cien, con las alas cosidas unas a otras.
          El equipo arbitral enceguece con licores del Medio Oriente y entabla con risa bobalicona una discusión sobre las bombillas de mate uruguayas versus las bombillas de mate argentinas.
          Vendedores de libros y otras golosinas pululan por entre el público inexistente vociferando las excelencias de los unos y de las otras.
          El partido comenzará en unos instantes, cuando los fantasmas del equipo de animadoras estrellen los tambores contra el techo tachonado de odres, botas de vino turolenses y concertinas. 
         La música ambiental cesa y César se esconde tras la pérgola de plexiglás, porque a César le obligan a acudir a la cancha, pero a César no le gusta el deporte, a César le gustan las gachas de avena y el oír el crujido de las vigas de la sala prebostal de la Abadía.
       Néfer coge a su tití y lo introduce en el espacio cálido y angosto que delimitan sus pechos de ébano, mientras se acomoda en el palco de honor en espera de la llegada del Presidente.
        Los urinarios resplandecen con moscas de luz y vapores fosforados de naftalina.
          Fosito mira extasiado a su burro, que viste los colores del club. El burro de Fosito es versátil; a más de ser la mascota del equipo local, es a su vez la estrella porno en una de las barracas itinerantes que amenizan las ferias de los numerosos pueblos de la comarca.
          Las gradas en sí siguen sin público en sí. Los jugadores en sí nuca han salido en sí a la cancha, y la expectación en sí no es tal, es casi una ausencia o carencia total de expectación en sí misma.
        Los que están, son raros y más bien literarios, casi son, aunque se sabe que no son. En verdad es que casi ni están, aunque para la ficción, para la fantasía, no es necesario tanto verbo ni tanta carne.
          El baloncesto es un deporte genéticamente agrio, es lo menos literario que existe en deporte. 
          Yo soy cojo de alma e incontinente de carácter, el toro es lo mío, y todo aquello que me provoque la vesania necesaria para insultar sobremanera al estamento vegano universal.
          "Situm mendiuum propagit nesuun etrosque vitarum".

25.2.18

424. Las cloacas de Princenton


          La sal de la vida es a lo que el sistema nervioso propende, el cortocircuito, el límite de su capacidad de sorpresa o de su resistencia al estrés o al eco profundo de la Creación. Nos sentimos vivos en cuanto la vida ha de acabar, al borde del abismo es donde nos sentimos realmente solos, pero también únicos y necesarios. En el calambre feroz que enerva los pelos del alma es donde nos persuadimos de que algo de dioses sí que tenemos, nos conectamos con lo verdadero, con parte de Él. La sal de la vida escuece el horizonte de la muerte, lo disuelve y tal vez lo minimiza, aunque asusta su cercanía y su inexorable verdad. Nos armamos de lo que más a mano tenemos, nuestra voluntad de muerte inconsciente, la vocación eterna de arrimarnos al riesgo de las simas físicas o éticas, a la médula de la hoguera en que convertimos la pesadumbre del diario vivir. Nos sucede como a esos insectos que pululan estólidos alrededor de la cápsula de luz que los destruirá de manera irremisible. Pienso que habito en la superficie de una de las alas de ese insecto sin conciencia que gira y gira alrededor de su luminosa y cierta muerte. Mi voluntad descansa en la inconsciencia del devenir de un estúpido insecto para el que la muerte sólo supone un criterio de cercanía física o estética, nada sucumbe en él, aunque su extinción enlaza con la mía y mi mundo desaparece con el suyo. Pero luego pienso que sobre mi piel se desarrollan y viven miles de colonia de seres vivos unicelulares que saprofitan el detritus de mi piel y dependen igualmente de que mi pulsión, esta soleada mañana de febrero, no sea arrojarme desde la duodécima planta del este edificio donde resido. Este pensamiento que quiere ser pensamiento colegiado, no lo es, pero la unidad ecuménica que formamos es evidente, nada nos diferencia, sólo es cuestión de magnitud. Pero sigo proponiendo que la sal de la vida no puede conllevar una voluntad colectiva, debemos tender cada vez con más tesón a la individualidad, que nos acerca con más sabiduría a nuestro final universal, debemos entonces abordar los pasajes peligrosos de nuestra efímera existencia con mayor asiduidad y no menor elegancia, entendiendo esta elegancia con la sinceridad y sensato placer que nos ofrece el dilapidar parte de nuestra seguridad en aras de un acercamiento y conocimiento de las verdades, que se encuentran más allá de las colinas de nuestra conciencia. Vivir al límite, vivir con riesgo, sobrevivir a la electricidad de todo aquello que enajena, duele, subvierte, degrada o enaltece, vivir sin tope de la experiencia, sin barreras ni aduanas anímicas, con la libertad destrozada por su propia soberanía, atisbar el paisaje que sólo el demente intuye y el beato profetiza. Lo haremos solos, la ayuda no se concibe en el ámbito del mundo unitario y único en el que somos y en el que estamos.
           Dios, esté o no esté, sea o no sea, siempre será y estará detrás de la colina.

24.2.18

423. ¡Putas ostras! (Fucking oysters!)


          El asalto del Castillito de San Fabián trajo consigo la defenestración literal del Duqueconde del Almogrote, pero a su vez, hizo sucumbir la alegre confraternización que existía entre la familia del Castillito y las cofradías labriegas de la comarca. Jon, el pescador de almas, fue testigo del asalto y glosó en sus endechas y quintillas la gesta insigne del hecho guerrero. Monje, trovador, maestro de la lírica agropecuaria y ganadera, Jon era asaz cobarde y otra cosa que ahora no recuerdo. También, cerca de donde estos hechos acaecieron, se encontraba el mar.
          Esta historia que parece trunca, no lo es necesariamente. Aunque no necesita exégesis alguna ni síntesis consecuente, se constituye por sí misma en necesaria, sin que ello afecte a su complitud. No sé si me explico. Supongamos que la historia es efectivamente trunca (que no lo es), pero supongámoslo. Entonces, considerémosla completa, partiendo de la base que conocemos la trunquedad de su origen (que no es tal). Se desliza con suavidad la consecuencia de todo ello, que no es otra que la imagen anfibológica de una realidad secuenciada, pero completa, no trunca, desvirtuada y deslindada de los presupuestos geométricos o lógicos, lo admito, pero perfectamente reconocible y estructurable en el espacio y en el tiempo. La buena fama y lo perdurable de su existencia (me refiero a la fama y perdurabilidad de la complitud) se basan en la suma facilidad con la que cualquier imbécil es capaz de introducirla en un pote de porcelana o barro cocido y archivarla eternamente en los anaqueles adecuados. Pero lo trunco, no. Lo trunco queda relegado al cuarto de las escobas y los productos de limpieza, tan agresivos ellos con todo aquello que en vida no se completó.
          Ahora paso a hablar de Margarita Milfuegos, hija de Silas Milfuegos. Nació trunca de nalgas en la piragua de su abuelo Amílcar Milfuegos en 1889 y murió allí mismo, en la piragua del yayo Amílcar. Su madre, desgraciadamente, se encontraba en aquel momento desdichado del alumbramiento subastándose ella misma, la muy guarra, al peor pujador en la región de Canaima, a orillas del Orinoco.
          Esta historia que parece completa, no lo es necesariamente. Aunque no necesita exégesis alguna ni síntesis consecuente, se constituye por sí misma en necesaria, sin que ello afecte a su trunquedad. No sé si me explico. Supongamos que la historia es efectivamente completa (que no lo es), pero supongámoslo. Entonces, considerémosla trunca, partiendo de la base que conocemos la complitud de su origen (que no es tal). Se desliza con suavidad la consecuencia de todo ello, que no es otra que la imagen anfibológica de una realidad secuenciada, pero trunca, no completa, desvirtuada y deslindada de los presupuestos geométricos o lógicos, lo admito, pero perfectamente reconocible y estructurable en el espacio y en el tiempo. La buena fama y lo perdurable de su existencia (me refiero a la fama y perdurabilidad de la trunquedad) se basan en la suma facilidad con la que cualquier imbécil es capaz de introducirla en un pote de porcelana o barro cocido y archivarla eternamente en los anaqueles adecuados. Pero lo completo, no. Lo completo queda relegado al cuarto de las escobas y los productos de limpieza, tan agresivos ellos con todo aquello que en vida no se truncó.

17.2.18

422. ¡Qué vivan las caenas!


          Paul Churches es un señor inglés con aspecto de chamarilero hondureño o de asesino leve de Melilla. El aspecto es de suma importancia para los que nos dedicamos a la investigación criminal por cuenta ajena. Todos los detectives de aquí semejamos ser detectives de otro lugar y todos denotamos un cierto vestigio pisciforme, es verdad, tenemos aspecto de pez, aunque llevemos revólver y sombrero, y aunque bebamos bourbon y calcemos mocasines Kenny's. Mr. Paul Churches es calvo pero tiene coleta occipital, eso sí, muy grasa y teñida de lila. No suele usar sombrero ni paraguas y habla con acento marcadamente guaraní. Su niñez, he sabido, la pasó en el Paraguay, siendo su madre agregada cultural de la Embajada Británica en Asunción. Tras la muerte de Mrs. Churches en un lamentable accidente doméstico con una depiladora biónica, el joven Mr. Churches regresó a Londres, donde su padre, el viejo Mr. Churches regentaba un próspero negocio de jardinería zen. Desde entonces el joven Paul es investigado. No sabemos por qué, nadie nos ha contratado a ninguno de nosotros para tal fin, pero el caso es que lo investigamos de todas formas, de manera continua y con gran entusiasmo en nuestras pesquisas. Todos los investigadores de Londres nos reunimos una vez a la semana en la sede del PICOL (Colegio Oficial de Investigadores Privados de Londres) donde exponemos y debatimos nuestros hallazgos sobre la vida y obra de Mr. Paul Churches. En la última de nuestras semanales sesiones llegamos a una serie de puntos irrebatibles y consensuados por una mayoría cualificada sobre el asunto Churches, que resumimos en el siguiente decálogo: 

1.) Afirmamos, junto a Nietzsche, que la vida sólo es soportable cuando asumimos la idea irrefutable y consoladora del advenimiento de la muerte.

2.) El tiempo es el concepto más demoledor de cuantos la mente humana ha creado.

3.) Todos los dioses son verdaderos, absolutamente todos.

4.) Sin una idea ecuménica de la Humanidad, la Humanidad está llamada a ser el sumo error de la Creación.

5.) El amor, como concepto, es irrevocable, pero como instrumento, es veleidoso, fútil e innecesario. 

6.) La violencia es inversamente proporcional a la bajeza ética o moral de las sociedades que la instituyen.

7.) El marxismo es la hegemonía del satanismo como el liberalismo es la hegemonía de la cirugía judeocristiana.

8.) La literatura es libertad ficticia, pero la ficción no es libertad literaria.

9.) Nacemos para perpetuar todo aquello que nos apasiona destruir.

10.) Si el alma tuviera forma, la ciencia ya lo hubiera averiguado.

10.2.18

421. Escenas aragonesas


          El estado de pulcritud extrema del Marqués llevaba a pensar en el también extremo grado de sadismo de sus tropelías asesinas. Quizás sus trajes eran incinerados en la caldera del sótano los viernes de madrugada, cuando regresaba de sus correrías sanguinarias empercudido de humores viscosos y jirones de carne torturada. El excelente talante, la cortesía renacentista y la bondad de carácter matutinas contrastarían severamente con la acidia que en la tarde de los jueves iba ganando terreno en la profundidad de las arrugas de su cara, en el surco nasolabial, en el adusto entrecejo, en la profundidad arada de los pliegues de la frente. Sobre las doce de la noche, el Marqués salía con su maletín de piel, montaba en su simón y no volvía hasta la amanecida. Era entonces cuando le oíamos trastear en el sótano durante un buen rato y no volvíamos a notar su presencia hasta bien entrada la mañana, cuando aparecía en el salón con un apetito voraz, aseado, perfumado y con un humor ciertamente angélico. Por aquellos días fue cuando empezaron a salir publicadas en la prensa noticias inquietantes, y a veces espeluznantes, sobre los atroces crímenes llevados a cabo, según las primeras investigaciones de la policía, por un metódico asesino que al parecer seguía un estricto ritual para la realización de sus actividades criminales: asesinaba los jueves, asesinaba sólo a mujeres viudas de muy alta posición económica y lo hacía con un muy ajustado y preciso método repetido en las, hasta ahora, cinco víctimas encontradas. Primero las estrangulaba utilizando las bragas de la pobre desdichada, hasta que perdían la conciencia pero no fallecían. Luego las vestía con ropa de hombre y las amordazaba y ataba a la cama. Es entonces, con la víctima ya despierta, cuando comenzaba un espantoso cortejo de mutilaciones sin fin, que acababan más tarde que pronto con la muerte y posterior descuartizamiento de la mujer, quedando en los cinco casos aparecidos hasta ahora, un número de 45 secciones por mujer asesinada. Los jueves en la ciudad era tradición aristocrática dedicar la tarde a recibir visitas, los salones de las casas señoriales abrían sus puertas a reuniones de tipo cultural, sesiones musicales, lecturas de poesía, reuniones también informales en las que, por grupos, se hablaba de todo y de todos y se tomaba el té o se servían cenas frías, siendo algunas de estas reuniones muy concurridas y alargándose en muchas ocasiones hasta altas horas de la noche. Por tanto, la policía estaría al tanto de que el sospechoso habría de ser alguien que se moviera con total soltura y libertad entre los círculos y ambientes aristocráticos de los jueves. Las cinco mujeres asistieron como invitadas o anfitrionas a alguna de las conspicuas reuniones, lugares en los que sin lugar a duda se relacionaron fatalmente con su satánico verdugo.
          Mi nombre es Adolphe Voinchet y soy mayordomo en la casa del Marqués de Valentinois desde hace veintinueve años. Conozco al Marqués prácticamente desde que era un niño. Todo el servicio lo conoce y ninguno de los miembros de ese servicio podría decir una sola palabra que pusiera en duda la más absoluta corrección, incluso bondad, en el trato del Señor con respecto a cualquiera de ellos. Conmigo mantiene una cercanía de, me atrevería a decir, velada amistad y prudente confianza, una medida cordialidad y cierta irónica complicidad. Nos tenemos un afecto y respeto leal y verdadero. Desde que murió la Marquesa, hace ahora cinco años, esa especie de afecto mutuo se vio estrechado al fallecer mi esposa a los pocos meses de que falleciera la Señora. El dolor acerca mucho a los que sufren desgracias similares.

          De verdad, que cuando lo detuvieron al señor Marqués, yo no me lo podía ni de creer.






420. Visiones de Manolín


          1.) Habla Haruki de escribir. Habla de forma leve y amable de lo que surge en él como polución nocturna y en los demás como pétreo ataque de migraña. Los lápices de colores son para sus compañeros de profesión plumas estilográficas de sangre o teclas electrificadas. Pero para Haruki escribir es tenue brisa indolente e indolora, notas caligráficas ensambladas a las notas de jazz que envuelven sus días y sus noches de novela.
          2.) Nadie me lleva de la mano como Haruki. Nadie, por otro lado, me lleva de la mano habitualmente, me refiero a los autores de novelas. Los sigo, a veces de lejos, a veces de cerca, pero casi nunca me guían y mucho menos me cogen de la mano, Haruki, sí. Y yo me dejo llevar gustoso. La primera vez que caminamos, recuerdo que me enseñó una canción que hablaba de la madera noruega mientras caminábamos por las estaciones de metro de Tokio, y hasta hoy no ha parado de pasear conmigo mostrando su paisaje a mis ojos, que se desorbitan un poco, menos sorprendidos que cómplices.
          3.) Muere hoy en mi ciudad un gran escritor del que no tenía la menor idea de su existencia. La prensa lo eleva a los altares de la santidad literaria, y a mí el caso me deja un regusto desagradable, sintiéndome culpable de mi real inoperancia en esto de estar al día de lo que me rodea y casi me roza. Tokio me atrae, sin duda, más que la cornisa del Aljarafe, aunque lazos de sake e historia unieron y unen Coria con Japón.
          4.) Creo que yo nunca hubiera imaginado un panorama celestial con dos lunas, una de las cuales no fuera de una circularidad perfecta, aunque difiriera en tamaño de su compañera. Haruki, en cambio, me confunde y fascina: una de las lunas es perfecta, la otra es pequeña, deforme, una degeneración selenítica abollada y perturbadora. La imaginación dentro de la imaginación. El escondite al final del cajoncito pequeño al fondo del mueble con múltiples cajones.
          5.) Creamos mundos paralelos, a veces divergentes, creamos caminos conducentes a parajes diversos, inquietantes o felices, escribimos novelas a diario que no quedan plasmadas en un soporte duradero, aunque nada es lo que perdura más allá de la consunción de un planeta o la abolición de una raza. Vivir es escribir, vivir es la palabra, quizás sea el Verbo, quizás la cifra, o el símbolo, o el mito...

3.2.18

419. The Archetypics


          ¡Qué bonito es Barcelona!, hasta el mismísimo grupo de fonemas que la define es bonito, un tetrasílabo perfecto: Bar-ce-lo-na. Ninguna otra combinación silábica (y las he desarrollado todas) es tan hermosa como la original; o, si no, prueben: Lo-na-ce-bar, Ce-bar-lo-na, Bar-lo-na-cer, Na-bar-lo-ce..., ¿a que sí?, ¿a que son palabrejas toscas y cacofónicas? Y qué decir de otro tetrasílabo majestuoso como es el que engloba y acoge al anterior: Cataluña. ¿Habrá cuatro sílabas tan bien dispuestas en nuestro arsenal lingüístico, en nuestro acervo toponímico, tan sutiles y bellas como éstas? Seguro que no. Hagan la prueba anterior de variaciones y combinaciones silábicas y huirán espantados ante semejante afrenta fonética, vean si no: Ña-lu-ca-ta, Ta-ña-lu-ca, Lu-ca-ta-ña, ¡algo espantoso, tremendo! No quisiera extenderme, pero es que lo mismo podría argüir de Tarragona, Palafrugell, Casteldefels, Castellfullit, Torrefeta, Vallfogona... Nombres que exhalan lisuras de sublime armonía, ecos de trémolos barrocos y melodiosas asonancias de equilibrio sonoro sin parangón en las demás geografías y toponimias no solo hispanas, sino planetarias. 
          Yo es que muero con un tetrasílabo, y si éste es esdrújulo, ya ni les cuento. También muero por todo lo catalán. Es más, sé que en otra vida fui o tuve que ser catalán. Desde adolescente, e incluso antes, recuerdo que se me humedecían (y se me siguen humedeciendo) los ojos en la contemplación de un imposible casteller, ante unos chorreantes calçots, una butifarra reventona, una pasional sardana, en presencia de cualquiera de los productos de la Casa Tarradellas, frente a una foto del propio Tarradellas, ante L'estaca de Lluis Llach, y con las putas de El Paralelo, o el tambor del Bruch, qué sé yo... Creo que el responsable de esta pasión catalana fue mi padre, que me dio nada más nacer un chupete mojado en cava como primicia alimentaria que entraba en mi boca. Gracias a él fui agraciado con esta epifanía, con esta sensibilidad poderosa y abierta hacia todo lo catalán, que penetró en mi cuerpo y en mi alma hasta los mismos tuétanos. Porque, aunque nací en Madrid y fui criado y vivo en Sevilla, yo soy catalán por los cuatro costados, eso es así y así será.
          Es por ello que desapruebo esa querencia cateta del resto del Estado Español y de los propios españoles no catalanes a no ver, ni siquiera intuir, la oportunidad que el régimen de libertades cívicas del que gozamos nos brinda para asumir de pleno todos y cada uno de los postulados políticos, culturales, idiomáticos y sociales que la más avanzada sociedad de nuestro país ofrece a todo aquéllos que quieran abrazarla. Lo catalán está ahí para que todos vayamos, unos contritos y otros con alborozo, a sumergirnos en su seno de progreso, cultura y bienestar. Dejemos de darnos la espalda catalanes y castellanos y estrechemos lazos, volteémonos, unámonos, tórax con tórax (pechito con pechito), compartamos la cantimplora. Ellos nos quieren y nosotros debemos quererlos, porque son catalanes y tienen el hecho diferencial del que nosotros carecemos: no se sienten españoles, ¿comprenden? 
          Yo ya sé decir siete cosas en catalán: "...em cago en la teva puta mare", "...el cony de la teva germana", "...a xuclar a la venta", "...que et donin pel cul", "...a Cadis cal mamar", "...el cabró del teu pare", "...em cago en tots els teus morts"*

          * Traduc.: "...qué bonita es Barcelona", "... ¡viva el Barça!", "...por favor, ¿para ir a la Sagrada Familia?", "... ¡que ricas las mongetes con butifarra!, "...la Diagonal es considerablemente larga", "...Cataluña es mejor que Madrid, donde va a parar", "...vamos al Tibidabo".

21.1.18

418. El exceso de pelusas


         Me tienta el día con su luz primitiva y primaveral, aunque es una tentación orientada al fracaso. Quizás, lo que de verdad me tienta es el fracaso de este día extraño y luminoso y el fracaso ostentoso, pulcro y tibio de esta primavera desmedida, inesperada. Los tiempos que llegan, las sucedidas estaciones, el crisol de climas itinerantes. Prevemos el sudor de nuestra frente y, al punto, la punta de los dedos lividece en el frío que ha surgido de la nada. Somos seres pendientes no tanto del reloj que nos somete como del ídolo térmico que nos apresa en su red de ambientes y temperaturas cambiantes. Pues en este día que describo, la dicha de los días templados se ha mezclado con el rubor del trópico y con la azulina vesania de la helada boreal. Los objetos medidores han anclado agujas y mecanismos, han exorbitado flejes y sojuzgado termostatos en un revuelo de meteoros desprendidos y juguetones, dejando a las praderas y a los desiertos absortos en milagros atmosféricos. Mi momento demudado en la aurora de este día que imaginaba de mayo ha sucumbido pronto a un fracaso septembrino con un aroma radical a crisantemo. Las flores enloquecen desde mi ventana, el jardín sonoriza de pólenes confundidos el aura de esta mañana inconexa de colores nuevos y tristes. El púrpura solar enmudece y tornasola oscuridades de otoño, y el frío enhebra, aparece y desaparece, en un mimbral de calores huidos, de siesta nocturna y clamores matutinos. Insectos, mil, zumban sus diatribas y entrechocan sus esqueletos en una danza aérea y delirante. Ya no saben dónde van y los pétalos ansiados se irisan en un denuedo de soledad polinizada. Dejo el alféizar de la ventana con la ventura de haber sido testigo de un día propicio para ser el primer día del fin del mundo. El clima del mundo, las borrascas que presagian el fracaso de la eternidad, el anticiclón de todos los dioses que drenan y barrenan las terminales del tiempo. La mariposa que no debe estar aquí se posa en la flor que no debe estar allí, porque el granizo que abolió el parterre inexistente dejó la comarca anegada de augurios de oriente, malos augurios, y de profecías insensatas de occidente, divinas profecías, y todo ello conducente al fracaso pleno de la ley del tiempo, de la ley del clima, de las leyes de las cosas.

          ¿Y el hombre que mira por la ventana?
          El hombre dejó el alféizar y abandonó al gato que siempre lo acompañaba.
          El hombre se fue a ser juzgado.
          Porque no hay Fin del Mundo sin Juicio Final.

25.12.17

417. ¡Y ni uno más!


          Voy a ser poeta, desde hoy mismo, un poeta grande, generoso, apóstata de las formas melifluas y de ripio intenso pero irónico, una especie de Petrarca imbuido por Emily Dickinson. Voy a ser poeta de puertos y tabernas, muy cercano al pueblo y alejado de los emporios rimbombantes de las academias y de los telarañosos paraninfos universitarios, sí señor. Puestos a ser líricos, lo mejor es empezar desde abajo, comenzando a aprender a leer y a escribir, por ese orden. Nunca es tarde para tales menesteres y aunque me han detectado un tumor de medio kilo en el lóbulo frontal, tal cosa no es ni será óbice para que me convierta en proverbial rapsoda y trovador profundo. Desarrollaré mi ars lirica ensayando primero la endecha castellana de rima aliterada binaria propia del "Cantar de la Moçita Mora", pero expresando temas de candente actualidad, como la informática o la resiliencia de los internos de las cárceles de Bruselas. Más adelante enfrentaré la quintilla, el serventesio, el tetrástrofo monorrimo o la cuaderna vía, abundando en temas sociales con tacto y temas metafísicos sin tacto alguno. Me lanzaré pues, al comienzo de mi prometedora carrera de vate intrépido, a un repaso fundacional de la lírica latina y europea, para posteriormente enfrentar el estudio práctico de las líricas anglosajona y eslava modernas más pormenorizadamente. Subsumido y asimilado el impulso epistemológico de la poesía en todos sus fundamentos, dentro de un ámbito no solo de conocimiento profundo sino, a la par, ejerciendo una ingente labor creativa, abocaré sin remedio a parajes de exclusividad personal, llegaré a la flagrante extensión de terreno propio, insospechado para todos e incluso para mí, habré conquistado el entorno propio del poeta, aquel en que su alma se expande y se deposita en el magma primigenio de la creación original. Es el momento en que el hombre se diluye en su némesis especular, en su enemigo paradójico, que lo acerca, envuelto en su inspiración, al territorio ansiado del genio. Este camino tremendo, lleno de enjundiosas tentaciones, habré de atravesarlo con mesura y predisposición, bandeando ríos de soberbia y lagunas de vanidad, bosques de aventuras malhadadas y selvas de metáforas inanes. Enemigos de mi raza encontraré que con venablos orales intentarán derrocar mi estro y mi aliento inspirador, envidiosos arañapliegos que maldecirán mis versos ensuciándolos con su icor emponzoñado de verde envidia. Aun así, mi ardor guerrero en el Agramante campo de la lírica será vencedor o no será, dejaré en el empeño de mi arte futuro mi hacienda y la parte de mi vida necesaria para tan codiciada meta.
          Pero es evidente y palmario que para la realización de este mi sueño es condición sine que non aprender a leer y a escribir. Con setenta y cinco años y el medio kilo de tumor en la frente, por su parte interna, me va a costar, sé que me va a costar, bastante, por no decir mucho (o muchísimo, no sé), va a ser tremendo, la verdad, no sé si quizás debería pensarlo con más detenimiento, igual podría redireccionar mis impulsos artísticos a sectores creativos más asequibles y acordes con el factor temporal (tiempo que me queda de vida), como el sudoku de tres dígitos (¡pero es que tampoco sé de números!) o el Teatro Nō para occidentales (¡pero es que odio el drama musical japonés!). En fin ya veré lo que hago. Les mantendré informados, si no fallezco antes.

24.12.17

416. Bestiario 06


          HASTROG. Ser Hastrog es ser visto y no visto. Es ser telúrico hecho a sí mismo sobre preceptos ontológicos de velocidad y carrera. Su forma circular, redondeada, de epidermis incrustada de miles de bulbos pequeños y aceitados en su práctica totalidad, le confiere una inefable propensión propulsiva con un mínimo de potencia y una inercia casi infinita. Su esencia es la movilidad constante, con un empuje anímico dirigido a alcanzar velocidades cada vez más y más trascendentales, que a veces llegan a la de la misma luz, pero esto sólo ocurre en ciertos momentos de su estado adulto y plenario. De niño, el Hastrog recorre incauto y en soledad caminos y caminos al albur de sus rápidos pasitos, golpeándose e hiriéndose con todos los ornamentos vegetales y ruinas eclesiales de la campiña. Sus progenitores lo abandonan una vez nacido en una veloz carrera no exenta de lágrimas y pasajeras nostalgias parentales. Su alimento, desde esos primeros instantes de vida, está constituido por los billones de partículas en suspensión que el aire acoge en su diáspora eterna. Al Hastrog no se le ve, se le otea, se le atisba en la lejanía, a veces sólo se le intuye, no nos roza, pero su estela nos levanta los faldones y nos aturde el fleco de la estola. Su presencia en reposo (nunca lo está hasta que muere) es presencia neumatiforme y neumática, vibrátil y ansiosa, de tonalidades oscuras y de redondez manifiesta. Más que vivir o ser es ente rodante, nervioso, incomunicativo con nosotros y entre ellos mismos, poco sonoro, no habla con nadie el Hastrog, y apenas nos necesita, aunque a veces se queda enganchado en algún saliente rocoso de un risco inoportuno o en alguna excrecencia espinosa del sotobosque. Le teme tanto al fuego como al agua. Su individualismo sin fisuras le condena a una lenta pero inexorable extinción; se aparea poco y mal, su eterno movimiento no ayuda ni al conocimiento preciso ni a la eficaz coyunda con su pareja congénere. Es, por tanto, el Hastrog bestia posmoderna en tanto metáfora de la vida efímera, acelerada y vehemente de los estertores de esta nuestra historia humana reciente, algo perpleja y cansada. Desde la huerta comunal avistamos sobre la cresta de la lejana loma unos volocísimos puntos negros y gomosos que intuimos Hastrogs en su larga huida hacia la nada oscura y sempiterna.

23.12.17

415. Hubo en Lugo un tal Hugo...


          En el ángulo superior derecho del desmesurado cuadro unos monjes o frailes, todos iguales, algunos de espalda y otros mostrando el semirrostro encapuchado, dispensan palabras, quizá consejos, a un grupo de indios maniatados y arrodillados, es probable que los estén predisponiendo con el Dios de los Conquistadores, porque van a ser prendidos cono teas en una de las tres hogueras que se yerguen a continuación y que ya están combustionando a tres infelices nativos, todo llamas y contorsión. Separada esta escena de auto de fe por un riachuelo con peces rojos que asoman sus rojas cabezas, aparece otra escena en el ángulo izquierdo del cuadro no menos truculenta, en la que varios guerreros pertrechados de largas picas o lanzas enhebran por el pecho a terribles simios de feroces y blanquinegras fauces y gruesas colas peludas. Por encima de los soldados, varias aves de plumaje multicolor se hostilizan en una irritante madeja bélica de garras, picos y plumas. El cielo sobre estas escenas azulea sobre los monjes y se hace ocre sobre los monos ensartados; sobre los pajarracos, un celaje de nubes grises emborrona y enturbia un horizonte andino y boscoso. La parte central del cuadro, de personajes de gran tamaño, hace que la zona superior parezca lejana, escondida, casi olvidada. Un grupo de caballeros castellanos y otro de altivos nativos se hallan enfrentados, no afrentados, sonrientes los unos, relajados los otros, en número de diez los primeros, en número de ocho los segundos. Además, en el segundo grupo hay tres niños, y de los ocho adultos, dos son mujeres, una joven y otra vieja. Ambos grupos ocupan toda la horizontalidad del cuadro en su parte central. El principal de los caballeros, de cobrizo yelmo y larga espada, tiene en la mano un espejo de pedrería y un rosario de cuentas de alabastro, el segundo de los caballeros presenta, en actitud de dádiva, una vasija de aceite o de vino, y el tercero muestra una corta espada muy recamada en su funda de cuero. Son presentes que ofrecen al cacique que mira reflexivo los objetos con ponderativos ojos, ojos que son como dos navajazos en una piedra de cera. Los demás nativos miran al suelo, menos la india joven, que mira con elegante espanto a los extraños extranjeros. Los tres niños se protegen agarrados a las piernas de la vieja nativa. Debajo de esta escena principal de encuentro entre culturas, en la banda inferior del cuadro se expresa la Naturaleza sin ambages, feraz, tumultuosa y cruel: hirientes espinos del ingente manglar se retuercen entre nidos de amarillas arañas y elípticas formas vermiformes; dos serpientes negras devoran a la sazón un informe animalillo sin pelo, mientras un armadillo roe el esqueleto de un cóndor putrefacto.
          Al lado del imponente óleo, inserto en un abigarrado marco de madera repujada y trabajada en un rapto de delirio barroco, se encontraba una pequeña tela desmarcada de 40 por 30 centímetros que expresaba sobre un fondo color mostaza de Dijon dos irregulares círculos negros dentro de los cuales se veían dos letras amarillas, la "z" en el de la derecha y la "v" en el de la izquierda.
          El precio de salida del primero de los cuadros era de 250.000 €, el del segundo, 1.500.000 €. No pujé por ninguno de los dos. Los 6,50 € que poseía los invertí en un vermut y un pincho de boquerones en vinagre en la Taberna de "La Macanita", tugurio de Malasaña adornado en sus paredes con Braques, Delaunays, Murillos y algún que otro Picasso; es un local que además posee una relación calidad precio sumamente ajustada.

16.12.17

414. Vellos no tan púbicos


         Tengo un vecino que toca el bombo en la Joven Orquesta de Sevilla. Este vecino forma parte de una familia compuesta por seis hermanos, más los padres y un tío abuelo que vive con ellos. Sólo Tomasín, el del bombo, es el que aturde y atrona con su maza la débil elasticidad de mis membranas timpánicas, una tarde sí y otra también. He presentado de palabra mis quejas al padre y a la madre del chico, y por escrito al presidente de la comunidad y al administrador de la finca, pero Tomasín, ¡qué rico!, sigue con el pum pum vespertino. El 89% de la familia del niño no toca el bombo ni hace otro tipo de ruido que no sea el habitual y doméstico de una familia numerosa. Un 11% de la población de esa casa, por tanto, Tomasín, sí toca el bombo. La estadística, no obstante, me reconforta lo mismo que un trino de tucán en la ribera del Orinoco. Detesto a la familia de Tomasín, que no es capaz de hacerle comprender que su afición y su actitud son deletéreas para la paz y sosiego de otros seres humanos. El presidente de la comunidad y el administrador contemporizan, inclinando su parecer hacia la importancia que la música y las artes en general determinan en el feliz desarrollo de los jóvenes, apartándolos de los tristes senderos de las drogas y la inacción social. Por tanto, los círculos de poder que rodean al joven e infamante percusionista, se inhiben en beneficio no de la víctima que sufre, sino en beneficio del que tiene en su mano la maza. Apelo entonces a los vecinos que, considero evidente y dado que todos tienen orejas, creo que funcionantes, sufren un martirio semejante al mío. Veamos: un vecino no simpatiza ni empatiza conmigo porque soy del Betis, otro dice que no quiere líos con ningún otro vecino, otro me informa que por las tardes se fuma un canuto y se pone los cascos, y el último dice que de joven tocaba el tambor  en el acuartelamiento de Regulares de Melilla y que Tomasín le trae recuerdos de su juventud. Nadie, pues, va a hacer nada por o para salvarme del niño del bombo. Todo el mundo me da y me dará la espalda, porque de alguna manera que no logro entender, soy o debo ser el culpable del conflicto. Es probable que yo sea un fascista intolerante y desabrido, insensible y paidofóbico, asocial, misántropo, incluso peligroso y susceptible de ser investigado o, cuando menos, vigilado. No hay que ser el más listo de la clase para ver en esta mi historia (mi historia con Tomasín) un símil a pequeña escala de muchas de las terribles cosas que nos están pasando a todos. Ahora todo es más complicado, seguimos identificando a los culpables, sabemos todos quién es el que toca el bombo, pero algo ha sucedido, el percusionista ya no se esconde, tiene apoyos donde antes no los tenía, hay interesados que le lustran la maza con manteca y teóricos que le escriben nuevas partituras. Con todo esto el chico se envanece y asume la idea de un futuro de tambores y bombos cercanos, un nirvana de estruendo reiterado y eterno. No creo que nos estemos acostumbrando, no creo que el pum pum acabe convertido en el tic tac de nuestro reloj vital, no lo quiera Dios. Yo sí tengo miedo, miedo a volverme loco de impotencia, miedo a que un día no pueda más y estalle, y reviente a puntapiés el bombo y al dueño del bombo, el muchacho que con tanto denuedo, impunidad y alegría me martiriza.

          Es por todo lo que acabo de referir por lo que me siento muy irritado no ya con Tomasín (o no sólo), sino con todo el ámbito que rodea al joven músico, con todos aquellos personajes que jalean su actividad, con los que se tapan los oídos (sordos voluntarios), con aquellos que lo ven como un símbolo de no sé qué revolución, con aquellos a los que todo les produce risa, en fin, ... me siento irritado con la vida en general, o al menos con esta vida tan molesta e irritante que nos ha tocado vivir.

413. La prisión de Piedra Hincada


          Las gentes bravas de Murcia, la rudeza de Navarra, la sorna medieval de Melilla, la síntesis de astucia y rebeldía leonesas, el abigarrado letargo andaluz, la concupiscencia cristiana de Valencia, el almíbar moral de Vasconia, la tibieza seminal de los gallegos, el genio crepuscular de Extremadura, la elegante dependencia castellana, el arsenal de ditirambos ceutíes, la prosapia clandestina balear, el síndrome brutal de La Rioja, la puya agreste aragonesa, el clamor de leche cántabro, la mente polinésica de Las Canarias, la enjundia de arcabuz de los astures, los canales tremendistas de Madrid, la meliflua jalea catalana.
          España como puzle hierático, como granos de mijo en sonaja de un dios tan moro como cristiano, España como pastel de vilipendio trufado de gigantes y cabezudos, España loca de atar con moño de charol, con tricornio de terciopelo, España catarí, templaria, masona, menos romana que ibérica, menos atlántica que índica, España sin Portugal (¡qué triste!), tan marrana como judía, tan bereber como goda, llena de pústulas exquisitas, crisol de miasmas flamencos e insectos visigodos, España de blasonado canto y clerecía informe, España de geometría alocada, de suburbios de guirlache, de nauseabundos villorrios, España de gitanos muertos por payos muertos por gitanos leves.
          El cisma que no cesa, la baba calentita que pendula o pendulea o que pende de la comisura bobalicona del preboste que mira endiosado las tetas de la diosa contraria a su acervo ideológico. Es la España de la cisura incesante, que divide el cuerpo eclesial, el cuerpo y la fuerza de seguridad del Estado de Buena Esperanza y Caridad, el cisma del Cuerpo Presente, la escisión de los Cuerpos de Bomberos de las diecisiete Comunidades y de las dos Ciudades Autónomas, el cisma del Toro, del Fútbol, el cisma de la Eurovisión de los pueblos de Europa, de la Europa como proyección neurótica de esta Noción de Nociones Encontradas sobre el concepto de Nación (cuando los más tontos del lugar saben y conocen que una Nación es un concepto que mezcla estos cinco elementos: 1) Dios. 2) Un poquito de bechamel. 3) Los leotardos sudaditos de Tania Doris. 4) Un mal cuadro del Tintoretto, y 5) Un gin-tonic, por favor). Y lo demás son monsergas de extrarradio. La revolución no llegó a esta piel de toro (miel de loro, pie de oro, hiel de moro...). La revolución sigue sin llegar. La revolución no llegará, porque no fuimos, ni somos ni seremos revolucionarios, igual que tampoco somos profetas ni posibilistas ni gimnastas, ni siquiera somos aquello que están ustedes pensando. Entonces, ¿qué somos?
          Respuesta: NO SOMOS. Así es (o asinés). El español no es ni lo va a ser nunca, porque nunca ha sido. Este afán histórico por ser nos condujo siempre a la barbarie. En las etapas menos ontológicas de estas coordenadas geográficas que habitamos, los conflictos habituales se serenaban y la disarmonía de los pueblos integrantes (intrigantes) se diluía a ojos vista de manera pacífica, hasta que un exabrupto de afirmación ensoberbecida surgía en cualquier boñiga feudal o estamento de poder y otra vez nos embarcábamos en disputas sin fin por querer ser alguien, por ideas de reconocimiento internacional, y de nuevo nos sumergíamos en el viscoso puré de las determinaciones nacionales o nacionalistas y llenábamos de muertos las vías romanas, los pasos fronterizos austrohúngaros y las trochas de la Penibética. En este caldivache sociopático nos desarrollamos los celtiberos, pueblo ingenuo y perdulario, de una indolencia infinita y de inconsecuencia lacerante. 
          El día que aprendamos a no ser, a que no siendo, seremos, otro gallo nos cantara. 

6.12.17

412. Jaula de lobas


          Ya falta poco para volver a empezar. La noria de los días sin freno y las noches entrecortadas de ansiedades sin fin, pero hay que continuar, seguir escalando la montaña sin cumbre que es la vida. Probablemente el buen humor vendrá de nuevo, sin que haya que llamarlo, vendrá por sí mismo para restañar las fisuras dolorosas de las jornadas, no por rutinarias menos extrañas. Habrá que empezar con los dispositivos torturantes con los que, en el fondo, nos gusta ornar nuestra vida, el añadido al ya lacerante afán de las cosas. Seguir con la codicia de ensanchar un poco más lo que ya no tiene más distensión, seguir hasta el peligro de la rotura. Somos héroes de la nada y lo somos cada vez que sostenemos una mirada indebida, una acción que nos somete, una palabra no debida. Somos la resulta de improbables ecuaciones, cuyas proposiciones nos las ponemos nosotros mismos cada mañana, como un deber más a añadir a los que ya nos propone la misma mañana. Verdugos de nosotros, solicitamos y nos concedemos de continuo la auto-decapitación por un prurito o instinto de penitencia que va más allá de una punición moral. Nos queremos poco y mal. La risa, ese afán hueco, se reviste en nuestros corazones con lo primero que pilla, como si el corazón fuera, que lo es, el armario donde todo va a parar, y de él sacamos la ropa para vestirnos en cualquier ocasión, la mayoría de las veces con la talla inadecuada y los colores discordantes, a veces equipándonos con vestiduras impropias para el clima o la época que corresponde. Así pues, vamos por la vida con una risa muy falsa, vestidos para la ocasión de cualquier manera, culpables y en el fondo muy tristes por no saber por qué. Tras esa franja temporal, tras el interrregno del descanso laboral anual que nos privilegia del resto de la humanidad, nos sometemos de nuevo al imperio de lo absurdo en este bucle productivo de una vida sometida y alienante que nos conducirá al cabo del tiempo a otro tipo de descanso muy temido, pero eterno. Mientras tanto, comprobemos, sigamos comprobando, la fortaleza de nuestro temperamento, la solidez de nuestra naturaleza y el vigor de nuestro carácter enfrentando los diarios fallecimientos, las numerosas muertes diarias a que nos sometemos gustosos, porque alguien nos ha dicho que la vida es sufrimiento, un valle de lágrimas, el largo y tortuoso camino o un proceloso mar de desdichas… El negro humor, porque el humor siempre es negro, nos hará de bálsamo, nos reconfortará bajo su ala oscura, nos armará con el látigo de la ironía y el arcabuz del sarcasmo, para luchar día a día con las ridículas quimeras del mundo, el demonio y la carne.

411. Suprema lividez


          Vivo desmemoriado, sin islas donde perderme ni lunas que me aclaren el lugar de donde vengo. Vivo desarraigado e inerme, acostumbrado a los ritos ajenos que me enmudecen e irritan. No hay estancia acogedora y los postigos chirrían siempre tras de mí en una sinfonía terebrante, ríspida, pero aun así, persisto en vivir como la gente normal que me rodea, vivir como todo el mundo, como el orfebre de la esquina o la prostituta del andén, deseando las mismas quimeras y aborreciendo los mismos grumos de esta polenta carcelaria que es la vida. Soy igual porque quiero ser igual y soy distinto porque quiero ser igual. Ser como ellos, al menos intentarlo, me da derecho a la posesión del carnet del club, es lo que ellos quieren: si no eres como ellos, al menos has de desearlo con todas tus fuerzas, que te vean el deseo borbotear por las comisuras de la boca. Cabe la renuncia, claro que cabe, la honrosa renuncia del héroe que enarbola la bandera de la unicidad, de lo disímil, de la diferencia, de lo equívoco. Pero no quiero ese gallardete de distinción, quiero la grisura de la masa, sentir como y con ella, resaltar nunca, sobresalir jamás, entreverarme siempre. Enfrentar el sino de la medianía enloquece a mis congéneres y a mí me enloquece no poder felicitarme con ella, detesto lo que tengo y añoro lo mismo si no lo detestara. Quiero la felicidad que merezco por asumir sin felicidad lo que tengo, merezco y deseo. Soy, quiero ser y quiero cobrar por ello, es mi suerte, pero es mi desgracia ser, querer ser y sentirme mal pagado por ello. Ni renuncia ni vendetta, sólo la incomprensión de la nube que existe en un cielo azul sin nubes. La memoria me ralea el alma con su diáspora frecuente, me domina en el tablero a veces, la domino entre las sábanas a menudo yo, y en tablas predominamos casi siempre en un mirarnos de reojo y sonreírnos con malicia, como viejitos en el último mirador del sendero. Siento el gris de las auroras como si fuera el deflagrar de los oros y bermellones del crepúsculo marino, lo que reverbera sucumbe en mí, lo que el estruendo erige lo tunde el habla quedo del pensamiento propio, no tiento a la tristeza ni la invoco, no irrito ni provoco la pesadumbre, no presiento la agorera servidumbre de la muerte, solo esquilo la pesada obligación de tener que ser algo, y aunque puede ser verdad que deseo ser algo, me obligo a ser alguien y eso ya se me hace un mundo de dificultad. “Alguien”, ¿qué será eso? A mí alrededor veo algos con aspecto de alguien, pero sólo son móviles alguien que ni saben lo que son ni se lo plantean, ni son menos o más felices por ello. Son como yo, pero menos, (quizás pero más), no sé ni me importa, o me importa lo que les importo yo a ellos, que sólo son lo que me imagino que son y que en nada coincidirá con lo que ellos piensan que son ellos mismos. Las coincidencias existen en la medida en que un abedul de Sajonia coincide con un rizo de la trenza de Benizia Trahoré, la viejísima zahorí de la tribu de los Gnemas de Yerbuti, que considera los acuíferos del subsuelo de su tierra como las venas del dios Vendhé, el dios más antiguo que conoce la gente de allí, gentes que son objetos del paisaje, gentes que no se consideran habitantes del paisaje, sino cosas, objetos, se saben y se reconocen como algo que el paisaje destila, como pudiera destilar enjambres de moluscos cristalinos o estertores de ungulados lejanos o sismos de endiablada concreción.
          Pero, como ya dije, yo soy un ente normal, algo desmemoriado y ajeno al orden vital del cosmos nefando que me rodea, pero normal, al menos eso es lo que el algo anímico que tengo dentro de mi algo mortal me dice que soy. Pensaré “mi alguien” como la anormalidad del algo que casi todos los objetos o entes inanimados tenemos.
          Que Vendhé os colme de dicha plena.
          Que Vendhé me colme, aunque sea de dicha.

30.10.17

410. Transversalidades

         

          Estoy como sesgado, es decir, estoy como si estuviera virado (¿varado?) en una corriente alterna de viento feroz y calma chicha dentro de un velero de mi propiedad que no sé ni quiero saber pilotar. Me llamo Alfred, según tengo entendido, al menos así me ha llamado el práctico del puerto llevándose el garfio de su brazo derecho a la sien homolateral: “Buenos días don Alfred”. Dentro del velero hay comida, mucha comida, gran parte de ella descompuesta, grupos móviles de sustancias pastosas que comparten y devoran larvas gigantes, del tamaño de mi sobrino Carles. Como algo por no dejar en entredicho mi compostura y rocío de gasolina la nave por si algún marine estadounidense, algún pescador coreano o alguien destinado a la costa quiere, mediante el lanzamiento de un encendedor Zippo® encendido, prenderle fuego a mi bajel. Me voy confundido y confuso, también confiado y constreñido y algo consternado, todo hay que decirlo, pero más que nada me siento dueño de mi destino y amigo de mis amigas. No soy marinero, aunque por usted, hija de mi vida, lo seré, ya lo creo, yo es que por usted soy capaz de cualquier cosa por muy ilegal que ésta sea. Me veo viejo, mi mujer me lo recuerda a diario entre nuez y nuez, porque (no lo he dicho todavía) yo soy una ardilla (mi mujer obviamente, también). Ella fue ardilla desde siempre, yo antes fui amanuense en la casa de los Riscal durante todo el siglo XVI y parte del XVII, allá en su palacete de Ortañón, en la provincia de Burgos. Fue al morir cuando en la gruta de la Sibila Juana se me presentó la alternativa metempsicótica de reencarnarme en ardilla, en picaporte de retrete en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) o en Landelino Lavilla Alsina. Elegí ardilla por azar, tirando al albur un manuscrito original de Espronceda y otro de Aurelio Pajizo. Así fue. Las ardillas literarias me acogieron con suma alegría y tiernas muestras de conmiseración y cariño, las otras ardillas, no, las otra me acogieron con notable despreció y rotundo menosprecio, claro que yo el despreció y más aún el menosprecio me los paso por el forro de la pelliza de mi tío Tomasín, el de la Marga. "Porque Dios no existe es por lo que existe Dios", me exponía e intentaba razonarme mi tito: "Notable, —decíame— mejor dicho, notabilísimo número de libros expresan palmaria, extenuante, pormenorizadamente la absoluta carencia de pruebas de la existencia divina y, por el contrario, la abundante y abigarrada legión de comprobaciones racionales de la inexistencia de la misma". Bien, lo entiendo, lo entendemos todos, siglos llevamos oyendo lo mismo, hasta el extremo de que la simple fe en la Providencia, la menor de las creencias en un concepto religioso, no digamos teológico, del origen de la vida es considerado propio de mentes poco ilustradas, prerracionales, manipuladas e incultas, expresiones de una pobreza intelectual de base económica, social e incluso racial. Las ardillas somos creyentes, eso es evidente, pero eso no nos da el marchamo para ser fuente de sabiduría y, sabiéndolo, no practicamos el proselitismo en el bosque ni en los parques, claro que no, porque siendo tan creyentes como somos, somos los únicos seres del cosmos que creemos firmemente en la inexistencia de Dios, siendo por ello que su existencia es, por tanto, indudable. Si Dios existiera en verdad, en verdad no existiría, porque su esencia es la inexistencia, por tanto no existiendo nos deja margen suficiente para el desarrollo del ámbito de su comprensión evidente y absoluta. En mi estado de amanuense y en mi estado de ardilla, pues, he acrisolado y aquilatado en mi mente y en mi cuerpo los conceptos desarrollados y por mí asumidos que emanaron de la preclara mente de mi tío Tomasín. Todo lo dicho me conduce a negarme el placer continuamente. Despreció las caricias de Carmencilla y Eulalia, los besos caracoleros de Brigidita, los abrazos de pulpo loco de Maribella y los dulces mordisquitos de Saray, todas ellas ardillas hermosas, jóvenes y picaruelas. Soy fuerte, leal en mi matrimonio y estoico contumaz. No hay consuelo ni suspiros, sólo irritación y dentera por la pérdida consciente de las ganas de vivir, por el sentido del humor despilfarrado en regazos de miel amarga y tugurios de amanecida. Aún era joven, pero morí joven, atropellado por un ciclomotor cuya marca no recuerdo de lo fugaz que fue el trance; y ahora he debido reencarnarme de nuevo, me llaman don Alfred, y mi letra se expresa aún con correcta grafía monacal, sigo comiendo nueces todas las noches, aún dispongo de las regalías suficiente para vivir en alguno de los maestrazgos lindantes, aún domino el arte amatorio de las glosas dirigidas como saetas incendiadas hacia escotes juveniles, y tan solo echaré de menos oír las ventosidades de la señora de Ortañón y la luminiscencia de cometa, acompañada de la risa que nos provocaba, cuando arrimábamos el encendedor Zippo® encendido a sus blandas y blancas nalgas en el momento ventósico de la deflagración rectal. 

13.8.17

409. Samantha y Brigitte


          Las ideas que durante el resto del día aparecen en mi cabeza y que considero dignas de ser desarrolladas en este blog son expulsadas con rapidez porque chocan frontalmente con el espíritu que alienta desde el principio estas páginas, que no es otro que la expresión del automatismo y de la inmediatez de pensamiento en su más libre epifanía, la pura idea plasmada a la velocidad de un resorte estimulado por la más insospechada y fugaz unión sináptica de dos células de mi cerebro (o de las dos células de mi cerebro), velocidad idearia sin tamiz, azar estampado sobre el lienzo maternal que lo acoge todo. Lo demás, todo lo que en el resto del día que no estoy escribiendo estas líneas acude a mi mente no sirve a este propósito, solo servirá aquéllo que acuda en el momento exacto de coger la pluma o disponerme a pulsar la primera tecla.
          Quiero expresar entonces (o reiterar) que: 
          De las cien mil imágenes, ideaciones, pensamientos que desarrollo/desarrollamos más o menos en un día, yo escojo obligadamente la imagen, la idea o el pensamiento que primero nace en mi mente una vez me pongo a escribir, no la que surgió hace un día, una hora o segundos antes. No podría hacer otra cosa si he de atenerme al precepto fundacional de este blog. Esta disciplina me causa, a veces, un gran dolor, provocado por el hecho de tener que deshacerme de ciertas imágenes o pre-conceptos con grandes posibilidades literarias o filosóficas (posibilidades en el fondo irreales, que sólo tienen su existencia en el campo personal, la vanidad se aburre por inoperancia en mi vida); aparto, pues, ideas con muchas hipotéticas y fascinantes proyecciones, necesitadas de un ulterior desarrollo que no tendrán jamás, viéndome, por tanto abocado a luchar con el ingente trabajo que supone elaborar algo que quede estructurado o desestructurado o deconstruido y que nace  a raíz generalmente de una efímera estupidez. Aunque, por exponerlo con un ejemplo, en la noche de ayer se me hubiera ocurrido una original y deslumbrante analogía entre los sonetos impares de Shakespeare y el paradigma ecuacional de Rümboldt, motivo intelectual más que suficiente para el desarrollo de una profunda recensión o un análisis pormenorizado, esto no ocurre porque lo que nace en mi mente en el momento de la acción corporal de ponerme a escribir es otra cosa, por exponerlo con un ejemplo, podría ser la cuestión del número de legañas que acumulan los numerosísimos ojos del gigante Argos Panoptes cuando amanece allá, en el monte Olimpo. Pensamientos sólidos y de sólida importancia suceden muy de tarde en tarde (o nunca) y pensamientos de sólida estupidez nos vienen al magín a cada instante. Estadísticamente, por tanto, este blog desarrolla estupideces en su casi totalidad, y es así que su misma esencia es la que conforma la definición de FUMPAMNUSSES!, palabro que ya de por sí es una estupidez automática, pero de una belleza pétrea y seductora, al menos para la sensibilidad de su autor. 
          Es de conformidad, pues, que este proyecto lo conforma un lienzo en puridad de un solo color interno: el amarillo profundo de la estupidez (la estupidez siempre es amarilla, como verdinosa es la animadversión que sentimos hacia los levantinos, no me pregunten el porqué). Pero en este gran lienzo amarillo pueden permanecer, entre las compactas pinceladas y bruscas empastaciones, delgadísimos resquicios apenas visibles, por los que puede fluir (esto existe sólo como posibilidad) una fuga, una ventana abierta ideal para que una idea feliz escape en el momento óptimo. Sería la conjunción astral que permitiría que Shakespeare y Rümboldt se hermanaran y surgieran en el momento en que tomo la pluma o me dispongo a quebrantar mis falanges sobre el teclado. Desconozco si en alguna de las anteriores 408 entradas de este blog ha ocurrido este hecho en alguna ocasión; lo dudo mucho, pero su simple posibilidad le da carta de naturaleza al improbable suceso. Cosas así ocurren.
          Informo de otra traba, que a veces me lleva a una desesperación pequeña, pero desesperación al fin y al cabo, y es que a veces la idea que surge, y que es la que constituirá la base del posterior escrito, es o puede ser tan rematadamente absurda, tan soez o tan cruel, que sería rechazada de manera taxativa por cualquier persona decente y normal. Pero es otro de los principios el imponerme no rechazar nunca la noción primigenia, por lo que debo responsabilizarme y arrostrar las consecuencias inherentes a mi acto creativo. Así que debo rechazar el rechazo. Imaginen, con otro ejemplo, lo que digo: imaginen que la primera idea que se me pasa por la mente es la palabra o el concepto o la imagen "prepucio". Cualquiera la rechazaría, sería comprensible por el poco juego semántico, semiótico o metafísico de la palabra, pero yo no, yo no puedo, yo lo enfrento como un reto (obligado, pero reto al fin) y marcho animoso en pro de un cuento, una historia, un retruécano o un poema en loor del prepucio y sus vicisitudes y circunstancias vitales.
          Comprendo que este acto de contrición inversa, esta confesión impenitente, este contar las pequeñas voluntades que sustenta mi edificio bloguero llega tarde, debería haber sido expuesto en el primer momento, pero no ha sido así, como sí ha sido así que mi vida se vaya apagando entre sinsabores acumulados, que mis noches se agrieten con los zarpazos metálicos del miedo, que mis ansias de devorarme a dentelladas no culminen su festín, que mi innecesario orgullo entorpezca mi camino uno y otro día, que la inutilidad de mi jornada inerte decore los minutos que van latiendo en el reloj de mi secreto.
         De todas formas, os aclaro, lectores inexistentes, que Teresiña, mi castora de compañía, acude presta cuando la llamo; que el tarro de curry apareció, por fin, bajo el castoreño del padre de Teresiña, y que el inspector Treviño exporta castores, castoreños y tarros de curry desde tiempos anteriores al nacimiento del Apóstata Julián, para ganarse unos eurillos, que incrementen un poquito la mierda de sueldo que le dan en la Comandancia.

6.8.17

408. Obra social


          La vida de Celeste Sukura, mujer con doble nacionalidad, anglo-china, fue corta: murió en 1971 a los diecinueve años. La mató con una biela oxidada una compañera de instituto, de nombre Katiana Trulop, joven germano-soviética de veinte años. El motivo, si es que hay motivo alguno para matar a alguien de semejante manera, fue el siguiente: Katiana poseía un doblón de oro de la época de Carlos V y era fea como un demonio marino; Celeste no tenía doblones y era bella como un nenúfar iluminado por el arco iris de Venus. El joven ingeniero Morton Ben-Ajeb, a la sazón joven otomano de padre irlandés, entablo relaciones con la fea del doblón en primera instancia durante una cacería de renos en Laponia del Norte. Katiana, de por sí mujer fogosa y pronta a liberar su ropa interior de turgencias innecesarias, demostró al joven otomano los manejos de la carne que la carencia de belleza puede incrementar hasta límites extáticos. Habilidades insospechadas en damisela tan niña hicieron al ingeniero dudar de hasta los más básicos conceptos en cuanto a la elasticidad, resistencia, solidez y estructura de materiales. Prácticamente se hacía chicle en la cama de Katiana, y Katiana lo mascaba y hacía globitos con el joven ingeniero hasta la consunción de la noche y hasta la consunción física del mismísimo ingeniero.

Celeste, no obstante,
tocaba la vihuela antigua
y bebía
tisanas de malvasía
todos los días
que podía,
y reía
con su primito Matías
cuando éste
la acompaña
soplando la chirimía,
salmodiosas melodías,
que Celeste recordaba
de cuando era una cría
allá en la hermosa alquería
que pertenecía
a su tía
la Marquesa de Mencía,
aquella dama sin tacha
que cuando a Madrid
acudía,
se montaba en un tranvía
que la dejaba en su casa
muy cerca de la Gran Vía.
Pues bien,
cuando Morton se cansó
de las tantas contorsiones
y tuvo que someterse
a varias dolorosas curas
de bubas y purgaciones,
concedió el hombre en pensar
que tal vez la medio rusa
con sus constantes pasiones
le podría conducir
a un mundo de perdiciones,
de miserias y de ruina,
de infernales abyecciones,
poniendo en peligró en fin
su vida, carrera y
sus merecidos dones.
Y así, Morton
sale huyendo
despavorido
a lomos de su caballo
al que a efectos de la rima
le puso el nombre de "Rayo",
dado su ímpetu y bravura,
y así dio a parar en tierras
cercanas a la llanura
donde Celeste moraba
en torre de piedra dura
del castillo de su papa,
el gran chino Jianzí,
de la familia Sakura.
Cuando llegó el caballero
a tan egregio palacio,
Celeste quedo prendada
y Morton se quedó lacio
al ver la tanta belleza
que adornaba el cenotafio
desde el que Celeste posa
sus hermosos pies "descalcios".
Bueno, para ir abreviando:
Morton hace que Celeste
vaya a la vihuela dando
y hacia el carajo mandando,
que es instrumento aburrido,
y mejor cante fandangos,
que es un cante de la tierra
en la que el joven
quiere fundar
una dinastía nueva,
si Señor, sí, Señoría,
en tierras de Andalucía,
lejos de la medio rusa
que tanta penuria negra
a su recuerdo traía.
Pero la joven Celeste
terminar bachillerato
tenía como objetivo
y entregar su celibato
después
al ingeniero irlandés,
y no una, dos ni tres,
las veces que necesario fuese,
las que hubiere menester,
si hubieran de ser cien,
pues cien.
Así que se despidió del chino
y de Morton Ben-Ajeb
y marchó pal instituto
donde la espera Katiana
con la biela camuflada
en el centro de su busto,
y nada más vislumbrarla,
desembusta la herramienta,
y de bielazo certero
da con Celeste en el suelo
y la deja ensangrentada,
lista, muerta,
pero bien enamorada.
No le sentó nada bien
a la hija de la estepa
que Morton se le escapara,
que con Celeste se fuera,
que a Celeste enamorara,
que la dejara en su casa
y con las bragas tiradas
en el hogar chimenero.
De venganza se llenó
la del doblón, y mató
a la docta en la vihuela.
El padre chino lloró,
el ingeniero sucumbe
y hasta la biela oxidada
de sangre mancha su herrumbre.


26.7.17

407. Mi vida sin patatas


          Hay un muerto que me mira desde el espejo del baño al que asomo mi rostro, muerto de sueño, al llegar la amanecida. Me mantengo insomne, aunque el sueño me enloquece. Es entonces que me levanto y contemplo al muerto del espejo del baño. No necesito asustarme porque el muerto sé qué soy yo. Su figura macilenta y moderadamente repulsiva no me enternece, pero tampoco me deja indiferente, se diría que me conmueve como lo haría un payaso algo enfermo y de otro tiempo. Vacío la vejiga, me echo agua en la cara, me afeito y doblego los cuatro pelos que me quedan en mi cráneo un poco deforme. El muerto rejuvenece algo y cobra un momentáneo reflejo en las pupilas midriáticas de pez o de lince disecado. No lo he dicho, pero es domingo, siempre es domingo para los muertos. El café que me preparo sabe a café quemado, mi mujer alguna vez me recordaba que no sabía hacer café. Luego vino el silencio entre los dos y después ella se fue o me fui yo, que más da. Camino entonces por esta ciudad diabólica de calor absurdo, llena de gente incómoda y rasposa. Deambulando por sus calles sucias y ruidosas los pensamientos me fluyen como emanados de una ciénaga infectada. (El último pensamiento limpio no recuerdo con exactitud cuándo lo tuve, quizás nuca lo haya tenido). Retiro la mirada con prontitud de las lunas de los escaparates, porque me da miedo ver al muerto que llevo (o que soy) y que sólo permito que aparezca una vez al día, por la mañana, en el espejo del baño. Aunque los muertos en vida no dan tanto miedo como supone la gente, si acaso provocan cierta conmiseración o incluso pueden denotar ciertas cualidades de invisibilidad. Nadie me mira al pasar, nadie respeta la dirección de mi marcha ni mi espacio mínimo de maniobra corporal, tengo que ir sorteando personas y bicicletas, buscando siempre las avenidas y calles más solitarias. A menudo la sed me agota, pero entrar en locales públicos en los que debo entablar una somera conversación, me aturde y me anula. A veces me cruzo con otros muertos, o supongo que lo son, no puedo estar del todo seguro, pero, eso sí lo sé con seguridad, no tengo la necesidad de contacto o de hermanamiento con ninguno de ellos, los muertos en vida no podemos ni queremos agruparnos, no tendríamos nada que contarnos, los muertos en vida no tenemos experiencias, no tenemos historia ni sentimientos, ni afectos, sólo tenemos vacíos, ausencias y olvido, nada concreto y de valor para compartir, tampoco tenemos negruras de alma ni catástrofes morales, sólo somos practicantes de un sufrimiento puro, telúrico, constante y posiblemente eterno, pues cuando la muerte verdadera certifique la verdad del tránsito, el sufrimiento, ciertamente perdurará, no hay razón para pensar que finalice o que mute por una felicidad que no tendría la más mínima razón de ser. Los muertos en vida, es justo reconocerlo, poseemos una visión de la vida y de la muerte más profunda y penetrante que los demás. Imaginamos ciertas fantasías que si fueran expresadas con las palabras correctas (conocemos esas palabras) incendiarían el mundo, pero nos abstenemos con prudencia de llevar a cabo tales prácticas y mejor hacemos sublimándolas en actividades creadas ex profeso para ello, básicamente constituidas por cualquiera de aquellas ocupaciones que conduzcan al ámbito del arte. Es por esto que hay tanto artista muerto en vida, son todos aquéllos para los que el arte simboliza y representa el sufrimiento de la vida y de la muerte. No existe el artista feliz, el arte no está ahí para expresar sino el lado oscuro de la vida y de la infra-vida. Los artistas conocen ambos lados del espejo y expresan lo mejor que pueden, con toda la pasión que pueden, la verdad de los dos ámbitos. La verdad desnuda, unilateral, sin contrapartida, no sería posible ni conveniente por lo dicho anteriormente, por ello el artista se acoge a sagrado para expresar el misterio, es decir, se acoge a la metáfora, único principio y fin de nuestra incierta existencia. 
          Llego a casa cansado y sediento. El agua caliente de la ducha empaña el espejo del baño, sólo veo el contorno húmedo y difuminado del muerto (se parece/me parezco a un retrato de Bacon). Sigue siendo domingo. Una cucaracha patas arriba me espera en el pasillo, quizás sea el Sr. Samsa, si así fuera hablaría con él. De todos modos acerco una silla baja al asqueroso insecto y le hablo de temas generales y poco importantes, eso sí, con cierta circunspección y manteniendo una educada distancia. No rehuye la comunicación y sorprendentemente, aunque no tanto, me solicita con notable angustia que le coloque en disposición de poder caminar. Así lo hago y él me agradece el gesto y se presenta. En efecto su nombre es G. Samsa y nos reconocemos como muertos en vida. Quedamos para otro día en el que podríamos continuar nuestra charla, aunque ambos dudamos que tal cosa suceda, ya que, como quedó dicho, somo seres muy poco sociables. 
          Añorando en mi sillón paraísos insulares, bebo despacio un whisky tras otro, hasta que del baño surge una voz que me llama suplicante y atroz. Con el vello erizado de pies a cabeza el vaso resbala de mi mano quebrándose en mil fragmentos.

25.7.17

406. El Odradek


          Persigo mi sombra enaltecido por esta noche de luna plena, leve el camino y leve los pasos que me guían a no sé dónde y a no sé cuándo. Camino la distancia midiendo los hitos temporales de recuerdos que jalonan la vereda, como la jalonan los uniformes castaños que me rinden armas con sus ramas rumorosas a mi paso tenue. La soledad sin viento, doble soledad, inflama el sosiego del bosque cercano y el silencio del viento, doble silencio, crea nostalgias de trinos antiguos y aullidos lejanos.
          Cuando topo con el Odradek, al que confundo al principio con una pieza de reloj de campanario, sospecho que el rayo de luna que lo ha hecho visible, ese dardo luminiscente que ha atravesado el entramado de ramas de castaño, no ha sido dirigido de manera casual. La luna quería iluminar el Odradek y el Odradek quería que la luna lo iluminase. La escena está aquietada. La escena es inquietante. Observo la línea blanca que va desde la luna al Odradek desde una distancia posible. La luna y el Odradek no sabrán de mi presencia (¿o sí?). ¿Soy testigo evidenciado? ¿Soy testigo ajeno? ¿Existo para la luna? ¿Existo para el Odradek? Creo percibir que el Odradek gira varios grados a la derecha una de sus dos circunferencias estrelladas, emite a la vez un sonido oxidado e hiriente, el rayo de luna se desplaza también. Mis pupilas se contraen ligeramente (no sé por qué) y unas enormes e incontenibles ganas de reír suben desde mi vientre a la garganta. El Odradek parece cambiar de nuevo su posición de forma casi inaparente y deja uno de sus hilos adheridos a la tierra como filiforme baba de caracol. No puedo resistir más, río hasta la contorsión, río hasta las lágrimas, rompo con mi risa el esqueleto del silencio nocturno del bosque. Poco a poco me sereno, pero tardo en recomponer la figura, tardo una eternidad en recuperar el sosiego. La escena, no obstante, no ha cambiado. Sé que debo seguir mi camino, seguir avanzando, pero el sendero pierde el rumbo y la meta; en un piélago de abstracciones se sume este tiempo nocturno que de manera arbitraria me dirige quizás hacia la muerte de la vida o hacia la muerte de esta otra muerte que llamamos vida. Cada día más, sospecho que la vida realmente no es, que lo que realmente es, es la muerte, esto que sobrellevamos histriónicamente con la nariz del alma tapada para no oler la cadaverina que nos rodea. Pero el camino me entretiene y le quita algo de presión al dogal que me lacera el cuello. Hoy está siendo el Odradek quien me evade de la nada para consentirme otra nada enfundada en juego, un asalto en el camino que nivela con su inconsecuencia la inconsecuencia misma de este camino, tan extraño, que me ha llevado esta noche a encontrarme con él, con el Odradek y con la luna luminosa. Ahora son más hilos los que el Odradek ha segregado del carrete que forman sus dos circunferencias estrellada unidas en su centro por un eje cilíndrico, que sirve además para que se enrollen los diversos hilos que el Odradek recolecta o produce. Una pieza alargada acabada en ángulo recto en otra pieza de la mitad de la longitud de la primera se halla adosada a la cara externa de una de las dos placas redondas y estrelladas, lo que otorga cierta estabilidad al conjunto de las piezas ensambladas (véase la figura arriba). El objeto (el Odradek en sí mismo) mide aproximadamente 70 cm de largo, 16 cm de alto y 12 cm de ancho. El rayo de luna mide un segundo/luz también aproximadamente, y yo mido 1,77 metros (esta vez, con exactitud). Llevo toda la noche detenido en el camino observando la escena. Apenas nada se ha movido (tan solo el desplazamiento a la derecha algunos grados del Odradek y el rayo de luna, pero de eso hace ya muchas horas). El tiempo se ha detenido, lo que explica la quietud de la luna y de sus cuantos de luz. Sí ha aumentado el número de hilos segregados por el Odradek, y ya no tengo ganas de reír, sólo siento una nostalgia vaga, cierta melancolía de metales herrumbrosos, siento la pena fabril de los desmantelamientos siderúrgicos, sí, me invade la enorme tristeza telúrica que nace del magma primigenio del centro de la Madre Tierra.
          Caminaré de nuevo, dejaré detrás al Odradek, me llevaré conmigo el rayo de luna o su recuerdo, me llevaré el olvido de la risa y el melancólico vacío que dejan todos los metales. Caminaré por el valle de la muerte con movimientos mínimos como aquéllos que ejecutaba el Odradek, aquél que encontré una vez una noche en un camino de castaños infinitos.

9.7.17

405. Romance de bastardía


          La firma del convenio se realizó en la isla de Toroa, al norte de Samoa, en casa del vicecónsul, sobre una mesa de jaspe de gusto dudoso, en una sala de cortinones ocres, arañas de apócrifo murano y bibelots múltiples y multiformes dispuestos sobre anaqueles de metacrilato cubiertos de polvo acumulado de varias Semanas Santas. Pero al fin el convenio se firmó, que era lo que realmente importaba. Los bantúes estaban representados por su ministro de Asuntos y los de Alicante por su concejal de Fiestas Mayores. Actuó como observador el sumiller del Celler de Can Roca y de notario un notario de la Curia. Los intérpretes eran dos pájaros de cuidado, falaces y trápalas, pero muy buenos en lo suyo. En esta isla de la Polinesia (?) hay fantasmas muy extraños y muy crueles e insectos de una voracidad fantasmagórica, que acaban principalmente con la amabilidad de las personas, de tal manera que a quien pican se convierte en persona desabrida, impertinente, de modos abruptos y secos con sus congéneres. Sor Narcisa de la Luz, misionera de la Sancta Crux, tras sufrir en el colodrillo la picadura de un tábano aborigen devino en monja desabrida, impertinente, abrupta y seca; dejó de ser bienvenida y agasajada en los poblados limítrofes de la misión; dejó de ser invitada a los sacrificios rituales  del Concejo y al baile votivo de las vírgenes nerviosas. Un día apareció empalada en la Playa de las Empaladas, al norte de la isla. Gracias a Dios el día de la firma del convenio nadie sufrió picadura alguna. Los servicios de fumigación de Toroa (SFT) actuaron con eficacia plena, aunque los productos utilizados al efecto, hay que reconocerlo, provocaron que se produjera en ciertos sectores de la población isleña algunos síntomas similares a los observados en las víctimas generadas por el gas sarín y el gas mostaza. Pero es que la preservación de la amabilidad de las personas requiere en ocasiones ciertos sacrificios.
          Me acaba de picar un mosquito. ¡Váyanse todos ustedes al carajo!